Si Sabino viviría

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El detective galáctico José Miguel López Belausteguieta, alias Cosmic Josemi, bebedor empedernido, trisexual y ludópata del mus que vive en el planeta La Margen, es contratado desde el planeta Nueva Euskadi para que baje al terrorífico planeta Tierra a cumplir una peligrosísima misión: recoger los restos del cadáver de cierto prócer, sin cuyo ADN el ordenador que gobierna Nueva Euskadi no funciona como es debido. Pero los infames habitantes del planeta enemigo Tauro no están dispuestos a que en Nueva Euskadi se salgan con la suya…

Ciencia ficción de la buena, humor sin concesiones, irreverencia literaria y no pocas dosis de nihilismo se alían en una novela que no deja títere con cabeza. Para reír a mandíbula batiente, que es el mejor sistema de ver las cosas de otra manera.

Iban Zaldua (San Sebastián, 1966) es profesor de Historia Económica en la Universidad del País Vasco, en Vitoria. Entre sus títulos anteriores destacan los libros de cuentos: Gezurrak, gezurrak, gezurrak (Mentiras, mentiras, mentiras, 2000), Traizioak (Traiciones, 2001) y La isla de los antropólogos y otros relatos (Lengua de Trapo, 2002), e Itzalak (2004); y el ensayo sobre la última literatura vasca Obabatiko tranbia (El tranvía que viene de Obaba, 2002)

ANTICIPO:
No tendría que haber aceptado. Son las cosas que siempre se dicen una vez que ya estás metido, y hasta el cuello. Pero lo cierto es que hice mal, primero, en levantarme aquella mañana lo suficientemente sobrio como para leer y descifrar el ultrafax que me enviaba —aunque todavía no lo sabía— el TBB, y, segundo, en picar el anzuelo de los trescientos mil euros nuevos que agitaron delante de mis narices por bajar al Vertedero. Ahora estoy muerto. Es una extraña sensación. Es como si te estuvieran haciendo cosquillas en la planta de los pies todo el rato. Y está el calor. Ese calor en el pecho.

Todo comenzó hace unos meses. Estoy en el sofá de mi oficina —un local húmedo y oscuro, en la torre de viviendas más alta de Arboleda, decorado sólo con los viejos hologramas que regalan con el Interviú y algunas cabezas disecadas de gertos, recuerdo de las partidas de caza de mi padre en la nebulosa

XP21—, durmiendo la mona, cuando bipbipbipbipbip recibo un ultrafax, me levanto y, cosa infrecuente, lo leo al instante. Ni siquiera mi dislexia me hace dudar: el asunto huele a pasta de la buena. Casi en tono de mando se me convoca para dentro de dos días estándar en Nueva Euzkadi, lo que se me antoja un poco precipitado, pero el código adjunto para obtener un billete gratis en la hiperlumínica de las 4.40 de Lufthansa y en Very First Class no ofrece lugar a dudas. Me encantan las azafatas de Lufthansa. Y también los azafates, qué duda cabe. Todos manufacturados por la Riefenstahí Corporation. Ya, ya sé. Pero uno tiene sus fetichismos, qué demonios. De cualquier modo, aunque lo repasé de arriba abajo, el texto del ultrafax no especificaba si el billete incluía el servicio completo.

No lo incluía: mala suerte. Pese a todo, puedo decir que el viaje fue delicioso, casi perfecto, especialmente después de haber pasado por el compartimiento de la Tourist Class y haber comprobado el apiñamiento en hamacas de metal de trescientos cincuenta pasajeros sin suerte y abandonados por sus desodorantes biogenéticos. En primera no íbamos más que un eurodiputado que regresaba a casa y yo. «José Antonio Anasagoiti, encantado», se presentó. A simple vista parecía bastante envarado, pero no tardé en comprobar que hasta los políticos pueden ser personas. El bourbon era sintético-nacional pero gratis, así que nos corrimos una juerga de dos días que pasará a los anales de la compañía interestelar, o eso pienso, si tenemos en cuenta el número de veces que enviaron a los robots sanitarios a inyectamos genodramina contra algo que no se sabía bien si era mareo espacial, curda cósmica o una indisoluble combinación de ambos males. Algo me decía que más valía llevar mi asunto con discreción, así que por supuesto no revelé mi verdadero nombre y adopté una de mis más queridas identidades secretas, la de Juan José Nadal, comerciante de leche en polvo irradiada para planetas en vías de desarrollo, empleo lo suficientemente poco respetable como para no llamar la atención en primera clase. El eurodiputado se lo tragó —al menos eso me pareció— e incluso me dejó su tarjeta por si durante mi «viaje de negocios» tenía tiempo de hacerle una visita en la capital: conocía una sidrería donde hacían una tortilla de surimí de bacalao para chuparse los dedos.

