Tebeos Mutilados: La Censura Franquista Contra Editorial Bruguera

TebeosMutilados

La victoria del bando sedicioso en la Guerra Civil supuso el despliegue de unos mecanismos represivos sin precedentes en la historia de España. El régimen que acaudillaba el general Franco fue especialmente beligerante en el control de la información y de la opinión. La censura franquista articuló un sistema coercitivo terriblemente eficaz y cruel en todos los ámbitos de la difusión de la información, la opinión, el pensamiento y la creación artística. Hasta ahora diversos especialistas han estudiado sus efectos en el cine, la radio, la prensa, el teatro o la literatura. Sin embargo, nadie había publicado un estudio ambicioso que abordara la acción de la censura contra las publicaciones infantiles y juveniles. También los tebeos sufrieron, como el que más, sus efectos, especialmente a partir de los años cincuenta, cuando desde el ministerio de Información y Turismo se elaboraron sucesivas normativas que editores, dibujantes y guionistas tenían que acatar. Dichas normativas recomendaban «no confundir hadas y ángeles» o prohibían rotundamente cuestionar la autoridad paterna. Este libro estudia la censura franquista contra los tebeos. Repasa los documentos que sobrevivieron a la destrucción de archivos durante la Transición y los testimonios que aún pueden dar fe de aquella auténtica caza de brujas. Y se centra especialmente en la editorial Bruguera, la fábrica de sueños más importante de la posguerra.

ANTICIPO:

Otro punto importante en todo aquel proceso fue la influencia del catolicismo oficial. A partir de los años sesenta la Iglesia emprendió un camino de inter­vención real en las decisiones del Gobierno, a través del Opus, que sólo se fueron matizando posterior­mente, dando paso a una oposición suave que con­cluyó con el liderazgo, ya al final del franquismo, del cardenal moderadamente crítico Vicente Enrique Tarancón. Tal como hemos señalado, el general Franco se mantuvo en el poder hasta su muerte gracias a la práctica de un hábil equilibrio entre los sectores que integraban el régimen. Todos recibían compensaciones en cada cambio -más o menos según los intereses puntuales del jefe del Estado-, pero al mismo tiempo nunca nadie recibió la fuerza necesaria que determi­nara un liderazgo excesivamente comprometido para el mismo Franco. Este juego de equilibrios derivó en una doctrina y una estrategia oficiales que se movían, en medio de grandes contradicciones, entre el ejér­cito, el falangismo desdentado políticamente y el integrismo católico. En este esquema compuesto a base de compensaciones, partir de los años cincuenta y hasta el Concilio Vaticano Segundo -que el régimen consideró una absoluta desgracia-, el ideario cristiano oficial tuvo una fuerte incidencia en los plantea­mientos políticos de la autoridad franquista.
El 19 de julio de 1951 el general Franco propició una crisis de gobierno. Como consecuencia del nue­vo giro de tuerca, también aparentemente más liberalizador, se creó el Ministerio de Información y Turis­mo, curiosa amalgama de dos conceptos que no tenían nada que ver. Aunque siempre se puede aducir, irónicamente, que sin controlar la prensa era imposible atraer el turismo de países democráticamente avanzados. Entre la información y el turismo, Franco fomentó el segundo y continuó ejerciendo la repre­sión necesaria para someter la primera. Por eso, en contra de la línea aperturista que había intentado im­poner sin éxito el ministro Pérez Artajo, el jefe del Estado nombró titular de la nueva cartera un fiel reaccio­nario, Gabriel Arias-Salgado, periodista de procedencia falangista que ya había sido vicesecretario de Educación Popular y delegado nacional de Prensa y Propaganda entre 1941 y 1946. Conocido como el Torquemada cultural del franquismo, Arias-Salgado se mantuvo en el poder hasta el año 1962, cuando nuevos aires de renovación epidérmica recomendaron el nombramiento de un nuevo reformista mesura­do: Manuel Fraga Iribarne.
