Sor Fidelma IX. Nuestra Señora de las Tinieblas

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En la última entrega Sor Fidelma recibe una carta, justo cuando llega a Santiago de Compostela, informándola que su compañero Eadulf ha sido declarado culpable de un brutal asesinato y condenado a muerte. Sor Fidelma emprenderá una carrera contra el tiempo de cuyo resultado depende la vida de su buen amigo.

Fidelma es incapaz de creer en la culpabilidad de Eadulf y en veinticuatro horas, que es el plazo que tiene antes de que se cumpla la sentencia, Fidelma deberá desentrañar una escabrosa historia de sexo, ignominia y muerte. En la investigación del misterio empiezas a aparecer más piezas de las que ella (y el lector) esperaban encontrar ¿o quizá el puxle es mayor de lo que parecía inicialmente?

ANTICIPO:
Fearna, el gran lugar de los alisos, era la población principal de los Uí Cheinnselaigh, la dinastía real del reino de Laigin. El pueblo se alzaba sobre la ladera de una colina, allí donde dos valles atravesados por dos grandes ríos convergían formando los dos brazos de una gran bifurcación en un único y vasto valle donde los afluentes también confluían en una sola corriente, hacia el sur primero, hacia el este después, hasta el mar.

Tras pasar la noche en la posada de Morca, Fidelma y sus compañeros habían cruzado el ancho río Slaney por un vado, para seguir por un camino entre éste y el río Bann, en cuyas colinas se erguía la capital de los reyes de Laigin. Su llegada entre la extensión de edificios de piedra y madera pasó inadvertida, pues muchos viajeros, mercaderes y vendedores, así como emisarios de otros reinos, iban y venían regularmente. La presencia de extranjeros era tan frecuente en el municipio que no suscitaba comentarios.

Dos complejos de edificios dominaban Fearna. Sobre un pequeño promontorio de la colina se erguía la fortaleza, bastión de los reyes de Laigin. Era grande, aunque poco espectacular: una ciudadela circular como tantas de las que había en los cinco reinos de Éireann. Curiosamente, el edificio que más dominaba la ciudad era la abadía de Máedóc, un complejo de granito gris sobre la orilla del río Bann. Tenía incluso embarcadero propio, uno pequeño en el que atracaban los barcos procedentes de los poblados a lo largo del río para comerciar con la abadía.

No resultaba disparatado creer a primera vista que la abadía era la ciudadela de los reyes de Laigin. Pese a no tener más de cincuenta años de antigüedad, parecía haber estado allí desde hacía siglos, pues una enrarecida atmósfera decadente y tenebrosa la envolvía. Más parecía una fortaleza que una abadía y, por si fuera poco, irradiaba un halo funesto.

Cuando el rey Brandubh decidiera construir la abadía para su mentor cristiano y sus discípulos, el viejo rey había decretado que habría de ser, asimismo, el edificio más imponente de su reino. Sin embargo, en vez de ser un lugar destinado al culto y la dicha —como era propio de un edificio religioso— se edificó una mole sobrecogedora y hostil, que parecía una siniestra llaga en medio de la ciudad.

Apenas hacía cincuenta años que los reyes de Laigin se habían convertido a la fe cristiana cuando Brandubh había accedido a ser bautizado por el santísimo Aidan, un hombre de Breifne que acabó estableciéndose en Fearna. El pueblo de Laigin llamaba a Aidan por el nombre de Máedóc, apelativo cariñoso derivado de su nombre y que significaba «pequeño fuego». El santísimo Máedóc había fallecido cuarenta años atrás. De todos era sabido que la comunidad conservaba con celo sus reliquias en la abadía.

Al acceder al centro del municipio, Fidelma escrutó el edificio con ojo crítico, pues era muy distinto de las moradas religiosas que conocía. Se sintió culpable por pensar aquello, pues sabía que el santísimo Máedóc era amado y respetado en toda la región. Con todo, ella consideraba que la religión debía ser algo alegre y no opresivo.

Dego señaló el camino que ascendía a la fortaleza de Fianamail, ya que había estado antes en Fearna. Con resolución, el joven guerrero encabezó la comitiva pendiente arriba y, al llegar a las puertas, se detuvo para ordenar al guardia que llamara a su comandante. Casi al instante apareció un soldado, que frunció el ceño al reconocer a Dego y sus compañeros como hombres al servicio del rey de Cashel. Al ver que aquél no sabía qué hacer, Fidelma avanzó con su caballo.

