Un destello en el cielo

UnDestelloEnElCieloKayKenyon

Un desastroso vuelo interestelar lanza al piloto Titus Quinn, a su esposa y a su hija Sydney a un universo paralelo llamado Omniverso. Titus consigue regresar a su dimensión sin memoria, con su familia dada por muerta y su reputación arruinada. La corporación para la que trabaja lo envía de vuelta por la distorsión espaciotemporal en busca de nuevos métodos de viaje espacial. Allí recordará gradualmente a los gobernantes de ese mundo, los crueles alienígenas Tarig, así como a la población humanoide subyugada por ellos, los Chalin, y averiguará que su hija ha sido apresada. La odisea de Titus para recuperar a Sydney descubrirá un plan de los Tarig cuyas ramificaciones afectarán a algo más que a su propia familia.

Kay Kenyon, nominada a los premios John W. Campbell y Philip K. Dick, ha publicado ocho novelas. Antes trabajó como actriz, redactora en televisión y burócrata en una realidad paralela. Vive en Washington.

ANTICIPO:
Marcus Sund despertó de inmediato.

—Luces —dijo.

La cabina permaneció a oscuras.

—Luces —repitió, alzando la voz. Obtuvo el mismo resultado. Se sentó en la cama. Los sistemas de soporte vital de la estación zumbaban mientras los motores ProFabber cumplían sus colosales labores, pero en aquella profunda vibración parecía faltar algo.

Se vistió apresuradamente y activó la cubierta de mando mientras se ponía la camisa.

—Informe.

—Señor, tenemos unas pequeñas anomalías en funciones no cruciales. Estamos trabajando en ello.

Marcus abandonó el camarote y corrió pasillo abajo. Las luces se atenuaban y relucían de nuevo inmediatamente. Como encargado de la estación conocía su trabajo, y conocía la ubicación de cada tornillo y de cada estructura de datos. Por este motivo podía notar en las suelas de sus zapatos que el zumbido no era el adecuado, que la vibración de las placas de la cubierta de poliacero era ligeramente arrítmica. Eso le preocupó bastante más que las oscilantes luces.

Los motores ProFabber de categoría militar de la estación producían gravedad artificial y supervisaban simultáneamente el túnel Kardashev, tratando de mantenerlo tranquilo para que fuera capaz de cumplir con su cometido en el negocio de los viajes interestelares. En el caso de funciones tan importantes, los motores quedaban bajo el mando del cerebro artificial. Por tanto, si el rendimiento del motor disminuía siquiera un ápice y el sistema no había avisado a Marcus Sund a esas alturas, eso quería decir que el mCeb (el único cerebro artificial de la estación) no estaba prestando atención. Y que el cerebro artificial no estuviese prestando atención era impensable.

Estaban lejos de casa. La plataforma espacial Appian II orbitaba un agujero negro de masa estelar y lo estabilizaba. Desde su posición, en las profundidades del brazo de Sagitario de la Vía Láctea, cerca de la Nebulosa del Águila, el sol de la Tierra aparecía como un punto en la constelación de Tauro. Aun con el transporte por el túnel Kardashev, la plataforma Appian II dependía por completo de la estación y de la inteligencia artificial del siglo XXIII que la gobernaba. La plataforma contenía habitáculos para 103 tripulantes, un laboratorio de investigación avanzada y también toda la carrera profesional de Marcus Sund.

Mientras Marcus se aproximaba a los sistemas operativos de la estación, Helice Maki se unió a él en el pasillo. Helice, de veinte años, había sido hacía seis la licenciada más joven en la historia del programa de ingeniería de inteligencia artificial de Stanford, detalle que ella misma se encargaba de mencionar con molesta frecuencia. Marcus no la apreciaba en exceso, pero ahora la necesitaba. A juzgar por la expresión de su rostro, también ella había notado que algo iba mal.

—Voy a entrar —dijo, y asintió en dirección a la Sala Abisal, el lugar en el que se interactuaba con el cerebro cuántico.

