Slash

Tras haber vendido más de 100 millones de discos con Guns N’ Roses y tras haberse ganado a pulso la fama de ser uno de los mejores guitarristas del mundo, Slash ha decidido contar, por primera vez, la historia del grupo desde dentro: su formación, los años de penurias, la creación de las canciones que definieron una era, la locura del éxito y, en última instancia, el tortuoso y desquiciado camino hacia la autodestrucción que terminó acabando con ellos. Pero esta no es sólo la historia de Guns N’ Roses, sino también una crónica personal llena de triunfos y tragedias; la de una vida marcada por el empeño de huir de sus demonios, ahogándolos en vodka, heroína, cocaína, actrices porno y lo que fuese que le saliera al paso. Slash ha sobrevivido a todo ello: adicciones, demandas, revueltas callejeras, sobredosis, decadencia y destrucción, hasta encontrar una salida en la evolución de su música, desde Snakepit hasta Velvet Revolver. Slash es todo lo que puede esperarse del hombre, el mito, la leyenda: divertido, sincero, fresco y abracadabrante… en una palabra: excesivo.

ANTICIPO:

CUANDO EMPEZAMOS CON GUNS YO TRABAJABA EN un quiosco de prensa en Fairfax con Melrose. Había estado viviendo con mi novia intermitente, Yvonne, hasta que se hartó de mí, momento en el que volvimos a cortar, dejándome sin lugar donde vivir. Mi encargada en el quiosco, Alison, me dejó refugiarme en su salón a cambio de pagarle la mitad del alquiler. Era una chavala muy guapa aficionada al reggae, con un piso en Fairfax con Olympic, que estudiaba una carrera en clases nocturnas. Alison era atractiva, pero yo siempre pensé que o bien era un poco mayor para mí o que yo era un poco joven para ella; en cualquier caso, nunca tuvi­mos ese tipo de relación. Nos llevábamos bien y cuando ella dejó el quiosco por un curro mejor, tuve la suerte de heredar su cargo.
Alison siempre me trató como a un gato vagabundo simpático al que hu­biera acogido, y yo hice poco porque cambiara de opinión. Como inquilino suyo, no ocupaba mucho espacio. Mis posesiones se limitaban a la guitarra, un baúl negro lleno de revistas de rock, casetes, un despertador, un par de fotos y la ropa que tuviera o me hubieran regalado en ese momento. Y luego estaba mi serpiente, Clyde, en su jaula.
En cualquier caso, mi trabajo en el quiosco llegó a su abrupto fin en el verano de 1985, cuando una emisora local de rock, KNEC, organizó una fiesta en Griffith Park, incluyendo transporte gratuito en autobuses que sa­lían desde el Hyatt en Sunset Strip. Me dirigí hacía allí nada más salir del trabajo con dos medios litros de Jack Daniel’s en los vaqueros, sin importar­me una mierda que esperaran que abriera el quiosco a las cinco de la mañana siguiente. Según lo recuerdo, fue una noche de verano cargada de excesos; los porros y las botellas habían empezado a circular ya en los autobuses de camino hacia el parque. Había cantidad de personajes locales y de músicos a bordo, y cuando llegamos allí encontramos música y una barbacoa. El césped estaba sembrado de gente haciendo de todo.
Aquella noche pillé tal pedo que me llevé a una chavala a casa de Alison y me la estaba follando en el suelo del salón cuando Alison llegó y nos sorprendió in fraganti. No tuvo que decirme nada; su expresión ya me comunicó que no estaba nada contenta. De todos modos seguí despierto junto a aquella chica hasta que llegó la hora de ir a trabajar. Para cuando la hube vestido y enviado de vuelta a su casa, ya llegaba tarde y mi jefe, Jake, me había llamado. Mi posición ya era precaria, porque utilizaba el teléfono del quiosco para hacer llamadas relacionadas con el grupo tan a menudo que él empezó a llamar durante mis turnos para sorprenderme, lo cual demostró ser complicado. En aquellos tiempos aún no se había inventado la llamada en espera, y como yo estaba constantemente al teléfono Jake llegaba a pasarse horas antes de conseguir hablar conmigo sólo para gritarme. No hará falta decir que aquel día le cabreó bastante que no hubiera ido a abrir.
—Sí, Jack, lo siento —farfullé, bastante borracho todavía, cuando llamó por segunda vez—. Sé que llego tarde, me han entretenido, pero ya voy de camino.
—Oh, ¿vienes de camino? —dijo él.
—Sí, Jack, en seguida estoy ahí.
—No hace falta —dijo—. No te molestes. Ni hoy. Ni mañana. Ni nunca.
Hice una pausa momentánea para asumir lo que me acababa de decir:
—¿Sabes, Jake? Probablemente sea una buena idea.

En AQUEL ENTONCES, DUFF E ÍZZY SEQUÍAN VIVIENDO UNO frente al otro en la avenida Orange. Duff tenía una mentalidad de músico de clase trabajadora similar a la mía; hasta que el grupo marchara de verdad, no le parecía bien no tener trabajo, a pesar de que el suyo fuera moralmente sospechoso. Era vendedor telefónico (o ladrón telefónico, dependiendo de tu punto de vista). Duff trabajaba de teleoperador para una de esas empre­sas que le prometen a la gente algún tipo de premio si acceden a pagar una pequeña tarifa «para cubrir los gastos». Yo había tenido un empleo similar antes de entrar en la fábrica de relojes; me pasaba el día llamando a gente prometiéndoles un Jacuzzi o unas vacaciones tropicales si me «confirmaban» el número de su tarjeta de crédito para cubrir su «tarifa de elegibilidad». Era un negocio desagradable y me largué de allí justo un día antes de que la policía irrumpiera en las oficinas.
