Stonehenge

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El templo de Stonehenge, una construcción que ha intrigado y fascinado tanto a historiadores como a turistas, es el auténtico protagonista de la gran novela histórica de Bernard Cornwell. Hace unos cuatro mil años, una tribu del sudoeste de Gran Bretaña llevó a cabo una de las mayores hazañas arquitectónicas de todos los tiempos: Stonehenge, un santuario hecho a base de inmensos bloques de piedra traídos de tierras lejanas. Las luchas por el poder que se desarrollaron entre los hijos de Hengall durante su construcción convierten a esta novela en un relato intenso y emocionante que nos descubre la oscura belleza de la cultura megalítica en Inglaterra.
La grandiosidad de la obra ha dejado perplejos a los investigadores a lo largo de los siglos sobre qué llevó a aquellos hombres a acometer semejante obra ó cuáles eran sus nombres, sus motivaciones o sus dioses.
Bernard Cornwell responde a éstas y muchas otras preguntas a través de la historia de los tres hijos del jefe de la tribu de Ratharryn: Lengar, Camaban y Saban; el guerrero, el visionario y el constructor. Tres hermanos muy diferentes entre ellos, tres hermanos que, cada uno a su modo, osaron desafiar al mismísimo dios del Sol.

ANTICIPO:

La sombra de las nubes engulló el pasto mientras Lengar y Saban corrían hacia el Viejo Templo. Saban tenía frío y estaba asustado. Lengar también estaba atemorizado, pero los moradores de las tierras exteriores eran famosos por su riqueza, y la avaricia de Lengar se impuso a su temor a entrar al templo.
El forastero había atravesado a gatas el foso y trepado el terraplén, pero Lengar fue a la vieja entrada del lado sur donde un estrecho caminillo elevado conducía al interior invadido por la maleza. Una vez hubo atravesado el sendero de entrada, Lengar se puso a cuatro patas y se arrastró entre los avellanos. Saban le siguió a regañadientes, decidido a no quedarse solo en el prado cuando se desatara la ira del dios de la tormenta.
Para sorpresa de Lengar, la maleza no invadía por completo el Viejo Templo sino que había un espacio despejado donde se erigiera el Pabellón Funerario. Alguien de la tribu debía de seguir visitando el Viejo Templo, pues se había limpiado de matojos y podado la hierba con un cuchillo, y en el Pabellón Funerario donde ahora estaba sentado el forastero, con la espalda apoyarla en el poste del templo que quedaba en pie, yacía un único cráneo de buey. El hombre tenía la cara pálida y los ojos cerrados, pero el pecho se le movía arriba y abajo impelido por una respiración trabajosa. Llevaba una lámina de piedra negra sujeta por tiras de cuero en el envés de la muñeca izquierda. Sus calzones de lana estaban impregnados de sangre. El hombre había dejado caer el arco y el carcaj junto al cráneo de buey y tenía una bolsa de cuero aferrada contra el vientre herido. Había caído en una celada en el bosque tres días antes. Sin llegar a ver a sus atacantes, había acusado el dolor lacerante y repentino de la lanza que le habían arrojado, y entonces hincó los talones al caballo para que lo alejara del peligro.
—Voy a buscar a nuestro padre —susurró Saban.
—Nada de eso —le espetó Lengar entre dientes, y el herido debió oírlo, pues abrió los ojos e hizo un gesto de dolor al inclinarse hacia delante para recoger el arco. Sin embargo, el dolor entorpecía los movimientos del forastero y Lengar fue mucho más veloz. Dejó caer el arco, salió a la carrera de su escondrijo y cruzó el Pabellón Funerario para hurtarle al forastero el arco con una mano y el carcaj con la otra. La celeridad le hizo tirar las flechas de tal modo que sólo quedó una en el carcaj de cuero.
Un murmullo de trueno resonó proveniente del oeste. Saban se estremeció, temeroso de que el estruendo creciera hasta llenar el aire con la ira del dios, pero el trueno remitió, sumiendo el cielo en una profunda calma. «Sannas», farfulló el forastero, y luego añadió unas palabras en una lengua que no conocían Lengar ni Saban.
—¿Sannas? —preguntó Lengar.
«Sannas», repitió el hombre con ansia. Sannas era la gran hechicera de Cathallo, famosa en toda la región, y Saban dio por sentado que el forastero quería que lo curara.
Lengar sonrió.
—Sannas no es de los nuestros —le informó—. Sannas vive al norte de aquí.
El forastero no entendió lo que Lengar le decía.