—Adelante —dijo Marcus. Esperaba que el cerebro no tuviese problemas, pero si así era, Helice Maki podría ocuparse de ello.

Las sirenas se activaron con un intenso estruendo. Mientras Helice se internaba en la Sala Abisal, Marcus se apresuró en dirección a la sala de mando, a unas puertas de distancia, donde los operarios se afanaban solemnemente en sus puestos. El delegado informó que en los últimos dos minutos los motores ProFabber habían reducido su rendimiento hasta el nivel de mantenimiento y abandonado el túnel K. Las noticias difícilmente podrían ser peores, no porque el túnel tuviera que funcionar, sino porque el mCeb debía hacerlo a la fuerza. Sin él, estaban perdidos.

—Aísla el mCeb de los sistemas expertos —ordenó Marcus. Tuvo que asentir de nuevo en dirección al delegado para hacer que cumpliera su orden. Se estaban aislando a sí mismos de su recurso central de computación, un dispositivo lógico de capacidades prácticamente ilimitadas. Ahora tenían que confiar en los cerebros sencillos, semejantes a mulas de carga, ordenadores trónicos endemoniadamente rápidos pero de escasa inteligencia. Por el momento, el túnel K como ruta de transporte quedaba fuera de su alcance, pero podrían solucionar eso más adelante. Saldrían de esta, pensó Marcus, al tiempo que la palabra «descontrolado» se repetía, impertinente, en sus oídos.

Desde la Sala Abisal resonó la voz de Helice a través del comunicador, rota por la emoción.

—Ven aquí, Marcus.

Los sistemas operativos escupían informes de todas las estaciones y todas las cubiertas: «Error en los sistemas trónicos; funciones del túnel K no disponibles; paneles de comunicación extravehicular no disponibles; sistemas de soporte vital transferidos a la energía auxiliar. Finalizados experimentos del servidor de abordo; cachés de memoria descartando datos, esclavizando a mCeb para datos entrantes».

El delegado se giró hacia Marcus.

—El mCeb está recopilando capacidad de almacenamiento de todas las estructuras de datos integradas del sistema, y añadiéndolas como esclavas a su mando, asumiendo el control de toda la energía de la estación y bloqueando todas las anulaciones humanas o informáticas.

Descontrolado. Marcus trató de no pensar en ello.

Pero las personas presentes en la sala habían oído las palabras del delegado, e intercambiaron miradas de incredulidad. Ni uno solo de ellos, incluido Marcus, había visto jamás a un cerebro artificial rebelarse. Se contaba que si alguna vez un mCeb lograba escapar del control de las personas que lo manejaban, sería capaz en poco tiempo de formar planes por sí mismo, en un estado caótico conocido como «obsesión». Por el bien de todos, más valdría que el mCeb no hubiera entrado en ese estado.

Marcus dejó al delegado al cargo y corrió pasillo abajo hacia el lugar en el que estaba ubicado el cerebro, tomó asiento en la sala inmediatamente exterior y golpeó una pantalla hasta que apareció en imagen Helice Maki, que se afanaba en el interior de la Sala Abisal.

Helice habló mientras trabajaba en el cerebro:

—Asegura este canal.

Marcus obedeció.

Rodeada por una simulación cuántica de los resultados, Helice hablaba en el idioma en código del cerebro. Señaló con el dedo índice secciones del campo cerebral de la máquina. A Marcus le pareció que estaba bailando, o dirigiendo una orquesta.

Helice le hablaba en voz baja entre locuciones en código:

—Es una incursión. Tenemos un gusano suelto ahí dentro.

—No es posible —replicó Marcus secamente. Nunca había empleado un tono semejante con Helice Maki antes, especialmente teniendo en cuenta los rumores que la colocaban en la órbita de un puesto como socio de la empresa.

Helice le ignoró.

—Faltan respuestas —dijo—, hay cadenas renegadas. Inicio la resolución de errores.