La creación del Ministerio de Información y Turismo supuso, por primera vez en la historia del con­trol del pensamiento español, la definición de unas normas concretas y severas que concernían a las publi­caciones infantiles y juveniles. El 21 de enero de 1952 se constituye una Junta Asesora de la Prensa Infantil con el objetivo de redactar un catecismo doctrinario para los editores de este tipo de revistas. A partir de aquel momento, los criterios que definían la censura de tebeos serían mucho más objetivos. De todas for­mas, la imposición de los nuevos preceptos fue gradual. Si no, por ejemplo, no se entendería la existencia de los cuadernos de aventuras que continuaron proliferando durante toda la década de los cincuenta. Sin ir más lejos y en el caso concreto de la editorial Bruguera, si esta normativa se hubiese aplicado estricta­mente desde su publicación, ni El Inspector Dan ni El Cachorro ni, pocos años después, El Capitán Trueno o El Jabato se habrían podido publicar como sus lectores los pudieron leer hasta los primeros sesenta. Los crite­rios que limitaron ideológicamente los contenidos de las revistas infantiles y juveniles tardaron años en ser impuestos en toda su radicalidad.
El 21 de enero de 1952 el ministro Gabriel Arias-Salgado publica una orden de creación de una Junta Asesora de la Prensa Infantil, «cuya misión será elevar a este Ministerio los informes pertinentes sobre la orientación y contenido general de todas las publicaciones periódicas (o que no siéndolo tengan carácter recreativo) destinadas a los niños, y promover las disposiciones que en este orden sean necesarias». En la justificación de la orden se detallaba los motivos que inducían a crear el nuevo organismo: «Es materia tan delicada la Prensa para los pequeños, por lo mismo que puede influir de modo considerable en su forma­ción, que siempre será conveniente fiar el acierto de las direcciones en aquellas personas que, por su voca­ción y su capacidad, puedan ofrecer la mejor colaboración en obra tan importante».
Una nueva orden de 5 de febrero de 1952 determinaba quiénes serían las personas en quien se fiaba «el acierto»: el reverendo padre fray Justo Pérez de Urbiel, Consuelo Gil Rossert, Carmen Enríquez de Sala­manca Diez, Juan Antonio de la Iglesia González, Antonio Casas Fortuny, José María Hueso Ballestery Félix Valencia y Pérez de Ayala, jefe de la sección de Prensa y Revistas, que ejercía de secretario. Otra orden del 25 de abril del mismo año proclamaba que «la práctica ha demostrado la necesidad de que la citada Junta sea motivo de ampliación, incorporando a la misma elementos representativos de Instituciones que tienen relación directa con la juventud, y cuya colaboración se ha estimado imprescindible para el mejor desarrollo de la función orientadora que a este organismo asesor confirmó la Orden de creación». Los «ele­mentos representativos» en cuestión eran: Ovidio Rodríguez Castañé, Gregorio Castellano y Castilla, Juan Bosch Marín, Adolfo Maillo García, Jesús Fragoso del Toro y Luis Luca de Tena.
Entre todos estos individuos encargados de definir los nuevos criterios morales que tenían que acatar las revistas infantiles y juveniles, y velar por su cumplimiento, provenientes de instancias católicas, falangis­tas y periodísticas más ortodoxas, destaca Justo Pérez de Urbel, que ejerció las funciones de presidente de la Junta. Monje de Santo Domingo de Silos e historiador medievalista, recibió el encargo directo de Pilar Primo de Rivera de «ordenar espiritualmente» la Sección Femenina. Procurador a Cortes desde 1943, en 1957 fue designado primer abad de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Respecto a su actuación en el ámbito periodístico, en 1945 la Administración de la Prensa del Movimiento le encargó que se hiciera cargo de las publicaciones infantiles falangistas más destacadas: Flechas y Pelayos y Maravillas. Pérez de Urbel no consiguió superar la crisis que las castigaba. En 1949 fue el responsable del cambio de cabecera de Flechas y Pelayos, que se transformó en Clarín, publicación de un falangismo radical y agresivo, en un primer momen­to suplemento del semanario Juventud, y posteriormente publicación autónoma, que recuperaba el espíritu de julio del 36, pero que no consiguió el favor del público infantil y no llegó al número 140.