—Llamad a vuestro administrador —le aconsejó—. Decidle al rechtaire que está aquí Fidelma de Cashel y que solicita audiencia a Fianamail.

Al reconocer el rango de la joven monja que pedía acceso a la fortaleza, el comandante se sobresaltó. Luego hizo una breve y rígida reverencia, para dar luego media vuelta abruptamente y mandar a uno de sus hombres a buscar al rechtaire, o administrador de la casa del rey. Con buenas maneras preguntó si Fidelma y su séquito querían desmontar y ponerse al abrigo del cuarto de guardia. Chasqueó los dedos, y dos mozos de cuadra acudieron corriendo para ocuparse de los caballos, mientras Fidelma y sus compañeros entraban en una sala donde ardía un fuego crepitante. La recepción no había sido entusiasta, pero todo se había hecho con la mínima cortesía que las leyes de la hospitalidad requerían.

El administrador de la casa del rey llegó a los pocos instantes, apresurado.

—¿Fidelma de Cashel?

Era un hombre mayor de cabello plateado y cuidadosamente cepillado. Su aspecto y su ropa ya indicaban que era escrupuloso en el arreglo personal y meticuloso en el protocolo de la corte. Portaba una cadena de plata de oficio.

—Se me ha comunicado que solicitáis una audiencia con el rey, ¿es así? —añadió.

—Así es —respondió Fidelma—. Se trata de un asunto de cierta urgencia.

El hombre mantuvo el gesto grave.

—Estoy seguro de que se os podrá conceder. Quizá vos y…—se interrumpió, parpadeando al dirigir la vista hacia Dego, Aidan y Enda— .. .vuestra escolta queráis lavaros y descansar mientras dispongo lo necesario.

—Preferiría que la audiencia fuera concedida de inmediato —objetó Fidelma para sorpresa del administrador, que parpadeó varias veces— Hemos descansado durante el viaje, que de hecho emprendimos para tratar aquí un apremiante asunto de vida o muerte. Y no empleo estas palabras con ligereza.

El hombre vaciló y trató de explicar:

—No es habitual que…

—Este asunto tampoco es nada habitual —lo interrumpió a su vez Fidelma con firmeza.

—Sois hermana del rey de Muman, señora. Y sois también monja, y vuestra reputación como dálaigh no es desconocida en Fearna. ¿Me permitís que os pregunte en cuál de las tres cualidades habéis venido aquí? El rey siempre atiende gustoso a visitantes de las tierras vecinas, sobre todo a la hermana de Colgó de Cashel…

Fidelma le hizo callar de golpe con un brusco ademán. No necesitaba halagos para camuflar su pregunta.

—No estoy aquí como hermana del rey de Muman, sino como dálaigh de los tribunales con categoría de anruth —anunció Fidelma en un tono frío y admonitorio.

El administrador levantó el brazo haciendo un extraño movimiento que parecía indicar aquiescencia.

—En tal caso, si sois tan amable de esperar, iré a ver si el rey gusta de recibiros.

El administrador hizo esperar a Fidelma veinte minutos. El capitán de la guardia, al que habían ordenado esperar con ellos de pie, estaba cada vez más incómodo, y empezó a restregar los pies contra el suelo cuando empezó a pasar el tiempo. Aunque Fidelma estaba enfadada, sentía lástima por él. Al cabo de un rato, cuando el hombre carraspeó y empezó a disculparse, ella le sonrió y le dijo que la culpa no era suya.

Cuando el administrador al fin volvió a aparecer, también reveló su incomodidad por haber tardado tanto en comunicar la petición al rey y volver con la respuesta.

—Fianamail ha expresado que os recibirá con gusto —anunció el viejo, bajando la vista ante la impaciente mirada de Fidelma—. Si sois tan amable de seguirme… —Vaciló un momento y miró a Dego—. Vuestros compañeros tendrán que esperaros aquí, por supuesto.

—Por supuesto —repitió ella bruscamente.

Cruzó miradas con Dego sin necesidad de decirle nada. El joven guerrero inclinó la cabeza al comprender la orden tácita.

