Tersias

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Londres está atravesando una de sus épocas más oscuras; un cometa ha sumido la ciudad en el caos y el terror al Apocalipsis se apodera rápidamente de las gentes. Tersias, el joven oráculo ciego, es el único que puede ver el futuro a través de la oscuridad. Mientras los poderes de Tersias se acrecientan, los que quieren aprovecharse de ellos surgen entre las sombras: Malachi, el mago charlatán, Jonah, un salteador de caminos, y Lord Malpas, guardián de misteriosos poderes.

Todos ellos buscan a Tersias, pero ¿sus poderes están al servicio del bien o del diablo?

Entre las sombras, sólo un ciego puede predecir el futuro…

El nuevo libro del autor de Shadowmancer.

ANTICIPO:
Disgustado, Magnus Malachi recorrió de un extremo a otro el suelo de tierra del viejo establo, después se acercó despacio a la puerta abierta y echó una ojeada cauta al exterior, sumido en la oscuridad de la noche. Se apoyó en un largo bastón, acariciando la empuñadura de hueso con sus dedos descarnados y mugrientos.

—Sigue su curso, Tiresias, la estrella está sobre nosotros –rezongó mirando al cometa que seguía acercándose. No dejaba de mesarse preocupado su barba negra y rala–. Sorpréndeme con tus predicciones. Hay que repeler ese cometa antes de que destruya el mundo y con él mi pequeña porción del reino. –Soltó un gruñido y se dio la vuelta para mirar al niño sentado en silencio tras los barrotes de su jaula, en un rincón de la cuadra oscura–. Hice bien en comprarte, la guinea mejor empleada de mi vida –dijo entre dientes, recorriendo el establo de un lado a otro apoyado en su bastón–. ¿Y quién pagaría eso por un mendigo ciego?, dijeron. Sólo un necio, dijeron. ¡Ah, sí, ¿eh?, ¿y quién es el necio ahora?! –gritó–. Tengo en mi posesión un niño profeta, un oráculo más poderoso que todos los oráculos. Hazle una pregunta y no te contará mentiras… los secretos del universo están a buen recaudo en esa cabecita suya, y todo por una guinea.

Tiresias estaba sentado en un pequeño escabel de tres patas junto a un camastro. Agarrado a los gruesos barrotes metálicos pintados de dorado de su jaula, dirigía sus ojos ciegos a la negrura del mundo. Sabía que Malachi estaba cerca pues le llegaba el intenso olor de la mirra con la que el hombre se untaba su larga barba para que brillara. Oía también el sonido de sus botas al chocar contra el duro suelo y percibía cómo arrastraba uno de los pies en su torpe caminar.

Tiresias había soportado ya doce inviernos y llevaba el último mes encerrado en una jaula con apenas espacio para dar cinco pasos, sumido en la oscuridad de su ceguera. Había ido debilitándose con el paso de los días, y su chaqueta, que antes le quedaba justa, colgaba ahora de sus hombros encorvados como un saco hecho jirones.

—¿Y qué me dices, pues, chico? ¿Funcionará mi conjuro, impedirá que los cielos se desplomen sobre la tierra? –preguntó Malachi resoplando, mientras hilillos de baba resbalaban por las comisuras de sus labios–. Tengo que saberlo… –soltó con una voz quebrada que sonó como el graznido de un cuervo posado en las ramas secas de un árbol fantasmagórico.

—No destruirá la ciudad –dijo el niño despacio, acariciando con su suave pulgar pálido los barrotes de su prisión–. No puedo mentirte. Tu conjuro es inútil, nadie hay que pueda escuchar tus balbuceos.

—¡¿Balbuceos?! –replicó Malachi con voz de trueno, agitando los faldones de su harapienta levita. Entonces blandió su bastón y golpeó con él una de las paredes de la jaula–. No son balbuceos… Esto es un arte, una profesión de la más alta categoría. No son balbuceos, los balbuceos son cosas de brujas viejas y rechonchas que cobran un penique por curarte una verruga. Yo pagué siete guineas por esos tratados de magia, contienen hechizos que antaño utilizaron los antiguos… Dices que el cometa no se estrellará contra la Tierra pero que mi conjuro es inútil. ¿Cómo puede ser eso?