Con la mentalidad del fraile integrista a nadie puede extrañar la virulencia de las primeras normas. El segundo gran teórico de los contenidos de la prensa infantil franquista, que actuó en los años sesenta, el dominico jesús María Vázquez, escribió años más tarde que la orden del 5 de febrero «no terminaba en los referidos cinco artículos. Contiene algo muy importante. Unas Normas sobre la Prensa Infantil». Normas que no aparecen publicadas en el Boletín Oficial del Estado, pero que Vázquez copia, sin que se sepa de dónde, con todo detalle. A partir de aquel momento, las autoridades separaban el público lector, en aten­ción a su edad, «en niños de seis a diez años y en niños de diez a catorce años».
Para los primeros quedaban prohibidos algunos conceptos y se proponían otros:
1.Cuentos de crímenes, suicidios y todos aquellos en que aparezcan entes repulsivos que puedan perjudicar el sistema nervioso de los niños.
2.Cuentos en los que se invoque al diablo para obtener algún éxito.
3.Deben evitarse los cuentos en que sea protago­nista triunfante el tipo de niño aparentemente bueno, pero de bondad falsa o fingida, que hace antipática la virtud.
4.Separar ángeles y hadas, porque no son armónicos y pueden traer confusión a las mentes in­fantiles.
5.Historietas o cuentos en los que se exalte y presente sim­pático al niño díscolo y des­obediente, sin confundirlo con el rebelde, cuando esta rebeldía sea para oponerse a la injusticia o a la sinrazón que pretenda impo­nerse por la fuerza.
6.Historietas que traten con realismo excesivo o impropio la relación de los sexos, tanto se trate de personajes hu­manos como de animales.
7.Huir del naturalismo de fondo panteísta.
8. Los cuentos populares que resentan cier­tas crudezas por las cuales deban calificarse como inmorales.
9.Historietas o cuentos en los que el amor sea tratado sin la conveniente idealidad y delicadeza.
10.Historietas o cuentos en los que quede malparada la autoridad de los padres, maestros o sacer­dotes y, en general, las personas mayores, y aquellos en que se abuse del tópico de la madrastra.
11.Los que alaben los malos actos; por ejemplo, la pereza, la mentira, etc.
12.Historietas que pongan en ridículo la vida familiar, como las que señalan engaños matrimoniales, la mujer que hace trabajar al marido en los menesteres caseros mientras ella descansa, etc.
Esta primera reglamentación liquidaba de un plumazo toda la violencia que había acompañado a los cuentos infantiles de la tradición europea. Si se hubiese aplicado a rajatabla, es obvio que todas las narra­ciones con ogro incluido no se hubiesen podido publicar a partir de aquel momento. El «abuso del tópico de la madrastra», por ejemplo y concretando aún más, hubiese impedido la distribución en España de la versión de La Cenicienta de Walt Disney, que se estrenó en Madrid y Barcelona sólo unos meses más tarde: en diciembre del mismo año. No fue así las restricciones sólo fueron aumentando a medida que pasaron los años. Aun en 1972, un censor del Ministerio intentó suprimir de una versión de Pulgarcito, en forma de cuento con pasatiempos, propuesto por Bruguera, un «ogro devorador de niños», de aspecto casi angeli­cal, y fue corregido por un superior, que consideró: «Parece lógico mantener íntegramente el texto para no desvirtuar el contenido argumental del cuento, por lo demás tan clásico y conocido».
Por lo que respecta a los niños comprendidos en la segunda clasificación de edad, las prohibiciones eran mucho más exhaustivas y se dividían en tres bloques:
Morales:
1.Láminas o descripciones que puedan excitar la sensualidad.
