Sombras de todo tiempo

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Sombras de todo tiempo reúne por primera vez los relatos más destacados de Armando Boix, en el campo de la fantasía y el terror, hasta ahora dispersos por revistas de género, inaccesibles desde hace tiempo al lector. A lo largo de estas páginas, visitaremos el universo particular de Boix y podremos disfrutar tanto de su capacidad imaginativa como de su buen hacer literario, que hicieron de él uno de los exponentes más destacados en el campo del terror durante esa pequeña edad de oro del relato fantástico español que fue la década de los 90.

Armando Boix (Sabadell, 1966), estudió pintura en la escuela Massana de Barcelona, aunque sería en el campo de la literatura fantástica donde descollaría, pasando por ella como un meteoro, tanto por lo brillante como por lo rápido, ya que, tras publicar una treintena de relatos en apenas ocho años, abandonó el escribir, al menos de momento. Esta antología recoge lo más señalado de su producción en ese terreno. Además del relato fantástico, Boix escribió tres novelas juveniles y una de ellas, El jardín de los autómatas, mereció el premio Gran Angular en el año 1996.

ANTICIPO:
Teresa entró en el jardín y cogió el manojo de llaves que el albacea le alargaba. Samuel la siguió. Se arrebujaba en su gabardina, sin conseguir entrar en calor. Aún no sabía muy bien qué estaba haciendo allí, tan temprano y con el invierno empeñado en helar sus huesos… Bueno, en realidad sí lo sabía: estaba allí porque Teresa le había pedido su compañía. Le intimidaba un poco andar hurgando sola en una casa deshabitada. Además, él también sentía un poco de curiosidad. Aquel había sido el hogar de uno de los escritores más exitosos de los últimos años, verdadera fortaleza impenetrable para casi todos, en especial para los periodistas.

—Con ese llavero podrá abrir todas las puertas —dijo el albacea—. Si no les importa, ahora les dejo. Tengo algunos asuntos que resolver en el juzgado.

Volvió sobre sus pasos y al poco se oyó el motor de su automóvil al arrancar. Teresa y Samuel se quedaron en el camino contemplando la casa.

La finca era uno de esos chalés que la burguesía barcelonesa de principios de siglo se construía en la sierra de Collserola para pasar el veraneo. Dragones de piedra, acantos de hierro forjado, ménsulas esculpidas, azulejos, esgrafiados, vidrieras de colores y toda la parafernalia modernista. El jardín, sin embargo, estaba muy descuidado y la maleza había acabado por sepultar su trazado original, del que apenas se descubrían un estanque limoso y un templete asfixiado por las enredaderas.

La casa ofrecía mejor aspecto. Su fachada había sido restaurada recientemente y lucía luminosa y cálida con sus colores nuevos bajo el brillo charolado del tejado de pizarra. Era enorme, con dos pisos, desván y una pequeña torrecilla con cubierta piramidal.

—Tardaremos siglos en registrar todo eso —dijo Samuel, mirando hosco los estrechos ventanos de las buhardillas.

—Tendrá que ser bastante menos. Desde que supimos del accidente de Enric Gerard al señor Viladoms parece que le hayan puesto ascuas bajo los pies.

Afortunadamente para el editor, Gerard había firmado un contrato por sus próximas tres novelas antes de morir. Sin herederos que reclamaran su patrimonio, los abogados no habían tenido que trabajar demasiado para que, en compensación, se le concediera a Viladoms la propiedad sobre el contenido de aquella casa. No parecía mucho, al lado de lo que las obras de Gerard habrían rendido a su editorial; pero Viladoms sabía que el escritor estaba dando los toques finales a una última novela. En algún lugar de aquel edificio debía encontrarse el borrador.

Avanzaron hasta la puerta principal y subieron sus peldaños. Teresa probó varias llaves. La tercera, como esforzándose por hacer cierto el refrán, encajó en la cerradura.

—Veamos qué tenemos dentro.

—¿No habías estado nunca aquí? ¿Ni para asuntos de la editorial?

—Gerard tenía muchas manías al respecto. Cuando era absolutamente imprescindible tratar con él algún tema relacionado con sus libros bajaba a la estación de Vallvidrera y venía en tren a nuestras oficinas. Éste era su lugar de trabajo y aseguraba que, si empezaba a permitir a la gente llamar a su puerta, al final no iba a tener un minuto de tranquilidad para poder escribir.

Con las contraventanas cerradas, el interior del vestíbulo resultaba lóbrego y muy poco acogedor. Teresa buscó el contador donde le habían dicho que lo encontraría y dio la corriente. Alguien, probablemente la policía, se había dejado las luces encendidas y la casa se iluminó de golpe.

