Un crimen científico y otros cuentos

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El lector tiene entre sus manos la puerta de entrada a un singularísimo universo: estrafalarios científicos de aviesas intenciones, charlatanes que proclaman a los cuatro vientos las bondades de disparatados métodos curativos, orangutanes y bicéfalos trasmutados en protagonistas del Madrid del último tercio del siglo XIX, o frailes que enloquecen tras beber un vino de extrañas propiedades. Con una prosa transparente y ágil, nos sitúa en ese lugar donde se encuentran el escalofrío, la carcajada y la perplejidad, y que ofrece una visión muy particular, no siempre cómoda hoy, del contexto político y cultural en el que fueron concebidos. Un crimen científico constituye una excepcional oportunidad para aproximarse al imaginario narrativo de José Fernández Bremón, puesto que, si bien algunos de estos relatos han aparecido en varias antologías recientes, los Cuentos en su conjunto no han vuelto a imprimirse ni a editarse desde el ya lejano año de 1879.

ANTICIPO:
Del número 7000 de La Correspondencia de España transcribimos el siguiente suelto:

En la aldea de X se ha cometido un crimen espantoso. El juzgado de primera instancia del partido, con una actividad que le honra, teniendo fundadas presunciones de que un labrador llamado Tomás había sido asesinado en una finca situada en medio de un bosque, se personó en la casa sospechosa. La viuda del labrador, no obstante las precauciones tomadas para ocultarle la desgracia, hubo de sospecharlo, y sus lamentos y desolación conmovieron de tal modo a los vecinos, que estos, indignados, cercaron el edificio donde se practicaban las diligencias judiciales, pidiendo a voces la cabeza del criminal. La Guardia Civil, con su enérgica y persuasiva actitud, restableció el orden, impidiendo que la casa fuera atropellada. El registro practicado en la finca dio por resultado el hallazgo del carro y las mulas pertenecientes a la víctima. En una de las habitaciones superiores yacía en el lecho, ensangrentada, una mujer joven, cubierta con una especie de máscara de hierro; y en uno de los gabinetes inmediatos se descubrieron innumerables instrumentos de formas extrañas y uso desconocido, algunos parecidos a ganzúas. El asesino es un médico retirado, de antecedentes muy equívocos, llamado Ojeda. Para que el hecho revista un carácter más sombrío, añadiremos que en el castillo, pues el crimen se ha efectuado en un edificio antiguo, uno de los aposentos está completamente enlutado, y se presume que allí se verificó el asesinato, y acaso algunos anteriores. Se espera encontrar en breve el cadáver de Tomás. Uno de los cómplices de Ojeda, cuyo nombre es Lázaro, ha desaparecido. El móvil del asesinato se cree haya sido puramente científico. Todos los animales de la finca estaban horriblemente mutilados. Se asegura que el licenciado Ojeda tenía una manía sanguinaria: coleccionaba ojos de personas y animales. Tendremos al corriente a nuestros lectores de este drama conmovedor e interesante.

Oigamos a El Imparcial del día siguiente:

La hora avanzada a que ayer recibimos el correo nos impidió dar la noticia del crimen, célebre ya, que ha producido en Madrid tan honda sensación. No nos atreveremos a hacer las terminantes afirmaciones que, con su acostumbrada ligereza, se permite un periódico puramente noticiero. Nuestros datos son menos novelescos, pero más completos y seguros. En primer lugar, parece que el hallazgo del carro y de las mulas resulta explicado de un modo natural, por ser público que Tomás los había perdido en el juego días antes, habiéndolos adquirido, ya de segunda mano, un criado de Ojeda. Respecto a la joven de la máscara de hierro, se nos dice ser la propia hija del médico, ciega de nacimiento, que acababa de sufrir una dolorosa operación, a la cual deberá acaso la vista. Los ojos que han parecido a este periódico una sangrienta colección, constituyen, por el contrario, un museo oftálmico muy interesante; y el aposento enlutado no es sino una cámara oscura destinada a experimentos relativos a la luz. Respetando el secreto del sumario, por hoy no somos más explícitos. La Correspondencia, número 7007:

Un sentimiento de prudencia, y la convicción de que pronto podríamos revelar el verdadero estado de las diligencias judiciales, nos hizo dar conocimiento al público del crimen X tal como lo refería la voz popular, no como constaba del sumario. Un periódico, que dice respetar el secreto de las actuaciones, ha publicado hechos que no creíamos conveniente dar a luz todavía. Los lectores juzgarán quién ha tenido más prudencia. Por lo demás, no solo nos constaban los hechos que ha divulgado este periódico, sino también otros muy interesantes. La situación de la hija del señor Ojeda es tan delicada, el aparato requiere una asistencia tan constante, nueva e ingeniosa, que los médicos forenses se han opuesto a que el acusado salga del castillo, donde permanece preso en tres habitaciones debidamente custodiadas. Sin embargo, ya no está incomunicado, y se permite la entrada al orangután, que hace frecuentes y cariñosas visitas a su ama. Se cree que el cadáver de Tomás no se encuentra en el castillo porque debe estar vivo el dueño del cadáver. El licenciado explica satisfactoriamente la mutilación de los animales y el uso de los instrumentos. Los médicos reconocen su profunda habilidad, y en cuanto a las demás declaraciones, exceptuando una, vaga y problemática, todas las demás favorecen al dueño del castillo. El juzgado, los médicos, el alcalde, la Guardia Civil, nuestro corresponsal y los vecinos, todos rivalizan en celo para el esclarecimiento de la verdad, y se distinguen especialmente todos ellos. La polémica de ambos periódicos dura algunos días tomando serio aspecto: el crimen de X amenaza tener en Madrid repercusiones. Por fin, suceden a la polémica los hechos: un telegrama de El Imparcial agrava la situación del acusado, y luego se insertan en el orden siguiente los telegramas.

El Imparcial:

Declara Antón, criado de Ojeda, haber abierto a Tomás la puerta del castillo. Vigilancia redoblada.

La Correspondencia:

Criado Antón, sospechoso de idiotismo. Ojeda muy sereno.

El Imparcial:

Gabinete de Ojeda, hallado en alcohol un ojo humano, fresco todavía.

La Correspondencia:

Ojo encontrado en alcohol era de mono. Descubrimiento horrible. Camisa ensangrentada con iniciales de la víctima. A los pocos días El Globo triplica su tirada, publicando el retrato del licenciado Ojeda, con los datos biográficos del célebre oculista y el catálogo de su museo. En vista de aquel éxito, el propietario del periódico tiene que refugiarse en lo más puro de su alma, para no desear que los crímenes se repitan. Fija la curiosidad pública en el crimen, desaparece en aquellos días un banquero, sin que se hagan cargo de ello sus numerosos acreedores; el gobierno decreta un nuevo impuesto sin que lo noten los contribuyentes; se fragua, estalla y vence una conspiración sin que el gobierno se aperciba. Quince días después nadie se acuerda del crimen, y a nadie le importa el estado de la causa.

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