2.Las novelas de trama amorosa en que aparezcan con viveza las efusiones o entren en el argumen­to deslices o adulterio.
3.Presentar las cosas prohibidas dentro de la moral tan sencillas, corrientes y naturales, que los mu­chachos piensen que no hay en ellas mal alguno.
4.La exaltación del divorcio, el suicidio, la eutanasia.
5.Las descripciones que puedan despertar una curiosidad malsana en torno a los misterios de la generación.
6.Las novelas policíacas en las que se exalte el odio, la venganza y en las que aparezca atrayente la figura del criminal. Asimismo las ilustraciones terroríficas o indecorosas. También las escenas de duelos. Todo cuanto presente favorablemente el bandidaje, el fraude y los hechos de este género que puedan ser escuelas de robo.
7.Aquellas historietas que fomenten los malos hábitos o los vicios: la pereza, el alcoholismo, etc.
8.Relatos que, aun bien intencionados y excelentes para un país determinado, reflejen costumbres no adaptadas al nuestro, como, por ejemplo, los besos entre jóvenes de diferente sexo, las dispu­tas religiosas entre protestantes o prosélitos de otra religión, etc.
Religiosas:
1.Errores más o menos velados sobre las verdades de la Fe y sobre los relatos de la Sagrada Escritura: por ejemplo el «mito» del Paraíso Terrenal y la serpiente; la Eucaristía, «símbolo» del Cuerpo de Cristo.
2.Ataques a la Iglesia Católica, a sus Sacramentos, al culto a los Santos, a los Ministros de la Religión, o pinturas despectivas y grotescas de ellos.
3.Cuentos en que el diablo invocado proporcione un triunfo definitivo en la vida de un personaje.
4.Descripciones de sesiones espiritistas, si no es para descubrir la superchería, etcétera.
5.Historietas en que la trama contenga ejemplos muy destacados de laicismo, impropios de un país católico.
6.Descripciones de ceremonias de culto protestante, que puedan confundir a los niños, detalles que los escandalicen; v. gr.: el vicario, sin especificar que no es católico, se ha enamorado de una mu­chacha y flirtea con ella, etc.
Familiares y sociales:
1.Los que van en desprestigio de la autoridad de los padres, maestros, de las autoridades civiles o de la Patria; el derrotismo.
2.Los que despierten sentimientos de envidia, rencor, venganza y odio de clases.
3.Todo cuanto atente a los principios fundamentales del Movimiento Nacional, al concepto de la vida y de la historia que debe tener lo español, inspirado en aquellos principios, y al sentido cató­lico de la existencia que debe informar toda vida española.
Aquí no se acababan las imposiciones y aún se incluía un cuarto apartado que hacía referencia explí­cita a las «normas literarias a que deberán ajustarse las publicaciones». Aunque la primera tenía muy poco que ver con la literatura:
1.Los temas que traten las publicaciones infantiles deberán pertenecer fundamentalmente al mun­do del niño, rechazándose, por inadecuación, aquellos que se salgan de su esfera, glosando tipos, situaciones, problemas y ambientes alejados de su comprensión y su mentalidad (ejemplo: las sue­gras feroces, las trifulcas conyugales, los apuros monetarios, noviazgos de las tatas). La educación deberá examinarse con arreglo a cada una de las dos clasificaciones de edad, concediendo un margen mayor a la fantasía en la primera infancia, y una dosis de mayor realismo en la segunda.
2.El estilo del lenguaje será sencillo, claro, directo, poético e ingenuo, desterrando el almibarado y cursi, el conceptuoso y retórico, y, sobre todo, el chabacano y grosero.
3.La redacción se ajustará siempre a la más pura y estricta gramática castellana, evitando cuidado­samente las expresiones y giros extranjerizantes y los modismos impropios de un conocimiento elemental de nuestra lengua.
4.La ortografía será objeto de especialísimo cuidado en las publicaciones infantiles.