Axl y Steven hacían lo que fuera con tal de no trabajar, así que se las apa­ñaban en la calle o gracias a sus novias. Aunque recuerdo una ocasión en la que Axl y yo trabajamos juntos como extras en una película. Salíamos en un par de escenas de multitud en el L.A. Sports Arena para una película titulada Daley vete, en la que Michael Keaton interpretaba a un jugador de hockey. No nos importaba tanto aparecer en cámara como que nos dieran algo de comer y ganar dinero a cambio de no hacer nada: nos presentábamos por la mañana, recogíamos nuestro ticket para el almuerzo y luego buscábamos algún sitio bajo las gradas donde echarnos a dormir sin que pudieran encon­trarnos. Nos despertábamos cuando avisaban de que había llegado la hora de comer con el resto de los extras, luego volvíamos a dormir hasta la hora de salir y cobrar nuestros cien dólares.
Me gustaba ser el extra menos trabajador de la industria cada vez que era posible: no veía nada malo en comer por la patilla y cobrar a cambio de dormir toda la tarde. Esperaba que la historia se repitiera cuando fui elegido por una directora de casting para la película Sid y Nancy. Sin que nosotros lo supiéramos, la misma directora había ido contratando en distintos locales a todos los miembros de Guns N’ Roses, uno a uno. Todos aparecimos allí el primer día en plan: «Hey, ¿y vosotros qué hacéis aquí?».
No fue demasiado divertido. En realidad, fue como formar parte de un jurado. Había un foso lleno de extras, pero a nosotros cinco nos escogieron para estar en la misma escena de concierto en la que los «Sex Pistols» hacen como que tocan en clubes pequeños. El rodaje requería comparecer a pri­mera hora de la mañana durante tres días consecutivos, con la promesa de un vale para la comida y cien dólares diarios. Un compromiso de tres días resultó ser demasiado para los demás. Al final, fui el único lo suficientemente patético como para finalizar el rodaje.
Que les jodan, me lo pasé bomba; durante tres días filmaron a aquellos «Sex Pistols» tocando en el Starwood, un local que me conocía palmo a pal­mo. Aparecía por la mañana para fichar y recoger el vale de la comida y luego desaparecía en las entrañas del Starwood a ponerme pedo de Jim Beam, completamente solo. Mientras los demás extras cumplían interpretando el papel de público dando botes frente al escenario, yo lo observaba todo desde un rincón oculto del entresuelo. cobrando el mismo salario.

EN EL MOMENTO EN EL QUE GUNS PASÓ A SER UN GRUPO reputado en el circuito de los clubes, un par de ridículos agentes de Los Ángeles comenzaron a revolotear a nuestro alrededor como buitres, afirmando tener lo necesario para convertirnos en estrellas. En aquel momento habíamos partido peras amigable y temporalmente con Vicky Hamilton, de modo que estába­mos abiertos a ofertas, pero la mayoría de las que recibimos eran sencillamente gilipollescas. Uno de los ejemplos más convincentes de lo bajo que pueden llegar a caer estos tipos y de lo que nos esperaba en caso de cometer el error de hacerles caso nos lo brindó Kim Fowley, el infame personaje que representaba a las Runaways del mismo modo en el que Phil Spector había representado a las Ronettes; básicamente una forma legalizada de semiesclavitud. Kim in­tentó camelársenos, pero tan pronto como empezó a hablar de quedarse un porcentaje de nuestros derechos como compositores y de establecer un com­promiso creativo a largo plazo con él nos quedó bien claro lo que pretendía. Su comportamiento y sus mierdas eran evidentes, ya que Kim era un tipo tan extraño como para no pretender disimularlo siquiera.
En cualquier caso me caía bien y no me importaba salir de fiesta con él. siempre y cuando no se me acercara demasiado. Los demás hacían exactamente lo mismo que yo. Siempre estábamos dispuestos a aprovecharnos de cualquier cosa que cualquiera pudiera ofrecernos sin llegar a prometer nunca nada. Axl siempre aguantaba mientras la conversación fuera interesante, ya que siempre ha sido buen interlocutor. Steven estaba presente siempre y cuando hubiera chavalas. Y yo estaba dispuesto a aguantar cualquier tipo de conversación a cambio de comida, cigarrillos, bebidas o drogas. Una vez que los elementos que nos hubieran atraído se agotaban, uno tras otro íbamos desapareciendo.
Kim nos presentó a un tipo llamado Dave Liebert, que había sido coor­dinador de gira con Alice Cooper durante un tiempo, además de trabajar con Parliament-Funkadelic Dios sabría cuándo. Ambos estaban empeñados en que firmáramos con ellos como equipo para desplumarnos por completo. Kim me llevó una noche a casa de Dave y recuerdo a éste enseñándonos todos sus discos de oro. Su actitud era: «Eh, chaval, uno de estos podrías ser tú». Asumo que su intención era tentarme aún más invitando a dos chicas, lo suficientemente jóvenes como para ser sus hijas. que se pasaron la noche chutándose speed en el cuarto de baño. Dave me arrastró hasta allí en de­terminado momento y tenían pinta de no tener ni idea de lo que estaban haciendo. Eran tan ineptas que me entraron ganas de quitarles la jeringuilla e inyectarlas yo mismo. A Dave le iba el rollo y bajo la insoportable luz fluo­rescente del baño se quedó en ropa interior y empezó a tontear con aquellas chavalas —que no tendrían más de diecinueve años— y me invitó a unirme a ellos. Recuerdo haber pensado que, de todos los motivos por los que aque­lla escena me parecía completamente sórdida, la luz era el peor de todos. La idea de que aquel tipo representara a nuestro grupo, y Kim Fowley con su colección de discos de oro prehistóricos, hizo que me resultara casi imposible no echarme a reír histéricamente en su cara. Habría sido un suicidio profe­sional antes incluso de haber tenido algo que perder. Nunca habríamos teni­do la menor oportunidad si hubiéramos aceptado trabajar con unos agentes igual de degenerados que el grupo.

