Transformándose

transformandose

Esta antología reúne por primera vez los cuentos escritos por Ramón Muñoz entre los años 1998 y 2005, hasta este momento sólo localizables dispersos por distintas revistas y recopilatorios de relatos de distintos autores. Aquí encontramos, ahora juntos, relatos como Bajando, acerca de la exploración de las profundidades marinas y los misterios que esconden. Los cazadores de nubes, donde se describe un deporte futurista y el precio que han de pagar sus practicantes. Las sombras peregrinas, crónica de la persecución de un monstruo abominable. O D de destructor, que nos ofrece una visión diferente del fin del mundo.

Ramón Muñoz (Madrid 1971), se crió en Sevilla, Málaga, Madrid y Alcalá de Henares. Ingeniero técnico de Obras Públicas, ha desarrollado su labor sobre todo en el campo de la restauración del Patrimonio Histórico-Artístico español. Ha simultaneado ese trabajo con una actividad como relatista más que considerable. Su obra se ha ceñido sobre todo (aunque no en exclusiva) al campo del fantástico, desde la ciencia-ficción al terror. Ha publicado en revistas y fancines de género español y obtenido numerosos galardones, entre los que se cuentan dos premios Pablo Rido, un premio Alberto Magno de la UPV y un Domingo Santos.

ANTICIPO:
Con eso acabó la discusión. Recorrían un corredor largo y abovedado con gran cantidad de puertas laterales. De ellas una parte estaban atrancadas con tablones. Otras habían sido arrancadas y el hueco tapiado con ladrillos. Lejos y a su espalda Miguel creyó escuchar un golpe sordo como si desde el interior el ocupante de una de las celdas hubiera cargado contra la puerta. El golpe no se repitió, suplantado por el roce de los pasos en el polvo.

—¿Hay alguien ahí dentro?

— ¿Quién va a haber? Las puertas se cierran para impedir que entren los animales.

—Bueno…

Alcanzaron una estancia amplia que al fondo se deshojaba en varios cuartos. Las ventanas estaban desnudas y por ellas el viento y el relente nocturno habían entrado a hospedarse. Por ese lado entraba en ángulo prácticamente recto la luz de la luna dando al tabique un tinte metálico y desagradable. Julián revolvía un aparador sacando cosas que apilaba encima antes de entregárselas. Le dio a Miguel un centón roñoso, que encontró demasiado delgado, una vela de sebo y cerillas.

— Economiza la vela —le advirtió Julián—. Te hará falta para quemar las chinches.

— ¿Dónde puedo coger agua?

— Si saltas por la ventana está el jardín del claustro y en medio un pozo. En el aparador hay una cantarilla, pero yo me aguantaría la sed. El jardín está descuidado y revuelto y si no das con la ventana por la que has salido puede pasarte algo feo.

— ¿Qué me puede pasar?

— Antes te morías de miedo, y de repente te han entrado ganas de curiosear. Haz lo que quieras. A mí me da igual.

Julián les dio las buenas noches y regresó al pasillo. Oyeron unos golpes remotos, y los insultos y patadas con que el portero respondía. Cuando se desvanecieron los reflejos del quinqué Miguel sintió la necesidad de encender enseguida la vela. Tanta prisa tuvo que se quemó los dedos. Dio un grito y se chupó las quemaduras. Al volver la cabeza Fermín continuaba en la misma posición en que había recibido la manta. Fuera por la escasa iluminación o por el gesto Miguel encontró que parecía distinto al hombre con el que había caminado el día entero. Fue hacia el corredor y comprobó que Julián se había perdido de vista.

— Ahí te las compongas, zagal —dijo—. Que a mí me espera una cama mejor.

Dicho esto echó a andar en dirección contraria a la que había tomado el portero.

— Espera —le interrumpió Miguel—. ¿No puedo ir yo también?

— Lo siento, en esa cama yo soy el único invitado. Pero no te apures. Ahí dormirás bien, aunque solo. Yo, en pudiendo, prefiero dormir con compañía.

— ¿Vendrás mañana?

— Por la cuenta que me tiene. Descuida, que antes de que levante el sol me vas a tener aquí. Tú duerme tranquilo y no hagas cosas raras, que como ese animal venga y no te encuentre capaz es de deslomarte a bastonazos. Avisado quedas.

