Un trabajo muy sucio

TrabajoSucioChristopherMoore

Charlie Asher es dueño de un edificio en San Francisco, tiene una tienda de objetos de segunda mano y está casado con una mujer guapa e inteligente que lo quiere por ser tan normal. Sí, a Charlie le van bien las cosas… hasta el día en que nace su hija, Sophie. Justo cuando se dispone a irse a casa, ve junto a la cama de su mujer a un extraño que asegura que nadie debería poder verlo. Pero Charlie lo ve y, de allí en adelante, comienzan a suceder cosas muy raras: la gente cae muerta a su alrededor, cuervos gigantes se posan en su edificio y parece que, allá donde va, oye susurros de una presencia siniestra. Sí, Charlie ha sido reclutado para un trabajo desagradable pero muy necesario: la Muerte. Es un trabajo sucio. Pero alguien tiene que hacerlo.
Christopher Moore, el hombre que convirtió las Navidades en un hilarante baile de zombis y ángeles en El ángel más tonto del mundo, ilumina con su vis cómica ese país ignoto que tarde o temprano todos acabamos por explorar (la muerte y el morir) con resultados desternillantes, conmovedores y muy, muy divertidos.

ANTICIPO:

Pasaron dos semanas antes de que Charlie saliera del apartamento y bajara al cajero automático de la avenida Columbus, donde por primera vez mató a una persona. El arma elegida fue el autobús cuarenta y uno, que salía de la estación de Trans Bay, cruzaba el puente de la bahía y llegaba hasta Presidio por el Golden Gate. Si va a atropellarte un autobús en San Francisco, mejor que sea el cuarenta y uno, porque así por los menos tendrás una bonita panorámica desde el puente.
Charlie, en realidad, no se había propuesto matar a nadie esa mañana. Esperaba sacar unos billetes de veinte para la caja de la tienda, mirar su saldo y comprar quizá un poco de mostaza amarilla en la tienda de ultramarinos (Charlie no era partidario de la mostaza marrón. La mostaza marrón era un condimento equiparable al paracaidismo: estaba bien para pilotos de carreras y asesinos en serie, pero, para él, una fina línea de mostaza amarilla era todo el aderezo que precisaba la vida). Después del entierro, amigos y parientes habían dejado una montaña de fiambres en su nevera, y desde hacía dos semanas no comía otra cosa; finalmente, sin embargo, se había visto abocado al jamón cocido, al pan negro de centeno y a la leche para lactantes Enfamil premezclada, y ninguna de aquellas cosas era tolerable sin mostaza amarilla. Había comprado el bote amarillo de plástico y se sentía más seguro con él metido en el bolsillo de la chaqueta, pero cuando el autobús se llevó por delante a aquel tipo, se olvidó de la mostaza por completo.
Era un cálido día de octubre, la luz se había vuelto suavemente otoñal sobre la ciudad, la niebla veraniega había dejado de trepar implacablemente desde la bahía cada mañana y corría una brisa que bastaba para que los pocos veleros que salpicaban la bahía parecieran posar para un pintor impresionista. Tal vez la víctima de Charlie no se sintiera feliz por aquel percance durante la fracción de segundo en que tuvo conciencia de que iba a ser arrollada, pero lo cierto era que no podría haber elegido un día mejor.
El tipo en cuestión se llamaba William Creek. Tenía treinta y dos años y trabajaba como analista de mercado en el distrito financiero, adonde se dirigía esa mañana cuando decidió pararse en el cajero automático. Vestía un traje de lana fina y zapatillas de deporte (los zapatos del trabajo los llevaba metidos en una bolsa de cuero, bajo el brazo). El mango de un paraguas compacto asomaba por el bolsillo lateral de la bolsa, y fue aquello lo que llamó la atención de Charlie, porque, aunque el mango del paraguas parecía estar hecho de falsa madera de nogal, desprendía una luz rojiza, como si lo hubieran calentado en una forja.
Charlie se quedó en la fila del cajero intentando no reparar en ello y aparentar desinterés, pero no podía evitar mirar fijamente el mango. Relucía, por el amor de Dios, ¿es que nadie se daba cuenta?
