Tierra amarga

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El joven Juan García regresa a las tierras vizcaínas de su familia, los Basondo, llamado por su abuelo Martín para que esclarezca los terribles crímenes que se están cometiendo en la comarca. Allí, sufre el rechazo del resto de la familia, que no tiene ningún interés en que se resuelvan las muertes. Además, encuentra grandes dificultades a la hora de amoldarse a la que una vez fue su tierra y que abandonó en su niñez; una tierra dura, oscura y peligrosa. La única ayuda que recibe, llega de la mano de Esteban Otxoa, «el lobo», veterano jefe de armas de la casa de los Basondo, curtido en mil batallas, que se convierte en su guía y protector.
Nos encontramos en la segunda mitad del siglo XV, un tiempo en el que Bilbao —que se contrapone al arcaico mundo rural predominante— crece con pujanza, toma fuerza y no duda en defender con violencia sus intereses frente a sus distintos competidores. A medida que el lector se sumerge en la narración, va descubriendo un mundo cruento, en el que las diferentes familias vizcaínas están enfrentadas desde tiempos inmemoriales, fruto de odios ancestrales e intereses económicos, y en el que solventan sus diferencias por medio de la espada; traiciones, celadas y venganzas se suceden de forma trepidante y te atrapan desde la primera línea.
Iñaki Uriarte nació en 1957 en Bilbao, ciudad donde actualmente vive y trabaja. Lector empedernido desde la infancia, heredó de su padre el amor por la literatura, y de su entorno familiar el interés por los lazos consuetudinarios de las familias en Vizcaya. Siempre ha tratado de comprender qué fuerzas sociales dieron lugar a las luchas banderizas que asolaron las tierras castellanas y vizcaínas en el convulso período previo al renacimiento. Fruto de esta inquietud, de innumerables horas de lectura y de largas visitas a cuantas bibliotecas, exposiciones y museos ha tenido a su alcance, nació Tierra amarga.
Su primera novela, La piedra filosofal (ed. Verbigracia), se publicó en 2007.

ANTICIPO:

