Siete x siete

sietexsiete

Un castillo que oculta un enigma.

Un prisionero de sus creencias, de sus pasiones, de su pasado…

Su vida está en juego y siete días es el tiempo que se le concede para enfrentarse a sus demonios… y a algo más.

Pocas veces habrá leído una novela como esta: inteligente, demoledora, potente, fantástica, provocadora, sutil e irreverente.

Si no le gusta ser conmovido, si no desea que alguien zarandee sus convicciones, no la lea. Porque, en realidad, usted es el protagonista y, desde la primera página, todas sus creencias y seguridades están en peligro.

ANTICIPO:
Abrió los ojos, todavía nublados por la visión del sueno, ella y Febo, el atlético camarero… Lo que acababa de ver no le resultaba exactamente agradable y, pese a que era consciente de su virtualidad, lo turbaba profundamente, como si su realidad de espectador estuviera implicada en la creación de las imágenes apenas transcurridas. El hombre la presionaba contra el montante de una puerta y la manoseaba, grabando las señales de su deseo en la tierna piel del cuello, del seno, de los muslos.

La inquietud de Alan iba en aumento mientras traía a la conciencia los últimos fotogramas de aquella historia. Ella seguía allí, clavada al muro como una mariposa, y lo atraía hada ella guiándolo hacia su placer con la música de sus humores… Se sorprendió imaginándose en su lugar. El de Febo.

Pero no era así, ni siquiera en el sueno que lo remitía, burlón, la rabia de oír sus suspiros, sentir sus olores… Alan lo odiaba y sentía el veneno que emanaba del incontrolado deseo de ella y de aquello que el otro le robaba, succionando como un parásito su legítima pretensión, su necesidad vital de gozar él solo de aquel alimento. Pero el tormento le mantenía los ojos clavados en la escena y, en una malsana complacencia, sentía en sus entrañas el placer de Febo.

Pronto remitirían las imágenes y su tormento y las archivaría en la oscuridad de la mente tal como había ya hecho con aquellas otras, más inquietantes, que lo habían acompañado durante el sueno profundo de la noche. El diálogo entre aquellos dos universos, uno de los cuales parecía vivir absolutamente alejado de la conciencia, no solo era posible sino indispensable para la supervivencia de ambos, pero el olvido era el peaje a pagar por su enfrentamiento.

Alejó en los recovecos de la memoria los últimos fragmentos del sueño y su mente se abrió a la realidad de un día en que la luz del sol penetraba dulcemente. Los muñecos colgados junto al lecho le regalaron, como siempre, una sonrisa de buenos días, mientras sus ojos se habituaban al nuevo estado de vigilia, recorriendo las paredes de color pastel, mucho más bajas que las de las otras salas del castillo. Durante un segundo. Alan tuvo la curiosa sensación de estar en su habitación de cuando era un muchacho.

La cama, a la francesa, estaba recubierta por un suave edredón a rayas azules y blancas, regalo de la tía Betty en sus trece años, los almohadones de pluma de oca, grandes y cuadrados, eran los mismos que abrazaba antes de dormirse, y la habitación era absolutamente idéntica al teatro donde había jugado con los secretos de su adolescencia.

— ¡No es posible! —gritó, saltando de la cama. Con la mente volvió al día anterior y a su visita al castillo, pero los recuerdos de la noche anterior y de la película que se había rodado en aquella sala, eran vagos y evanescentes, así que Alan no sentía ninguna necesidad de abandonar urgentemente aquellos muros. Podía concederse aun algún momento de pausa antes de proseguir el viaje, pues, sobre todo, la única cosa que en aquel momento reclamaba toda su atención era aquella habitación de dormir.

—No es posible —se repitió a sí mismo—, no pueden existir dos habitaciones exactamente idénticas en dos continentes distintos.

Una mirada a) edredón rayado le confirmó que se trataba del de la tía Betty, todavía conservaba trazas de una mancha de tinta que ningún lavado había conseguido hacer desaparecer. Luego vio la cómoda. Aquel mueble poseía una repisa secreta en la que el joven Alan solía esconder sus «cosas» prohibidas.