Estas normas de prensa infantil de 1952 fueron las primeras. Posteriormente, se corrigieron y se am­pliaron en dos decálogos más publicados en 1955 y en 1967. Algunos de los aspectos que se contienen no tenían demasiado sentido, más allá de constatarlos. Hasta aquel momento ninguna publicación infantil o juvenil había incluido escenas de sexualidad explícita, había exaltado el suicidio o el divorcio-figuras delic­tivas recogidas en el código penal de la época-, había fomentado los malos hábitos o atacado a la Iglesia católica, a sus sacramentos, al culto de los santos o a los ministros de la religión.
En cambio, en los tebeos policíacos o en los cuadernos de aventuras de la época sí que se había exal­tado y se exaltaba el odio o la venganza. Y sí que se incluían ilustraciones terroríficas y duelos. También muchos personajes de la editorial Bruguera se identificaban por desprestigiar en cada nueva página la autoridad de los padres o de los maestros, aunque en la última viñeta siempre pagasen caras sus provoca­ciones. Ni que decir tiene, además, que en todas las publicaciones de la misma editorial las suegras fero­ces, los apuros monetarios y los «noviazgos de las tatas» eran situaciones agradecidas y recurrentes para la imaginación de dibujantes y guionistas. Si todas estas instrucciones se hubiesen cumplido al pie de la letra desde el mismo momento de su publicación, el carácter de los personajes y las historias de la editorial Bru­guera habría cambiado inmediatamente. No fue así. Los primeros grandes cambios que supusieron la desaparición de algunos personajes y la suavización del carácter de otros se aplazaron hasta los primeros sesenta. ¡Diez años más tarde! Igualmente, la aplicación estricta de este auténtico ca­tecismo del rigor y la paranoia hubiese impedido, por ejemplo, que se publica­sen, tal como fueron concebidas, en 1956 y en 1958, las primeras historias de El Capitán Trueno y de El Jabato, que años más tarde sí que fueron reconducidas o mutiladas. Aquellas primeras normas de 1952, por tanto, no pasaron de ser una declaración de intenciones. Quizás algunos de los editores a que iban destinadas, si llegaron a leerlas, centraron más su atención en dilucidar qué querían decir los señores del Ministerio cuando se referían a los «errores más o me­nos velados sobre las verdades de la Fe» o «al concepto de la vida y de la historia que debe te­ner lo español».
Una nueva orden de 10 de noviembre de 1954 amplió las competencias de la Junta Aseso­ra de la Prensa Infantil, «atendida la actual nece­sidad de orientar de modo eficaz, con un criterio único y debidamente contrastado, todas las publicaciones de carácter infantil». De esta manera, el organis­mo regulador extendía también su tutela «a aquellas publicaciones de carácter no periódico cuya tramita­ción compete a los servicios de la Dirección General de Información». Es decir, a todas las publicaciones en general, incluido todo tipo de libros, excepto los de texto.
El abril de 1953 se celebra la primera Asamblea Nacional de la Prensa Infantil, en el seno del Consejo de Salamanca, donde se presenta el primer esbozo de un «Estatuto» propio. Aquella iniciativa comporta que el rosario legislativo tome aún más cuerpo. Un decreto de 24 de junio de 1955 proclama: «La difusión de la cultura popular, por una parte; los progresos realizados por las técnicas de ilustración, impresión y difusión, por otra, y, finalmente, la extensión al ámbito del niño de sensaciones, noticias y motivos de pen­samiento y distracción, tradicionalmente alejados de su órbita, han acentuado la importancia de la Prensa Infantil y, en general, de las publicaciones para niños y adolescentes, dentro del amplio sector de la pro­ducción literaria y periodística nacional. Tal importancia y, sobre todo, la transcendencia individual y social de las impresiones, hábitos y conceptos que reiterada y eficazmente inculcan en las conciencias de los niños y adolescentes las publicaciones dedicadas a ellos, reclaman una ordenación legal que garantice la recta orientación religiosa, moral, política y cultural de las mismas».

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