A MEDIDA QUE GUNS SEGUÍAMOS ENSAYANDO, COMPONIENDO y actuando, trabajando para definir quiénes éramos, yo empecé a salir más. De repente había grupos a los que sí me apetecía ver porque finalmente la movida estaba cambiando: gente como Red Kross, que era un grupo glam pero con un rollo más sucio, mientras que al otro extremo del abanico estaban grupos como Jane’s Addiction, que eran geniales y a los que podía apreciar a pesar de que no estuviéramos en la misma onda. Compartimos conciertos con varios de aquellos grupos más desconocidos y con ínfulas artísticas —recuerdo una actuación en el Stardust Ballroom— pero nunca terminamos de encajar. Los grupos de esa movida no nos consideraban lo suficientemente sofisticados, porque pensaban que éramos un banda glam del entorno del Troubadour, a pesar de que realmente no lo fuésemos. De lo que aquella gente no se daba cuenta era de que probablemente éramos mucho más oscuros y siniestros que ellos. Y tampoco sabían que no podíamos soportar a nuestros putos compa­ñeros generacionales del otro lado de la ciudad.
De hecho, a medida que nuestra popularidad fue aumentando, comenza­mos a tener enfrentamientos constantes con los grupos de «nuestro» lado de la ciudad. Nunca intentamos dar por culo aposta, pero al cabo de una tem­porada todos aquellos con los que compartimos escenarios nos tenían miedo debido a que Axl se había labrado una reputación de excesivamente volátil, capaz de perder la cabeza en cualquier momento. Salí con él varias noches en las que acabamos peleándonos con completos desconocidos por ningún motivo que yo recuerde. En lo que a Axl respectaba, seguro que había algu­na buena razón para ello, pero desde mi punto de vista sencillamente nos limitábamos a hostiarnos con gente en la calle —literalmente en la calle— porque alguien le había mirado de manera rara o le había dicho algo que no le había gustado. Aunque debo reconocer que era divertido de cojones.
Diría que mi vida perdió todo tipo de estabilidad tan pronto como me despidieron del quiosco. Como ya he mencionado antes, había estado vi­viendo con Alison, la anterior encargada, alquilándole un rincón de su sala de estar, pero tan pronto como me quedé sin curro, mi chequera y su caridad se agotaron al mismo tiempo. Al no tener dónde vivir, cogí mi serpiente, mi guitarra y mi baúl negro y me mudé al local de ensayo de Guns, donde Axl y yo pronto pasamos a ser residentes permanentes. Izzy, Steven y Duff tenían novias que los alojaban; Izzy y Duff tenían incluso piso propio. Axl y yo éramos los únicos que no teníamos donde caer muertos.
Nuestro «estudio» era bastante cutre, un almacén situado en un edificio de Sunset y Gardner pensado para alojar cajas o coches, no personas. La puerta era de aluminio, como la de los garajes; el suelo de hormigón, y éramos los nicos a los que se nos ocurrió convertir aquel espacio de 25 metros cuadra­dos en una residencia. En el edificio había un cuarto de baño compartido a unos cincuenta metros de allí, pero la mayoría de las veces yo prefería mear entre los arbustos que había al otro lado del callejón. Llamábamos a nuestro agujero Apartahotel Sunset & Gardner.
Era imposible que nuestro local de ensayo se pareciera ni remotamente a un espacio habitable, ya que ni siquiera estaba pensado como local de ensa­yo; apenas llegaba a ser un almacén decente.
Con el tiempo, Izzy decidió que al menos Axl y yo debíamos tener una cama como Dios manda, de modo que él y Steven encontraron unas tablas y levantaron una litera para dos, dejando la parte inferior hueca para meter la batería. Fue una innovación tan bien recibida como el retrete en la Inglaterra del siglo xviii. Teníamos otro accesorio que hacía que nuestro «apartamen­to» pareciera más hogareño aún: una parrilla de carbón que alguno de noso­tros compró o robó. Yo nunca la utilicé, porque por mucho que me guste la buena comida nunca me he molestado en intentar prepararla, pero de algún modo Steven e Izzy eran capaces de preparar platos bastante decentes con aquel trasto.
Nos tomábamos muy en serio lo de componer y ensayar a diario, pero como Axl y yo además vivíamos allí, el local pasó a ser un destino nocturno apartado y alejado de todo, sin ningún tipo de reglas. En una noche cual­quiera, uno de los dos podía estar follando en la litera o afuera en la calle, mientras otro dormía la mona tirado entre un amplificador y la batería, y normalmente varios colegas se dedicaban a beber o a drogarse en el calle­jón hasta que salía el sol. Compusimos un montón de buenas canciones en aquel garaje, inspirados por nuestro entorno. Entre ellas: «Night Train», «My Michelle» y «Rocket Queen».