Tiró al suelo todos los cajones repletos de prendas masculinas en un coloreado revoltijo de ropa interior y alargó la mano hada el fondo, allí tenía que haber un pequeño gaucho que, al estirarlo, permitía correr dicho fondo, abriéndolo a una especie de escondrijo interior.

Con movimientos rápidos y nerviosos tocó el fondo, pero el gancho y el escondrijo secreto que solo él conocía no estaban. En su lugar había un curioso tornillo, liso y cuadrado, que giró, perplejo, entre sus dedos. Tenía treinta y nueve años, pero en aquel momento seguía teniendo trece. Sus fantasías sobre pasajes temporales, cuantos y puertas estelares le propusieron una solución oportuna al problema y se decidió por una fisura espacio-tiempo de la que seguramente se podría salir con un poco de suerte. Y con la ironía de sus mejores tiempos, liquidó el asunto.

Estaba hambriento, pero no terna ni idea de qué hora era. Abrió tímidamente la puerta de la habitación, pero, dado que no se oía ningún ruido en el largo pasillo, decidió esperar un poco más antes de llamar a una de las tantas puertas cerradas, que vio buscando el baño. Miró a su alrededor, acariciándose con una mueca la sombra de la ´barba, y se dirigió decididamente hacia una cornisa dorada que parecía contener un espejo. Por su parte oscura estaba apoyado en la pared de la hornacina que había Junto a la puerta.

—Oh, aquí estás, te estaba buscando, ¿lo sabes? Si encontrase un clavo…

Se acordó de aquel extraño tornillo, lo recogió del suelo y casi instintivamente lo apoyó en la pared. Apenas aquella punta cuadrada tocó la pared, empezó a penetrarla como si mera una barrena eléctrica, pero en cuanto apartó los dedos el tornillo interrumpió su movimiento.

— ¡Fantástico! —dijo a su rostro reflejado en el espejo—. Debe ser otra invención de aquel tipo… cibernético.

Lionel. ¡Caramba! Tenía una cita con él, se había olvidado totalmente. Le recorrió un escalofrío mientras pensaba en la conversación dejada a medias la noche anterior, mientras un ligero ruido le hacía sobresaltar. Alguien estaba llamando a la puerta La mujer de la larga túnica y rostro corroído, creía recordar que se llamaba Anne Violet, apareció en el umbral llevando entre sus huesudos brazos una bandeja con el desayuno.

—Buenos días. Muchas gracias por haber pensado en mí.

Mientras tanto, le abrió la puerta e intentó ayudarla a dejar la pesada bandeja en el borde de la cama. La mujer ni se movió ni sonrió ante sus cumplidos, seguía mirando una pared de la habitación con ojos vidriados y ausentes. Alan siguió su mirada clavada en el espejo.

—Ah, ¿aquello? Acabo de fijarlo con un tornillo…

—Quítelo inmediatamente de ahí —ordenó sin variar su mirada.

—Perdone, señora, pero…

—Se lo repito, quite inmediatamente aquel espejo de esta habitación —repitió, en un repentino ataque de ira, hundiendo la cabeza entre los hombros. La mujer estaba aterrorizada, como si viese a su propia muerte acercándose, aunque en la posición en que se encontraba no podía verse reflejada. Recordó entonces las palabras que le había dirigido durante la cena, el «dentro» y el «fuera», y pensó que aquella desgraciada criatura corroída por su enfermedad debía sufrir alarmantes transtornos nerviosos. Era mejor no llevarle la contraria. Se apresuró a quitar de la pared el motivo de tanto terror y le pidió de nuevo que entrara.

El sol, que a través de una claraboya inundaba la habitación, le cayó encima de improviso como una cascada de polvo luminoso, consumiendo la luz antes que pudiese llegar a su pie! lívida y apagada. Alan dio un paso atrás y apartó de ella sus ojos, recorrido por un repentino escalofrío que le hizo abalanzarse ávidamente sobre la bandeja del desayuno.