—Erek —respondió, y Saban, que todavía estaba entre la maleza, se preguntó si era el nombre del forastero, o quizás el nombre de su dios—. Erek —repitió el herido con más firmeza, pero la palabra no significaba nada para Lengar, que había sacado la única flecha del carcaj del forastero y la había colocado contra la cuerda del arco corto. El arco estaba hecho de tiras de madera y cuerna, encoladas y atadas con fibras de ligamento, y el pueblo de Lengar nunca había usado un arma semejante. Preferían un arco de mayor longitud tallado en madera tejo, pero a Lengar le llamó la atención la inusual arma. Tensó la cuerda para poner a prueba su fuerza.
—¡Erek! —gritó el forastero.
—Eres un extranjero —replicó Lengar—. No se te ha perdido nada aquí. —Volvió a tensar el arco, sorprendido por la resistencia que ofrecía un arma tan corta.
—Trae a la curandera. Trae a Sannas —le pidió el forastero en su propia lengua.
—Si estuviera aquí Sannas —contestó Lengar, que no entendía más que el nombre—, preferiría matarla. —Escupió—. Ésa es la opinión que me merece Sannas. Es una raposa marchita, un hollejo de maldad, un excremento de escarabajo hecho mujer. —Volvió a escupir.
El forastero se echó hacia delante y, no sin gran esfuerzo, recogió las flechas que habían caído del carcaj, que juntó en un haz para alzarlo a modo de cuchillo como si quisiera defenderse.
—Trae a la curandera —rogó en su propia lengua.
El trueno retumbó hacia el oeste y las hojas de avellano se estremecieron debido a una ráfaga de viento que se había adelantado a la tormenta, cada vez más próxima. El forastero volvió a mirar a Lengar a los ojos y no vio ni rastro de piedad. La muerte no era sino un deleite para Lengar.
—No —suplicó—. No, por favor.
Lengar dejó ir la flecha. Estaba a sólo cinco pasos del forastero y el pequeño proyectil alcanzó su objetivo con una fuerza repugnante que hizo caer al hombre de costado. La flecha se hundió hasta tal punto que sólo sobresalía del costado izquierdo del pecho del forastero un palmo del astil con plumas negras y blancas. A Saban le pareció que el extranjero había muerto, porque no se movió en un buen rato, pero luego el haz de flechas que con tanto cuidado había hecho se le derramó de la mano al empezar a incorporarse lenta, muy lentamente.
—Por favor —suplicó en voz queda.
—¡Lengar! —Saban salió de entre los avellanos—. Deja que vaya a buscar a nuestro padre.
—¡Cállate! —Lengar había cogido una de sus flechas de pluma negra de su propio carcaj y la había colocado en la cuerda del arco. Se acercó a Saban con el arco dirigido hacia él y sonriendo al ver el terror en el rostro de su hermanastro.
El desconocido también se quedó mirando a Saban, y lo que vio fue un chico alto y bien parecido con el cabello moreno enmarañado y ojos despiertos y ansiosos.
—Sannas —suplicó el forastero a Saban—. Llévame hasta Sannas.
—Sannas no vive aquí —le explicó Saban, que sólo había entendido el nombre de la hechicera.
—Aquí vivimos nosotros —anunció Lengar, que ahora apuntaba con la flecha al forastero— y tú eres un extranjero que nos roba el ganado, esclaviza a nuestras mujeres y engaña a nuestros mercaderes.
Dejó ir una segunda flecha y, al igual que la primera, quedó clavada en el pecho del forastero, aunque esta vez entre las costillas del lado derecho. El hombre volvió a caer de costado, pero, una vez más, se incorporó como si su espíritu se negara a abandonar el cuerpo maltrecho.
—En mi mano está darte poder —aseguró, y un reguerillo de sangre rosada y espumosa le cayó a la barba rala desde la comisura del labio—. Poder —repitió en un susurro.
Sin embargo, Lengar no entendía su lengua. Había disparado dos flechas y el hombre se negaba a morir, de modo que el joven guerrero recogió su largo arco, colocó una flecha en la cuerda y se encaró con el forastero. Echó atrás el enorme arco.
El forastero meneó la cabeza de lado a lado, pero sabía cuál era su suerte y le sostuvo la mirada a Lengar para demostrarle que no temía morir. Maldijo a su asesino, aunque dudaba que los dioses fueran a escuchar a un ladrón fugitivo como él.
Lengar soltó la cuerda y la flecha de plumas negras se hundió en el corazón del forastero. Debió haber muerto al instante, y sin embargo todavía sacó pecho como para repeler la punta de flecha de sílex; luego cayó hacia atrás, se estremeció durante unos instantes y quedó inerte.
