Sondela

SondelaRodolfoMartinez

La idea de un continente poblado de faunos, sátiros, centauros, dríadas y ninfas resultaba absurda; un continente ubicado en un lugar tectónicamente imposible, en el que la magia funcionaba y las plegarias a los dioses recibían respuesta, si bien no siempre la esperada; un lugar en el que las brújulas perdían el norte, los relojes se paraban y los microprocesadores se convertían en un trozo inerte de silicio; donde la electricidad no era más que el nombre que se le daba al ámbar. Un lugar que, sencillamente, no debería existir. Sin embargo, un día, a principios del siglo XXI, por algún motivo que se desconoce, la Atlántida «reaparece» en mitad del Atlántico. Es un lugar donde la magia y los dioses funcionan realmente. En los siguientes 10-15 años el mundo va cambiando, como si dos concepciones distintas del universo se estuvieran mezclando. En las zonas de influencia atlante, la magia funciona, pero cualquier tecnología más compleja que el vapor, no. En las zonas de influencia «terrana» funciona la tecnología pero no, obviamente, la magia.

ANTICIPO:

2

El ganador se lo lleva todo

En cuanto llegué a la habitación, supe que aquel no iba a ser un buen día.
—Mierda, un fauno —dije.
—Vaya, las pillas al vuelo —dijo Werner Franke sin molestarse en mirarme. Parecía muy ocupado en la contemplación del cadáver.
Crucé la puerta y me acerqué al cuerpo desparramado en el suelo. Sí, no me había equivocado. En realidad, habría que haber estado ciego para equivocarse: los dos pequeños cuernos que le adornaban la frente, la barbita de chivo que remataba su rostro alargado y las pezuñas de cabra que sobresalían de su túnica azul. Un fauno. Un maldito fauno. Y precisamente de todos los policías de la ciudad tenía que haberme tocado a mí. Bueno, por qué no. Al fin y al cabo mi carrera no estaba en su momento más brillante; era lógico que me acabasen endilgando aquel tipo de cosas.
Werner terminó su inspección del cadáver, se incorporó y se quitó los guantes. Los arrojó al aire en un gesto desganado y no se molestó en ver cómo se consumían con un débil crujido y desapa­recían sin dejar rastro.
—Te ha tocado uno bueno —me dijo.
Me encogí de hombros. No le iba a dar a aquel imbécil la satis­facción de ver que el asunto me afectaba.
—¿Qué tal si me pones en antecedentes?
Werner asintió, siempre con aquella sonrisilla estúpida clavada en el rostro, y luego señaló algo a mis espaldas.
—Dejemos trabajar a los del laboratorio —dijo.
Me volví. En la puerta, mirándonos con fastidio, estaba el equi­po forense. Así que salí con Werner al pasillo y le hice una seña para que empezara.
—No hay mucho que contar, en realidad. El piso no estaba a nom­bre de la víctima, sino de la Legación Diplomática. De hecho, nues­tro amigo era el… «ayudante personal» de uno de sus miembros.
—Un esclavo —murmuré, casi sin darme cuenta de lo que decía.
Werner enarcó una ceja.
—Claro que no —dijo, todo candor e inocencia—. La esclavitud es ilegal en toda la Unión Europea. Y el Tratado de Lisboa garan­tiza que cualquier esclavo que ponga los pies en nuestro territorio se convierte automáticamente en ciudadano libre. Deberías vigilar mejor lo que dices.
Me encogí de hombros.
—Usa la ficción legal que quieras. Era un esclavo.
Ahora fue Werner quien se encogió de hombros, como si me dejara por imposible.
—Con tu pan te lo comas, Campos. No es asunto mío. —Dudó unos instantes y luego siguió con el informe—. Por lo que he po­dido averiguar, el pisito era el picadero personal del… patrón de la víctima. Solía venir por aquí un par de veces por semana y se ase­guraba de que todo estuviera en orden, cada cosa en su sitio y bien surtido de cuanto necesitara su jefe. Era un tipo callado, discreto, un perfecto caballero, según la vecina que encontró el cadáver.
