Tiempo prestado

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Los hombres desesperados cometen actos desesperados, y la situación de los Lázaros no es para menos. Han muerto y los han revivido para regresar «casi» a su momento, tres semanas después de su fallecimiento, sin posibilidad de evitarlo ni de comunicarse con nadie, ni siquiera con sus seres queridos, ya que la realidad se protege de la anomalía que permite su «existencia» e impide cualquier intercambio de información y todo conato de humanidad.

Son invisibles en una ciudad que les tolera a regañadientes, prácticamente han quedado reducidos a la condición de fantasmas, donde sólo pueden ser observados por sus iguales y a sus enemigos, hasta el punto de acabar convirtiéndose éstos en el único espejo, la clave y la referencia. Pero, además de saber todo cuanto ellos ignoran, les aventajan en número y destreza, por lo que la alocada persecución acaecida en Madrid, donde a veces son cazadores y más a menudo presas, se convierte en un escalofriante y letal juego contrarreloj y en un desafío para la cordura.

Sin pasado ni futuro, continuar parece la única alternativa posible. La duda que se les plantea es: ¿se puede evitar lo que ya ha ocurrido?

ANTICIPO:
Quienes han padecido el azote de la guerra afirman que la paz es el silencio. Por el contrario, las almas torturadas abogan por el olvido. Ahora había alcanzado ambos, silencio y olvido. Aquella placentera situación perduró en el tiempo, el suficiente para reponer fuerzas, pero la perfección es un bien perecedero.

—Armando, Armando.

Ignoró la voz que le llamaba, mas las llamadas continuaban de modo pausado e infatigable. Le estaba llamando. Siempre le había llamado, pero esta vez podía escucharlo. Sabía que era su amo y señor. Sabía que él era suyo. Siempre

lo había sido. Su amo, el que le abrazaría y le daría descanso. Podía odiarlo o quererlo, pero siempre sería su amo.

—Armando, levántate.

No quería hacerlo. No por ahora.

La voz insistió.

Una gran humareda se elevaba en el cielo cuando el hombre que yacía sobre el pavimento dio señales de vida. El crepitar de las llamas se filtró en su cerebro,finalmente abrió los ojos y vio el coche, plegado como un acordeón, ardiendo por los cuatro costados. Le dolía la cabeza, y sus ropajes estaban ensangrentados. La sangre que manaba por su herida de la frente dificultaba su visión. Se limpió sangre y sudor con el antebrazo izquierdo.

—¿Se encuentra bien? —escuchó a su espalda, fuera de su campo de visión. No reconoció aquella voz y era incapaz de mover el cuello.

—¿Está vivo?

La pregunta le pareció absurda. ¿Acaso no se estaba levantando? O al menos lo intentaba. El dolor le reveló zonas de su espalda que nunca había sabido que existieran. A duras penas consiguió ponerse de rodillas.

—Sería mejor que permaneciese tumbado hasta que llegue la ambulancia.Les he telefoneado por el móvil hace unos minutos, así que estarán al llegar.

Testarudo, Armando pugnó por levantarse.

—Por favor, deje que le ayude.

Notó cómo unas manos huesudas y solícitas le ayudaban a incorporarse.

Le costaba mantener el equilibrio, respiraba entrecortadamente y la nariz le dolía tanto que no se atrevió ni a rozarla con la yema de los dedos. Notaba perfectamente el sabor de la sangre en la boca.

—Tranquilo, tranquilo. Lo peor ha pasado ya.

A lo lejos aullaba una sirena y los coches aminoraban la velocidad para contemplar la escena antes de continuar su camino.

Armando fijó su atención en el anciano que tenía frente a él, preguntándose quién podría ser. Era corpulento, aunque su volumen se había detenido justo al límite de la obesidad, y la frente despejada estaba a punto de convertirse en una prominente calva. Pese a su aspecto saludable, frisaría los sesenta años. «Bien llevados», pensó. Tenía una barba cerrada, completamente cana, y sonreía con ansiedad, dejando entrever una dentadura perfecta, posiblemente postiza; unos ojos marrones metidos en unas pequeñas cuevas rasgadas le miraban con un gesto mezcla de nerviosismo y preocupación, probablemente debido al aspecto ensangrentado del herido.

Armando murmuró unas palabras confusas de agradecimiento, pero no lograría repetirlas si se lo pidiesen. El mareo persistía.

—¿Quién es usted? —se aventuró a inquirir, pero la pregunta que realmente deseaba hacer era «¿Dónde estamos?». No se atrevió, temiendo que le tomaran por loco.

—Vi el accidente y paré —explicó el anciano. Señaló el arcén con el índice.

—¿Accidente?

