Sharpe y la fortaleza india

Alrededor de 1803, Sharpe se encuentra a las órdenes del general Arthur Wellesley, el que llegaría a ser duque de Wellington, cuando éste se marca como objetivo la toma de la fortaleza Gawilhur. Sharpe se encuentra destinado a rutinarias tareas de abastecimiento, pero, por un inesperado giro de los acontecimientos, se le presentará la posibilidad de obtener un ascenso. Los robos a las arcas del Estado es una de las cuestiones más debatidas de las campañas británicas en la India, pero aquí es el robo del mítico tesoro del sultán Tipoo el desencadenante de la acción. Sharpe se verá las caras con viejos conocidos, como Obadiah Hakeswill y William Dodd.

Con esta novela, se completa el tríptico de la India que forma con "Sharpe y el tigre de Bengala" y "El triunfo de Sharpe".

ANTICIPO:
El palacio de Gawilghur era un extenso edificio de una sola planta emplazado en el punto más alto dentro del Fuerte Interior. En su lado norte había un jardín que serpenteaba alrededor del mayor de los lagos de la fortaleza. En su lado norte había un jardín que serpenteaba alrededor del mayor de los lagos de la fortaleza. El lago era un depósito, una balsa, pero en sus orillas se habían plantado árboles con flor y había un tramo de escaleras que conducían del palacio a un pequeño pabellón de piedra en la ribera norte del estanque. El pabellón tenía un techo arqueado en el que los reflejos de las pequeñas ondulaciones del lago tendrían que haberse mecido, pero la estación había resultado tan seca que el lago había mermado y el nivel del agua se hallaba entre dos y tres metros por debajo de lo normal. Una capa verdosa y maloliente escarchaba el agua y las orillas expuestas, pero Beny Singh, el killadar de Gawilghur, había dispuesto que se quemaran especias en unos braseros bajos y planos para que el hedor del lago no ofendiera demasiado los olfatos de la docena de hombres que había en el pabellón.

—Si el rajá estuviera aquí —dijo Beny Singh— sabríamos qué hacer. —Beny Singh era un hombre bajo y rechoncho con un bigote ensortijado y una mirada nerviosa. Era el comandante de la fortaleza, pero era cortesano de vocación, no soldado, y siempre había considerado su mando de la gran fortaleza como una licencia para hacer fortuna más que para luchar contra los enemigos del rajá.

Al príncipe Manu Bappoo no le sorprendió que su hermano hubiera optado por no ir a Gawilghur y que en cambio hubiera huido adentrándose en las montañas. El rajá era como Beny Singh, no tenía estómago para el combate, pero Bappoo había visto a las primeras tropas británicas deslizarse por la llanura bajo los altos muros del fuerte y había acogido con gusto su llegada. ,..´—´"

—No hace falta que mi hermano esté aquí para que sepamos qué hacer —dijo—. Tenemos que combatir. —Los demás hombres, todos ellos comandantes de las diversas tropas que se habían refugiado en Gawilghur, se mostraron de acuerdo.

—Los muros no pueden detener a los británicos —dijo Beny Singh. Estaba acariciando un perrito faldero de color blanco que tenía unos ojos igual de abiertos y asustados que los de su dueño.

—Pueden, y lo harán —insistió Bappoo

Singh movió la cabeza en señal de negación.

—¿Los detuvieron en Seringapatam? ¿Y en Ahmednuggur? ¡Atravesaron las murallas de esa ciudad como si tuvieran alas! Son… ¿cuál es la palabra que emplean ustedes los árabes?… ¡djinns! —Recorrió con la mirada al consejo allí reunido y no vio a nadie que lo apoyara—. Deben de tener a los djinns de su lado —añadió débilmente.

—¿Y qué va a hacer entonces? —preguntó Bappoo.

—Negociar con ellos —respondió Beny Singh—. Pedir cowle.

—¿Cowle? —Fue el coronel Dodd quien intervino, hablando en su rudimentario marathi recién aprendido—. Yo le diré qué condiciones les ofrecerá WeIIesley. ¡Ninguna! Se lo llevará prisionero, hará un desaire a estas murallas y se llevará los tesoros del rajá.

