Un Bergantín de Guerra

1798. Napoleón prepara un ejército para conquistar Egipto. El almirante Nelson cree que lo utilizará como cabeza de puente para atacar la India con la ayuda del rebelde Tipoo Sahib. Rápidamente, decide enviar al bergantín Hellebore, del que es teniente Nathaniel Drinkwater, al Mar Rojo en una misión urgente. Deberán contactar con la flota de la India y destruir las fuerzas navales francesas de la zona.
Pronto, el Hellebore, se encontrará en medio de una operación naval a gran escala acosando el flanco de las tropas francesas. Lo que no se puede llegar a imaginar Drinkwater es que en esas cálidas aguas que bañan ciudades exóticas, surcadas por misteriosos dhows e infestadas de tiburones, se encontrará con sus dos grandes enemigos: el escurridizo capitán francés Santhonax y el sádico y retorcido teniente Morris, su pesadilla cuando sirvió como guardiamarina en la fragata Cyclops.
Ambos harán lo posible por acabar como sea con la vida de nuestro héroe…
El autor destaca fundamentalmente por el realismo y el ritmo frenético de sus novelas. Su dilatada experiencia en alta mar unida a su destreza a la hora de desarrollar los personajes, hacen de él un referente de la literatura naval contemporánea, como demuestran las continuas reediciones de sus obras en todo el mundo.
Richard Woodman nació en Londres en 1944. A los dieciséis años abandonó su ciudad natal para enrolarse a bordo de un buque. Desde entonces hasta su retiro en 1997 no dejó de navegar tanto en barcos de carga como para el Trinity House Service. Ha escrito más de cuarenta libros de los que aproximadamente la mitad son novelas, incluyendo las catorce de la serie Drinkwater.

ANTICIPO:

