Simulacra

DickSimulacra

A mediados del siglo XXI, el gobierno de los EUAE (Estados Unidos de América y Europa) es un fraude, y su presidente, un androide; queda un solo psicoanalista sobre la faz de la Tierra, plagada de enfermos mentales, y la humanidad ha sufrido una regresión evolutiva que ha originado una nueva raza de neandertales. Por este inquietante panorama desfilan personajes tan insólitos como un pianista que toca sin manos y un Göring rescatado del pasado para atentar contra su Führer .

Con su habitual derroche de imaginación e irreverencia, Dick ha creado un asombroso thriller político ubicado en un mundo donde nada es lo que aparenta, ofreciéndonos una visión radical del futuro que podríamos estar labrándonos. Una novela repleta de perspicacia, vivacidad y genio literario.

ANTICIPO:
Habría que remontarse a 1994, el año en que Alemania Occidental entró en la Unión como estado número cincuenta y tres, para comprender por qué Vince Strikerock, ciudadano americano y habitante de los Apartamentos Abraham Lincoln, escuchaba a der Alte en la televisión mientras se afeitaba, a la mañana siguiente. Había algo en este der Alte en particular, el presidente Rudi Kalbfleisch, que siempre le irritaba, y se alegraría cuando dentro de dos años Kalbfleisch alcanzara el término de su mandato y tuviera que retirarse, según la ley. Siempre era un gran día cuando la ley los echaba del cargo; Vince Strikerock siempre descubría que merecía la pena celebrarlo.

Asimismo, Vince sintió que era mejor hacer todo lo posible con el viejo mientras continuaba en su puesto, así que soltó la cuchilla y entró en el salón para manejar los botones del aparato de televisión. Ajustó la n, la r y la b, y lleno de esperanza confió en un cambio a mejor en la calidad del sonido…; sin embargo, no hubo ninguna variación. Vince comprendió que debía de haber demasiados telespectadores con sus propias ideas sobre lo que el viejo debería estar diciendo. En realidad, solamente en este edificio de apartamentos tendría que haber suficientes personas para anular cualquier presión que intentara ejercer sobre el viejo a través de su aparato. Pero así era la democracia, suspiró Vince. Esto era lo que habían querido: un gobierno receptivo a lo que dijera la gente. Regresó al cuarto de baño y continuó afeitándose.

—¡Eh, Julie! —llamó a su esposa—. ¿Está listo el desayuno?

No oía ningún sonido procedente de la cocina del apartamento. Y, pensando en ello, tampoco la había advertido a su lado cuando se levantó de la cama esta mañana.

De pronto recordó. Anoche, después de la Asamblea General, tras una pelea particularmente amarga, él y Julie se habían divorciado, habían ido a uno de los Comisionados M & D del edificio y habían rellenado los papeles D. Julie había empaquetado sus cosas entonces; estaba solo en el apartamento, nadie le estaba preparando el desayuno, y a menos que se diera prisa, iba a perdérselo por completo.

Fue un shock, porque este matrimonio en concreto le había durado seis meses enteros, y se había acostumbrado a verla por las mañanas. Ella sabía cómo le gustaban los huevos (aderezados con una pequeña cantidad de queso Mild Munster). ¡Maldita fuera la nueva legislación divorcista, tan permisiva, que el viejo presidente Kalbfleisch había introducido! Maldito fuera también Kalbsfleisch; ¿por qué no se daba la vuelta y se moría una de esas tardes, durante sus famosas siestas de dos horas? Pero entonces, claro, otro der Alte tomaría su puesto. Y ni siquiera la muerte del viejo le devolvería a Julie; aquello quedaba fuera del área de la burocracia de los EUEA, por grande que fuera.

Furioso, se acercó al aparato de televisión y apretó las teclas; si la pulsaban los ciudadanos suficientes, el anciano se pararía por completo; la tecla s implicaba el cese total del discurso. Vince esperó, pero la charla continuó.

Y entonces se dio cuenta de lo insólito que resultaba que hubiera un discurso por la mañana, tan temprano; después de todo, no eran más que las ocho. Quizá toda la colonia lunar hubiera volado por los aires tras una titánica explosión de sus depósitos de combustible. El viejo les estaría hablando sobre la necesidad de apretarse más el cinturón para restaurar el programa espacial; eran de esperar ésta y otras calamidades similares. O tal vez por fin los restos de una auténtica raza inteligente habían sido desenterrados (¿o sería desmarterrados el término adecuado?), en el cuarto planeta, a ser posible no en la zona francesa, sino en «la nuestra propia», como a der Alte le gustaba decir. Bastardos prusianos, pensó Vince. Nunca deberíamos haberos admitido en nuestra «tienda», en nuestra unión federal, que tendría que haberse restringido al Hemisferio Occidental. Pero el mundo se había quedado pequeño. Cuando se están fundando colonias a millones de kilómetros de distancia, en otro planeta, las tres mil millas que separan Nueva York de Berlín no significan nada. Y Dios sabía qué era lo que querían los alemanes de Berlín.

