Titán.

Es el año 2095. Después de muchos meses de viaje, la gigantesca nave colonia Goddard por fin ha empezado a orbitar alrededor de Saturno, llevando una población de más de diez mil disidentes, rebeldes, extremistas y visionarios en busca de una nueva vida. Entre las misiones de la Goddard está el estudio del planeta Titán, que ofrece la tentadora posibilidad de que pueda existir vida entre sus islas azotadas por el viento y sus mares de un gélido color negro.

Cuando la sonda de exploración Titan Alpha falla misteriosamente tras alcanzar la superficie de la luna, las tensiones que han permanecido enterradas durante tanto tiempo emergen entre los colonos, que deberán luchar por la supervivencia de la colonia, y por el destino de la raza humana.

Con Titán, Ben Bova lleva a sus lectores a uno de los destinos más intrigantes del espacio cercano: la extraordinaria luna de Saturno, que en 2005 cosechó titulares de todo el mundo cuando la sonda Huygens envió sorprendentes imágenes de sus extraños paisajes.

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El día anterior

El exitoso aterrizaje de Titan Alpha en la nubosa superficie de la luna más grande de Saturno no fue el único suceso extraordinario que tuvo lugar a bordo del hábitat Goddard. Un día antes, Pancho Lane había hecho algo no menos sonado. Aunque oficialmente ya no era la principal responsable de la corporación Astro, Pancho tenía aún peso suficiente para apropiarse de la nave estelar de fusión Starpower III y emprender un vuelo de seis semanas al lejano Saturno. E incluso para hacerse acompañar de una pandilla de peces gordos y ejecutivos de noticias del CIU, así como de su amante y guardaespaldas personal. Pancho enfiló el corredor central de la Starpower III, abarrotado de instrumentos de control, en dirección al puente, para observar la aproximación de la nave estelar a Goddard a través de los ventanales de acerocristal del puente.

Dado que en otro tiempo había sido astronauta, carecía de paciencia para quedarse sentada en su compartimento y observar desde la pantalla de vídeo la aproximación y el acoplamiento. Y tampoco estaba de humor para mezclarse con los pasajeros en el vestíbulo central: la mayoría de ellos eran tipos de suelo firme, gusanos de tierra que jamás habían ido más allá de las confortables ciudades de la luna, y que solo se habían adentrado en el espacio rodeados del lujo y la seguridad de aquella espaciosa nave estelar.

Si el capitán de la nave o los miembros de la tripulación se sentían incómodos teniendo a aquel líder jubilado de la corporación husmeando por el puente, hicieron cuanto estuvo en su mano para ocultarlo. Pancho se sentó ante la vacía consola de suministros vitales, desde donde podía volcar la mirada a través de los amplios ventanales de acerocristal, profusamente oscurecidos, en tanto la Starpower III se aproximaba al puerto de acoplamiento principal de la Goddard.

Le costaba un enorme esfuerzo apartar los ojos de Saturno. El planeta ocupaba un espacio tan grande como imponente: era casi diez veces más grande que la Tierra, y estaba listado de nubes de un amarillo desvaído o un delicado color bruno, que vibraban por toda su superficie a velocidades de hiperhuracán. Unas nubes blancas circundaban el polo. ¿O acaso se trataba de la aurora?, se preguntó Pancho. En el hemisferio sur ya es verano, se dijo. Muy probablemente, la temperatura se esté acercando a los ciento cincuenta grados bajo cero. Tienen que ser nubes, formaciones de hielo.

Los anillos presentaban cierta inclinación, así que Pancho podía verlos en toda su deslumbrante complejidad, aquellas anchas bandas, destellantes y refulgentes, de flamígeros pedazos de hielo colgando en el vacío, un haz de formidables anillos que se extendían miles de kilómetros, y que, aun así, eran tan delgados que hasta las estrellas brillaban a través de ellos. A aquella distancia tan próxima, Pancho pudo observar que los anillos se trenzaban en incontables anillos individuales, entretejidos como un ornado tapiz circular compuesto de relucientes diamantes. Varios científicos afirmaban que había seres vivos en aquellas partículas de hielo, extremófilos que se desarrollaban a temperaturas de casi cero absoluto.