Un perfecto caballero. Claro, seguro. Un perfecto caballero con cuernos en la frente y la mitad del cuerpo robado a una cabra. Bue­no, he oído definiciones peores.
—Parece ser que vio la puerta abierta y eso le extrañó. Así que llamó con los nudillos y, cuando no obtuvo respuesta, entró a echar un vistazo. Ella dice que estaba preocupada por si había habido algún robo. Supongo que le reconcomería la curiosidad por ver el interior del apartamento. El caso es que lo encontró tal y como lo has visto y nos llamó. Fin del asunto. Al menos en lo que a mí respecta. A partir de ahora es todo tuyo.
¿Todo mío? Lo dudaba.
—¿Has informado a la Legación?
Werner sonrió, como si acabara de hacerle la pregunta que lle­vaba toda la mañana esperando.
—Claro. Han dicho que enviarían un representante.
—¿Humano? —pregunté, tratando de que mi voz sonara indife­rente. No estoy muy seguro de haberlo conseguido.
—Supongo. Han dicho que lo encontraríamos aceptable. Así que imagino que sí, que será un humano.
Bueno. Ya era algo. No tenía nada contra los atlantes no huma­nos, pero me ponía nervioso hablar con ellos. Nunca conseguía interpretar correctamente su lenguaje corporal.
—De acuerdo —dije—. Ya me ocupo a partir de aquí.
—Encantado. Me voy a la oficina a poner en orden el papeleo.
Nos despedimos con un gesto de cabeza y cada uno se fue por su lado. Me acerqué a la puerta del apartamento y eché un vistazo al interior: los del laboratorio seguían ocupados recogiendo mues­tras y digitalizándolo todo. Aún les quedaban unos minutos.
Al fondo del pasillo estaba la puerta que daba a la escalera de incendios. Fui hasta allí, la entreabrí y, tras pensármelo un rato, encendí un cigarrillo. En realidad, aún no me tocaba, al menos has­ta después de comer, pero al cuerno con la planificación.
El día parecía despejado aunque, como de costumbre, la cima de la montaña estaba cubierta de nubes. Seguí con la vista la línea del teleférico y me vi a mí mismo allá arriba, paseando por el jar­dín botánico, sentado quizá en un banco junto al estanque de car­pas; el ruido de la ciudad amortiguado por la distancia, el rechinar de mi cabeza engrasado por la calma que siempre se respiraba en el jardín.
—¿Detective Campos?
Me volví mientras apagaba el cigarrillo en el tacón de la bota y guardaba la colilla en mi bolsillo de reciclaje. Mi mirada se cruzó con la de un hombre alto, de ojos claros y perplejos y pelo rubio y muy corto peinado hacia adelante. Vestía una túnica blanca que le llegaba por encima de las rodillas y un manto color chocolate.
—Sí, soy yo —dije.
El hombre asintió.
—He venido en cuanto he podido. Espero no haber llegado tarde.
Hizo un gesto sobre su hombro y varios caracteres griegos em­pezaron a arder en el aire frente a él. Pude descifrarlos lo suficiente para corroborar su identidad, aunque su nombre me resultó, como de costumbre, un galimatías incomprensible.
—Gracias —dije.
Me identifiqué a mi vez. Con la palma de mi mano extendida hacia arriba, activé la rutina de identificación en mi persochip y el tatuaje de alta definición con todos mis datos personales se exten­dió por mi mano en un parpadeo.
—Perfecto —dijo mi interlocutor.
Yo no lo habría dicho de ese modo, pero en cualquier caso, ya nos habíamos identificado y cumplido todas las formalidades.
—Querrá ver el escenario —dije.
Le indiqué con un gesto el otro extremo del pasillo y echamos a andar hacia allí.
—Me temo que no me quedé con su nombre.
Él sonrió.
—No me sorprende. Puede llamarme Quirón. O, si prefiere un nombre terrano, puede usar el de Patrick O’Flaherty.