—Me preguntaste el futuro y yo sé lo que se me susurra al oído, pero cómo o por qué eso ya no acierto a comprenderlo –dijo el niño sin alterarse.

Malachi echó a andar furioso por el establo, arrojando leños al fuego. Éstos caían con estrépito entre las llamas, desperdigando brasas por todo el suelo del hogar y lanzando chispas de un rojo vivo que se perdían en el conducto sucio de hollín de la chimenea.

—Entonces lo recitaré de nuevo para que el hechizo surta efecto –declaró. Llevó la mano a la gran bolsa de cuero viejo que colgaba de su hombro con una larga correa. Con gestos frenéticos rebuscó en lo más hondo, por los rincones, entre huesos, garras, cuerdas y pelos.

—¡Te encontré! –gritó con alegría, sacando un largo dedo, seco y huesudo, cortado por el nudillo–. Haré el conjuro con esto, Tiresias –dijo, y se dirigió a la gran mesa que, como el altar de un alquimista, ocupaba el fondo del establo, junto a la pared. Acercó la punta del dedo arrugado a la llama de la vela y la quemó con aplicación hasta que quedó calcinada del todo; luego tomó una gran fuente de peltre y en su centro dibujó un círculo.

—Dedo cortado, hombre ahogado… Atrapad a Hécate si podéis… Acudid, espíritus, los que estáis cerca y los que estáis lejos… Cumplid mi deseo, destruid la estrella… –Dio un salto y blandió el dedo reblandecido, dirigiéndolo ora al cielo, ora al suelo, mientras daba vueltas por el establo, enfrascado en un baile torpe e inseguro.

Rebuscó de nuevo en su bolsa, sacó un puñadito de pólvora negra y la esparció, junto con una pizca de sal, sobre el círculo dibujado. A continuación abrió siete surcos profundos desde el centro de la fuente en dirección a los bordes, rellenándolos con la pólvora y con unos goterones de un aceite espeso que vertió de una jarra de arcilla descascarillada. Después vertió también tres gotas de cera caliente en el mismo centro del montoncito de pólvora. La cera siseó y chisporroteó al entrar en contacto con la mezcla. Malachi colocó la fuente en el centro de la larga mesa y, volviendo a coger el dedo seccionado, cavó con él un agujero en el centro del montículo de pólvora, encendió la punta del dedo con la vela y prendió fuego a la fuente entera.

Se produjo un súbito fogonazo azul cuando la esencia explotó, y se elevó por el aire hasta el techo una densa nube de humo de azufre. La fuente resplandecía incandescente, mientras las brasas serpenteaban por la superficie de la mesa, despidiendo chispas en todas direcciones. La pólvora negra bullía sobre el metal, provocando un calor intenso y sofocante que derretía el peltre, y éste se esparcía sobre la mesa de roble en arroyos que semejaban garras.

—Que así sea… –dijo Malachi entre dientes, sacudiéndose las ascuas de la barba. Se frotó los ojos para limpiarlos de humo y se rascó la cabeza con lo que quedaba del dedo calcinado. Después se acercó despacio a la puerta y escudriñó el cielo nocturno.

Durante largos minutos, Malachi miró nervioso al cometa, cada vez más brillante. Su larga cola blanca zigzagueaba en el cielo arrastrada por el astro que proseguía su carrera en espiral hacia la Tierra.

Tiresias estaba sentado en silencio, ocupado en tirar de un hilo suelto de su chaqueta mientras canturreaba bajito. Trató de recordar su vida antes de que lo raptaran, cuando aún podía ver la realidad y no sólo los rostros de los visitantes secretos que llegaban al mundo, invisibles y sin previo aviso, para susurrarle el futuro. Casi siempre venían cuando estaba a punto de quedarse dormido y murmuraban su nombre. Él los veía en su mente: sus rostros eran borrosos, de facciones cansadas, y casi nunca sonreían. Sus voces amargas y mordaces arañaban sus oídos con sus palabras. Ahora se le aparecían cuando él los llamaba: en cuanto alguien le hacía alguna pregunta, éstos le susurraban la respuesta, y Tiresias la decía, como si proviniera de sus propios labios.