—Busquemos el despacho.

Recorrieron la planta baja. Del vestíbulo partía una escalera hacia el piso superior y un pasillo con puertas a un par de cuartos sin amueblar. En uno de ellos encontraron los instrumentos domésticos que la mujer de la limpieza utilizaba dos veces por semana. El corredor les condujo a un enorme salón comedor, con ventanas a la parte trasera del jardín. Una mesa redonda, algunos cuadros y un par de sillones con su tapicería incólume eran todo su contenido. No parecía que aquel fuera un lugar donde Gerard pasara demasiado tiempo. La cocina, junto al comedor, no les ofreció mayores sorpresas. Una bandeja metálica y una botella de vino daban testimonio de la última y solitaria cena del escritor.

Subieron de inmediato al primer piso. La mayoría de las habitaciones estaban vacías o guardaban sus muebles bajo guardapolvos. Evidentemente, las dimensiones de aquella casa eran desproporcionadas para un hombre que vivía solo. Durante el recorrido encontraron su dormitorio y entraron. Teresa miró en el interior de los armarios y luego buscó en los cajones de la mesilla de noche. Sobre la cama yacía un batín, a la espera de su dueño. Unas zapatillas muy gastadas asomaban sus talones bajo una butaca. No parecía que la policía hubiera revuelto demasiado durante su visita a la casa.

—¿Qué sucedió exactamente? —preguntó Samuel, impresionado por lo triste que se le antojaba el abandono de aquellos objetos tan cotidianos—. Los periódicos, creo recordar, dijeron que lo había arrollado un tren.

—Ocurrió en Vallvidrera, hacia las diez de la noche. El andén estaba casi vacío y nadie se dio cuenta de nada hasta que fue irremediable. El conductor del tren asegura que lo vio abalanzarse hacia las vías cuando entraba en la estación. Seguramente tropezó…

No pareció que Teresa encontrara nada interesante, pues cerró el cajón que estaba registrando y volvió al pasillo. Samuel fue detrás de ella a tiempo de oír una exclamación satisfecha. La siguiente habitación era, al fin, el despacho.

Se trataba de una sala bastante amplia, con una pequeña biblioteca en un extremo y la mesa de trabajo en el otro. En la mesa había algunas bandejas para papel vacías, un pequeño recipiente de cerámica con lápices y bolígrafos y una máquina de escribir eléctrica —Gerard no utilizaba ordenador, observó Samuel—, que ahora estaba cubierta por su funda gris.

—Será mejor que nos pongamos a trabajar y encontremos el maldito manuscrito —dijo Teresa mirando a su alrededor—. Ya teníamos vendida la novela a cinco países y eso implica una suma muy importante para una empresa como la nuestra. Al señor Viladoms le dará un infarto como tenga que devolver los adelantos.

Samuel recordó con algo de envidia cómo Enric Gerard se había convertido en un autor tan cotizado en pocos años. Su primera obra, La noche de la décima plaga, había recorrido sin fortuna los mejores agentes y editoriales del país. Todos opinaban que la novela —un crítica a las sociedades decadentes por su inmovilismo— tenía mérito, pero sus casi mil páginas la hacían demasiado extensa y cara de editar. Nadie gastaría tanto dinero en comprar el libro de un autor desconocido, pensaban.

Finalmente La noche de la décima plaga había llegado a Publicaciones Lancerot, una pequeña editorial a punto de desaparecer que decidió arriesgar sus últimos cartuchos en la novela de Gerard.

Para sorpresa de todos había sido un éxito. La primera edición, de cinco mil ejemplares, se había multiplicado hasta alcanzar los doscientos mil. Sin saber muy bien por qué, con escasa publicidad y a través del boca a boca, se convirtió en ese libro de moda de cada temporada y que acaba comprando todo el que presume de estar a la última, aunque luego no lo lea.

La inercia de su fama bastó para catapultar a Regreso a Ítaca y Las lágrimas de nuestros enemigos, sus siguientes novelas, hacia los primeros puestos de en la lista de ventas. No obstante, Enric Gerard nunca necesitó apoyarse en los réditos de su popularidad. Con sólo tres libros se había convertido en un autor consolidado, valorado por igual entre el público y los críticos… Todo aquello que Samuel acariciaba en sus sueños más ocultos.

Teresa se acercó a una librería próxima a la mesa del despacho. En su estante inferior, junto a las primeras ediciones, estaban los manuscritos encuadernados. Teresa los examinó. Todos pertenecían a obras publicadas. Cogió una silla y alcanzó el segundo estante, donde esperaban una serie de archivadores. Bajó el primero y lo abrió. Contenía notas y lo que parecían borradores. Tardaría bastante en examinar detenidamente todo aquello. La mayoría de escritores guarda textos inéditos de juventud y fragmentos inconclusos; tal vez allí encontrara algo de ese tipo. A falta de nada mejor, Gerard tenía suficiente nombre como para que su publicación aún pudiera reportar algún dinero a la editorial.