Febrero de 1798

París

La lluvia azotaba la ventana, y más allá del patio el capitán de marina observó la insignia tricolor, enhiesta por el viento y luminosa contra la atmosfera gris que cubría París. Imaginó los efectos de la tormenta sobre las verdes aguas del Canal y en la costa inglesa del otro lado, desolada y empapada por la lluvia.
Tras él los dos secretarios se inclinaron sobre sus escritorios. El rumor de los papeles se aquietó respetuosamente. Un aire de expectación llenó la sala, aumentado por la puerta abierta. Finalmente, unos pasos apresurados resonaron en el pasillo, y los secretarios se inclinaron con mayor diligencia sobre sus tareas. El oficial de marina se volvió a medias desde la ventana, y luego siguió estudiando el cielo.
Los pasos resonaron con más fuerza, y en la habitación entró un joven bajo, delgado y pálido cuyo largo cabello caía por encima del cuello de una casaca de general demasiado grande. Iba acompañado de un húsar, de cuyo hombro izquierdo colgaba descuidadamente una ornamentada pelliza.
—¡Ah, Bourienne! —dijo el general bruscamente, con una voz que reflejaba la misma energía que sus pasos rápidos con los que había entrado—. ¿Tiene los despachos para los generales Dommartin y Cafarelli? Bien, bien. —Tomó los papeles y les echó un vistazo, asintiendo con satisfacción—. Ya ves, Androche —dijo al húsar—, todo va bien, muy bien, y el proyecto de Inglaterra está muerto. —Se volvió a la ventana—. ¿A quién tenemos aquí, Bourienne?
—Éste es el capitán de fragata Santhonax, general Bonaparte.
—¡Ah!
Al oír su nombre, el oficial naval se volvió. Era mucho más alto que el general, con rasgos atractivos severamente desfigurados por una cicatriz reciente que se elevaba desde la comisura de sus labios hasta la mejilla izquierda. Se inclinó ligeramente y miró a los ojos escrutadores del general Bonaparte.
—De modo, capitán, que consiguió escapar de los ingleses, ¿eh?
—Sí, ciudadano general. Llegué a París hace tres semanas.
—Y ya se ha casado, ¿eh? —Santhonax asintió, consciente de que el corso lo sabía todo sobre él. El general continuó su paseo, con la cabeza baja mientras meditaba—. Acabo de volver de inspeccionar los puertos del Canal y los preparativos para la invasión de Inglaterra… —Se detuvo bruscamente frente a Santhonax—. ¿Cuál es su opinión sobre la viabilidad de esa empresa?
—Resultará imposible sin un control completo del Canal; cualquier intento sin la suficiente superioridad en la zona está condenado, ciudadano general. Las condiciones en el Canal pueden cambiar muy rápidamente; deberíamos sostener el control al menos durante una semana. Si la flota británica no puede ser vencida, debemos ahuyentarla con estratagemas o amenazas…
—¡Exacto! Eso es lo que he dicho al Directorio… Pero, ¿tenemos la capacidad de conseguir esa superioridad local?
—No, ciudadano general. —Santhonax bajó los ojos ante la penetrante mirada de Bonaparte. Mientras aquel joven se dedicaba a echar de Italia a los austríacos, él había trabajado para conseguir aquella superioridad, tratando de llevar a la flota holandesa a Brest. El intento había sido frustrado por los británicos en Camperdown cuatro meses atrás.
—¡Hum! —exclamó Bonaparte—. Entonces estamos de acuerdo en todo, capitán. Eso es excelente, excelente. La Armada inglesa tendrá que encontrar empleo en un lugar diferente, ¿eh, Androche? —Se volvió al húsar—. Éste es Androche Junot, capitán, un viejo amigo de los Bonaparte. —Ambos hombres se inclinaron—. Pero la Armada inglesa terminará por acabar con la riqueza de Inglaterra. ¿Qué opina usted de los ingleses, capitán?
—Son enemigos implacables de la Revolución, general Bonaparte, y de Francia —suspiró Santhonax—. Poseen una gran tenacidad, y no debemos subestimarlos.
Bonaparte resopló con escepticismo.
—Pero usted logró huir de ellos, ¿no? ¿Cómo lo consiguió?
—Después de mi captura me llevaron a la cárcel de Maidstone. Al cabo de unas semanas, fui trasladado a los barcos penitenciarios de Portsmouth. Sin embargo, mi uniforme había quedado tan destrozado después de la batalla de Camperdown que conseguí que mis carceleros me facilitaran una casaca de civil. Cuando el carruaje en el que me trasladaban cambió de caballos en un lugar llamado Guildford, conseguí escapar.
—¿Y?
—Me metí por un callejón y luego entré en la primera taberna, donde ocupé una mesa en un rincón. Hablo inglés sin acento, ciudadano general —dijo Santhonax encogiéndose de hombros.
—¿Y esto? —Bonaparte señaló su propia mejilla.
—Los soldados buscaban a un hombre vendado. Me quité la venda y me senté en un rincón oscuro. No me descubrieron. —Hizo una pausa y continuó—. Estoy acostumbrado a los subterfugios.
—Sí, sí, capitán. Conozco sus servicios a la República, y tiene usted reputación de ser intrépido y audaz. El almirante Bruix habla muy bien de usted, y como en este momento no es usted una persona muy grata al Directorio… —Bonaparte hizo una pausa mientras Santhonax se sonrojaba ante aquella alusión a su fracaso—, lo ha recomendado para esta misión especial. —El general volvió a detenerse frente a Santhonax y lo miró directamente—. Tengo entendido que le han destinado a una fragata, ¿verdad, capitán?
—La fragata Antigone, ciudadano general, que ahora se prepara en Rochefort para un viaje largo. También me llevaré las corbetas La Torride y Annette. Se me ha ordenado asumir el mando como comodoro después de recibir las órdenes finales.
—Bien, muy bien. —Bonaparte extendió la mano hacia Bourienne y el secretario le entregó un paquete sellado—. Los británicos tienen una pequeña escuadra en el Mar Rojo. No deberían preocuparle. Como le han dicho, la Armada bajo mi mando se dirige a Egipto. Cuando mis veteranos lleguen a las costas del Mar Rojo, espero que usted nos habrá asegurado suficiente transporte, barcos locales, por supuesto, y un puerto de embarque para una división, que trasladará usted a la India, capitán Santhonax. ¿Conoce bien esas aguas?
—Serví con Suffren, ciudadano general. De modo que hostigaremos a los británicos en la India. —Los ojos de Santhonax brillaban con un nuevo entusiasmo.
—Usted sólo transportará a la avanzadilla. Me consumo aquí en París, capitán. En la India encontraremos el imperio legado por Alejandro. Allí nos espera la grandeza. —No era el discurso de un fanático. Santhonax había oído suficientes discursos durante la Revolución. Pero el entusiasmo de Bonaparte era contagioso. Tras la derrota de Camperdown y su captura, había parecido que la ambición de Santhonax se había agotado. Pero con sólo unas palabras, aquel corso diminuto y dinámico había arrinconado el pasado, como la propia Revolución. Nuevas visiones de gloria se abrían a su imaginación ante aquel hombre para quien todo era posible.
Súbitamente Bonaparte tendió a Santhonax el paquete sellado. Junot se inclinó para susurrarle al oído.
—¡Ah! Sí, Androche me recuerda que su esposa es una celebrada belleza. Bien, bien. El matrimonio es lo que une a un hombre a su país, y la belleza es la inspiración de la ambición, ¿eh? Traiga usted a Madame Santhonax a la Rue Victoire esta noche, capitán, mi esposa celebra una soirée. Mañana partirá hacia Rochefort. Eso es todo, capitán.
Cuando Santhonax salió de la habitación, el general Bonaparte ya estaba dictando a sus secretarios.

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