Lengar se escupió en la mano derecha y frotó la saliva contra el envés de la muñeca izquierda, donde la cuerda del arco del forastero le había rozado la piel provocándole una escocedura. Al ver a su hermanastro, Saban entendió por qué el forastero llevaba la lámina atada al antebrazo. Lengar bailoteó unos cuantos pasos para celebrar la muerte, pero estaba nervioso. De hecho, no tenía la certeza de que el hombre estuviera muerto de veras, pues se acercó al cadáver con grandes precauciones y le propinó un empellón con la punta de cuerna de su arco antes de dar un salto atrás, por si el fallecido volviera a la vida y se le abalanzara, pero el forastero no se movió.
Lengar volvió a acercarse con cuidado, le arrebató la bolsa de la mano al forastero muerto y se apartó precipitadamente del cadáver. Durante un instante se quedó mirando la cara pálida del muerto, y luego, convencido de que el espíritu del hombre había abandonado su cuerpo, rasgó la cuerda que cerraba el cuello de la bolsa. Miró en su interior, permaneció inmóvil un instante y luego lanzó un grito de alegría. Le había sido concedido poder.
Saban, aterrorizado ante el grito de su hermanastro, dio un salto atrás, y luego volvió a acercarse poco a poco mientras Lengar vertía el contenido de la bolsa sobre la hierba, junto al cráneo blanquecino del buey. A Saban le dio la impresión de que caía una cascada de luz de la bolsa.
Había docenas de pequeños adornos de oro en forma de rombo, cada uno de ellos del tamaño del pulgar de un hombre, y cuatro placas romboidales del tamaño de una mano. Los rombos, tanto los grandes como los pequeños, tenían diminutos agujeros en las puntas más estrechas, de modo que pudieran colgarse de una fibra de ligamento o coserse a una prenda de vestir, y estaban hechos de finísimas láminas de oro en las que había talladas líneas rectas. Pero aquellos dibujos no le decían nada a Lengar, que recuperó de un manotazo uno de los rombos pequeños que Saban había osado coger de la hierba. Lengar hizo un montón con los rombos, grandes y pequeños.
—¿Sabes lo que es esto? —preguntó a su hermano menor, señalando el montón con un gesto.
—Oro —respondió Saban.
—Poder —puntualizó Lengar. Miró al muerto—. ¿Sabes lo que se puede hacer con oro?
—¿Lucirlo? —sugirió Saban.
—¡Imbécil! Con el oro se compran hombres. —Lengar echó atrás el cuerpo apoyando todo su peso sobre los talones. Ahora las sombras de las nubes eran oscuras y los avellanos se mecían movidos por un viento cada vez más fresco—. Se compran lanceros —dijo—, se compran arqueros y guerreros. ¡Se compra poder!
Saban cogió uno de los rombos pequeños y se zafó cuando Lengar intentó recuperarlo. El chico se batió en retirada por el reducido espacio despejado y, cuando tuvo la sensación de que Lengar no iba a perseguirle, se puso en cuclillas y contempló el trozo de oro. Le pareció extraño que con eso se pudiera comprar poder. Saban alcanzaba a imaginar hombres que trabajaran a cambio de comida o vasijas, a cambio de pedernales o esclavos, o a cambio de bronce con el que se pudieran hacer cuchillos, hachas, espadas y puntas de lanza, pero, ¿por ese trozo de metal? No servía para cortar, sino que simplemente estaba ahí, y sin embargo, incluso en un día encapotado como aquél, Saban apreciaba el brillo del metal. Brillaba como si un trozo de Sol estuviera atrapado dentro del metal, y de pronto se estremeció no porque fuera desnudo, sino porque nunca había tocado el oro; nunca había tenido en la mano un trozo del todopoderoso Sol.
—Debemos llevárselo a nuestro padre —dijo con reverencia.
—¿Para que el viejo imbécil lo pueda añadir a su tesoro? —preguntó Lengar con desdén. Regresó hacia el cadáver y alzó el manto por encima de los cabos de flecha que sobresalían, para revelar que el muerto llevaba sujetos los calzones con un cinturón cuya hebilla era un buen pedazo de oro amazacotado y que en torno a su cuello colgaban más rombos pequeños ensartados en un tendón.
Lengar miró a su hermano menor de reojo, se pasó la lengua por los labios y cogió una de las flechas que se le habían caído de la mano al forastero. Aún llevaba su arco largo y colocó la flecha con plumas negras y blancas contra la cuerda. Tenía la vista puesta en la maleza de avellanos, evitando deliberadamente la mirada de su hermanastro, pero de pronto Saban cayó en la cuenta de lo que a Lengar le pasaba por la cabeza. Si Saban sobrevivía para contarle a su padre lo del tesoro del extranjero, Lengar lo perdería, o al menos tendría que luchar por él; pero si descubrían a Saban muerto con una de las flechas con plumas negras y blancas del extranjero clavada, nadie sospecharía que Lengar era culpable de su asesinato, ni que se había apropiado de un gran tesoro. Un trueno resonó hacia el oeste y el viento frío ladeó las copas de los avellanos. Lengar tensaba ya el arco, aunque seguía sin mirar a Saban.