«Night Train» surgió juntando varias piezas dispersas. Recuerdo haber trabajado por primera vez el riff principal con Izzy, sentado en el húmedo suelo del local, poco antes de dejar de vivir en casa de Alison. No sabíamos adónde se dirigía la canción y tampoco teníamos ningún tipo de tema en mente, pero el ritmo molaba tanto que nos centramos en él y estuvimos tanteándolo. Recuerdo haberme sentido regular y al día siguiente acabé por desarrollar una infección en la garganta. Me pasé tirado enfermo los dos si­guientes días en el sofá de Alison, pero mientras tanto Izzy le tocó a Duff lo que ya teníamos y Duff se dedicó a desarrollarlo, marcando aún más el ritmo y convirtiendo nuestros riffs en una instrumentación adecuada.
Ninguno de nosotros teníamos ninguna letra pensada para aquella com­posición, pero nos sentimos muy inspirados por ella y siguió flotando en el cerebro de todo el grupo hasta que por fin encontramos un vehículo apro­piado, que resultó ser una celebración de nuestra bebida favorita: Night Train, el tren nocturno.
Palm Avenue era una calle infaustamente célebre en nuestro mundo por­que en ella vivían varias tipas bastante locas a las que conocíamos, así como varias drogadictas y también Lizzy Grey, el guitarrista de London. En aquel entonces pasábamos mucho tiempo en aquella manzana porque conocíamos a demasiados personajes del barrio, de modo que cada vez que salíamos a dar un paseo por allí siempre acababa pasando algo. Una noche nos encontra­mos compartiendo una botella de Night Train, un «vino» con un contenido alcohólico del 18% que en aquel entonces costaba menos de dos dólares la botella. Era el vino más chungo y baratero del mundo y nosotros nos lo em­buchábamos como locos cuando no encontrábamos a nadie que nos pagara otra cosa. Puede que no parezca para tanto, pero decididamente colocaba; a menos que lo hayas probado, probablemente no comprenderás por qué nos encontramos de repente improvisando versos en su honor mientras dábamos tumbos por Palm Avenue. No recuerdo quién empezó, pero alguien gritó el estribillo: «¡Voy en el tren nocturno!». Todos nos unimos a él y seguimos can­tando mientras Axl improvisaba los versos de respuesta: «¡De un solo trago!», «¡Lléname el vaso!», «¡Me encanta!» y «¡Estoy dispuesto a chocar y arder!».
Sencillamente nos salió en uno de aquellos momentos increíbles, igual que «Paradise City». «Night Train» pasó a ser un himno que se nos ocurrió de manera casi instantánea, sin saber siquiera lo mucho que reflejaba quié­nes éramos en aquel momento en concreto. Al igual que «Paradise City», es un tema que tiene cierta cualidad inocente; casi es una rima infantil, una melodía agradable que bien podrían cantar unos chavales sentados en los columpios. al menos unos chavales siniestros cuyos columpios estuvieran en un sórdido callejón.
Aquella canción nos encendió a todos. No recuerdo si nos pusimos a ensayarla aquella misma noche o a la mañana siguiente, pero en menos de un día ya la teníamos completada. Axl escribió la letra, nosotros pulimos el resto y ya estaba. La probamos en nuestro siguiente concierto y funcionaba. Funcionaba de verdad. Esa canción tiene un ritmo en los versos que desde el principio siempre me vuelve loco. Incluso la primera vez que la tocamos, empecé a dar botes. No podía evitarlo. Cuando mucho más tarde empeza­mos a tocar en escenarios gigantes, me dedicaba a correr de un lado a otro, a saltar de los amplificadores y a dejarme llevar cada vez que la interpretába­mos. Desconozco el motivo, pero ninguna otra canción de las que tocába­mos en directo me hacía moverme igual.
Fruto de aquellas sesiones en el garaje fue otro de nuestros clásicos, «My Michelle». La melodía se originó allí, creo que en el transcurso de un par de tardes. Me parece que fuimos Izzy y yo los que creamos la estructura básica y luego, como de costumbre, Duff aportó exactamente lo que la canción nece­sitaba para evolucionar. En cualquier caso, yo no escribí la letra, pero desde luego sé de qué habla. La protagonista de la canción es Michelle Young, una amiga de mi primera novia, Melissa. Pasé junto a ellas mis años de instituto, mucho antes de que Guns fuera una idea, ya no digamos una realidad.
El caso es que, como seguía en contacto con amigos míos interesados en la escena musical, como Mark Mansfield y Ron Schneider, muchos de mis antiguos colegas pasaron a tener relación con el universo Guns N’ Roses. Y gracias a nuestros amigos comunes, recuperé el contacto con personas a las que no había vuelto a ver desde que dejé los estudios, muchos de los cuales se vieron atraídos por nuestro mundo, para bien y en la mayor parte de los casos para mal.
Michelle fue una de ellas; incluso de niña ya era un loca de atar. Cuando empezó a frecuentar nuestro círculo, acabó enrollándose con Axl y juntos tu­vieron un breve interludio romántico. Axl escribió la letra inspirándose en su vida, relatando palabra por palabra varios hechos de la misma. Por ejemplo, es cierto que su padre estaba metido en el negocio del porno y que su madre era una adicta a las pastillas que finalmente acabó por suicidarse. Pero que una buena amiga con la que había compartido cigarrillos en el cuarto de baño del instituto pasara a ser el tema de una de nuestras canciones más intensas. eso era otra historia. Como no podía imaginar que a la Michelle a la que yo había conocido fuera a hacerle mucha gracia que hiciéramos pública su historia, un día, justo después de haber ensayado la canción, le pregunté a Axl:
—Oye, Axl. ¿No crees que Michelle se va a ofender?
—¿Por qué iba a hacerlo? —me dijo—. No me he inventado nada, joder.
—Ya lo sé, lo que no sé es si le va a molar que lo cuentes. ¿No podrías cambiar la letra un poco?