Fruncí el ceño. Lo que aquel tipo me estaba diciendo era que…
—Usted no es…
—¿Ciudadano? No, no de nacimiento. En realidad debería ser un meteco, pero conmigo han hecho una excepción.
De pronto, su rostro y su nombre encajaron en mi memoria y comprendí con quién estaba hablando realmente.
—Un momento. Usted es…
—El traidor —terminó él la frase por mí.
Aquello se parecía demasiado a lo que estaba pensando como para sentirme cómodo. Así que no le miré a los ojos mientras decía:
—No… quería decir…
—Sé lo que quería decir, detective Campos. Y sí, soy el mismo Patrick O’Flaherty en el que estaba usted pensando.
Traté de buscar algo que decir, cualquier cosa con tal de romper el silencio que acababa de instalarse entre los dos como un muro.
—No sabía que estaba con la Legación.
—Y no lo estoy. En realidad, estoy en la isla de paso. Cuando su departamento avisó a la Legación de lo ocurrido me pidieron que actuara en nombre suyo, como un favor personal. Al fin y al cabo, conozco las costumbres de ustedes mejor que ellos y no provocaré un incidente diplomático a causa de mi ignorancia.
Sí> claro que conocía nuestras costumbres. Al fin y al cabo había sido uno de nosotros antes de pasarse al otro bando.
Llegamos a la puerta del apartamento. El equipo forense ha­bía terminado y dos camilleros esperaban para llevarse el cadáver.
Les hice una seña a la que respondieron con un asentimiento y O’Flaherty y yo pasamos al interior del piso.
Su examen del cadáver fue breve, pero minucioso. En cuanto lo terminó les indiqué a los camilleros que podían seguir con su trabajo y no tardaron en llevarse el cuerpo. Entretanto, O’Flaherty continuaba la inspección del piso.
Era un lugar pulcro, ordenado, terriblemente sobrio… hasta que llegamos al dormitorio. Parecía una combinación de selva y tem­plo, y no estaba muy seguro de si la cama era realmente una cama o un altar. O’Flaherty permaneció impasible ante el espectáculo: su única concesión a la emoción fue un alzamiento de cejas tan breve que estuve a punto de creer que lo había imaginado.
En un extremo de la habitación había un armario. Lo abrí y no pude evitar un silbido ante la heterogénea colección de afrodisíacos y juguetes sexuales, tanto terranos como atlantes, que lo abarrotaban.
La inspección del piso terminaba poco después y O’Flaherty y yo salimos del apartamento. Durante unos instantes un silencio incó­modo se instaló entre los dos. A pesar de lo que sabía de aquel hom­bre y, sobre todo, a pesar de que había hecho una elección que para mí resultaba incomprensible, no pude evitar que me gustara. Parecía seguro de sí mismo, pero sin ninguna arrogancia. Al mismo tiempo, lo miraba todo con cierta sorpresa, como si no acabara de creerse el mundo que lo rodeaba, o se preguntase qué demonios hacía allí.
—¿Le parece bien que pase esta tarde por su oficina? —pregun­tó—. Digamos a las cinco.
Asentí.
—Hasta las cinco, entonces.
Se despidió con un gesto de cabeza.
En cuanto a mí, precinté el apartamento con mi sello personal y, tras echar un vistazo a mi reloj, decidí que era el momento de comer algo.
Almorcé en el puerto. El restaurante estaba casi vacío: algunos tu­ristas pasaban por delante, dudaban unos instantes y terminaban pasando de largo. Mejor para mí. Me gusta comer solo, sin bullicio a mi alrededor.
—Parece que el negocio está flojo —le dije a Mario, el camare­ro, mientras este me servía las dos espetadas de marisco que había pedido.
Él se encogió de hombros y me miró con indiferencia. El res­taurante era propiedad de su padre, y él trabajaba allí de vez en cuando, aunque prefería dedicarse a hacer de guía a los turistas en sus visitas por la isla: el trabajo era más cómodo y ganaba bas­tante más dinero.
