Tarzán y el loco

TarzanYElLocoBurroughs

El sonido de los tambores suena en la selva y en la sabana declarando a Tarzán un temible enemigo que, no sólo está esclavizando a mujeres y ha raptado a la hija de un millonario inglés, que ha puesto precio a su cabeza, sino que se ha investido a si mismo como un nuevo dios.

¿Es posible que Tarzán sea culpable de todo lo que dicen los tambores? De cualquier forma el asunto no tiene buena pinta para nuestro amigo Tarzán, alguien está suplantándolo para hacer de las suyas y eso no le gustará a nuestro héroe de la selva, pero aclarar la situación no va a ser nada fácil.

Decimotercera entrega de la saga de Tarzán.

ANTICIPO:
El disparo de Crump se perdió en el aire y, tan instantáneas son las reacciones de Tarzán, que dio la impresión de que casi simultáneamente una flecha atravesaba el hombro derecho de Crump y el brazo con cuya mano sostenía la pistola quedó inutilizado. El incidente había sido tan repentino y terminó tan deprisa que por un momento todo el campamento quedó sumido en la confusión; y en aquel instante, Tarzán se fundió en la negrura de la jungla.

—¡Tú, imbécil! —gritó Dutton a Crump—. Venía al campamento. Habríamos podido interrogarle. —Y entonces alzó la voz y gritó—: ¡Tarzán, Tarzán, vuelve! Te doy mi palabra de que no te haremos daño. ¿Dónde está miss Pickerall? Vuelve y dínoslo.

Tarzán oyó la pregunta, pero para él no tenía sentido y no regresó. No deseaba que Crump volviera a dispararle, pues estaba seguro de que le había disparado sólo por razones personales de venganza.

Aquella noche se tumbó en un árbol preguntándose antes de quedarse dormido quién sería miss Pickerall y por qué alguien creía que él conocía su paradero.

A primera hora de la mañana siguió a un pequeño ciervo y lo mató. En cuclillas a su lado, se llenó el estómago mientras Dango, la hiena, y Ungo, el chacal, daban vueltas alrededor de él con envidia, esperando las sobras.

Más tarde se dio cuenta de que tenía a un grupo de nativos delante de él, pero se hallaba en territorio amistoso en el que no había nativos hostiles hacia el hombre mono. Lo había recorrido durante años y sabía que los nativos le consideraban como amigo y protector; por eso iba con menos cautela de lo habitual, pues no pensaba en el peligro hasta que una flecha pasó volando junto a él procedente de una emboscada tan cercana que sintió el aire que produjo a su paso.

Si matara o hiriera usted a una bestia salvaje le costaría ver si su primer proyectil le ha dado o no. Poco antes de que su atacante pudiera determinar si su puntería había sido certera, Tarzán había saltado a las terrazas inferiores de la jungla y desaparecido.

Dando un gran rodeo Tarzán trazó un círculo y regresó, con cautela, por la terraza media, para conocer la identidad de su atacante; y entonces se tropezó con unos veinte guerreros apiñados y padeciendo un ataque de terror.

—No le has dado —estaba diciendo uno de ellos—, y vendrá y se vengará de nosotros.

—Hemos sido unos idiotas —dijo otro—. Deberíamos haber esperado a que viniera a nuestra aldea. Allí le habríamos tratado como a un amigo; y después, cuando hubiera bajado la guardia, le habríamos atacado y atado.

—No me gusta nada todo esto —dijo un tercero—. Tarzán de los Monos me da miedo.

—Pero la recompensa es muy grande —insistió otro—. Dicen que es tan grande que con ella se podrían comprar un centenar de esposas para cada hombre de la aldea, y vacas y cabras y gallinas en un número jamás visto.

Todo esto desconcertaba al hombre mono, y decidió resolver el misterio antes de seguir adelante.