—¿Qué haces ahí parado? ¡Ayúdame a buscar! Me estoy llenando de polvo…

Samuel, obediente, fue hasta la mesa. En su lado derecho había una columna de tres cajones. Tanteó el primero y lo encontró cerrado.

—Tere, ¿me pasas las llaves?

Se las arrojó sin bajarse de la silla y Samuel las cazó al vuelo. Usó las más pequeñas hasta dar con la adecuada.

El cajón estaba lleno de papeles y encima de todos ellos encontró una libreta de tapas negras, del tamaño de una novela de bolsillo. La abrió esperanzado, pero sus páginas estaban en blanco. Observó en la parte interior del lomo las rebabas que había dejado el papel al separar un buen puñado de hojas.

—¿Has encontrado algo?

—Nada; sólo un cuaderno de notas vacío. Si había algo escrito Gerard lo arrancó.

Teresa se acercó y Samuel le pasó el cuaderno. Le dio un vistazo y se desinteresó rápidamente. Regresó a los archivadores. Samuel acarició las tapas del cuaderno.

—Oye, Tere… ¿Puedo quedármelo?

—¿Para qué? No tiene ningún valor.

—Perteneció a Gerard. Aquí debía apuntar las ideas que se le iban ocurriendo. Tal vez me dé suerte.

Idiota, el genio no se contagia, pensó Samuel casi antes de acabar la frase.

Teresa dejó de abrir archivadores y le miró, como si leyera en su mente.

—Una especie de talismán, ¿no? Tú siempre has afirmado que escribir bien es cuestión de trabajo y más trabajo.

—Digo muchas cosas y la mayoría son estupideces —murmuró aparentando una indiferencia que apenas consiguió disimular su amargura—. Si sólo fuera cuestión de codos sería un autor famoso, en lugar de tener los cajones llenos de novelas sin publicar.

—Ten paciencia. Las últimas críticas literarias que escribiste para el periódico fueron estupendas.

—Sí, igual que un eunuco teorizando sobre cómo hacer el amor.

Teresa juzgó mejor aparcar el asunto.

—Puedes quedarte el cuaderno, si quieres. Nadie lo echará en falta.

Samuel se lo guardó en el bolsillo de la gabardina y continuó registrando. Papeles en blanco, una grapadora, lápices… Debajo de una pila de folios encontró una carpeta. La abrió. Contenía una colección de artículos recortados de la prensa: la primera vanidad de un artista que empieza a ser reconocido. Al parecer Gerard había perdido pronto el interés. Los recortes tenían la fecha de publicación anotada y todos eran muy antiguos.

—Será mejor que carguemos todos estos archivadores en el maletero para examinarlos luego con calma —dijo Teresa, bajando de la silla—. No perdamos más tiempo aquí; aún nos queda por visitar otro piso y el desván.

Llevaron los archivadores al vestíbulo. Después subieron a la segunda planta. Contenía una sucesión de dormitorios vacíos y un salón con terraza. No había demasiado con lo que entretenerse y, para alivio de Samuel, en pocos minutos ascendieron el último tramo de la escalera, abrieron la trampilla del desván y penetraron en su húmeda y umbría intimidad. Era una estancia enorme sin compartimentar que ocupaba buena parte de la planta del edificio. A trechos pilares de madera sostenían la cubierta inclinada y en sus costados unas ventanas con celosía apenas dejaban pasar la luz. Allí mandaba la oscuridad y, cuando Teresa presionó el interruptor, sólo un par de bombillas desnudas dieron un empellón a las sombras, que se acurrucaron en los rincones más negras aún, por contraste.

Había un par de baúles con al menos un siglo en sus cueros ajados, pilas de periódicos, cajas de cartón precintadas, una bicicleta de llantas herrumbrosas, latas de pintura, sacos de sarga… Con un suspiro de resignación dividieron aquella descabellada muchedumbre en dos mitades y se dedicaron a la trilla.

No eran las nueve al entrar y el mediodía les encontró aún en cuclillas removiendo trastos que ni el mismo Gerard recordaría poseer. Samuel no dejó de considerar, en ese rato, la ironía de que aquellos cachivaches inútiles perduraran al hombre que los había adquirido. De todos modos podía felicitarse de dejar una obra, a través de la cual viviría su imaginación en los lectores; mucho más de lo que se le concedía al común de los mortales.