—Unos días se gana, otros se pierde —me respondió—. ¿Cerveza?
—Claro.
Me trajo la bebida y me dejó solo en la terraza. El marisco, como de costumbre, era excelente y la cerveza estaba a la temperatura adecuada: justo por encima del punto de congelación.
A mi alrededor la ciudad entera parecía haberse quedado dor­mida, y hasta el agua más allá del puerto permanecía inmóvil. Todo estaba sumido en el sopor de la siesta, y yo mismo empecé a notar que me costaba mantener abiertos los ojos.
Encendí un cigarrillo y bebí un trago de cerveza. Se estaba bien allí, medio adormilado, sin nada importante en lo que pensar. Solo que, claro, no iba a durar mucho. Tarde o temprano tendría que volver al mundo real.
Mejor tarde, me dije.
Mario se acercó a ver si quería tomar postre. Le dije que no, pero pedí un café con hielo.
Pensé en O’Flaherty y me pregunté qué tipo de hombre podía ser. Sí, qué clase de hombre traicionaría todo su sistema de creen­cias, su propia concepción del mundo, y se convertiría en criado del caos, de lo imprevisible, de lo absurdo.
Porque era absurdo un continente poblado de faunos, sátiros, centauros, dríadas y ninfas; un continente en el que la magia fun­cionaba y las plegarias a los dioses recibían respuesta, si bien no siempre la esperada; un lugar en el que las brújulas perdían el nor­te, los relojes se paraban y los microprocesadores se convertían en un trozo inerte de silicio; donde la electricidad no era más que el nombre que se le daba al ámbar. Un lugar que estaba en un sitio tectónicamente imposible. Un lugar que no debería existir.
Pero que existía.
Me terminé el café, miré el reloj, y comprendí que era mejor que me fuera a la comisaría. Hice una seña en dirección a Mario y este se me acercó con una sonrisa de circunstancias.
—Me temo que no voy a poder cobrarte —me dijo antes de que yo pudiera articular palabra—. Te lo apuntamos.
—¿Qué pasa?
Se encogió de hombros y señaló hacia la derecha con un gesto de la cabeza. Me volví hacia donde me indicaba y comprendí enseguida lo que ocurría. Acababa de llegar un esquife atlante y sus pasajeros estaban desembarcando.
—Ya sabes cómo son estas cosas. A lo mejor no pasa nada o a lo mejor nos fastidian toda la contabilidad del mes. Por si acaso, hemos apagado el sistema.
—Lo comprendo —dije.
Sí, claro que lo comprendía, cómo no iba a comprenderlo. Hacía veinte años que aquel absurdo, aquel despropósito, había irrum­pido en medio del mundo. Cierto que nos las habíamos apañado para seguir adelante con nuestras vidas, pero no sin cambios, des­de luego.
Tal como suponía, O’Flaherty me estaba esperando cuando llegué a la comisaría. Lo encontré en mi despacho, escudriñando con cu­riosidad los papeles precariamente clavados en las paredes. AI ver­me, me saludó con un gesto de cabeza, dejó su exploración y tomó asiento. Lo imité.
—Si le parece, esta noche podremos hablar con el propietario de la víctima —me dijo, en un tono cuidadosamente neutro.
«Propietario». Un punto a favor de O’Flaherty: al menos no se molestaba en negar que el muerto había sido un esclavo.
—De acuerdo —dije.
No era precisamente lo que quería decir, claro. Me moría de ganas de preguntarle cómo se las apañaba para vivir en un mundo donde una persona podía ser propietaria de otras; qué había en­contrado de maravilloso en aquel lugar para traicionar a su país, a su familia, a sus amigos, a él mismo. Evidentemente, no lo hice. Lo curioso es que O’Flaherty no me encajaba como un individuo que aceptase vivir en un sistema esclavista con un encogimiento de hombros indiferente y pasara luego a otra cosa. Cierto que no sabía nada de él, aparte de lo poco que recordaba de los noticiarios, pero pese a todo, no me terminaba de cuadrar.