—No lo hagas. Lo perderemos todo. —Habían tardado tres años en entrenar al mCeb para que supervisara una plataforma espacial. Tener que rehacer ese trabajo supondría una desagradable mancha en la reputación de Marcus.

—Ya lo hemos perdido todo. Está lanzado, y no lo puedo controlar. Y tú tampoco. Aísla a este renegado de los cerebros.

—Ya lo he hecho.

—Vale, vale —dijo Helice, preocupada. Señaló con la mano el lugar en el que deseaba reiniciar la formación, mientras hablaba en la jerga de la ingeniería artificial. Parecía casi estática, como un creyente recibiendo su dosis de Cristo.

Mientras aguardaba, Marcus golpeó el comunicador.

—Informe —dijo.

—Marcus, tenemos una anomalía inminente en el soporte vital en la cubierta cuatro. Si evacuamos, perderemos la conexión con el generador de nutrientes principal.

La comida era la última de sus preocupaciones en ese momento.

—Evacuad. Recoged todos los trajes de supervivencia autónomos de la cubierta. —Sabía cómo había sonado eso. Como si los fueran a necesitar. Los empleados que se ocupaban de mantener el cerebro entraron en la pequeña antesala como con cuentagotas y permanecieron con la espalda contra la pared, esperando para ayudar o para arrojarse a la hoguera. Anjelika Denhov llegó en primer lugar, con tres posdoctorandos a su espalda que parecían algo indispuestos. Sus investigaciones habían versado sobre el mCeb. Más les valía no haber desencadenado este desastre.

Marcus vio cómo su carrera saltaba por los aires. Creía que sobrevivirían; de hecho, diablos, esta era una de las principales estaciones del túnel K de la empresa Minerva, claro que sobrevivirían. Pero su carrera había terminado. En su turno, estaban abandonando una cubierta, deshaciéndose de trabajos de laboratorio cruciales, desechando todos los datos, y, lo que era aún peor, reentrenando un mCeb. Su estómago se precipitó en caída libre, al igual que su carrera, hacia un puesto permanente en las filas de los condenados. La mayoría de los que estaban allí eran desempleados, vivían del subsidio y se nutrían del Nivel de Vida Estándar y el ocio virtual, asistidos por las opulentas empresas, los colosales bloques económicos que hacían funcionar el mundo. Sus padres cobraban el subsidio, al igual que todos sus hermanos y todos sus primos. Él era el único que había realizado las suficientes pruebas para operar los cerebros y, más adelante, para entrenar a nuevos operarios. Había llegado alto. Al mirar abajo, comprendió cuánto.

En la pantalla, Helice había detenido su baile.

—Oh, Dios mío —dijo.

Marcus dejó pasar un latido antes de replicar:

—¿Qué, qué ocurre?

Helice se acercó al nudo que aparecía en pantalla, una red de ondas cuánticas virtuales. Murmuró algo en código. Después, dijo:

—Es un simple evolutivo. —Se giró hacia el sistema óptico y continuó—: Alguien ha soltado un maldito programa evolutivo. Y está en la generación 309.

Marcus se inclinó hacia el receptor de audio.

—Podría ser EoCeb, aún podría serlo —dijo, deseando poder culpar al archirrival de Minerva, y no a uno de sus propios tripulantes.

—No. Es un vector básico que cualquiera que trabaje con el cerebro podría haberle introducido. Alguien se sentó en tu silla ahí fuera, Marcus, y programó una maldita secuencia de entrenamiento evolutivo.

—Si es tan simple, elimínalo —imploró Marcus. Helice miró al sistema óptico.

—Ahora ya no es tan simple. —Se giró hacia el foco de luz que la rodeaba, hipnotizada por las visiones que le proporcionaba el Campo Abisal.