—Aquí no hay tesoros —dijo Beny Singh, pero nadie le creyó. Estaba calmando al perrito, que se había asustado con la discordante voz del inglés.

—Y entregará las mujeres a sus soldados para que jueguen con ellas —añadió Dodd cruelmente.

Beny Singh se estremeció. Tanto su esposa y sus concubinas como sus hijas estaban en el palacio, y todas le eran muy queridas. El las mimaba, las veneraba y las adoraba.

—Quizá tendría que sacar a mi gente del fuerte, ¿no? —sugirió en tono vacilante—. Podría llevarlos a Multai. Los británicos nunca llegarán a Multai.

—¿Huiría? —preguntó Dodd con su voz disonante—. ¡No lo hará, maldita sea! —dijo estas últimas palabras en inglés, pero todo el mundo entendió su significado. Se inclinó hacia delante—. Si huye —dijo—, la guarnición se desanimará. Los demás soldados no pueden llevarse a sus mujeres, de modo que ¿por qué tendría que hacerlo usted? Vamos a luchar contra ellos aquí y los vamos a detener aquí. ¡Los vamos a parar en seco! —Se puso en pie y se encaminó hacia el extremo del pabellón, donde escupió en la orilla cubierta de verdín antes de volverse de nuevo hacia Beny Singh—, Sus mujeres están a salvo aquí, killadar. Podría retener esta fortaleza desde ahora mismo hasta el fin del mundo sólo con un centenar de hombres.

—Los británicos son djinns —susurró Beny Singh. El perro que tenía en brazos temblaba.

—No son djinns —replicó Dodd con brusquedad—. ¡No son demonios! ¡Los djinns los demonios no existen!

—¡Djinns alados —dijo Beny Singh casi como un gemido—, djinns invisibles! ¡Por los aires! Dodd volvió a escupir.

—Mierda —dijo en inglés; entonces se volvió rápidamente hacia Beny Singh—. Yo soy un demonio inglés. ¡Yo! ¿Lo entiende? Yo soy un djinn, y si se lleva a sus mujeres voy a seguirle, me acercaré a ellas por la noche y las llenaré de bilis negra. —Mostró sus dientes amarillentos y el killadar se estremeció. El perro blanco ladró con estridencia.

Manu Bappoo le hizo un gesto con la mano a Dodd para que volviera a tomar asiento. Dodd era el único oficial europeo que quedaba en sus fuerzas, pero, aunque Bappoo se alegraba de contar con los servicios del inglés, a veces el coronel Dodd podía llegar a ser un poco pesado.

—Si hay djinns —le dijo Bappoo a Singh—, estarán de nuestro lado. —Esperó a que el killadar tranquilizará al asustado perro y después se inclinó hacia delante—. Dígame —le pidió a Beny Singh—, ¿los británicos pueden tomar la fortaleza utilizando los caminos que ascienden por la montaña?

Beny Singh pensó en aquellos dos senderos empinados y tortuosos que serpenteaban colina arriba bajo las murallas de Gawilghur. Nadie podía sobrevivir a aquellas escaladas, no si los defensores dejaban caer una lluvia de balas de cañón y piedras por las escarpadas cuestas.

—No —admitió.

—Entonces sólo pueden venir por un sitio. ¡Sólo por un sitio! Por la franja de tierra que hace de puente. ¡Y mis hombres protegerán el Fuerte Exterior y los soldados del coronel Dodd defenderán el Fuerte Interior!

—Y mis Cobras —terció Dodd con aspereza— no dejarán pasar a nadie. —Seguía contrariado por el hecho de que sus entrenados soldados de casacas blancas no fueran a defender el Fuerte Exterior, pero había aceptado el argumento de Manu Bappoo en cuanto a que lo más importante era retener el Fuerte Interior. Si por casualidad los británicos capturaban el Fuerte Exterior, nunca podrían abrirse camino a la fuerza y superar a los hombres de Dodd— Mis soldados —gruñó— nunca han sido derrotados. Y nunca lo serán.

Manu Bappoo le sonrió al nervioso Beny Singh.

—¿Lo ve?, killadar Va a morir aquí de viejo.

—O por un exceso de mujeres —terció otro hombre, lo cual provocó carcajadas.