Sabía dónde se hallaba la aldea de aquellos hombres negros, y cuando se hizo de noche se aproximó a ella y se tumbó en un árbol cercano. Tarzán conocía las costumbres de aquella gente, y sabía que como era una noche tranquila, sin baile ni bebida, pronto estarían todos en sus cabañas, sumidos en el sueño, tumbados en sus esteras de dormir, y un único centinela estaría de guardia ante la choza del rey; así que esperó con la infinita paciencia de la bestia observando la guarida de su presa, y cuando en la aldea reinaba el más absoluto silencio se aproximó a la empalizada por la parte trasera. Tomó carrera en los últimos pasos, como un gato, y trepó hasta lo alto, luego se dejó caer sin hacer ruido a las sombras que había detrás.

Velozmente y con todos los sentidos alerta planeó su retirada. Observó que había un árbol, una de cuyas ramas colgaba por encima de la empalizada. Ésta serviría a su propósito, aunque tendría que pasar por delante de varias cabañas para llegar hasta ella. El guardia apostado ante la choza del jefe había preparado un pequeño fuego para calentarse, pues la noche era fresca; pero ardía poco, lo que a Tarzán le indicó que el hombre tal vez estuviera dormitando.

Manteniéndose en las sombras más densas de las chozas, el hombre mono avanzó en silencio hacia su presa. Oía la fuerte respiración de los que dormían en las chozas, y no tenía miedo de ser sorprendido; pero siempre existía el peligro de que algún perro le descubriera y ladrara.

La luz de las estrellas que avanza por la cara de un planeta no hace ningún ruido. Tampoco hacía ningún ruido el hombre mono mientras avanzaba, y por ello llegó hasta la choza del jefe sin ser descubierto, y allí encontró lo que esperaba: un centinela dormitando. Tarzán se arrastró por detrás de él. Al mismo tiempo, unos dedos de acero agarraron la garganta del hombre y una fuerte mano le tapó la boca. Una voz le habló al oído:

—Silencio, y no te mataré.

El hombre forcejeó cuando Tarzán se lo echaba al hombro. Por un momento el tipo quedó paralizado por el miedo, pero después se deshizo de la mano de Tarzán que le tapaba la boca y soltó un grito de terror; entonces el hombre mono cerró la mano en la nuez del tipo y echó a correr hacia el árbol que sobresalía por encima de la empalizada; sin embargo, la aldea ya se había despertado. Llegaron los perros ladrando desde las chozas, seguidos por los guerreros, confusos y con cara de sueño. Un fornido guerrero le bloqueó el paso, pero el Señor de la Jungla se abalanzó contra él antes de que el tipo pudiera utilizar su arma, arrojándole al suelo, y luego, saltando por encima de él, corrió hacia el árbol, perseguido ahora por perros y guerreros.

Empujado por el viento como un arbusto, el árbol se inclinaba hacia la empalizada en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados; y antes de que el primer guerrero pudiera alcanzarle, Tarzán, corriendo por el tronco inclinado, desapareció en el follaje. Un instante después cayó al suelo fuera de la empalizada, bastante seguro de que los nativos no le perseguirían allí, al menos no hasta que hubieran perdido mucho tiempo hablando, lo que resulta característico del salvaje africano, y para entonces él se encontraría muy lejos en la jungla con su cautivo. Entonces aflojó la mano que apretaba la garganta del negro y le dejó en el suelo. i!

—Ven conmigo en silencio —le dijo— y no te haré daño.

El negro temblaba.

—¿Quién eres? —preguntó. Estaba demasiado oscuro para ver las facciones de su captor, y antes no se encontraba en una postura en la que pudiera verle.

—Soy Tarzán —respondió el hombre mono. Entonces el negro se puso a temblar violentamente.

—No me hagas daño, bwana Tarzán —rogó—, y haré todo lo que desees.

Tarzán no respondió, pero condujo al hombre al interior de la jungla en silencio.

Se detuvo justo tras el borde del claro y subió a su cautivo a un árbol desde el cual tenía un punto de observación para saber si le perseguían.

—Ahora —dijo cuando se hubo instalado cómodamente en una rama—, te haré algunas preguntas. Cuando respondas, di la verdad si quieres vivir.