Descontrolado, pensó Marcus de nuevo. Si el mCeb había escapado de todo control, amenazaba con apropiarse de todos los recursos, hasta el último qubit necesario para llevar a cabo sus planes, cualesquiera que fueran. Ese tipo de cosas ya habían sucedido antes. El caso de Yakarta, por ejemplo, en el que un mCeb con programa evolutivo había estado a punto de adueñarse de la flota de satélites orbitales de comunicación en su totalidad. Corea había respondido con ataques nucleares, y había convertido la isla de Java en un montón de escombros radiactivos.

—¿Quién ha tenido acceso aquí? —Marcus miró a Anjelika Denhov, a quien más le valdría conocer en qué andaban metidos sus posdoctorandos. Las personas que se encontraban en la sala eran las únicas que podían haber interactuado con el mCeb.

Anjelika se giró hacia los estudiantes larguiruchos que tenía a su cargo.

—¿Y bien? —preguntó, y les miró a los ojos uno por uno.

No hubo ningún movimiento. El equipo estaba iluminado por un fulgor ligeramente verdoso proveniente de la sala del Campo Abisal.

—¿Alguna teoría sobre lo que ha ocurrido?

Luc Diers, que se había incorporado al programa en último lugar, cedió ante la mirada de la mujer y tragó saliva.

—Fui yo —dijo.

Marcus se giró hacia el muchacho.

—Habla. Habla rápido —dijo.

—Solo intentaba salvar mi programa. —Luc miró a Anjelika, su directora de tesis—. No quería suspender. —El muchacho continuó atropelladamente cuando comprendió que la atención de la sala seguía centrada en él—: No dejaba de obtener lecturas absurdas, y no era capaz de solucionarlo. No pensé que el mCeb se interesaría en ello. Que se haría con el control de todo. Marcus no sabía si alegrarse o sentirse enfermo ante el hecho de que el culpable fuera un miembro de su propia tripulación. Luc habló de su programa evolutivo, un sencillo programa que debía en teoría reconfigurar su experimento en partículas extragalácticas fundamentales, de modo que pudiera recuperar el rumbo y dejar de obtener datos referentes a partículas imposibles. Partículas que nadie había visto antes. Luc volvía a casa la próxima semana. No tendría tiempo para reiniciar el programa. Solo era un pequeño programa ejecutándose en el mCeb. Pensó que nadie se daría cuenta.

Mientras escuchaba, Helice estalló.

—¿Pensaste que nadie se daría cuenta? ¿Te olvidaste del objetivo de tu programa y lo asignaste a mi cerebro?

Luc miró al suelo, y Helice se apartó, disgustada, y concentró su atención de nuevo en el Campo Abisal.

Todos observaron maravillados a la mujer mientras trataba de domar el monstruo cuántico. La luz espectral oscilaba en su rostro como si fuera una mente atormentada que buscara consuelo en la única persona de la estación capaz de comprenderla.

—Está analizando una estructura anómala —murmuró Helice—. Un objetivo profundo que queda fuera de su alcance. Y lo está perdiendo.

—Que Dios nos ayude —dijo Marcus. Se inclinó hacia el comunicador—: Envíen llamada de socorro.

—Enviando —replicó la señal de audio. La ayuda más cercana estaba a semanas del sistema.

Helice salió de la Sala Abisal y se despojó de sus anillos de datos.

—¿Cuál de ellos? —preguntó, mirando a Anjelika.

Anjelika asintió en dirección del desafortunado posdoctorando, que pareció encogerse ante la agresiva mirada de Helice.

—¿Nombre?

—Luc Diers.

—Bien, Luc —dijo Helice en voz excesivamente baja—, describe las lecturas anómalas que querías que mi cerebro solucionara.

Luc parpadeó al oír esa descripción de su crimen.

—Neutrinos —dijo.

El grupo lo contempló, esperando. Luc se apresuró a continuar:

—Obtenía neutrinos imposibles. Momento angular equivocado, giro incorrecto. Invertido, en realidad.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Marcus secamente. Anjelika intervino:

—Piense en ello como la dirección de un sacacorchos. Los neutrinos giran a la izquierda.