Desde las murallas septentrionales del Fuerte Exterior llegó el sonido de un cañón, seguido de otro al cabo de unos segundos. Nadie sabía qué era lo que podía haber provocado los disparos, por lo que los doce hombres siguieron a Manu Bappoo cuando éste abandonó el pabellón y se dirigió hacia los muros del norte del Fuerte Interior. Desde las altas ramas los monos de pelaje plateado dirigieron sus parloteos a aquellos hombres.

En la verja del jardín del rajá habla unos guardias árabes. Estaban allí apostados para evitar que ningún soldado raso de la guarnición llegara a los senderos que había Junto al embalse por los que las mujeres del killadar gustaban de pasear por la tarde cuando hacía fresco. A un centenar de pasos de distancia del otro lado de la verja, había un pozo de abruptas paredes enclavado en la roca que tenía una profundidad de unas dos veces la altura de un hombre y Dodd se detuvo a mirar hacia el fondo sumido en sombras. Los canteros habían cincelado las paredes del hoyo hasta dejarlas lisas, de manera que nada pudiera salir trepando de aquel suelo plagado de huesos.

—El Agujero del Traidor —dijo Bappoo, al tiempo que se detenía junto a Dodd—, pero los huesos son de crías de mono.

—¿Pero se comen a las personas? —preguntó Dodd, intrigado por la ensombrecida negrura al pie del agujero.

—Matan personas —respondió Bappoo—, pero no se las comen. No son lo bastante grandes.

—No veo ninguna —dijo Dodd, decepcionado, pero entonces, de pronto, una sombra sinuosa se retorció rápidamente entre dos grietas—. ¡Allí! —exclamó alegremente—. ¿No llegan a crecer lo suficiente para comerse a las personas?

—Casi todos los años se escapan —explicó Bappoo—. El monzón inunda el pozo y las serpientes suben nadando y se escurren hacia fuera. Entonces tenemos que encontrar otras. Este año nos hemos evitado la molestia. Estas serpientes crecerán más de lo normal.

Beny Singh aguardaba a unos pocos pasos de distancia y tenía firmemente agarrado a su perrito, como si temiera que Dodd lo fuera a echar a las serpientes.

—Hay un cabrón que tendría que servir de comida a las serpientes —le dijo Dodd a Bappoo, al tiempo que señalaba al killadar con un gesto de la cabeza.

—A mi hermano le cae bien —dijo Bappoo en tono suave, y rozó el brazo de Dodd para indicarle que tenían que seguir andando—. Comparten gustos.

—¿Por ejemplo?

—Las mujeres, la música, los lujos. La verdad es que aquí no lo necesitamos.

Dodd sacudió la cabeza.

—Si deja que se marche, sahib, la mitad de la maldita guarnición querrá salir huyendo. Y si deja que se marchen las mujeres, ¿por qué motivo van a luchar los hombres? Además, ¿de verdad cree que hay algún peligro

—No —reconoció Bappoo. Había conducido a los oficiales por una empinada escalera de roca hacia un bastión natural donde un enorme cañón de hierro apuntaba por encima del abismo hacia los distantes despeñaderos de la elevada meseta. Desde aquel punto los lejanos precipicios estaban a casi un kilómetro y medio de distancia, pero Dodd divisó a un grupo de jinetes apiñados al borde del abismo. Eran aquellos jinetes, todos ellos ataviados con las túnicas nativas, los que habían inducido a los artilleros a abrir fuego, pero éstos, al ver que sus disparos no alcanzaban el objetivo, habían desistido. Dodd sacó el anteojo, lo enfocó y vio a un hombre con el uniforme de los Ingenieros Reales sentado en el suelo a unos pasos de distancia de sus compañeros. El ingeniero estaba haciendo un boceto. Los jinetes eran todos indios. Dodd bajó el anteojo y miró el enorme cañón de hierro.

—¿Está cargado? —les preguntó a los artilleros.

—Sí, sahib.

—Un haiderí<ii> para cada uno si son capaces de matar al hombre que lleva el uniforme oscuro. El que está sentado al borde del precipicio.