Digo que el viaje fue casi perfecto, porque no hubo manera de. Y yo llevaba más de un mes de secano; bueno, casi de secano, y aquella me pareció la ocasión perfecta. De acuerdo, mi billete no incluía servicio completo, pero siempre se puede apañar algo con el personal de vuelo; no tiene por qué resultar tan caro. Bueno, en las 3Dnovelas de amor y lujo es así, por lo menos, y en ese momento me interesaba que fuera la naturaleza la que imitara al arte. El eurodiputado no era mi tipo, qué se le va a hacer, y, además, no parecía demasiado interesado en nada aparte del alcohol y el fútbol, pero había una azafata que no estaba mal. Una de las veces en que el político se quedó grogui, conseguí acercarme a ella e incluso hacerme entender con el poco alemán que sé, fruto de los cuatro primeros fascículos que adquirí de la colección Aprenda alemán en dos meses estándar. Siempre me pasa lo mismo: me compro la oferta de lanzamiento pero enseguida me canso y me apunto a la siguiente la de Huevos psicodélicos andromedanos en miniatura, por poner un ejemplo, y así sucesivamente. Aunque hay que reconocer que la de los huevos andromedanos era cojonuda: no parecían reproducciones y el efecto alucinógeno era casi perfecto, además, con el segundo número te regalaban una huevera de auténtico cartón! Una joya de colección; casi la terminé.

Inge 4×4, aunque no a la primera, acabó por descifrar mi alemán —un milagro— e incluso llegó a mascullar una cifra que yo tampoco entendí a la primera, ni a la segunda. A la quinta sí, y resultó ser relativamente más elevada de lo que en un principio esperaba. De perdidos al río, decidí, pensando en el fajo de billetes que de seguro me esperaba en Nueva Euzkadi. Nos fuimos a uno de los reservados del fondo, desde el que se podían escuchar con claridad los estertores de los pasajero de segunda clase, sensación extraña pero en ningún caso desagradable, y, nada más entrar, Inge 4×4 pidió una Bratwurst doble —«Das macht dir doch nichts aus, oder?», me dijo—, y eso sí que me excitó muchísimo, aunque no supe muy bien por que, ni qué pretendía hacer con la salchicha. De cualquier manera la sutileza no era lo suyo: antes de que llegara el pedido su mano derecha había buscado y hallado mi entrepierna, y había notado el abultamiento del tejido de tergal de mí pantalón. Yo intenté pegarme más a ella, pero en ese instante se abrió la trampilla neumática del reservado y apareció el cilindro de plástico que contenía la enorme Bratwurst humeante. La cogió al vuelo y empezó a manipularla de tal manera que, sin poder evitarlo, se me tordularon los hurgalios, uno detrás de otro. "Mierda —pensé—; que no se dé cuenta, que no se dé cuenta pero era tan evidente como mi erección. Se dio cuenta. Emitió un gritito de horror.

—Du bist ein Dreifaltig!

Sí, y un trino trisexual, además. Qué se le va a hacer…

—Bueno, tampoco es para tanto… —intenté, conciliador.

—Und wann wolitest du mir das sagen, du Arsch?

Nunca: sólo se lo hubiera dicho de haber sido inevitable. Hay maneras de disimularlo, además. Pero me falta autocontrol, en esas ocasiones. Los malditos hurgalios. Lo de la Bratwurst había sido fatal.

—Creía que te habías dado cuenta y que no te importaba —mentía como un bellaco y, lo que es peor, se me notaba.

—Schwein! -me insultó, contundente, y luego se quedó callada, como si le hubieran fallado las fuerzas Fue un momento de silencio que, no sabría decir por qué, se me antojó estimulante.

¿Me atrevería?

—Entonces, de follar, ¿nada? —me atreví

Inge4x4 se marchó dando un portazo, cosa realmente difícil tratándose de una puerta automática. Pero lo logró lo juro.