Aquella palabra se convirtió en una llave que abrió de par en par la puerta de la esperanza. Entonces giró sobre sí mismo con vivo interés y observó los alrededores, su coche, la carretera y sus propias ropas: sus vaqueros, su cinturón,

su camisa de color verde. Toda su indumentaria estaba rasgada y manchada de sangre y había perdido un zapato, pero eso carecía de importancia. En suma, llevaba la ropa que se había vestido aquella misma mañana.

Armando se pellizcó con extrema precaución la nariz, las mejillas y los brazos. Luego extendió su mano izquierda, intacta, sin rastro alguno de la araña.

Comenzó a reír alborozado, estaba vivo y todo había sido una pesadilla padecida durante el tiempo que había permanecido desmayado.

—Es para estar contento —convino el hombre con voz suave—. El accidente ha sido espectacular.

—El otro coche…

—Se dio a la fuga. Irían colgados o pensando en las musarañas…

La pareja de la Guardia Civil aparcó sus motocicletas en el arcén y se apeó. Uno de ellos dijo algo por radio, pero Armando no llegó a oírlo. La estática impidió conocer la respuesta, a un volumen mucho más audible.

Armando estaba encantado ante lo que iba a ocurrir: presentar los papeles del seguro, rellenar con letra mayúscula un parte de siniestro, responder a las

preguntas de los agentes. Le subirían a la ambulancia que se acercaba a lo lejos y le conducirían a un hospital. Había vuelto a nacer.

—¿A qué día estamos hoy?

El hombre le miró con extrañeza.

—¿Realmente se encuentra bien? ¿No recuerda qué día es hoy?

—Necesito saberlo. Es importante —imploró—, de verdad.

El primer agente lucía un mostacho decimonónico que, contrapuesto con las gafas y el casco, le conferían un aspecto ridículo. Observó con curiosidad las marcas de los neumáticos en el suelo.

—A ver, ¿qué ha pasado aquí? —preguntó sin dirigirse a nadie en concreto.

Libreta en mano, su compañero se le unió. Juntos, se aproximaron hacia él.

—¿Qué día es hoy? —Armando insistió.

—Diecinueve. Diecinueve de septiembre.

Siguió hablando, pero ya no le prestó atención. Ni a él, ni a los agentes.

Resultaba paradójico que le hubiesen trasladado al Hospital Central de la Cruz Roja, ya que era el único hospital de Madrid en el que había estado con anterioridad, y precisamente con Alicia, la persona que más ganas tenía de ver ahora mismo. Las vendas molestaban bastante y los puntos empezaban a picar cada vez más conforme se pasaba el efecto de los calmantes que le habían inyectado.

Armando había soportado con una admirable entereza el encarnizamiento hospitalario. Placas. Analítica. Electrocardiograma. Electroencefalograma. Exámenes continuos. «¿Qué siente aquí cuando presiono?» y «No respire, por favor» se habían convertido en las frases del día. ¡Magníficas frases! Tenían un agradable sabor a realidad. Aquella jovialidad despertó ciertas sospechas en Traumatología y terminó ingresado en observación durante cuarenta y ocho horas para ver su evolución. La comida era espantosa y el jugo de naranja sabía a meado de gato.Armando dio buena cuenta de la primera muy animado y se bebió lo que pudo de la segunda, estaba en Madrid y vivía su propia vida.

Para que su felicidad fuera completa sólo faltaba un detalle: hablar con Alicia. Le habían asegurado que habían telefoneado repetidamente a los teléfonos que él les había facilitado sin que contestase nadie. No les creyó hasta que pudo efectuar él mismo las llamadas. El móvil era una misión imposible. «Amena información gratuita le informa de que ha sido imposible establecer una conexión. El número marcado está apagado o fuera de cobertura en estos momentos.» En la última llamada al fijo de Alicia, una voz muy amable había dicho: «Telefónica le informa de que, por saturación de la línea…» Aunque decepcionado, se alegró. España. Nada funcionaba, y en Canarias…, buen tiempo. No le echaban de esa grata realidad ni con aceite hirviendo.

Pese a sus magulladuras, saltó de la cama y se asomó a la ventana. La Avenida de la Reina Victoria estaba iluminada por un sol vespertino espléndido. Aunque no podía escuchar las conversaciones de los viandantes ni el claxon de los coches, no había ninguna duda.

Sintió un retorcijón en el estómago. Miró los restos de la comida y el vaso de plástico en que le habían servido el zumo de naranja con benévola sospecha.Se dirigió al servicio, limpio y ordenado. Su estómago se había calmado, de modo que decidió aprovechar el viaje y resultó una suerte porque observó que faltaba papel higiénico. Abrió el grifo, se enjabonó las manos mientras silbaba despreocupadamente y se contempló en el espejo. Examinó su imagen. Un hombre moreno de veintinueve años completamente normal. Dobló cuidadosamente la toalla cuando terminó de secarse. La contemplación de su propia imagen resultaba terapéutica, salvo los puntos de la frente y un ojo a la funerala todo estaba en orden. Levantó la taza del inodoro y orinó.