—Mientras tanto —añadí—, podemos echarle un vistazo al es­tudio preliminar del equipo forense.
—Me parece satisfactorio.
No había mucho que ver, en realidad. La reconstrucción en 3D del apartamento era, como siempre, minuciosa. El muerto estaba de pie cuando lo golpearon, por la espalda y desde la izquierda. El golpe destrozó su nuca y abrió un boquete considerable en el cogote; murió prácticamente en el acto. Por la forma de la herida, el objeto usado para matarlo podía ser media docena de cosas distin­tas, desde un pisapapeles a un adoquín, pasando por una antigua plancha para la ropa. Como era de esperar, el arma no había apare­cido, aunque se habían encontrado rastros de bronce en la herida. ¿Algún objeto ritual, tal vez? ¿Quizá uno de los juguetes sexuales que poblaban el dormitorio? Ninguno de ellos encajaba con la he­rida, pero era posible que el asesino se lo hubiera llevado consigo.
Pasamos al dormitorio. Me detuve ante los tres iconos triangu­lares que marcaban el hallazgo de restos biológicos sobre la cama. Amplié la información: dos eran rastros de semen y células epite­liales atlantes que, como de costumbre, habían resultado imposi­bles de analizar. Una nota informaba de que había posibilidades de que pertenecieran a personas distintas, si bien no podían ase­gurarlo con certeza. El tercer resto era piel terrana. De mujer. Las muestras eran relativamente recientes.
—Hmm —murmuré—. Parece que alguien montó una buena fiesta la otra noche en el apartamento.
O’Flaherty no dijo nada.
—El ADN no está registrado —añadí—. Así que no es ciudadana de la Unión Europea. Eso complica un poco las cosas.
—Quizá la visita de esta noche contribuya a aclararlas.
—Quizá —dije, aunque en realidad lo dudaba.
No había mucho más que ver: un catálogo minucioso de los juguetes sexuales y los distintos productos afrodisíacos que ha­bíamos encontrado en el armario; un análisis del contenido del mueble bar; un inventario de los objetos personales que había en el apartamento.
—Bueno, no es que tengamos gran cosa.
O’Flaherty no respondió. Tenía la vista clavada en los documen­tos de identificación de la víctima y no parecía que lo que estaba viendo le gustase mucho.
—¿Ocurre algo?
Parpadeó y trató de sonreír.
—No, nada.
Podía hacer dos cosas: llamarlo mentiroso a la cara o dejar el asunto como estaba. Me decidí por lo segundo.
El edificio de la Legación Diplomática Atlante flotaba a unos diez metros sobre el suelo. Dos centauros armados con arcos y flechas vigilaban el acceso, si es que el precario puente colgante que unía la estructura con la isla podía ser calificado de ese modo.
Nos miraron con cara de pocos amigos. O’Flaherty no pareció muy deseoso de enfrentarse a ellos: se había detenido a un par de pasos tras de mí y me miraba expectante, como si sintiera curio­sidad por ver cómo manejaba la situación. Así que me adelanté, incliné la cabeza y traté de activar la rutina de identificación de mi persochip. Fue inútil, por supuesto, pero uno nunca sabe cómo se van a comportar estas cosas. A veces la influencia atlante está tan circunscrita a sus lugares que te basta poner un pie fuera para que desaparezca; otras, en cambio, se extiende por varios metros a la redonda. Y otras, como sucedía en el Mediterráneo…
Los dos centauros piafaron y golpearon el suelo con los cascos delanteros. Su ceño se había fruncido más todavía, si es que aque­llo era posible.
—Soy el detective Campos. Tenemos una cita con la Legación.
Mis palabras no obtuvieron el menor resultado.
Al final, O’Flaherty pareció apiadarse de mí, se adelantó y, con la mano alzada, invocó de nuevo los caracteres llameantes e inter­cambió un galimatías en lo que supuse que sería griego con los dos guardianes. Tras esto, se hicieron a un lado y nos indicaron con un gesto que pasáramos.

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