—No —respondió—. Es la verdad. O sea que aunque no le guste pienso hacerlo de todos modos.
Esperaba lo peor. A pesar de que no teníamos nada por lo que nos pudie­ra demandar, esperaba que Michelle viniera a por nosotros de una manera u otra. Suponía que como poco odiaría la canción y que se sentiría humillada al ver toda su vida expuesta de tal manera. No podía haber estado más equi­vocado: desde el primer momento en el que tocamos la canción en directo hasta que la grabamos para nuestro primer disco, a Michelle le encantó toda la atención que generó sobre ella. En aquel momento era lo mejor que le había pasado en la vida. Pero como tantos amigos que se vieron arrastrados por el oscuro remolino de Guns N’ Roses, Michelle entró por un lado y salió por el otro. La mayoría acabaron en la cárcel o en clínicas de desintoxicación (o peor), pero me alegra decir que ella se cuenta entre los que supieron darle media vuelta a su vida antes de que fuera demasiado tarde. Varios de ellos acabaron mudándose a Minneapolis… quizá eso lo explique en parte.
«Rocket Queen» se inspiró en un riff que se me ocurrió a mí la primera vez que conocí a Duff. Era uno de los arreglos más complicados de lo que luego sería nuestro primer disco, principalmente porque tuvimos que inte­grar el riff con el estribillo más melódico de Axl. La canción está basada en nuestra mutua amiga Barbie, la cual incluso a los 18 tenía ya una reputación de lo más notoria. Era una drogadicta y reina de la movida underground. Con el tiempo acabaría haciéndose madama en un burdel, pero en aquella época Axl estaba encoñado con ella. Tengo entendido que ha sido capaz de sobrevivir a todos estos años.

FUE DURANTE ESTE PERÍODO DE COMPONER Y ENSAYAR en el Apartahotel Sunset & Gardner que empecé a percatarme de un cambio en Steven. Se presentaba en los ensayos demasiado elástico; parecía borra­cho, pero no lo veía beber. No conseguía entenderlo, porque su coordina­ción seguía siendo buena, de modo que me picó la curiosidad. Steven estaba saliendo con una chica que compartía piso con otra en la calle Gardner, muy cerca de nuestro local de ensayo. Empecé a acompañarle hasta allí todas las noches al terminar de ensayar y me pareció un rollo de lo más intenso: era como si el tiempo se detuviera tan pronto como cruzabas la puerta, todo el mundo se movía muy, muy despacio.
Conocí a la novia de Steve y a su compañera de piso, una chavala tan colocada que sólo verla me partía el corazón. Tengo que reconocer que tam­bién me parecía guapa, de modo que empecé a quedar con ella, y aunque sabía perfectamente que se metía algo, no sabía qué. Steven y yo íbamos a casa de ellas y los cuatro nos pasábamos la noche escuchando el Goats Head Soup de los Stones mientras yo les veía dormitar. Finalmente supuse que sólo la heroína podía explicar un comportamiento tan sedado. Al principio, ninguno de los tres se pinchaba delante de mí, de modo que tardé en averi­guarlo. Pero incluso si lo hubieran hecho, no la habría probado, porque en aquel momento la heroína no me llamaba la atención en lo más mínimo. No sabía demasiado acerca de ella y lo que veía no me impulsaba a probarla. ¿Por qué iba a hacerlo?
La compañera de piso era una de esas típicas historias de Los Ángeles: tenía 18 o 19 años; una niña rica que había cogido el dinero de su familia y había hecho todo cuanto estuvo en su poder para arrojárselo a la cara. En el proceso, había acabado por joderse la vida a base de bien, y no hacía más que quejarse de su lamentable estado y de echarle la culpa de todo a su familia. Su solución era renegar y lloriquear hasta que no era capaz de soportarlo más, momento en el cual pasaba a colocarse y a buscar solaz en quedarse adormilada, lo cual, no hará falta decirlo, se interponía en sus limitados pero premeditados intentos por arreglar su situación. La película incluía una escena a primera hora de la mañana en la que su madre llega sin avisar para ponerle los puntos sobre las íes y yo, por supuesto, cometo el error de inter­ponerme en su espantosa discusión.
No dije gran cosa, pero su madre se quedó convencida de que yo era la causa de la condición de su hija. Lo cierto es que yo era el único en su en­torno que no se metía heroína. Su madre se marchó aquel día odiando mis entrañas y dejando atrás a su hija, pero al final acabó ganando: la chavala acabó desapareciendo de repente. Después de aquello, la novia de Steven también se mudó y ya nunca volvimos a ver a ninguna de las dos.
Hasta que vi a Steven y a las chicas chutándose, y con el tiempo empecé a hacerlo yo también, lo único que sabía sobre la heroína eran las películas an­tidrogas que había visto en la escuela y el argumento de French Connection, centrado en los maníacos intentos de Popeye Doyle por detener la importa­ción de un gran alijo por parte de un cartel francés. En aquel momento no tenía ni idea de que todos mis héroes eran heroinómanos. Pero muy pronto lo iba a descubrir. La heroína acabó cubriendo toda mi vida como una hie­dra sobre una pared.
Izzy y yo estábamos en el estudio de Nicky Beat en 1984 la primera vez que decidí perseguir al dragón con él, inhalando el humo que salía del papel de plata a través de una pajita. En realidad sólo conseguí que me provocara náuseas y ni siquiera me coloqué demasiado. No sentí el subidón instantá­neo, de modo que rápidamente perdí el interés; mi idea de un buen rato no incluía pasárselo con continuas ganas de potar. A Izzy le bastaba con eso; era capaz de sentirse completamente satisfecho fumándola.