—¡Fíjate! —gritó Saban de repente, al tiempo que alzaba el pequeño rombo—. ¡Mira!
Lengar redujo la presión sobre la cuerda del arco mientras miraba con los ojos entornados, y en ese instante el chico echó a correr como una liebre salida de entre la hierba. Se adentró entre los avellanos y cruzó a la carrera el amplio sendero elevado que conducía a la entrada del Sol del Viejo Templo. Allí había más postes carcomidos semejantes a los que se alzaban en torno al Pabellón Funerario. Se vio obligado a realizar bruscos giros para esquivar sus tocones y, justo en el momento en que los sorteaba, la flecha de Lengar le pasó silbando junto a la oreja.
El trueno hizo jirones el cielo, a la vez que empezaba a llover. Las gotas eran enormes. Un rayo se precipitó contra la ladera de la colina de enfrente. Saban siguió corriendo en zigzag sin atreverse a volver la mirada para ver si Lengar seguía tras sus pasos. La lluvia caía cada vez con más fuerza, llenando el aire con su malévolo bramido pero levantando al mismo tiempo una pantalla para esconder al chico en su huida hacia el noroeste, en dirección al asentamiento. Gritaba sin dejar de correr, con la esperanza de que algún pastor siguiera en la dehesa, pero no vio a nadie hasta que hubo dejado atrás los túmulos funerarios en la cima de la colina y descendía por el fangoso sendero entre los pequeños trigales que sufrían el embate del fuerte chaparrón.
Galeth, el tío de Saban, y cinco hombres más regresaban al asentamiento cuando oyeron los gritos del chico. Volvieron colina arriba y Saban atravesó la lluvia a la carrera para aferrarse al jubón de piel de ciervo de su tío.
—¿Qué ocurre, chico? —le preguntó Galeth.
Saban seguía agarrado a su tío.
—Ha intentado matarme —jadeó—. ¡Ha intentado matarme!
—¿Quién? —indagó Galeth. El hermano menor del padre de Saban era alto, de poblada barba y famoso por sus demostraciones de fuerza. Se contaba que en una ocasión Galeth había levantado el poste de un templo, y no uno de los pequeños, sino un enorme tronco desbastado que descollaba por encima de los demás postes. Al igual que sus compañeros, que estaban talando árboles cuando estalló la tormenta, Galeth llevaba una pesada hacha con hoja de bronce.
—¿Quién ha intentado matarte? —le preguntó.
—Él —contestó Saban a voz en cuello al tiempo que señalaba colina arriba, hacia el lugar donde había aparecido Lengar con el arco largo entre las manos y otra flecha apoyada contra la cuerda.
Lengar se detuvo. No dijo nada, sino que se quedó mirando al grupo de hombres que ahora protegían a su hermanastro y retiró la flecha de la cuerda.
Galeth miró de hito en hito a su sobrino mayor.
—¿Has intentado matar a tu propio hermano?
Lengar lanzó una carcajada.
—Ha sido un extranjero, no yo. —Fue descendiendo la ladera de la colina poco a poco. Su largo cabello moreno estaba húmedo de lluvia, lo que le daba una apariencia aterradora.
—¿Un extranjero? —repitió Galeth, y escupió para ahuyentar la mala suerte. Había muchos en Ratharryn que decían que el próximo jefe debería ser Galeth en vez de Lengar, pero la rivalidad entre tío y sobrino palidecía ante la amenaza de una incursión de extranjeros—. ¿Hay forasteros en la dehesa? —le preguntó Galeth.
—Sólo uno —contestó Lengar con despreocupación, y metió la flecha del extranjero en el carcaj—. Sólo uno —repitió—, y ahora está muerto.
—De modo que estás a salvo, chico —le dijo Galeth a Saban—, estás a salvo.
—Ha intentado matarme él —insistió Saban—, por causa del oro. —Alzó el rombo como prueba.
—Oro, ¿eh? —indagó Galeth, cogiendo a Saban de la mano el diminuto fragmento—. ¿Eso es lo que tenéis? ¿Oro? Más vale que se lo llevemos a vuestro padre.
Lengar lanzó a Saban una mirada de profundo odio, pero ya era tarde. Saban había visto el tesoro y había sobrevivido, y por tanto su padre se enteraría del asunto del oro. Lengar escupió, dio media vuelta y regresó colina arriba. Se perdió entre la lluvia, enfrentándose a la ira de la tormenta, para recuperar el resto del oro.
Aquel fue el día que llegó el forastero al Viejo Templo en plena tormenta, y el día que Lengar intentó matar a Saban, y el día que todo cambió en el mundo de Ratharryn.

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