Me senté en el sofá del reservado. A pensar; ni siquiera tema ganas de cascármelos. La excitación había desaparecido como por arte de ensalmo. El eskay se me pegaba a la espalda a través de la camisa. Mordisqueé la Bratwurst sin demasiada convicción: estaba buena. Maldije por un momento la hora en que a mis bisabuelos les dio por hacerse el injerto: en aquella época nadie estaba seguro de si los nuevos órganos se transmitirían hereditariamente, pero era la moda y a nadie se le ocurrió pensar en las consecuencias. Sobre todo teniendo en cuenta que las tendencias cambiaron enseguida y lo que resulto ser una moda más duradera fue la marginación que en muchos planetas empezó a sufrir el colectivo de trinos Más aun cuando la mayoría de los hijos de los primeros trinos heredaron alguno o muchos de los órganos que se habían injertado sus padres; cuando con la tercera generación ocurrió lo mismo se convirtió en un hecho permanente: el género humano tenia un tercer ídem y las permutaciones posibles de las identidades sexuales se multiplicaron.

Hurgalios, noemas, orfelunios y nóvalos: eran lo único que nos quedaba de los extintos arturianos; bueno, eso seis o siete museos repletos de objetos de arte y piezas étnicas y unas cuantas ruinas proclamadas Patrimonio de la Humanidad -que ironía- en Arcturus IV, su planeta natal. La compleja sexualidad de los arturianos llamó enseguida la atención de los gabinetes bioestéticos de origen terrícola que sin estudiar muy a fondo su funcionamiento y los intrincados ritos sexuales arturianos —todavía hoy objeto de debate—, escogieron cuatro de los siete órganos sexuales de la especie, los únicos compatibles con la fisiología humana, montaron un programa de donación de órganos en Arcturus, y empezaron a ofertar un paquete de trasplantes a lo largo y ancho de los planetas humanos, con un éxito inesperado que, como tantas modas —el hula-hoop de plutonio, los piercings para muñones, el karaoke ruso de cinco balas— fue flor de un día. Las consecuencias, sin embargo, tuvieron una mayor trascendencia histórica.

Mientras tanto, los arturianos desaparecieron de la faz del universo: el contacto con los humanos fue fatal para ellos. La causa de la extinción, una variedad de herpes que supuestamente llegó en una nave comercial humana mal esterilizada y que se convirtió rápidamente en epidémica. Bueno, el herpes y un par de guerras con la Unión Europea para dirimir los límites de la zona de colonización planetaria. Veinte años después del primer contacto los arturianos no eran más que un recuerdo; muy presente, eso sí, para los varios millones de trinos que pululábamos por el universo.

En fin.

Pensar me cansa, así que, finalmente, decidí masturbarme. Me vengué a conciencia: perdidito les dejé el reservado. Deseé que fuera la misma Inge 4×4 quien tuviera que limpiar el desaguisado. Iba a necesitar mucho biodetergente.

Volví donde el eurodiputado, al que acababan de despertar aplicándole una mascarilla de cafeína, como él mismo había pedido. Anasagoiti estaba de muy buen humor.

—¿Qué, continuamos con la juerga?

—¿Por qué no? —respondí, algo más animado.

Anasagoiti pidió más Jim Daniels por el interfono. Y un par de botellas de pacharán La Navarra. La combinación prometía.

—Habrá que comer algo, ¿no? Unas salchichas, ¿le parece? Me han contado que las cocinan bárbaras, aquí.

—Mejor no —titubeé—. Prefiero codillo, o algo así.

—¡Con chucrut!

—Con chucrut.

—¡Adelante, pues!

No hay nada como la sana camaradería heterosexual masculina. Sobre todo si no hay ninguna posibilidad de sexo por los alrededores. Me preparé para sumergirme una vez más en los vapores del alcohol.

El eurodiputado me echó el brazo al hombro. Supe que iba a ponerse a cantar.

El himno del Athletic. Cómo no.

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Interplanetaria

3 Opiniones

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  • G
    on

    Fuera de la supuesta sátira política, un poco oportunista, literariamente muy flojo. Se acaba porque es cortito.

    LA idea original, algunas situaciones también pero el resultado…

  • Guille
    on

    Pues a mí me ha gustado mucho. No es alta literatura, de acuerdo, pero tiene guiños muy convincentes, y me ha hecho sonreír más de una vez. Muy crítico, da qué pensar.

  • Si va
    on

    algunas verdades seguramente hay que disfrazarlas de locura y otras de ciencia ficción. Se deja leer que ya es bastante y tiene escenas interesantes que ya es mucho.

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