Un par de meses más tarde me metí un pico por primera vez y ahí sí que ya no hubo marcha atrás: después de aquello nunca quise volver a meterme de otra manera que no fuera en vena. Era como cualquier otro buscador de emociones fuertes; las quería rápidas y las quería al momento. Nunca he sido capaz de colocarme si no es con jeringuilla. Y si no puedo, prefiero no molestarme; es un desperdicio de drogas, una pérdida de tiempo y una ecisión consciente de hacerlo mal. Lo intenté tal y como se supone que debe hacerse, con el antiguo y civilizado método de perseguir al dragón según la tradición china, pero a mí no me sirvió. Los chinos usaban la heroína de una manera tranquila y compuesta, tal y como hacían con el opio. El método intravenoso se desarrolló mucho más tarde en Occidente, cuando la gente empezó a usar la heroína con fines recreativos. Las jeringuillas se utilizan porque aportan un factor de gratificación instantánea, que es lo que buscaba la gente de la calle. En Norteamérica, en los días del salvaje oeste, había más mujeres enganchadas que hombres, principalmente prostitutas y camareras, y todas ellas usaban jeringuillas.
Una noche puede cambiar realmente tu vida, y aquella fue la noche que cambió la mía. He pensado mucho en esto y estoy convencido de que pro­bablemente se debiera a todo el Jim Beam que había bebido. Estábamos en el piso de una conocida de Izzy. Yo estaba sentado frente a su mesa de maquillaje, en un cuarto de baño vagamente iluminado, una atmósfera muy drogota. Ella me ató el brazo, cargó la jeringuilla, me inyectó. y me inun­dó una oleada surgida de algún lugar en lo más profundo de mi estómago. Sentí un enorme subidón y eso es todo lo que recuerdo. Me dejé arrastrar al vacío, perdí el sentido, caí de la silla y desperté despatarrado sobre el suelo horas más tarde, cuando ya amanecía. Me llevó un momento adivinar lo que había pasado: junto a mí estaba la botella de Jim Beam de la que había estado bebiendo y por un momento olvidé por completo haberme metido jaco.
Miré a través de la puerta y vi a Izzy y a la chica dormidos en la cama; fue entonces cuando me percaté de que me sentía de algún modo. diferente. No estaba seguro de qué podía ser, al margen de la certeza de que no era nada familiar. En cualquier caso me pareció bien, porque me sentía del me­jor humor posible. Cuando Izzy y su amiga se despertaron, nos quedamos pasando el rato y me sentí tan satisfecho, tan feliz, que estaba en paz con absolutamente todo. Izzy se sentía igual.
El piso de la chica estaba junto a Wilshire, cerca del centro de L.A., y aquella mañana salimos de allí sin una preocupación en el mundo. El futuro parecía luminoso a pesar de que no teníamos la más mínima perspectiva. Mientras la mañana se apoderaba de la ciudad, fuimos paseando de regreso hasta Melrose, en Hollywood, y fue entonces cuando se me ocurrió la bri­llante idea de ir a visitar a una chica a la que conocía. Era una chavala muy atractiva que estudiaba en el Fairfax High y que estaba colada por mí. A pe­sar de que no la conocía demasiado bien, sabía que su madre se pasaba el día en el trabajo, de modo que fuimos a verla a pasar el rato y nos tiramos toda la tarde escuchando a los Beatles. Tenía una gran habitación de niña bien con un edredón lanudo, y la luz del sol entraba en el cuarto de una manera bien peculiar; toda la estancia era aireada y blanca y rosa y suave.
Izzy y yo nos tiramos en un rincón y escuchamos la música. Me enamoré del tema «Dear Prudence». El paso de «Revolution» a «Dear Prudence» pa­recía ser lo único que importaba en el mundo. «Norwegian Wood» también era buena. Nos pasamos allí la mayor parte del día y luego nos marchamos. Mientras regresábamos a casa, cada vez que parábamos de andar, volvía a caer en ese glorioso estado adormilado que provoca la heroína. Me di cuenta de que el subidón me había durado un día entero.
Esto es lo mejor que he probado nunca, pensé para mí mismo. Nunca había sentido nada parecido.
Tenía diecinueve años.

NUESTRO LOCAL DE ENSAYO/RESIDENCIA ERA EL LUGAR AL QUE se dirigía el grupo con todos sus moscones al final de cada noche. Era al sitio al que íbamos después de haber dado un concierto y de que el club que fuese nos hubiera echado para cerrar el local. A medida que nuestro número de fans fue aumentando, este ritual pasó a ser una idea poco precavida que no podía acabar bien, pero insistimos en prolongarlo. El «apartahotel» esta­ba lo suficientemente metido en Hollywood como para que nadie salvo las prostitutas y los drogadictos rondaran por allí tras la puesta de sol. Nuestros vecinos a ambos lados eran oficinistas de los de nueve a cinco, con la excep­ción de la escuela primaria Gardner, que estaba justo detrás de nuestro garaje y cuyo horario era de las ocho a las tres. Era fácil que cincuenta personas o más pudieran pasarse toda la noche de juerga, metiéndose jaco, fumando maría y rompiendo botellas contra las paredes sin que apareciera la policía. Pronto, la movida creció tanto como para ocupar nuestro garaje, todo el ca­llejón y un aparcamiento que había junto al edificio: uno podía encontrarse tipos con botellas de licor ocultas en bolsas de papel marrón entregados a toda clase de actividades sórdidas e ilegales a menos de cincuenta metros de Sunset Boulevard a cualquier hora de la noche. Seguíamos hasta más allá del amanecer, pero cuando los chavales iban llegando a la escuela primaria por las mañanas, normalmente empezábamos a replegar. Afortunadamente nuestra movida jamás llegó a interactuar con la suya, a pesar de que su noria acabó un día en la parte trasera de nuestro local.