Todo eran ayes de dolor y gritos de furia en la calleja cuando Pedro de Leguizamón sucumbía. Quienes habían pretendido ser sus socios veían malogrados sus sueños de poder y riqueza bajo la lluvia de dardos que caía sobre ellos. En los dos extremos del cantón, los hombres de armas de los Zurbaran y los Basurto se apiñaban tras sus escudos y formaban un muro infranqueable erizado de dagas, martillos de guerra, hachas y picas. Tras ellos, sus señores se encargaban de estoquear entre risas de satisfacción a quienes trataban de rebasar la hilada de astas. Escondidos en las casas vecinas, los peones más torpes, aquellos incapaces de sostener una espada en alto o blandir una maza más allá de un par de minutos, lanzaban con pavorosa eficacia sus proyectiles contra los bien entrenados hidalgos y sus escuderos, que aún siendo conscientes de lo inútil de sus intentos por carecer de arneses, no podían sino intentar romper en cargas desesperadas las líneas de chuzos, lanzas y alabardas que los encerraban en el angosto pasadizo. En unos pocos minutos, la carnicería llegaba a su fin. Quedaban los cuerpos desarticulados uno sobre otro, atravesados por los dardos o empalados en las picas, y dejaban correr su sangre por las rasantes del callejón hasta colmar los colectores de lluvia y enrojecer la ría.
Entre los acorralados en el funesto cantón de Tendería se encontraban Esteban y Martín, los dos hermanos Bolívar, aliados de Leguizamón y valientes hombres de armas. Tras la primera descarga de las ballestas, no necesitaron más que una mirada para tomar su decisión. Hombro con hombro, cargaron sobre la sangre y los orines de los que ya habían caído sobre el enemigo más cercano. El criado de los Basurto, oculto tras su pavés, trató de batirles con un pesado martillo de guerra. Esteban trabó el golpe del lacayo, pero no pudo evitar que el aguzado pico del martillo se le hundiera en el hombro. En su desesperación, trató de ignorar el intenso dolor y tiró del enemigo para sacarlo de entre los escudos que le defendían. Los soldados que les rodeaban no tardaron en reaccionar y antes de que pudiera recuperar su posición ya le habían atravesado con un chuzo el cuello. Martín vengó la muerte de su hermano seccionándole el gaznate de una estocada a quien primero le había herido con el martillo. Con el mismo movimiento con el que había degollado al lacayo, se lanzó sobre las filas de quienes pretendían cubrir el hueco que su víctima había dejado. El Bolívar empuñó con ambas manos la espada y golpeó con filo y punta, poseído por una furia desesperada y homicida. Hirió a uno con la hoja, y al recuperar su arma aprovechó el movimiento para destrozar a otro la boca con el pomo de la empuñadura. Golpeó feroz con cabeza, codos y pies hasta atravesar la muralla hostil de carne y hierro. Ofuscado, alcanzó la calle franca, pero no tuvo tiempo de sentirse libre. Sin que llegara a coger aire se encontró con que tiraban de él por el pañuelo que llevaba al cuello. Ciego de furia y miedo, giró la cabeza y, poseído por la desesperación de un animal acorralado, mordió la mano que le frenaba. Sintió como sus dientes atravesaban piel y carne hasta seccionar tendones que saltaban al ser cortados.
Nunca llegó a oír el grito de dolor del mutilado. Solamente pudo ver, envuelto en un volcán de dolor, el acero de una espada salirle por el pecho con sus últimos alientos prendidos en la punta.
Solo un lacayo de los Leguizamón —más lento o más temeroso que los demás— había conseguido evitar la trampa y correr hacia la vecina torre de sus señores. En el instante mismo en que caía muerto Martín de Bolívar, se presentaba Gil Andía, siervo de Juan Sánchez de Leguizamón, ante los portones de la torre familiar.
Único vástago superviviente de los nueve que parió su madre, en su familia había sido fieles feudatarios de los Leguizamón desde que éstos llegaron de Castilla. Al fin él, más despierto y fuerte que sus antecesores, había conseguido que el señor se fijara en su impresionante físico cuando apenas contaba dieciséis años, dos hacía de aquello. Desde entonces acompañaba a los hombres de armas del linaje. Se había encontrado así liberado de la miserable condición a la que sus orígenes querían condenarle y el día en que empuñó su primera espada, tosca y barata, pero letal, se sintió como debían sentirse los verdaderos hidalgos cuando exhibían las armas en la plaza de Santiago. Desde ese día, compartía con aquellos el íntimo desprecio hacia quienes —como sus propios padres— no pasaban de ser desventurados campesinos y aldeanos. Al fin podía vivir en la esperanza de ganar con el mal acero que colgaba de su cinto aquello que sus progenitores solo podían alcanzar a soñar: abandonar para siempre el barro y el estiércol, la fría chabola en que nació, el trabajo de sol a sol, el hambre, el miedo y el frío.
A sangre y muerte se ganó el derecho a comer todos los días y el respeto de sus iguales. Y ahora, en esa malhadada noche lluviosa, el diablo parecía querer cobrarle cuanto la fortuna le había consentido en aquellos últimos tiempos felices. Sin poder contener el llanto, golpeó con los puños las puertas de oscuros flejes y clavos de metal dorado que cerraban la entrada a la torre de los Leguizamón. Acudieron a la llamada dos hombres de armas. Tras ellos, el rostro impasible del homicida Celinos, siempre dispuesto. Tampoco tardaron en aparecer los sobrinos de Juan Sánchez, hijos de su hermano, que se habían acercado a Bilbao para el mercado y pasaban la noche en casa de su tío. Alarmados por los gritos del gañán, esperaban a la puerta del salón, expectantes y a medio vestir con sus espadas y talabartes en la mano.
Gil Andía balbuceaba:
—Don Pedro… el Zurbaran…
Los cinco hombres se miraron entre sí, ninguno podía comprender el atropellado hablar del mozo. Uno tras otro intentaron sin resultado el que cesara en sus gimoteos y les diera una explicación inteligible de aquello que tanto le angustiaba, pero los jadeos y bascas le impedían articular una sola palabra coherente.
Juan Sánchez apareció sin que ninguno de sus interrogadores hubiera podido extraer del corpulento servidor otra cosa más allá de lloros y balbuceos. Desde lo alto de las escaleras, a la puerta del estudio donde los lamentos del subalterno habían interrumpido sus libaciones, Julián de Maeztu observaba con preocupación al grupo.
Con un gesto de inquietud en el rostro severo, el mayor de los Leguizamón alcanzó la entrada y apartó bruscamente a quienes se interponían entre el lacayo y su amo. Sin una sola palabra, lo tomó por los hombros y comenzó a sacudirlo como si de un gigantesco y desarticulado muñeco se tratara. El brusco tratamiento y la mirada de su mayor sirvieron para que el infeliz dejara de gemir. Solo entonces habló Juan Sánchez de Leguizamón:
—¿Dónde está Pedro? —La voz del señor de la torre adquiría ecos funestos en el espeso silencio que dominaba la sala.
—En Tendería. Se quedó en Tendería —jadeó el joven. Se soportaba sobre las piernas únicamente por la fuerza con la que el señor de los Leguizamón lo mantenía.
El caballero se volvió hacia el fiel Celinos:
—Llama al arma y corre a la tendería con cuantos hombres estén en este momento listos. Los demás que os sigan tan pronto se apresten.

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