Un anillo alrededor del Sol

Sol

Un anillo alrededor del Sol ha sido descrita en alguna ocasión como la maravillosa historia de un juguete infantil que abre las puertas de infinitos universos probables. La historia protagonizada por el escritor de ciencia ficción Jay Vickers, que se ve inmerso en un conflicto de consecuencias impredecibles y que afecta por igual a los dos lados del telón de acero, constituye, además de una intensa historia de intriga, la explicación más clara y divertida que se ha escrito jamás sobre la teoría de la relatividad.

Aunando una estructura que le permite administrar hábilmente la información que va suministrando al lector con unos personajes muy bien construidos y un agudo sentido del humor, Clifford D. Simak logró en Un anillo alrededor del Sol una novela inteligente y eficaz.

El autor (1904-1988) ejerció el periodismo durante bastante tiempo antes de darse a conocer como escritor de ciencia-ficción, género en el que se caracterizó por su agudeza en el planteamiento de la relación entre el hombre y su medio.

ANTICIPO:
Puso la mano sobre los ojos a modo de visera e intentó verla mejor, pero quedaba muy lejos y brillaba con demasiada intensidad como para distinguir detalles. Bajó entonces la cuesta, oscilando entre la alegría y el temor, sin perder de vista aquel distante resplandor metálico. En las depresiones del terreno solía quedar oculto, pero siempre volvía a vedo cuando el suelo se nivelaba; así pudo saber que era real.

Al fin estuvo seguro de que se trataba de edificios, edificios metálicos que centelleaban bajo el sol, y vio extrañas formas que iban y venían por encima de ellos, surcando el aire, y detectó un palpitar de vida en los alrededores.

Sin embargo, no se trataba de una ciudad. Era demasiado metálico, y además no había caminos que llevaran a ella. A medida que se acercaba fue descubriendo nuevos detalles; al cabo, cuando sólo faltaban tres o cuatro kilómetros para llegar, se detuvo a observar y comprendió lo que era.

No se trataba de una ciudad, sino de una fábrica, una gigantesca fábrica. Hacia ella se dirigían constantemente aquellos extraños objetos voladores, que no parecían aeroplanos, sino vagonetas voladoras. La mayor parte de ellas provenían del norte o del oeste y volaban a baja altura, sin gran velocidad, hasta aterrizar en una zona cerrada a la vista por varios edificios.

Las criaturas que circulaban entre las edificaciones no eran hombres; al menos no lo parecían. Eran cosas metálicas que lanzaban destellos bajo los rayos del sol poniente. Alrededor de los edificios había discos de forma cóncava, montados sobre grandes torres, cuyas amplias superficies estaban dirigidas hacia el sol y brillaban como si hubiera llamas en el interior de sus concavidades.

Vickers caminó lentamente hacia los edificios. Al acercarse pudo apreciar su imponente vastedad. Cubrían hectáreas enteras y se elevaban a muchos metros del suelo; los objetos que circulaban entre ellos no eran hombres ni nada que se les pareciera, sino máquinas autopropulsadas.

Aunque logró identificar a algunas de aquellas máquinas, la mayor parte le resultó desconocida. Vio pasar un artefacto transportador cargado de tablones, lanzado a toda velocidad; una gran pala mecánica cruzó más allá a cuarenta kilómetros por hora, balanceando sus mandíbulas de acero. Pero otras parecían pesadillas mecánicas. Y todas pasaban rápidamente, como impulsadas por una prisa increíble.

Encontró una calle, o al menos un espacio abierto entre dos edificios, y se adentró por ella, manteniéndose próximo a las paredes por temor a ser arrollado por alguna de esas máquinas.

Así llegó a una abertura desde la cual descendía una rampa hacia la calle. La recorrió cautelosamente y miró hacia el interior del edificio. Estaba iluminado, aunque era imposible localizar la fuente de luz, y había allí largas filas de máquinas en funcionamiento. Sin embargo, no había ruido alguno. Comprendió entonces que era eso lo que más le había llamado la atención. Estaba en una fábrica y no percibía ruidos. Sobre todo aquello reinaba un silencio absoluto, con excepción del sonido del metal contra el suelo, en tanto las máquinas autopropulsadas pasaban velozmente por la calle.