«Más vale que sea ciego…». Estas palabras resonaban una y otra vez en su memoria, las había pronunciado su madre antes de que se lo llevaran. «Un mendigo ciego es mejor que uno cojo o manco. Un niño ciego gana más dinero, un hombre ciego inspira más compasión al mendigar.»

Eran las únicas palabras de su madre que Tiresias alcanzaba a recordar. Su memoria le permitió ver su rostro antes de que el resplandor de luz blanca y ardiente le arrebatara la vista y lo sumiera en la tierra de las tinieblas y las sombras en la que llevaba atrapado desde aquel día. Una y otra vez reconstruía esa funesta imagen en su memoria, reflexionando sobre lo que había ocurrido al despertar de su sueño agitado: Tiresias había sentido su cabeza envuelta en unas gruesas vendas que lo protegían de la luz y se adherían a las profundas cicatrices llenas de costras que cubrían sus ojos.

Cuando unas manos desconocidas le arrancaron bruscamente las vendas, comprendió que estaba ciego y solo, que lo habían arrebatado a su hogar. Nunca olvidaría el pánico pueril que recorrió todo su cuerpo haciendo temblar sus labios antes de transformarse en lágrimas y sollozos entrecortados. Con su lengua de trapo había invocado a su madre, llamándola a gritos, sin obtener respuesta. En su delirio le parecía sentir su presencia, escondida de su vista pero muy cerca de él. Como si jugara al escondite con él, Tiresias no podía dejar de pensar que por fin ella le quitaría esa máscara oscura y él vería su rostro, y no su traición.

En lugar de eso, no vio más que rincones oscuros de cuartuchos malolientes donde se pasaba los días quitándose los piojos y comiendo las sobras que le tiraban desde una mesa. Manos ásperas y palabras duras de un desconocido que no le daba ni amor ni nombre y que lo ataba al poste de los mendigos en Covent Garden fue todo lo que en su infancia conoció. Largas horas soportando aguaceros y un frío atroz habían descarnado su cuerpecito, mientras tendía las manos implorando la compasión de los viandantes.

Las cicatrices de unos ojos ciegos reblandecían hasta el corazón más duro. Mendigaba, con los labios morados de frío, el óbolo de una viuda o la limosna de un joven elegante. Era el protegido de las noctámbulas, que pasaban delante de él, envueltas en el frufrú de sus gruesas faldas, y le obsequiaban con alguna broma o algún resto de sopa. Entonces, cuando ya se apagaban los últimos faroles, Manos-Ásperas regresaba y se lo llevaba de vuelta a la buhardilla, a rastras por las calles húmedas. Subían dos tramos estrechos de escaleras hasta llegar a lo alto de un desván, y luego el hombre le arrebataba la bolsa de las limosnas y contaba el dinero en silencio, penique a penique.

Entonces, durante la noche de santa Walpurga, la víspera del primero de mayo, mientras Manos-Ásperas dormía, la criatura llegó por primera vez. Entre los fuertes ronquidos de su amo borracho Tiresias oía crujir los maderos del suelo mientras una oscura sensación de opresión se iba apoderando de la buhardilla. Aunque se arrebujó en su mísera manta y escondió los pies entre los pliegues, para escapar de los mordiscos de las ratas, la criatura lo rodeó despacio con su presencia letal. Tiresias sentía en cada poro de su piel, en cada nervio, que había algo sobre él, llenando la habitación con su fétido aliento. El niño se acurrucó, con la esperanza de pasar así inadvertido. Hecho un ovillo, se cubrió los ojos, por miedo a que pese a su ceguera alcanzaran a ver lo que tenían ante sí.

Junto a él se oyó una voz cavernosa que dijo:

Soy el Espíritu Malicioso. Cuando danzas conmigo, yo siempre marco el compás. Tiresias sintió en el rostro una suerte de caricia aterciopelada. Las criaturas poderosas siempre necesitan duendecillos y dríadas para hacer su voluntad; tú puedes ser mi duende. A cambio te daré un don portentoso que asombrará al mundo y a ti te hará grande… Nada que yo te dé será nimio.