Otro grupo utilizaba el garaje contiguo al nuestro y nunca podíamos recordar cómo se llamaban. oh, espera, se llamaban The Wild. Dizzy Reed tocaba los teclados con ellos y así es como Axl y él se hicieron amigos. The Wild era la típica banda de rock del momento que yo nunca iba a ver en directo; tampoco prestaba mucha atención a cómo tocaban. Sí que salía de marcha con ellos, sin embargo. Nuestra vida en el local de ensayo quedó de­finida por los dos grupos corriéndose juergas noche tras noche en un barrio maltrecho.
El nivel de degeneración, por nuestra parte al menos, llegó a ser bastante exagerado. Recuerdo estar una noche en la litera después de un concierto con Izzy y una chavala. Nos la estábamos follando por turnos, pero Izzy no tenía condón, por lo que cuando la sacó en el último momento se corrió en mi pierna, ya que yo estaba allí al lado junto a ella. Aquello me quitó las ganas de seguir, la verdad. Me senté, miré a Izzy y le dije:
—Colega, tenemos que encontrar un local más grande.
Una movida tan descontrolada no podía durar, y cuando finalmente se desgajó lo hizo de la manera más dramática. Tras una actuación en parti­cular, como de costumbre, nuestros amigos y quienes estuvieran en el club regresaron con nosotros para seguir la juerga hasta la mañana. Hay que decir que la mayoría de las chicas que decidían venirse de fiesta a nuestro calle­jón hasta las seis o las siete de la mañana no eran las más brillantes de la clase; pero esta noche en particular vino una que perdió la cabeza del todo. Mi recuerdo de los hechos es vago, pero por lo que recuerdo se acostó con Axl. Hacia el final de la noche, quizá a medida que las drogas y el alcohol comenzaron a perder efecto, a la tía le entró el mal rollo y empezó a montar un pollo. Axl le dijo que se marchara e intentó echarla. Yo intenté mediar en la situación para ayudarle a sacarla de allí sin demasiado escándalo, pero no hubo manera.
Como una semana más tarde, Steven estaba allí cuando los policías irrumpieron y lo pusieron todo patas arriba. Rompieron un par de piezas de nuestro equipo en busca de contrabando y atosigaron a cualquiera que tuvie­ra algún tipo de relación con nosotros; amenazaron a Steven con arrestarlo si no les decía dónde encontrarnos a Axl y a mí, ya que nos buscaban por supuestamente haber violado a la chica aquella. Steven se puso en contacto con nosotros para avisarnos, por lo que nos mantuvimos alejados de allí el resto del día. Me pasé por allí a la mañana siguiente, que estaba lloviendo y hacía un frío desapacible, y me encontré a Izzy intentando poner orden en el desastre que nos habían dejado los polis. Yo me sentí completamente desconcertado, porque ni siquiera había hecho nada, apenas había hablado con la chica en cuestión aquella noche, como prácticamente todos.
Era una situación chunga, de modo que decidí desaparecer una tempo­rada; cogí un par de cachivaches y fui a esconderme con Steven en el piso de su nueva novia, Monica, al que podíamos llegar andando. Monica era una actriz porno sueca que había acogido a Steven, y no podría haber imaginado un lugar mejor para ocultarme, porque solíamos montarnos unos tríos acojo- nantes. Monica era genial, una anfitriona maravillosa, y además tenía teléfo­no, por lo que pude mantenerme al día de cómo iba evolucionando nuestro dilema legal. No pintaba bien: el problema era real, Axl y yo estábamos en busca y captura por agresión y violación. El futuro se presentaba oscuro y los progresos del grupo se cortaron en seco.
Los padres de la chica tenían contactos en el departamento de policía y estaban decididos a presentar todos los cargos posibles. Axl se marchó al condado de Orange, donde encontró refugio en el apartamento de una amiga durante un par de semanas mientras yo seguía con Steven y Monica. Por temor a que nos arrestaran, no dimos actuaciones e intentamos pasar desapercibidos. Lo cierto es que Axl decididamente se había acostado con la chica, pero había sido de mutuo acuerdo y nadie la había violado. ¡Yo ni siquiera la había tocado! Cuando al cabo de un par de semanas empezamos a pensar otra vez de manera racional, solucionamos la situación siguiendo los canales adecuados.
Axl regresó a L.A. y los dos nos mudamos junto a Vicky Hamilton y su compañera de piso, Jennifer Parry. Vicky contrató a un abogado para que llevara nuestro caso. También se arrepintió de inmediato de habernos acogi­do: Axl y yo nos apropiamos del salón de su pintoresco apartamento de una sola habitación y entre las botellas vacías y el interminable desfile de perso­najes que parecían seguirnos allá donde fuéramos, de la noche a la mañana lo dejamos hecho un desastre. Axl dormía en el sofá. Yo dormía en el suelo y lo que en otro tiempo había parecido un salón ahora parecía el escenario de una explosión. La cocina era un puto desastre; en tan sólo una semana la basura y los platos sucios llegaban hasta el techo. Por suerte, había conven­cido a mi ex novia, Yvonne, para que cuidara durante una temporada de mi serpiente, Clyde. El caso llegó a juicio, pero en algún momento del proceso retiraron los cargos contra mí. Axl, sin embargo, tuvo que hacerse con un traje y presentarse frente al juez, pero una vez hubo declarado se retiraron también los cargos contra él y ahí acabó todo.