Fermín partió hacia la oscuridad y Miguel se dio la vuelta, enfrentando la estancia. Las piezas de dentro eran pequeñas. En cada una había un lecho de heno seco y una escupidera desportillada que por la forma de oler había servido en alguna ocasión de orinal. En la pared alumbró unas manchas negras de humo que recordaban otras tantas chinches achicharradas. Miró el heno con aprensión, sin hallar nada. Le entristecía estar cerca de la diversión y la música y tener en cambio que pasar la noche encerrado en un caserón lúgubre. Se imaginaba a las charangas y a los bromistas disfrazados y maldecía su suerte. A decir verdad, más le preocupaba perderse la fiesta que el estado de su hermana, de la que hacía tiempo que había perdido cuidado. Dejó el zurrón en tierra. Extrajo su cortaplumas del montón de ropa y lo puso al alcance de la mano. Recordaba los empellones en el pasillo y seguía convencido de que había gente presa en las celdas. Y algo malo habrían hecho para que se los encarcelara así. Apoyó la cabeza. El día había sido duro y el cansancio pudo con su inquietud. En cuanto cerró los ojos le cercó el sueño.

Despertó sobresaltado, inseguro de si había dormido unas horas o acababa de perder el conocimiento. Estaba igual de oscuro. En las ventanas la brisa empujaba unos trozos de estera clavados en la pared y que debieron haber servido para cubrirlas cuando estaban enteras. El centón, tirado, estaba hecho un gurruño al lado del heno. Miguel se frotó el pecho temiendo que hubiera cogido frío. Tenía un ruido metido en la cabeza, acaso un rescoldo del que le había despertado, tal vez un resto del sueño. No conseguía acordarse de ningún detalle pero sí estaba convencido de que había sido un sueño extraño, extraño e intenso. Recogió el centón para volver a taparse y entonces oyó un formidable topetazo que en el acto reconoció como gemelo del que aún zumbaba en sus oídos. Pareciera que un animal inmenso, de no menor talla que los elefantes que había visto en los cromos del cura, estuviera embistiendo el convento. Del susto se había puesto de pie y así permaneció. Al concentrar toda su atención en la escucha de cualquier sonido había conseguido descubrir un gemido prolongado y fúnebre, como una canción de despedida sin palabras, que entonaban varias voces y tan débilmente que apenas descendía un ápice su concentración dejaba de escucharlo. De repente un cantante desconocido se unió al coro. La nueva voz tenía un matiz distinto que hizo estremecer a Miguel antes de que comprendiera el motivo. El sollozo primitivo sonaba amortiguado, lo que le llevaba a pensar que procedía de detrás de las numerosas puertas del pasillo. Este que les contestaba carecía de una pared interpuesta que corrigiera sus tonos. Nacía en el corredor mismo en lugar de en las celdas.

Miguel estiró el brazo que sostenía el cortaplumas. Dio sendas puñaladas al aire, como si las sombras de los cipreses que se arrastraban de las ventanas al suelo de la habitación albergaran a invisibles enemigos. Estuvo por preguntar, “¿quién anda ahí?”, mas la prudencia retuvo su lengua. De tan suave, de tan constante, el murmullo le acunaba y por momentos se sentía adormecido. Cuando esto sucedía volvía a lanzar unos tajos que destellaban en la tiniebla y se espabilaba. Había evitado prender la vela por miedo a descubrirse. Por miedo a ser oído apenas respiraba. Y sin embargo a él le parecía que cada soplido era un trueno. Poco a poco la monotonía de la salmodia logró tranquilizarle. Aunque no se le ocurría reanudar el sueño al menos la sensación de peligro estaba menguando.

De repente el runrún que habitaba en el pasillo creció hasta convertirse en un aria compuesta de jadeos y chasquidos. Y al punto los cantores guardados tras las trancas tañeron los instrumentos que tenían a su alcance. Una sucesión de golpes brutales hizo temblar las paredes, haciendo que Miguel temiera el derrumbe inmediato del edificio, y cuando se interrumpía un instante era sustituida con harta ventaja por el estruendo de cántaros rotos y maderas cascadas y el chirrido de un orfeón de uñas arañando el yeso. Miguel mantuvo el tipo mientras conservó la incredulidad. En cuanto comprendió que aquello sucedía en realidad y no era una ensoñación suya gritó y de un salto ganó la ventana. Al caer al lado contrario se torció un tobillo pero el pánico le hizo despreciar el dolor. Corrió un largo trecho, tropezando e hiriéndose las piernas, y cayó agotado en una piedra que ofrecía buen asiento.

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