Vince descolgó el teléfono y llamó al encargado del edificio.

—Julie, mi esposa…, quiero decir, mi ex esposa, ¿tomó otro apartamento anoche?

Si pudiera localizarla, tal vez podría desayunar con ella y eso le levantaría el ánimo. Permaneció a la escucha lleno de esperanza.

—No, señor Strikerock. —Hubo una pausa—. No, según nuestros archivos.

Ah, demonios, pensó Vince, y colgó.

De todas formas, ¿qué era el matrimonio? Un acuerdo para compartir cosas, como poder discutir el significado de la alocución de der Alte a las ocho de la mañana, o tener a alguien —su esposa— para hacerle el desayuno mientras se preparaba para acudir a su trabajo en la sucursal de Detroit de Karp und Sohnen Werke. Sí, era un acuerdo por el cual uno conseguía que otra persona hiciera las cosas que a uno no le gustaba hacer, como cocinar; odiaba tener que tomar una comida que él mismo hubiera preparado. Cuando estaba soltero, comía en la cafetería del edificio; tendría que volver a hacerlo, según su experiencia pasada. Mary, Jean, Laura, ahora Julie; cuatro matrimonios, el último el más corto. Iba cuesta abajo. Tal vez, Dios le perdonara, era un maricón latente.

—… y la actividad paramilitar recuerda los Días de la Barbarie, y, por tanto, hay que renunciar a ella doblemente —murmuraba der Alte en el televisor.

Días de la Barbarie…, eso era el eufemismo usado para nombrar el período nazi de mediados del siglo pasado, desaparecidos desde hacía casi cien años pero aún recordados, de una forma vívida aunque distorsionada. Por tanto, der Alte había aparecido en las ondas para denunciar a los Hijos de Job, la última organización de locos, de naturaleza cuasirreligiosa, que deambulaban por las calles proclamando una purificación de la etnia nacional, etc., o lo que fuera que proclamasen. En otras palabras, endurecer la legislación para meter entre rejas a las personas de vida pública que eran raras; especialmente a aquellos nacidos durante los períodos de lluvia radiactiva producidos por las pruebas nucleares, en particular durante las malignas explosiones de la China Popular.

Eso podría incluir a Julie, pensó Vince, puesto que es estéril. Como no podía tener hijos, no se le permitiría votar…, una asociación bastante neurótica, posible solamente para una mente centroeuropea como la alemana. La cola que sacude al perro, se dijo mientras se secaba la cara. Nosotros, en Nord Amerika, somos el perro; el Reich es la cola. Qué vida. Tal vez debería emigrar a una colonia, vivir bajo un sol pálido y agradable donde incluso lo que tenga siete patas y un aguijón pueda votar…, donde no haya Hijos de Job. No era que toda la gente especial fuera tan especial, pero muchos de ellos parecían haber encontrado buenas razones para emigrar. Así como un montón de gente sin ninguna característica especial, que estaba simplemente cansada de la vida burocráticamente controlada en la Tierra superpoblada, ya fuera en los EUEA, en el Imperio Francés, Asia Popular o África Libre (es decir, negra).

Se preparó bacon y huevos en la cocina. Y, mientras se freía el bacon, alimentó al único animal que se le permitía en el edificio de apartamentos: «Jorge III», su tortuguita verde. «Jorge III» comía moscas secas (veinticinco por ciento de proteínas más nutritivas que la comida humana), hamburguesas y huevos de hormiga, un desayuno que hacía que Vince Strikerock ponderara el axioma de gustibus non disputandum est: no hay nada que objetar sobre los gustos de los demás, especialmente a las ocho de la mañana.

Cinco años antes habría podido poseer un pájaro en el Abraham Lincoln, pero ahora eso estaba prohibido. Demasiado ruidoso. Regla 205: No cantarás, silbarás, piarás, ni croarás. Las tortugas eran mudas, igual que las jirafas, pero las jirafas habían sido prohibidas, junto con los antiguos amigos del hombre, el perro y el gato, los compañeros que habían desaparecido en los días del der Alte Frederick Hempel, a quien Vince apenas recordaba. Así que podría no ser la cualidad de la mudez, y se quedó pensando, como otras veces, en las razones de la burocracia del Partido. No podía comprender sus motivos, y en cierto sentido se alegraba. Probaba que espiritualmente no formaba parte de él.

