Un asesino irresistible

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Un nuevo caso para la intrépida investigadora Martina de Santo.

Martina de Santo, nuestra detective más internacional, ha sido ascendida al cargo de inspectora. Como tal, tendrá que resolver el extraño asesinato de la baronesa de Láncaster, cuyo cadáver, abandonado en un prado, muestra señales de haber sido atacado por un criminal y por un animal salvaje simultáneamente. Al hilo de la investigación, Martina se introducirá en el cerrado y excéntrico mundo de la aristocracia española, contemplará sus grandezas y sus miserias, y las luchas cainitas por mantener sus privilegios.

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El narrador

Me llamo Horacio Muñoz. Soy agente de policía.

Nací en febrero de 1936, en Zaragoza, junto a la Puerta del Carmen, en cuyos gloriosos muros aún pueden apreciarse los balazos del francés.

La noche en que vine al mundo nevó con intensidad, pero eso no sirvió para enfriar los ánimos de los españoles. La guerra civil, de la que nada recuerdo, convirtió mi infancia en un lugar oscuro. Nunca hubo paz, sino miedo. Mis padres no nos dejaban jugar más allá del Canal porque junto a las tapias del cementerio seguían fusilando.

A veces tengo la impresión de haber sido condenado a un infierno de odio, azufrado por el olor de la pólvora. Pero, ¿dónde estaba escrito, si he valorado siempre la bondad de los hombres y la amistad de las letras, que fuese a convivir con el crimen?

Más paradojas: si en mi familia nunca hubo militares, policías, guardias civiles, ¿por qué me hice defensor de la ley?

Mi abuela solía decirme que había salido al tatarabuelo Nepomuceno, quien, allá por la España isabelina, armado con una escopeta y un machete de desollar jabalíes, se había tirado al monte de la guerrilla carlista.

En cambio, mi abuelo y mi padre fueron hombres cabales. Ambos eran sastres.

Mi padre murió hace ya muchos años, tan cumplidamente como había vivido. Con la misma pulcritud con que cortaba patrones y solapas nos gobernó a los hijos. Era meticuloso. Todo lo anotaba en su diario y en sus libros contables, las visitas de probador, los plazos de entrega, los cumpleaños, si necesitaba forros nuevos o botones de asta de ciervo para los gabanes de caza, o si había que comprar medicinas para mamá. Hombre previsor, nunca nos faltó de nada. Tampoco a él los respetos del barrio. Hasta las cigarreras le trataban de don.

Aunque era mi madre la que casi siempre estaba enferma, él se despediría primero. Una rápida enfermedad, una infección en la sangre lo aniquiló en seis meses.

La noche en la que iba a morir, mi padre rezó al Papa Juan XXIII y al santo del día. Su última voluntad fue concisa como un código. En su testamento dejó especificado hasta el traje con el que le habríamos de enterrar.

En vida, no tuvo otro vicio reconocido que la lectura de novelas policíacas, y me contagió su afición. En cuanto tuve edad para husmear por librerías de viejo, me dediqué a completar sus colecciones.

Vivíamos en Zaragoza, en la parte vieja y siempre en sombras de El Tubo, cerca del café El Plata y de la librería de lance de Inocencio Ruiz. Me encantaba esa minúscula librería, sus desvencijados estantes, respirar el polvo de las cubiertas y descubrir autores que me hicieran sentir la magia y la emoción de la intriga.

Por respeto a mamá, que siempre tenía jaqueca, nuestras lecturas eran furtivas. Desde los bombardeos de la guerra, mi madre experimentaba un invencible repudio hacia el empleo de cualquier arma, incluidos los cuchillos de cocina y, casi, los revólveres y venenos de la ficción. Pero eso no evitaba que a mi padre y a mí nos sorprendiese la medianoche y, a menudo, si él no tenía que madrugar, las claras del alba, recreándonos en las andanzas de Sherlock Holmes, Philo Vance o el malvado Ripley.

Mi carrera profesional, bastante menos heroica que la de un detective de novela, ha ido transcurriendo por diversas ciudades. Estuve destinado en Málaga y en Barcelona, en Ceuta, en Toledo… hasta llegar a Bolscan. Hoy tengo la conciencia tranquila, cincuenta y tres años, mujer, hijos, deudas, sueños incumplidos y un defecto en el pie.

En términos laborales, una minusvalía. Me la causó un disparo perdido en un tiroteo. El impacto del proyectil me hizo perder el sentido. Desperté en un hospital. Una cirugía con mejor balance del esperado, pues el peor de los diagnósticos incluía una silla de ruedas, atenuó los destrozos físicos. En cuanto a los psicológicos… Tardé en acostumbrarme al zapato ortopédico, que todavía hoy me acompleja. Temía enfrentarme a una jubilación forzosa cuando el comisario Satrústegui, a quien siempre estaré agradecido, encontró para mí un hueco en el archivo. En adelante, no iba a disfrutar de la acción, pero volví a sentirme útil.

Desde entonces, creo un poco más en la bondad de Dios. También creo en Shakespeare y en Milton, en San Juan de la Cruz y en Miguel de Cervantes, en el diablo y en la omnipotente voluntad del hombre que tan a menudo, por desgracia, le suplanta.

Algunos de ustedes ya me conocen. No tanto por mi persona, pues carece de toda relevancia, sino por mi relación con Martina de Santo. Cuyos casos, y he tenido el privilegio de participar en varios, sí abundan en un justificado interés.

¿Era Zenón quien afirmaba que una misma realidad podía ser, a la vez, posible e imposible? Viene al caso la aporía porque mi trabajo con Martina ha alterado algunas de mis nociones sobre el oficio policial. Hasta aquel enrevesado crimen que tuvo por escenario el palacio de los duques de Láncaster yo pensaba que… Pero no caeré en la tentación de adelantar acontecimientos.

Vayamos por orden. Todo comenzó en la Navidad de 1989, en la segunda planta de la Jefatura Superior de Policía de la ciudad de Bolscan, donde se encontraba, y allí sigue estando, la sede de la Brigada de Homicidios…

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