Comparándola con el chillón Saturno y con aquellos anillos radiantes, la Goddard, fabricada por la mano del hombre, apenas merecía que se la mirase, pensó Pancho, mientras observaba cómo el vasto hábitat se iba haciendo más y más grande. Se trataba de un cilindro grueso y desgarbado, de veinte kilómetros de largo y cuatro de ancho, que rotaba lentamente con el fin de producir una gravedad artificial para los diez mil hombres y mujeres que vivían en su interior.

A Pancho le recordó a una rechoncha cañería que pendía en el vacío, aunque durante la aproximación pudo ver que su superficie estaba erizada de observatorios abombados, puertos de acoplamiento, antenas y otros salientes que tachonaban el curvado flanco del cilindro. Y a unos dos tercios en la superficie del cilindro se alzaba la hilera de paneles solares, sobresaliendo como un collar de pétalos de flores, embebiéndose de la luz solar que permitía el mantenimiento de las granjas del hábitat, la energía eléctrica y los suministros vitales.

Susie está allí, pensó Pancho. Luego recordó: ya no debo llamarla Susie. Se había cambiado el nombre por el de Holly. Y, Dios, aquello casi la había matado. Pese a sus buenas intenciones, Pancho no podía evitar hervir de resentimiento al pensar en su hermana. Sooze solo era tres años más joven que Pancho, al menos según el calendario. Pero mientras Pancho había dejado que su cabello tomase un desnudo color blanco, y seguía terapias de rejuvenecimiento para conjurar el acecho de la edad, Susan no parecía tener más de treinta años, al menos físicamente. Pero su mentalidad, sus emociones… Pancho compuso una mueca de dolor al pensar en ello.

Susan había muerto durante su adolescencia. La propia Pancho le había administrado la inyección letal, una vez que los médicos, afligidos, le habían asegurado que no cabía esperanza alguna de salvar a Susan del cáncer que sufría a causa de las drogas, y que estaba destruyendo su cuerpo. De modo que Pancho introdujo la jeringuilla hipodérmica en el descarnado brazo de su hermana y presenció su muerte. Tan pronto como la declararon clínicamente muerta, los médicos introdujeron su cuerpo en un compacto sarcófago de acero, un recipiente en vacío del tamaño de un ataúd que llenaron con el burbujeante nitrógeno líquido, blanco y mortalmente frío.

Durante más de treinta años, Pancho custodió el cuerpo criogenizado de Susie, al tiempo que en la corporación ascendía en la pirámide de poder desde la rastrera posición de astronauta a la de principal responsable y presidenta del consejo de la corporación Astro. Pancho dirigió el bando de Astro en la Segunda Guerra de Asteroides, y tan pronto como la tragedia tocó a su definitivo y sangriento final, decidió jubilarse oficialmente de Astro para empezar una nueva vida como… ¿qué?, se preguntaba a sí misma. ¿Qué estoy haciendo aquí, en el culo del universo, rumbo a Saturno? ¿Qué voy a hacer en lo que me queda de vida? Pancho sabía sus planes más inmediatos. Iba a ver a su hermana por primera vez en casi tres años. Pasaría las vacaciones con la única familia que le quedaba.

El pensamiento le hizo sentirse tensa de pura aprensión.

Cuando la revivieron tras los largos años de suspensión criónica y le extirparon el cáncer por medio de nanomáquinas terapéuticas, Susan parecía un bebé recién nacido alojado en el cuerpo de un adulto. Los años que pasó sumergida en nitrógeno líquido habían salvado su cuerpo, mas no sin destruir buena parte de las sinapsis en su córtex cerebral. Prácticamente, carecía de las funciones cerebrales más desarrolladas. Pancho tuvo que alimentarla, la enseñó a hablar y a caminar de nuevo, incluso la enseñó a ir al baño.

Poco a poco, Susan maduró hasta convertirse en un adulto, pero, aun cuando los psicólogos proclamaban a los cuatro vientos que sus ejercicios habían sido un completo éxito, Pancho no se sentía tranquila. Ya no era la misma Susie. No podía serlo, admitió Pancho, pero la diferencia le perturbaba. Era igual que Susie, hablaba, reía y coqueteaba como Sooze, y, sin embargo, a un nivel casi inapreciable era diferente. Cuando Pancho miraba a los ojos de su hermana, tenía la impresión de que al otro lado había alguien distinto. Casi la misma persona. Pero solo casi.