En la televisión, la cara larga, arrugada, casi senil, había desaparecido y un momento de música, un interludio puramente audible, la había reemplazado. Percy Grainger, una canción llamada Handel in the Strand, lo más banal del mundo…, la posdata adecuada a lo que le había precedido, reflexionó Vince. Giró bruscamente sobre sus talones, se cuadró, en una parodia de la rigidez marcial germana, la barbilla alzada, los brazos rígidos, mientras la melodía surgía del altavoz del televisor Vince Strikerock prestaba atención a esta música infantil que las autoridades, las llamadas Ges, juzgaban adecuada. Heil, se dijo Vince, y alzó el brazo en el antiguo saludo nazi.

La música continuó.

Vince cambió a otro canal.

En la pantalla, un hombre de aspecto acorralado aparecía en medio de una multitud que parecía animarle; el hombre, con lo que parecían policías a cada lado, desapareció en el interior de un vehículo estacionado. Al mismo tiempo, el locutor declaró:

—… y, como en cientos de ciudades a lo largo de los EUEA, el doctor Jack Dowling, renombrado psiquiatra de la Escuela de Viena aquí en Bonn, es detenido mientras protesta por la ley recientemente firmada, el Acta McPhearson…

En la pantalla se abrió paso un vehículo de Policía.

Toda una noticia, pensó sombríamente Vince. El signo de los tiempos; más represión y más miedo a cargo del establishment. Entonces, ¿a quién voy a acudir, si la marcha de Julie me causa un desmoronamiento mental? Bueno, nunca he consultado a un analista, jamás he necesitado uno en la vida. Pero esto… Nada tan malo como esto me ha sucedido nunca. Julie, pensó, ¿dónde estás?

La escena había cambiado en el televisor, aunque era la misma. Vince Strikerock vio otra multitud, diferentes policías, otro psicoanalista detenido, otra alma rebelde bajo custodia.

—Es interesante observar la lealtad del paciente del analista —murmuró el televisor—. Y, sin embargo, ¿por qué no? Este hombre ha depositado su fe en el psicoanálisis posiblemente durante años.

¿Y adónde le ha llevado?, se preguntó Vince.

Julie, se dijo, si estás con alguien, con otro hombre, va a haber problemas. O bien caeré muerto —me mataré yo mismo—, o voy a acabar contigo y con ese individuo, quienquiera que sea. Incluso si, especialmente si es amigo mío.

Voy a hacer que vuelvas, decidió. Mi relación contigo es única, no como la de Mary, Jean y Laura. Te amo; eso es. Dios mío, pensó, ¡estoy enamorado! En esta época y a mi edad. Si se lo dijera, si lo supiera, se troncharía de risa. Así es Julie.

Debería acudir a un analista por verme en este estado, por depender psicológicamente por completo de una criatura fría y egoísta como Julie. Diablos, es antinatural. Y… es una locura.

¿Podría el doctor Jack Dowling, renombrado psiquiatra de la Escuela de Viena en Bonn, Alemania, curarme? ¿Liberarme? ¿O este otro hombre que muestra la televisión, Egon Superb? Parecía una persona inteligente, simpática, dotada con el don de la comprensión. Escuche, Egon Superb, pensó Vince, tengo un gran problema. Mi mundo se hizo pedazos cuando me desperté esta mañana. Necesito a una mujer a quien probablemente nunca volveré a ver. Las drogas de AG Chemie no pueden ayudarme en esto…, excepto, tal vez, una sobredosis mortal. Y ésa no es la clase de ayuda que busco.

Tal vez debería recoger a mi hermano Chic para unirnos los dos a los Hijos de Job, pensó bruscamente. Chic y yo juraremos lealtad a Bertold Goltz. Otros lo han hecho, otros descontentos, otros que han fracasado en sus vidas privadas —como yo— o en los negocios o en su ascenso social de la Be a la Ge.

Chic y yo, Hijos de Job, pensó Vince Strikerock con temor. Con un extraño uniforme y marchando por la calle. Siendo abucheados. Y, sin embargo, creyendo…, ¿en qué? ¿En la victoria final? ¿En Goltz, que parece una versión cinematográfica de un Rattenfänger, un cazarratas? Descartó ese pensamiento; le asustaba.

Sin embargo, la idea continuó aferrada a su mente.

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