Recorrió de nuevo la rampa y volvió al corredor. Al circundar el edificio se encontró en el borde del aeropuerto donde aterrizaban y despegaban las vagonetas voladoras. Observó cómo descargaban sus mercancías: grandes montones de madera pulida, recién serrada, que las máquinas transportadoras recogían de inmediato para llevada en distintas direcciones; enormes montañas de metal en bruto, con apariencia de hierro, desaparecían en las fauces de otras transportadoras que Vickers comparó con pelícanos.

Cuando las vagonetas habían descargado los materiales, volvían a despegar sin el menor ruido, como si el viento las elevara en el aire. Y las máquinas voladoras llegaban en sucesión interminable, descargando incontables materiales que desaparecían de inmediato. Nada quedaba amontonado sobre la pista. Al levantar vuelo la vagoneta, su carga ya había sido retirada.

«Son como hombres -pensó Vickers-. Esas máquinas actúan como si fueran hombres.» No operaban automáticamente; por el contrario, cada operación debería cumplirse en cierto lugar y en un momento determinado, y era evidente que los vehículos no aterrizaban nunca en el mismo sitio ni regularmente. Sin embargo, cada vez que aterrizaba una vagoneta había en la zona una máquina adecuada para encargarse del material descargado.

«Son como seres inteligentes», se dijo Vickers. y comprendió enseguida que eso eran, sin lugar a dudas. Eran robots, cada uno diseñado para ocuparse de una tarea determinada. No se trataba de los robots humanoides creados por la imaginación, sino de máquinas prácticas dotadas de inteligencia y de intención.

El sol ya se había puesto. Al levantar la vista hacia las torres, el escritor notó que los discos giraban lentamente hacia el este, de modo tal que cuando el sol volviera a salir, a la mañana siguiente, estarían ya enfrentándolo.

«Energía solar», se dijo Vickers. ¿Dónde había oído hablar de energía solar? ¡Claro, en las casas fabricadas por los mutantes! Aquel pequeño vendedor les había explicado, a él y a Ann, que cuando se dispone de esa energía uno puede prescindir de los servicios públicoS.Y allí estaba la energía solar. También allí había máquinas exentas de fricción, que funcionaban sin hacer ruido. Al igual que los coches Eterno, no se desgastarían jamás y durarían muchas generaciones.

Las máquinas no le prestaron la menor atención. Era como si no 10 vieran ni sospecharan su presencia allí. Ninguna vaciló al pasar junto a él, ninguna se apartó de su camino para abrirle paso. Tampoco hubo movimientos amenazadores en su dirección.

Al morir el día la zona quedó iluminada, aunque, una vez más, Vickers no pudo hallar la fuente de esa iluminación. El trabajo no se interrumpió. Las vagonetas voladoras (grandes artefactos angulosos, similares a cajas) seguían aterrizando para volver a partir tras haber descargado sus materiales. Las transportadoras no dejaban de pasar a toda velocidad. Las interminables filas de máquinas, en el interior de los edificios, proseguían con su silenciosa labor.

¿Acaso las vagonetas eran también robóticas? Probablemente lo eran.

Vickers siguió recorriendo la fábrica, siempre arrimado al edificio para no estorbar el paso. Encontró una gran plataforma de carga, llena de cajones apilados que las máquinas llevaban hasta allí para cargados en las vagonetas voladoras; y éstas marchaban incesantemente hacia su destino, cualquiera que éste fuese. Desvió su rumbo para salir a la plataforma, a fin de examinar con más detenimiento algunos de los cajones; sólo vio en ellos unos letreros escritos en código. Se le ocurrió abrir alguno, pero no tenía herramientas y le asustaba un poco la posible reacción de las máquinas si él interfería en su trabajo.

compra en casa del libro Compra en Amazon Un anillo alrededor del Sol
Interplanetaria

3 Opiniones

Escribe un comentario

  • Slater
    on

    En los foros de terror se quejan de que siempre sale lo mismo. ¿No pasa un poco aquí? ¿No están estas viejas glorias un poco pasadas ya?

  • mercurio
    on

    Estoy de acuerdo,

    pero uno se pone a darle vueltas y aqui colocan lo que se publica. ¿Se está publicando alguna otra cosa?

  • Marco
    on

    Joder. Simak es un pedazo de clásico y hay que alegrarse de que lo vuelvan a publicar. ¿No se quejaba de eso el artículo de Marciano vente a casa? De que los libros salen de mercado y se pasan años y años para volverlos a ver.

    Para mi, chapó a la editorial que saca esto de nuevo. Bienvenidos los libros estos.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