Y, tan pronto su recuperación fue completa, lo primero que Sooze hizo fue cambiar su nombre y enrolarse en el hábitat espacial Goddard para unirse a la descabellada misión de explorar Saturno y su luna, Titán. Sooze embarcó y dejó atrás a Pancho, con una sonrisa, un beso en la mejilla y unas palabras mecánicas por toda despedida: «Gracias por todo, Panch». Se largó con aquel viscoso hijo de puta de Malcolm Eberly.

Esta era la razón por la que Pancho no estaba en su mejor y más jovial humor cuando la Starpower III se acopló a la Goddard y comenzó el desembarco de sus pasajeros VIP. Sentía un hosco resentimiento y una cólera que consideraba perfectamente justificada. Y no podía sino sentir algo más que una ligera aprensión pensando en el modo en que Susie la recibiría. ¿Cómo va a reaccionar al ver que su hermana viene a visitarla, después de haber volado casi un mil quinientos millones de kilómetros para librarse de mí? Feliz Navidad, y ahora lárgate a casa: esa era la actitud que Pancho temía encontrar en su hermana. Hirviendo por dentro, tratando de dejar de lado aquellas emociones, Pancho enfiló el corredor central de la nave hasta el puerto principal de acoplamiento, después de que el capitán anunciase que se habían acoplado a la Goddard. Los mejores científicos y ejecutivos de los medios de prensa, y también los más pomposos, empezaban a congregarse en la sala de espera del puerto, charlando y murmurando con impaciencia. Pancho no tuvo problemas en divisar a Jake Wanamaker; descollaba por encima del resto. Su rostro curtido se quebró en una sonrisa al verla, y Pancho no pudo evitar devolverle la sonrisa.

—Qué tal, marinero —dijo, una vez se abrió paso entre la multitud reinante y llegó hasta él—. ¿Eres nuevo en la ciudad?

—Sí, señora —respondió Wanamaker, incurriendo en las viejas costumbres—. A lo mejor le apetece mostrarme los alrededores.

Ambos rieron y Pancho se sintió mejor.

Al menos, hasta que dejaron atrás el compartimento estanco y llegaron a la sala de recepción de la Goddard. La multitud se alineaba en una desordenada fila mientras el personal del hábitat comprobaba los nombres y asignaba a los visitantes sus correspondientes habitáculos. Fue entonces cuando Pancho divisó a Susie, tan alta y delgada como lo era ella. Tiene buen aspecto, pensó Pancho, con el corazón desbocado. Parece estar bien.

—¡Panch! —gritó Sooze, y se abrió paso entre la hilera de personalidades hacia su hermana.

No debo llamarla Susan, se recordó Pancho. Ahora es Holly.

Su hermana arrojó los brazos alrededor del cuello de Pancho, y esta supo que todo iba a ir bien entre ellas. Pasara lo que pasase, todo iba a marchar a la perfección. Hizo las presentaciones entre Holly y Jake, el cual le estrechó la mano en su carnosa zarpa y dijo un casi solemne «hola», mientras Pancho les sonreía de oreja a oreja.

—Vamos, venid a mi casa —dijo Holly—. Ya tendréis tiempo de buscar vuestro apartamento, cuando la multitud se haya disuelto.

Llena de felicidad, Pancho siguió a su hermana hasta la escotilla que se abría en el pasillo, más allá de la sala de recepción. Se toparon con un hombre guapo, de aspecto joven, con una cabellera pajiza combada en espesas ondas; tenía fuertes pómulos, una nariz recta y aquilina, y una mandíbula firme y bien cincelada, sobre la que se descollaban unos penetrantes ojos azul celeste. Su rostro estaba esculpido con tanta perfección que Pancho supuso que el hombre debía haber pasado por alguna terapia cosmética. ¿Cuál era la palabra que los racistas de antaño solían utilizar?, se preguntó. La respuesta le llegó de inmediato: ario. Ese era el aspecto que tenía: el del ideal del héroe nórdico. Aunque por debajo de su cuello parecía más bien blando: su túnica, no muy ceñida, revelaba una ligera barriga. Era como si su rostro fuese lo único que le importaba.

—Pancho, este es Malcolm Eberly, el administrador jefe de Goddard y…

Pancho le embistió con el puño derecho un fulminante golpe que, de lleno, alcanzó el sonriente rostro de Eberly en la mandíbula, haciéndole caer de espaldas sobre el trasero.

—Esto por haber estado a punto de matar a mi hermana, maldito hijo de puta —gruñó Pancho.

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