—Y los que obtenía continuamente —añadió Luc— giraban a la derecha, por decirlo así. Y las lecturas venían de todas direcciones al mismo tiempo. Así que eran inservibles. A menos que fueran pruebas de la existencia de otra dimensión, eran inservibles.

Helice alzó una mano para evitar que la interrumpieran.

—¿Qué quieres decir con «otra dimensión»? —preguntó.

—La materia del espaciotiempo. El universo. —Al percibir las miradas de incomprensión que lo contemplaban, continuó—: La naturaleza crea simetría por todas partes, salvo a escala subatómica. De modo que hay quien piensa que la simetría que falta está en otros universos. Por ejemplo, los neutrinos que giran a la derecha están en la quinta dimensión, y la energía ausente de los ortopositrones está allí. Todo eso está en otras dimensiones.

Marcus se puso en pie y posó una mirada inexpresiva y desesperada en Luc Diers.

—Despídete de tu carrera, muchacho —dijo.

—Sí, señor —asintió Luc.

—Salid todos de aquí —dijo Helice—, todos salvo Marcus y Luc. Echad una mano por ahí. —Cuando se hubieron marchado, dijo—: El mCeb quiere esta estación, Marcus. Y está adueñándose de ella.

Marcus asintió, con insólita calma. Ahora sabía cuán difícil era su situación. Descontrolado. Miró hacia la Sala Abisal.

—Acaba con él —dijo.

—¿Y también con la estación?

Luc dejó escapar un pequeño quejido al comprender la realidad del desastre que había provocado.

—Quizás aún podamos salvar los sistemas de soporte vital —dijo Marcus.

—No puedes. Ha disuelto tus redes. No te quedan redes.

—Tenemos los sistemas expertos.

—Que no pueden comunicarse entre sí.

Marcus miró en torno a sí de nuevo.

—Acaba con él, Helice —dijo. Si podían. Estaba el caso delmCeb descontrolado de Yakarta. Había conseguido copiarse a sí mismo en mil ordenadores domésticos momentos antes de perder cohesión.

—Primero voy a descargar los resultados de mCeb. —Helice se inclinó sobre el teclado y desvió los datos a un cubo óptico de gran capacidad. Iba a llevarlo consigo fuera de allí—. Prepara la lanzadera y consíguenos un piloto. Puedes asignar a quien te parezca en los asientos restantes. —Inclinó la cabeza en dirección a Luc—. Él viene conmigo. —Su rostro pareció suavizarse—. Tú también vienes, Marcus.

Marcus la oyó como si se encontrara en un sueño.

—Acaba con el cerebro, Helice.

La mujer lo miró durante un largo instante.

—Terminación del mCeb —dijo. Se inclinó sobre el tablero de control y escribió el comando de la función de onda de colapso. Para evitar su naturaleza cuántica, la que le hacía estar en varios lugares al mismo tiempo, necesitaban aniquilar el aislamiento cuántico. Bastaría para ello con encender las luces dentro del dominio.

Y así fue. En un instante, el semidiós de mil trescientos millones de dólares se deshizo en jirones.

De la Sala Abisal llegó un suave quejido, agudo y espeluznante. Más allá del terror, Marcus sintió alivio. Al menos aún podían acabar con él. Mientras abrían la puerta que daba al pasillo, el ensordecedor estruendo de las sirenas resonó aún con mayor fuerza.

—Reúnete conmigo en la bahía de lanzamiento —dijo Helice, ya al otro lado de la puerta.

Marcus entró en modo de resolución automática de problemas y comenzó a establecer las prioridades para los asientos restantes de la lanzadera. Habría que enviar a casa al personal no esencial. Los investigadores, los técnicos de apoyo… Por un momento sintió nauseas. Decidió cuáles serían las seis personas que ocuparían los asientos restantes en la lanzadera. Él no era uno de ellos.

Su labor. Su turno.