HABÍAMOS PERDIDO LO QUE PARECÍA un AÑO DE NUESTRAS VIDAS solucionando aquel embrollo legal, porque hasta entonces todos los días ha­bíamos avanzado con una intensidad feroz. Tras aquel accidente, vaciamos el garaje en el que teníamos el local de ensayo y empezamos a tocar de nuevo y a preparar nuevos temas. Nuestros amigos Danny y Joe seguían con no­sotros; el viejo Oldsmobile verde de Danny seguía siendo nuestro principal medio de transporte. Danny era un tipo estupendo con pelo a lo James Dean y desprendía seguridad en sí mismo. Él y yo acabamos siendo además colegas de cuelgues; a partir de que empecé a meterme heroína, recorríamos todo L.A. en su metálico gigante verde en busca de jaco.
En aquel entonces Joe era nuestro pipa y también mi técnico de guitarras, a pesar de que lo hacía bastante mal. Recuerdo haber sido cabezas de cartel en el Roxy y una de las tareas de Joe era traerme un slide durante el solo de «Rocket Queen», pero para cuando llegó a ponerme el slide en el dedo el solo ya había acabado. Me cabreé tanto que lo saqué del escenario de una patada. Pero luego siempre se lo perdonaba todo, porque Joe era un tío tan leal y currante que cualquiera habría querido tenerlo cerca. Joe siempre era el que nos apoyaba cuando las cosas se ponían feas y ese tipo de dedicación no se paga con dinero.
No nos parecíamos en nada a los demás grupos que tocaban en el Strip. Por lo general ni siquiera nos importaba lo que hacían. Sí que sentíamos, en cualquier caso, un desprecio tácito compartido por Poison, ya que en aquel momento eran la banda local más importante de nuestro entorno y el epí­tome de todo lo que odiábamos de la movida musical angelina. Estuvimos a punto de tocar un par de veces con ellos en diferentes momentos al inicio de nuestra carrera, pero siempre salía algo mal. Creo que en una ocasión no aparecieron y nos vimos obligados a tocar dos sets para cubrir su ausencia, y creo que otra de las veces el promotor anuló el concierto en el último minuto debido a alguna maniobra turbia por parte de ellos.
Una de nuestras actuaciones más memorables de aquella época tuvo lugar en un festival al aire libre llamado Street Scene que se celebraba en seis o siete escenarios simultáneos repartidos por el centro de Los Ángeles, ocupando un circuito de varias manzanas. En 1983 participamos por primera vez y nos programaron como teloneros de Fear, el único grupo de punk de L.A. que me interesaba de verdad. Condujimos hasta allí en el Oldsmobile de Danny y estábamos descargando nuestro equipo en el aparcamiento para los músi­cos cuando vimos una marea de gente correr hacia nosotros. Continuamos descargando y la multitud pasó zumbando a nuestro lado, a toda velocidad, como si huyeran de Godzilla o de un tipo con una escopeta. No pudimos ver cuál era el problema hasta que finalmente nos acercamos lo suficiente al escenario como para comprobar que no había escenario: los fans de Fear habían montado tal pollo que lo habían derribado antes incluso de que el grupo pudiera salir a tocar.
Nuestra representante, Vicky, y yo vagamos por aquel guirigay en un in­tento por encontrar otro hueco en el programa del día. Fuimos de escenario en escenario hablando con los organizadores, buscando una oportunidad hasta que encontramos una: tocar después de Social Distorsion. Seguir a un grupo punk local tan admirado como ellos no parecía en principio una buena idea, pero al final resultó ser uno de los mejores conciertos de toda nuestra carrera.
El público era auténticamente punk y seguían teniendo ganas de sangre. Salimos allí y atacamos nuestro repertorio, y en apenas treinta segundos el concierto pasó a ser una competición de escupitajos entre nosotros y las primeras cinco filas: los fans de Social Distortion nos escupieron así que no­sotros nos liamos a escupirles a ellos. Fue divertidísimo y memorablemente repugnante. Recuerdo haberme acercado al extremo del escenario en el que estaba Izzy y ponerme a escupir junto a él a toda aquella peña, porque ese era el tipo de grupo que éramos. Éramos muy tenaces, de modo que hiciera lo que hiciera el público, siempre se lo devolvíamos con creces. Para cuando acabamos el set, aquella asquerosa guerra de voluntades pasó a ser la hostia de divertida. Terminamos cubiertos de flemas verdes, y teniendo en cuenta que hacía bastante calor, no sólo acabé teniendo que quitarme la camiseta, sino que el calor coció los gargajos de modo que todos empezamos a oler bastante mal. Nada importaba. Era impenetrable: en el momento, la energía se apoderaba de mí por completo.
La siguiente vez que tocamos en el Street Scene también fue memora­ble, pero por otros motivos. Aquella vez nos tocó ser teloneros de Poison, que iban a ser cabezas de cartel en uno de los escenarios principales. Era el concierto más gordo que nos habían ofrecido hasta entonces y estábamos dispuestos a barrer el escenario con Poison. Al final, ni siquiera hizo falta: salimos a tocar y todo el mundo se volvió loco, subiéndose a los andamia­jes y bamboleando el escenario de un lado a otro. Para cuando hubimos terminado, el encargado de seguridad decidió cancelar el evento. Recuerdo haber visto a los Poison con todos sus oropeles, dispuestos a salir pero inca­pacitados para hacerlo. Me dio un gran gusto verles tan maqueados sin un escenario en el que tocar.

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