Sentía encima sus ojos que le pinchaban como agujas, como investigando sus puntos más sensibles. Cuando alcanzaron su hígado, se decidió a levantar la cabeza del último panecillo para decir, sin tomar aliento:

—Hace un momento he encontrado aquí un extraño tornillo. Mírelo allí, clavado en la pared. Es realmente curioso. ¿Es una patente de Lionel? Quizá usted sepa dónde lo puedo comprar.

Como respuesta, Anne Violet se dejó caer en la cama y, con voz llorosa y tono lastimero, le dijo:

—Así que usted no recuerda lo que le dije anoche. Nosotros jamás salimos de aquí. Aquí nos alojamos, estas salas son el espacio en el que nos movemos- Yo he nacido aquí y me quedaré siempre aquí.´ Solo puedo imaginarme lo que puede ser la vida fuera del castillo…

La gente que se divierte ignorante de todo, la naturaleza que resplandece, hombres y mujeres que se encuentran…

Estaba realmente loca, decidió Alan. Seguro que sus compañeros pensarían lo mismo. ¿Creía que iba a convencerlo con sus lamentos? Todo lo que decía era digno de una pía y virtuosa mujer… Un destello imprevisto atravesó la mente de Alan, pero ella, asfalta, lo llevó a otra parte con una breve, conmovedora y desesperada sonrisa.

La buena educación de Alan le hizo picar el cebo y se dispuso a consolarla.

—Me sabe mal lo que usted siente, pero crea que muy a menudo la vida de allí fuera —dijo, indicando con un gesto de la cabeza algún impreciso lugar fuera de los muros— no es de color de rosa, con hombres y mujeres que se encuentran, tal como usted dice, sino que se destrozan mutuamente en nombre de algo a lo que llaman amor.

Consolar no era su punto fuerte, como tampoco lo era la piedad. Aquella mujer solo lo irritaba y deseaba que se marchase cuanto antes. Tenía una cita en la biblioteca y, por lo poco que recordaba de la noche anterior, debería ser para algo importante. Después de un largo silencio, la mujer se giró lentamente hacia Alan, se pasó las manos por sus cortos cabellos rubio ceniza, reteniendo la mirada que la seguía dentro de sus opacas órbitas.

—Alan, ¿ha pensado alguna vez en llevar una vida distinta de la que ahora vive?

La respuesta llegó fulminante y automática:

— ¿En qué sentido?

Los ojos de aquella mujer se habían vuelto tan intensos y magnéticos que no le permitían distraer su atención.

—Me preguntaba si por casualidad no hubiera deseado alguna vez ser otra cosa, qué sé yo, el rector de la Universidad… ¿Dónde enseña?… ¿En Harvard? —mentía, provocándolo experta.

La serpiente se había deslizado silenciosamente y se había introducido en su escondite.

—Enseño en Boston. Y no, no quiero ser otra cosa —cortó secamente con un bufido.

—Alan —ahora la voz se había vuelto más estomacal y repelente—, quizá no ha tenido nunca las agallas de considerar la miseria y la banalidad de su vida respecto a la de sus amigos. Admítalo, querido muchacho. Usted ha evitado siempre la comparación por miedo a salir mal parado.

Un latigazo golpeó las entrañas de Alan, aquella mujer se las había dejado al descubierto y jugaba con ellas. El ritmo se hizo más apremiante.

—Y estoy también segura que su ambición profesional no es más que un medio para buscar reconocimientos y no sentirse inferior a los demás —una pausa mientras aquella lengua venenosa sibilaba antes de la picadura final de sus afilados dientes—. Usted tiene miedo, Alan. Tiene miedo de desear lo que no le pertenece. Tiene miedo de ambicionar lo que no puede alcanzar, pero que otros tienen en su lugar…

—Usted no vale nada. Y lo sabe —concluyó con una risotada.

Alan se senda abrumado por un torbellino de emociones, no conseguía pensar, rebatir tanta mezquindad, defenderse. Pero sus ambiciones frustradas, aquella cátedra que otro se llevó, su vida insulsa y aquella mujer inalcanzable que incluso en un sueño había incitado sus sentidos para luego entregarse a otro, lo hacían temblar de frustración y de rabia.