Samuel y Teresa continuaron trabajando hasta las tres de la tarde. Cansados, sucios y con sus estómagos gruñendo rencorosos, debieron reconocer que nada brillante sacarían de aquella morralla. Volvieron al vestíbulo, cargaron los archivadores en el automóvil y regresaron a Barcelona.

Ni la alegre música que les acompañó durante todo el viaje consiguió maquillar en su ánimo la sensación de fracaso.

Samuel miró el cursor titilar sobre la pantalla azul, conminándole a seguir. Un folio por hora; no conseguía sobrepasar ese límite. No habría sido malo si pudiera dedicarse a escribir a tiempo completo; pero entre las colaboraciones periodísticas y las traducciones, que era lo que le daba verdaderamente de comer, su verdadera vocación quedaba reducida a un pasatiempo de fin de semana y noches de insomnio. Así no acabaría nunca su nueva novela… Aunque, a juzgar por la calidad de las anteriores, nadie la echaría en falta.

Dio un golpe a la tecla de retroceso de página y releyó lo escrito aquella noche. Cazó unas cuantas de esas frases tópicas de las que cualquier escritor debería huir como del diablo. Ni siquiera le quedaba el consuelo de estar mejorando. Salió del programa procesador de textos y apagó el ordenador.

Se puso en pie. Estiró los músculos agarrotados y cogió del escritorio la cajetilla de tabaco. Había dejado de fumar durante casi un año; ahora volvía a hacerlo como un torpe consuelo a su frustración interior. Encendió un cigarrillo.

Se paseó por la casa intentando hilvanar en su imaginación el siguiente capítulo. Se detuvo ante la puerta de su dormitorio y se apoyó en el quicio. Contempló en la oscuridad la silueta de Teresa durmiendo apaciblemente. Se había acostado temprano aquella noche. Igual que él se refugiaba en sus cigarrillos, ella utilizaba el sueño como terapia. Había tenido un mal día. Durante la tarde revisaron en la editorial los archivadores sin encontrar nada de valor y Viladoms estaba furioso. Incluso había llegado a insinuar la incompetencia de Teresa al no encontrar la novela.

Pequeño cabrón, mueve el culo y búscala tú, si es tan fácil.

Fumó en un silencio ensimismado hasta que la brasa casi le quemó los dedos. Aplastó la colilla en un cenicero y resolvió ponerse a trabajar de nuevo, aunque no en la novela; no estaba de humor para ello. Tomaría notas para algunos de sus artículos en preparación.

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6 Opiniones

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  • elrikes
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    Como aficionado al relato que soy, cosa rara en estos tiempos, decidí comprarme el libro de relatos de Armando Boix. El autor, que me sonaba por haber leído alguna cosa suya, me dejó buen gusto cuando lo descubrí así que no dudé en comprármelo. Y a pesar de que aún no he terminado reconozco que estoy impresionado.

    No son relatos de fantasía estrambótica, eso que vaya por adelentado, sino historias de bien podrían novelarse cada una de ellas: Un monje busca la verdadera esencia de Dios, la vida virtuosa de Mozart, esclavistas obligados a abandonar el barco, un libro de magia en la Barcelona medieval…

    La técnica, que luce con todo derroche, acompaña a los relatos, adecuando el estilo a la temática, y en ningún caso se hacen pesados sino todo lo contrario. Armando domina la estructura de forma magistral, dosificando las escenas a medida que transcurren la páginas.

    En definitiva, y si se me acepta el símil, me recuerda a una bombonera en la que cada pieza es un descubrimiento para los sentidos.

  • Quique
    on

    No me extraña que te guste. Armando Boix fue uno de los mejores escritores de fantástico durante los 90. Por desgracia, se retiró tras escribir tres novelas.

  • elrikes
    on

    Es un misterio su retirada, ¿verdad? Parece todo lo contrario a lo que cabe esperar. Escribía (y debe seguir haciéndolo) de forma excelente, ganó premios literarios y de repente…

    Una lástima.

  • JavJimBar
    on

    La vida, que es muy perra, y acaba llevando a la mayoría por caminos que no desea.

    De todos modos, me parece un libro de lo más suculento. A ver si se vende bien, y Armando Boix se anima a escribir de nuevo.

  • Luy
    on

    Armando tenía talento y oficio, pero ningún autor se sostiene eternamente de la ilusión. Por lo que he oído, se quemó y lo dejó. Sólo he leído una novela juvenil suya, pero creo que lo más personal de su obra está en esa antología.

  • Lope
    on

    Recomiendo el libro. Me ha gustado mucho las partes relacionadas con el pasado y el presente, la del futuro, la de cf, estaba muy bien, pero quizás era más convencional.

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