Entonces se acordó de sus primos. Debería llamar a Alicante, informar de lo que había sucedido y calmarlos, ya que, sin duda, estarían preocupados. Después volvería a llamar a Alicia. La echaba de menos.

—Tengo que tener paciencia.

El estómago comenzó a molestarlo de nuevo en cuanto se metió en la cama.

Miró en busca de algún periódico o revista. Preveía una larga vista al señor Roca.

Antes volvió a intentar contactar con Alicia. El móvil era una causa perdida

así que lo intentó en el fijo, pero saltó el contestador a la cuarta llamada.

Sintió la frente húmeda, y la nariz, y las mejillas. Varias gotas de sangre

mancharon su pijama y la sábana. La herida de la frente se había abierto y sangraba

profusamente.

—¡Mierda! ¡Los puntos de sutura!

Mal que bien, se las arregló para arrastrarse hasta el baño. Abrió el grifo y buscó a tientas la toalla.

En la lejanía escuchó un trueno. Se le puso la carne de gallina y se contempló en el espejo.

—Tranquilo. Repite: Estás vivo. Estás vivo. Estás vivo.

Escuchó el ruido de la lluvia golpeando en el asfalto y el impacto de los cascotes humeantes.

La imagen del espejo desmentía aquellos sonidos y a su espalda podía contemplar perfectamente una pared de gotelé blanco. Respiró.

Entonces levantó el brazo y se miró la diestra. Pero no había mano, sólo un muñón. El corazón le dio un brinco y se desató una taquicardia. Contempló su imagen en el espejo. Tenía dos manos. Con la mirada fija en el espejo, se palpó. Suspiró aliviado, todo estaba en orden. Derrengado y con los brazos colgando flácidos a los costados, salió del aseo muy despacio.

Ladró otro trueno y maulló la lluvia. Vaciló durante una milésima de segundo, pero recordó que se había dejado el grifo abierto. Maldiciendo entre dientes, dio media vuelta y entró en aseo. Antes de preocuparse del agua que corría, volvió a contemplar su imagen en el espejo. Agitó los brazos. Simuló la pose en un púgil y suspiró aliviado cuando comprobó que sus manos mantenían su aspecto habitual. Miró el grifo y se pasmó. Caía arena y césped finamente cortado.

Se volvió a mirar las manos. En su mano izquierda vio la araña, dormida pero formando parte de él.

—Tranquilo, sólo son alucinaciones. Repite: Estás vivo. Estás vivo. Estás vivo.

El aguacero repiqueteaba persistentemente y escuchó el ruido inconfundible de una pared derrumbándose. Los restos de la fábrica buscaban acomodo y equilibrio tras la explosión. Los latigazos de los relámpagos determinaban la intensidad desigual de la luz.

Y su sueño se disipó completamente cuando los añicos del espejo cayeron sobre el lavabo. Observó sus manos por enésima vez. Aulló al comprobar qué era lo que quedaba: un muñón y la araña que se revolvía inquieta como el sueño de un niño nervioso.

Salió corriendo del aseo. Éste desapareció en cuanto lo dejó atrás y comenzó a oler a humedad. En la fábrica cercana se escuchaba el crepitar de las llamas que la lluvia no había sofocado. Todavía no estaba todo perdido, así que se aferró a los jirones de lo que le quedaba. Clavó los ojos en el teléfono.

Se tiró sobre la cama, el somier chirrió. Sin pensárselo, se agarró al auricular con frenesí y marcó nerviosamente el número de Alicia. Sonó una vez. Dos. Tres. Cuatro. Y volvió a saltar el contestador.

El auricular se le cayó de la mano…, porque carecía de mano. La pared que tenía a su derecha se desvaneció. Las sábanas estaban empapadas. Sollozó al descubrir que yacía sobre el húmedo asfalto.

Relámpagos y truenos se sucedían sin cesar.

Dos realidades se entremezclaban. En la primera estaba en un hospital, recuperándose, en tanto que en la segunda yacía agonizante ante una fábrica en llamas.

Prevaleció la segunda el tiempo suficiente como para convencerse de que no había otra. Armando gritó de rabia y de impotencia. Y la lluvia arreció. Entonces, se colocó de rodillas y blandió sus manos hacia el cielo, quejándose ante la injusticia, y entonó el lamento de quien se ve desposeído de todo y no se resigna a su pérdida.

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6 Opiniones

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  • Pablo
    on

    Es un gran libro con accion, suspense, gran narrativa … se lo recomiendo a todo el mundo.

  • MCalderon
    on

    Estoy totalmente de acuerdo. Engancha y deja un regustillo que dan ganas de volver a leerlo.

  • Rael
    on

    Me lo he leido de un tirón, te engancha desde la primera página hasta la última. Es un trhiller de ciencia ficción muy original y con muchas sorpresas. Muy recomendable.

  • stepelton
    on

    de que va este libro?

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