Unos segundos después, Tiresias sintió como si una afilada pica le desgarrara el rostro, inclinando su cabeza hacia atrás y retorciéndole el cuello, a la vez que una fuerza invisible lo aplastaba contra la húmeda pared del cuartucho; una fuerza que se le metía por la boca y serpenteaba dentro de su cabeza. Entonces, de repente, la presencia se esfumó y en la habitación ya sólo se oyeron los ronquidos de Manos-Ásperas, arrellanado en una silla junto a los rescoldos del fuego.

Acto seguido llegaron las voces del Espíritu Malicioso, como los susurros de una confesión. Tiresias se sintió rodeado de una muchedumbre de curiosos desdeñosos, la habitación se le antojó llena de gente que se reía, tratando de engatusarlo. Respondió a las burlas, pero al instante la voz ronca de su carcelero sin rostro, Manos-Ásperas, lo mandó callar en sueños, mientras se mecía en un movimiento rítmico, con un hilillo de baba resbalando por la comisura de sus labios.

Las voces seguían susurrando noticias del mañana, grandes acontecimientos, festividades y ajusticiamientos. Tiresias estaba rodeado por un galimatías sonoro. Las voces llenaban su cabeza, y sus ecos reverberaban en cada vericueto de su mente. A veces las voces del Espíritu Malicioso hablaban todas a la vez y traían hasta sus oídos rumores de lugares lejanos. Era como si las voces estuvieran en su cabeza y sólo él pudiera oírlas, como si fueran mensajeros que sólo le hablaran a él. La noche siguiente contestó al Espíritu Malicioso. Al principio le pareció que las voces no alcanzaban a oírle, pero al hacerse más nítidas las imágenes de sus rostros en su mente, habló ya sin reservas. Desde ese momento en adelante, quedó claro que acudirían a su mente como ángeles que proclaman el futuro.

No les digas quién te habla, Tiresias, decían todas al unísono cuando lo dejaban solo al despuntar el alba. Pensarán que estás loco, que tienes plomo en los labios y mercurio en la mente. Reían y bromeaban todas a coro.

Unos días después, Manos-Ásperas vendió a Tiresias a un fabricante de lazos de Limehouse, que a su vez lo perdió en una partida de cartas. Su nuevo amo, un borracho, lo abandonó junto al Puente de Londres, y al final, a cambio de una guinea, fue a parar a las manos de Magnus Malachi, intermediario, mercader de las tinieblas y experto en conjuros. El Espíritu Malicioso siguió al niño hasta el establo, donde Malachi lo encerró en un pesebre con barrotes. Las voces estaban siempre dispuestas a hablar, siempre cerca y siempre anónimas.

Una fuerza irresistible obligó a Tiresias a pronunciar, contra su voluntad, su primer oráculo. Malachi estaba inclinado sobre una vasija, escudriñando las aguas negras en busca de un atisbo del futuro. Había musitado su juramento, y el Espíritu Malicioso había alcanzado a oír sus preguntas. Las voces susurraron la respuesta a Tiresias, que no pudo reprimirse y expresó a gritos el deseo de Malachi y lo que le deparaba el destino. Entonces Malachi puso otro candado en la jaula de Tiresias e instaló su propio camastro en el establo. Encendió fuego y ya no dejó que Tiresias fuera a mendigar por las calles.

Siguieron innumerables preguntas y exhortaciones que pusieron a prueba la devoción del Espíritu Malicioso por Tiresias. Cada vez que Malachi preguntaba, las voces respondían, pronunciando a través de los labios del niño la respuesta exacta que Malachi quería escuchar. En las cuatro largas semanas que llevaba en su jaula, Tiresias había pronunciado las palabras de aquellas criaturas muchas veces.

Malachi no cabía en sí de alegría, pues su nuevo profeta superaba sus expectativas más fantasiosas. Tiresias había advertido una y otra vez sobre la venida de un cometa, mientras el astro se iba a acercando más y más a través del espacio. Malachi había golpeado el suelo con su bastón en un gesto de incredulidad y lo había tildado de entrometido, restregando un pie contra el suelo del establo, como un toro furioso. Pero todo cambió de pronto cuando encontró fragmentos de unas páginas de un diario londinense…

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