Helice se apresuraba pasillo abajo llevando a Luc del brazo, en dirección a la bahía de lanzamiento. Trataba de no correr, pero no perdía tiempo. Asió el cubo de datos. Las plataformas cuánticas no podían viajar, claro. Eran demasiado permeables, demasiado vulnerables.

—Lo siento —susurró Luc.

—Sí, lo sientes —asintió Helice. Sentirlo era solo el comienzo de sus problemas. Pero aún tenían que salir de allí. Con el mCeb caído y los cerebros aislados los unos de los otros, ahora la estación estaba en manos del pensamiento humano que, como demostraba el caso de Luc Diers, a menudo era imperfecto. Mientras se apresuraban pasillo abajo, interrogó a Luc y obtuvo de él los detalles más relevantes de su errada investigación.

A continuación, guiándole en dirección de los alojamientos de los mandos, hizo una parada rápida para recoger a Guinevere, su guacamayo.

—Lleva esto —le dijo a Luc mientras le entregaba la jaula cubierta. Guinevere graznó ásperamente a modo de protesta cuando se adentraron en la bahía de lanzamiento.

Un piloto, despeinado y pálido, se reunió con ellos en ese punto. Cuatro personas más entraron con los ojos fuera de las órbitas por el pánico. Mientras se acomodaban en sus asientos, Helice se adelantó para hablar con el piloto.

—Antes de nada —dijo—, aísla los sistemas de abordo de todo contacto con la estación. —Ante la confusa expresión del piloto, continuó—: El cerebro ha caído en una obsesión. Se comerá tus sistemas trónicos para desayunar. —Si habían tenido suerte, el mCeb ya estaría aniquilado. Pero hasta entonces no habían tenido demasiada. El piloto asintió con expresión sombría.

—Vámonos, ahora.

—Aún aguardamos a dos pasajeros más, señora Maki.

—Ya no. Sal de aquí si quieres salvar a los pasajeros que tienes ahora. De nuevo en la cabina de pasajeros, Helice aseguró la jaula de Guinevere a uno de los asientos, y después se abrochó el cinturón de seguridad, al tiempo que los motores arrancaron con un zumbido. Luc hizo lo mismo. La expresión en su rostro era de asombro. Helice entrelazó las manos para evitar que temblaran. No creía que la estación tuviera la menor oportunidad de salir de esta.

—Vamos, vamos —instó al piloto.

Despegaron con suavidad y se alejaron de la bahía de lanzamiento impulsados por los propulsores nonios.

Helice miró el cubo que sostenía en la mano. Había decidido en un impulso que el descubrimiento de Luc era real. Porque el mCeb había tomado en serio la idea de los neutrinos que se descorchaban hacia la derecha. Porque había asumido el mando de todos los recursos de la estación para almacenar los resultados que obtenía mientras trataba de solucionar un problema tan profundo y complicado que quizá fuese la cuestión más compleja en la historia de los cerebros cuánticos. Helice había sido consciente de todo esto mientras permanecía de pie en el Campo Abisal e investigaba la obsesión. Sugería no tan solo un cerebro enloquecido, sino un cerebro que trataba de responder a la pregunta más sorprendente: ¿De dónde provenían los neutrinos que giraban a la derecha? ¿Y cómo podía la masa de la fuente ser superior a la masa de todo el universo?

La lanzadera estaba ya en camino; Helice miró por la escotilla y vio las luces apagándose en la cubierta superior de la estación. Y después, otras luces. La estación perdía energía cubierta a cubierta. Morirían congelados antes de que se agotara el aire. Trató de no pensar en los que morirían, pero los asientos vacíos junto a ella reavivaban ese pensamiento. Acarició la jaula de Guinevere distraídamente, en busca de consuelo.

Volvían a casa a toda velocidad. Asió el cubo de datos que tenía en el bolsillo, todo lo que quedaba del mCeb y del viaje de este a través del umbral, hacia un mundo infinito.

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