—Aguardaremos mientras regresáis sana y salva, señora —dijo en voz baja, poniendo un leve énfasis al decir «sana y salva».

Fidelma siguió al anciano administrador a través de un patio enlosado y por el interior de los edificios principales de la fortaleza. El palacio parecía curiosamente vacío en comparación con el gentío que solía abarrotar el castillo de su hermano. Aquí y allá había guardas aislados de pie. Unos pocos hombres y mujeres (criados, a juzgar por la evidencia) correteaban de acá para allá, cada uno con su labor asignada, pero no se oía charlar ni reír a nadie, ni tampoco niños que jugaran. Cierto que Fianamail era joven y soltero todavía, pero no dejaba de ser extraño que faltara en el palacio dinamismo, así como el calor de la vida y la actividad familiar.

Fianamail la esperaba en una pequeña sala de recepción, sentado ante un resplandeciente fuego de leña. Aún no había cumplido los veinte años. Tenía el pelo rojizo y la astucia de un zorro. Unos ojos juntos le concedían una expresión maligna. Había sucedido a su primo Faelán como rey de Laigin tras fallecer éste de peste amarilla un año atrás. Era exaltado y ambicioso y, según Fidelma habían observado en el previo y único encuentro que habían tenido un año atrás, se dejaba engañar fácilmente por sus consejeros a causa de su propia arrogancia. Fianamail había cometido la necedad de aprobar una conspiración para arrebatar a Cashel el control del subreino de Osraige y anexionarlo a Laigin. Fidelma había denunciado la conspiración durante una audiencia con el rey supremo en persona en la abadía de Ros Ailithir. En consecuencia, el jefe brehon del rey supremo, Barran, había dictaminado que el subreino, situado en la frontera entre el reino de Muman y Laigin, permanecería bajo la jurisdicción de Cashel para siempre. La sentencia había enfurecido a Fianamail, y ahora consentía que bandas de guerreros de Laigin asaltaran y saquearan las regiones fronterizas y negaba responsabilidad o conocimiento de los hechos. Fianamail era joven y codicioso y estaba resuelto a forjarse su propia fama.

No se levantó cuando Fidelma entró en la sala, como habrían dictado las más elementales normas de cortesía; se limitó a indicarle con una mano mustia que tomara asiento en el extremo opuesto del gran hogar.

—Os recuerdo muy bien, Fidelma de Cashel —dijo a modo de saludo sin asomo de sonrisa o calidez en sus rasgos flacos y astutos.

—Y yo a vos —respondió Fidelma con idéntica frialdad.

—¿Puedo ofreceros algún refrigerio? —sugirió el joven señalando con languidez una mesa con vino y aguamiel.

Fidelma negó con la cabeza.

—El asunto que deseo discutir es apremiante.

—¿Apremiante? —Fianamail alzó las cejas para expresar curiosidad— ¿Y qué puede ser tan apremiante?

—La condena del hermano Eadulf de Seaxmund´s Ham. ¿Acaso no recibisteis los mensajes de mi hermano en los que expresaba la inquietud de Cashel al respecto y en los que os pedía…?

Fianamail se puso en pie de repente con el ceño fruncido.

—¿Eadulf? ¿El sajón? Recibí un mensaje, pero no lo comprendí. ¿A qué se debe el interés de Cashel por el sajón?

—El hermano Eadulf de Seaxmund´s Ham es el emisario entre mi hermano y Teodoro de Canterbury —confirmó— He venido aquí para defenderle contra el cargo del que se le acusa.

Fianamail abrió ligeramente la boca en lo que pareció a Fidelma un gesto de júbilo.

—He retrasado el juicio en la medida en que he podido por deferencia a vuestro hermano el rey. Pero, ay, el tiempo ha ido pasando.

Fidelma empezó a sentir cada vez más frío.

—De camino hacia aquí oímos rumores de que ya había sido juzgado. Tras la intervención de mi hermano, bien podría haberse retrasado hasta mí llegada.

—Ni siquiera un rey puede aplazar un juicio indefinidamente. El rumor que oísteis es cierto: ya ha sido juzgado y ha sido declarado culpable. Ya no hay nada que hacer. Ya no necesita vuestra defensa.

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