Aquel ser demacrado y esquelético que había sido un momento antes, ahora era fuerte e imponente, como si en su obra de destrucción llevada a cabo con una precisión despiadada y devastadora encontrase fuerza y vigor, casi espontáneamente. Se levantó del lecho y se acercó a Alan sinuosamente, dispuesta a hechizarlo con sus cascabeles, antes de la última agonía.

—Es usted uno de esos jóvenes brillantes que conocen siempre la respuesta Justa, ¿no? ¡Bienvenido a la vida real, profesor Scott! Fíjese en su enfermedad y reconózcala.

—Yo… yo nunca he deseado lo que era de otros…

Las palabras salieron de su garganta con un apagado gemido, frente a aquel tribunal se encontraba desnudo con su pecado.

— ¡No, claro! Usted nunca ha deseado. Simplemente usted ha envidiado a los demás, profesor Alan J. Scott. Alan se sintió totalmente desolado, con el vientre contraído por los espasmos de aquella espada incandescente que le atravesaba junto a su vergüenza, generando nuevos monstruos. Dolor y miedo le invadieron la sangre, mientras el verdugo seguía implacable.

—Sigue equivocándose, amigo mío, no debe temer al pecado sino al mérito de otros que le quitan a usted lo que por derecho le corresponde.

El consuelo no basta para transformar una debilidad en un vicio, y el tono, repentinamente calmado, no pretendía tranquilizarlo cancelándole la culpa, solo estaba forzando con decisión la puerta, pero Alan no se dio cuenta en aquel momento. Empezó a respirar sin advertir que el nuevo meandro del discurso no era una benéfica pausa de descanso sino, simplemente, la etapa siguiente. Pero sirvió para que pudiera recuperar aquel mínimo de fuerzas que le ayudaron a llegar a la salida y salir corriendo al pasillo. Forzaba las puertas que iba encontrando en su carrera, pero ninguna cedía a su presión. Se senda vencido y perdido, de nuevo estaba huyendo lejos de si mismo, pero sabía que aquella cosa que le pertenecía le iría siguiendo como un espectro.

—Esta es la última que intento abrir —dijo en voz alta, y giró la manilla de la enésima puerta.

Arme Violet estaba sentada sobre «su» edredón de rayas blancas y azules, y estaba tan pálida que parecía muerta.

— ¿He dicho algo que lo haya ofendido, Alan? —preguntó con una voz tan débil que solo oírla ya cansaba—. Si es así, le aseguro que no era mi intención…

No se movió ninguno de los dos. Alan, en la entrada, miraba aquella mujer menuda e indefensa, intentando recordar cuál había sido su última conversación, pero no conseguía llevarlo a la superficie, igual que tampoco no sabía el porqué de su precipitada fuga. No recordaba nada en absoluto, excepto su ligero toque en la puerta con la bandeja del desayuno.

—No tengo ni idea de por qué he salido, pero ya que estoy aquí le ruego que me diga si necesita algo —dijo, sentándose junto a ella en la cama. Su madre, Hellen Burcher Scott, se sentó entre ellos con gracia y ligereza como en el acostumbrado té de las cinco. Hellen se desvivía por su hijo, y fue ella quien lo empujó a estudiar una carrera universitaria. Lo había animado y estimulado y, con prudente cautela, había administrado sus elecciones, dirigiéndolo con incansable firmeza hacia las que podían procurar mayores garantías de éxito, y como a una liebre de trapo frente al hocico de perros cazadores, lo aguijoneaba implacable hacia la persecución del trofeo, transformando su vida en un desafío continuo, en una incansable carrera hacia la inalcanzable meta de trofeos que jamás serían suyos. Siempre había alguien mejor que él que le arrebataba el objetivo. Hacía cinco años que había muerto después de una penosa enfermedad, dejándole como herencia a Alan el breviario de sus valiosos consejos, pocos recuerdos agradables y numerosos sentimientos de culpa.

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