Los artilleros se rieron. Su cañón tenía más de seis metros de largo y el tubo de hierro forjado estaba moldeado con elementos decorativos pintados de verde, blanco y rojo. Junto a la sólida cureña, construida con gigantescas vigas de madera de teca, había un montón de balas de cañón, todas de más de treinta centímetros de diámetro. El capitán de los artilleros afinó la puntería gritándoles a sus hombres que movieran la enorme cureña un pulgar hacia la derecha y luego un dedo hacia atrás, hasta que por fin estuvo satisfecho. Miró un segundo por el tubo del cañón entrecerrando los ojos, hizo un gesto con la mano a los oficiales que habían seguido a Bappoo para que se apartaran del gran cañón y luego se inclinó sobre la recámara para aplicar su resplandeciente botafuego al oído del cañón.

El cebo brilló y humeó un segundo mientras el fuego se precipitaba hacia la carga, luego el enorme cañón retrocedió estrepitosamente y las guías de teca se deslizaron hacia arriba por la rampa de maderos que constituía la mitad inferior de la cureña. En el abismo se alzó una humareda y cientos de pájaros asustados echaron a volar de sus nidos enclavados en las paredes de la roca y batieron sus alas describiendo círculos en el aire cálido.

Dodd se había quedado a un lado, observando al ingeniero a través de su anteojo. Por un instante distinguió incluso la enorme bala de cañón como una fugaz pincelada gris en el cuadrante inferior derecho de su lente, luego vio hacerse pedazos una roca que el ingeniero tenía cerca. El ingeniero cayó de lado y dejó caer el bloc de bosquejos, pero se levantó y subió apresuradamente por la cuesta hacia el lugar en el que los soldados de caballería le guardaban el caballo.

Dodd sacó una única moneda de oro de la bolsa y se la lanzó al artillero.

—Ha fallado —le dijo—, pero fue un disparo de primera.

—Gracias, sahib.

Un quejido hizo que Dodd se diera la vuelta. Beny Singh le había dado el perro a un criado y estaba mirando a los jinetes enemigos a través de un anteojo de tubo de marfil.

—¿Qué pasa? —le preguntó Bappoo.

—Syud Sevajee —dijo Singh en un hilo de voz.

—¿Quién es Syud Sevajee? —preguntó Dodd.

Bappoo sonrió.

—Su padre fue killadar aquí en otro tiempo, pero murió. ¿No fue veneno? —le preguntó a Beny Singh.

—Murió y ya está —replicó Singh—. ¡Murió y ya está!

—Asesinado, probablemente —dijo Bappoo divertido—, y Beny Singh se convirtió en killadary tomó a la hija del fallecido como concubina.

Dodd se dio la vuelta y vio que los jinetes enemigos desaparecían entre los árboles al otro lado del lejano precipicio.

—Ha venido a vengarse, ¿no? ¿Sigue queriendo marcharse? —le preguntó a Beny Singh—, Porque ese tipo le estará esperando. Le seguirá el rastro a través de las montañas, killadar, y le cortará el cuello en la oscuridad de la noche.

—Nos quedaremos aquí y lucharemos —declaró Beny Singh, al tiempo que recuperaba el perro de manos de su sirviente.

—Lucharemos y ganaremos —dijo Dodd, y se imaginó las baterías de brecha británicas en aquel lejano precipicio, se imaginó la carnicería que aquel enorme cañón provocaría entre los servidores de dichas baterías. Había otros cincuenta cañones pesados aguardando a que los británicos se aproximaran, y cientos de piezas de artillería ligera que disparaban proyectiles más pequeños. Cañones, cohetes, botes de metralla, mosquetes y precipicios, aquéllas eran las defensas de Gawilghur, y a Dodd le parecía que los británicos no tenían ninguna posibilidad. Absolutamente ninguna. El humo del enorme cañón se disipó con la suave brisa—. Morirán aquí —dijo Dodd—, y daremos caza a los supervivientes por el sur y los mataremos como a perros. —Se dio la vuelta y miró a Beny Singh—. ¿Ve el abismo? Allí es donde morirán los demonios de los británicos. Se les chamuscarán las alas, caerán como piedras ardiendo hacia la muerte y sus gritos arrullarán a vuestros hijos y los sumirán en un tranquilo sueño. —Sabía que decía la verdad, pues Gawilghur era inexpugnable.

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