—Sí, bwana Tarzán —respondió el negro—. Sólo diré la verdad.

—¿Por qué los guerreros de tu aldea me han atacado e intentado matarme?

—Los tambores nos dijeron que te matáramos porque venías a robar a nuestras mujeres y niñas.

—Tu gente hace mucho tiempo que conoce a Tarzán —dijo el hombre mono—. Sabe que él no roba mujeres ni niñas.

—Pero dicen que el corazón de Tarzán se ha vuelto malo y que ahora roba mujeres y niñas. Los waruturis le han visto llevarse mujeres a su aldea, que está más allá del bosque de espinos que crece junto a las pequeñas colinas de las estribaciones de los montes Ruturi.

—¿Os creéis lo que dicen los waruturis? —preguntó Tarzán—. Son gente mala. Son caníbales y mentirosos, como todo el mundo sabe.

—Sí, bwana, todos los hombres saben que los waruturi son caníbales y mentirosos; pero tres hombres de mi propia aldea te vieron, bwana, hace menos de un mes, cuando atravesaste nuestro territorio conduciendo a una muchacha con una cuerda atada al cuello.

—Ahora no dices la verdad —dijo Tarzán—. Hace muchas lunas que no he estado en tu territorio.

—Yo no digo que te viera, bwana —replicó el negro—. Sólo repito lo que los tres hombres dijeron que habían visto.

—Vuelve a tu aldea —dijo el hombre mono— y dile a tu gente que no era a Tarzán a quien vieron los tres guerreros, sino a algún hombre de corazón malo al que Tarzán encontrará y matará para que vuestras mujeres y niñas ya no tengan que tener miedo.

Ahora Tarzán tenía una meta definida, y a la mañana siguiente partió en dirección a los montes Ruturi, desconcertado aún por el origen de la información de sus atrocidades, pero decidido a resolver el enigma y llevar al culpable ante la justicia.

Poco después de mediodía, Tarzán captó el rastro de olor de un nativo que se aproximaba a él por el sendero. Sabía que sólo era un hombre, y por lo tanto no hizo ningún esfuerzo por ocultarse. Después se encontró cara a cara con un guerrero de lustroso color ébano. Los ojos del tipo se dilataron con consternación al reconocer al hombre mono, y al mismo tiempo arrojó su lanza a Tarzán y se dio media vuelta y corrió tan deprisa como sus piernas le permitían.

Tarzán había reconocido al negro, que era hijo de un jefe amistoso; y el incidente, junto con las recientes experiencias, parecían indicar que todos los hombres estaban contra él, incluso sus amigos.

Ahora estaba seguro de que alguien se hacía pasar por él; y, como tenía que encontrar a ese hombre, no podía pasar por alto ni una sola pista; por lo tanto, siguió al guerrero y después saltó sobre sus hombros desde el follaje que sobresalía sobre el sendero.

El guerrero forcejeó, aunque inútilmente, en las garras del hombre mono.

—¿Me habrías matado? —preguntó Tarzán—. ¡A mí, que he sido vuestro amigo!

—Los tambores —dijo el guerrero; y entonces le contó casi la misma historia que le había contado a Tarzán el centinela negro la noche anterior.

—¿Y qué más os dijeron los tambores? —siguió preguntando el hombre mono.

—Nos dijeron que cuatro hombres blancos con un gran safari te están buscando a ti y a la muchacha blanca que robaste.

De modo que ésa era la razón por la que Crump le había disparado. Todo ello explicaba asimismo la pregunta del otro hombre: «¿Dónde está miss Pickerall?».

—Dile a tu pueblo —declaró Tarzán al guerrero negro— que no fue Tarzán quien robó a sus mujeres y niñas, que no fue Tarzán quien robó a la muchacha blanca. Es alguien con mal corazón que ha robado el nombre de Tarzán.

—Un demonio, quizá —sugirió el guerrero.

—Hombre o demonio, Tarzán lo encontrará —dijo el hombre mono—. Si los blancos vienen por aquí, cuéntales lo que te he dicho.

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