William Creek miró hacia atrás al meter la tarjeta en el cajero, vio que Charlie lo observaba e intentó que la chaqueta de su traje se expandiera hasta formar las alas de una manta raya para que Charlie no viera lo que hacía mientras marcaba su número secreto. Cogió su tarjeta y el dinero que había escupido la máquina, dio media vuelta y se alejó rápidamente camino de la esquina.
Charlie no pudo soportarlo más. El mango del paraguas había empezado a palpitar en color rojo, como un corazón que latiera. Cuando Creek llegó al bordillo de la acera, Charlie dijo:
—Disculpe. ¡Disculpe, señor!
Cuando Creek se dio la vuelta, Charlie añadió:
—Su paraguas…
En ese preciso instante, el cuarenta y uno avanzaba por el cruce de Columbus y Vallejo a unos cincuenta y cinco kilómetros por hora y viraba hacia el bordillo para hacer su siguiente parada. Creek miró la bolsa que llevaba bajo el brazo y que Charlie le señalaba, y el tacón de su zapato se enganchó en la leve elevación del bordillo. Creek perdió el equilibrio, cosa que a todos podría pasarnos un día cualquiera mientras andamos por la calle: tropezamos con una grieta de la acera y damos un par de pasos rápidos para recuperar el equilibrio. Pero William Creek solo dio un paso. Hacia atrás. Más allá del bordillo.
No puede uno andarse con paños calientes llegados a este punto, ¿no? El autobús cuarenta y uno lo hizo papilla. Creek voló sus buenos veinticinco metros antes de estrellarse contra la luna de atrás de un Saab, como un gran saco de gabardina lleno de carne; rebotó después, cayó al asfalto y comenzó a rezumar fluidos. Sus pertenencias (la bolsa de cuero, el paraguas, un alfiler de corbata de oro, un reloj Tag Heuer) rodaron por la calle y rebotaron en neumáticos, zapatos, tapas de alcantarillas… Algunas fueron a parar a casi una manzana de allí.
Charlie se quedó en el bordillo, intentando respirar. Oía pitidos, como si alguien estuviera haciendo sonar el silbato de un tren de juguete. Era lo único que oía. Luego, alguien tropezó con él y Charlie se dio cuenta de que aquel pitido era el sonido rítmico de sus propios gemidos. El tipo (el tipo del paraguas) acababa de ser borrado del mapa. La gente corría, se apiñaba alrededor, unos cuantos hablaban a voces por sus teléfonos móviles, el conductor del autobús estuvo a punto de arrollar a Charlie al correr por la acera hacia aquel despojo. Charlie se tambaleó tras él.
—Solo iba a preguntarle…
Nadie miraba a Charlie. Le había hecho falta toda su fuerza de voluntad, además de una bronca de su hermana, para salir del apartamento, ¿y ahora esto?
—Solo iba a decirle que su paraguas estaba ardiendo —dijo Charlie como si se explicara delante de sus acusadores. Pero nadie, en realidad, lo acusaba de nada. Pasaban a su lado a todo correr, algunos hacia al cadáver, otros en dirección contraria; atropellaban a Charlie y miraban atrás, perplejos, como si hubieran chocado con una fuerte corriente de aire o con un fantasma y no con un hombre.
—El paraguas —dijo Charlie mientras buscaba la prueba. Entonces lo vio, casi en la esquina siguiente, tirado en la cuneta de la calle, todavía rojo y palpitante, latiendo como un neón defectuoso—. ¡Allí está! ¡Miren! —Pero la gente se iba reuniendo en un amplio semicírculo alrededor del muerto, las manos en la boca, y nadie prestaba atención al hombre flaco y asustado que farfullaba sinsentidos tras ellos.
Charlie se abrió paso entre el gentío, hacia el paraguas, decidido a confirmar su convicción, demasiado impresionado para tener miedo. Cuando estaba solo a cinco metros de distancia, miró calle arriba para asegurarse de que no venía otro autobús antes de aventurarse más allá del bordillo. Volvió a mirar justo en el instante en que una mano fina y negra como la pez salía del sumidero de la alcantarilla, agarraba el paraguas compacto y lo hacía desaparecer.
Charlie retrocedió y miró a su alrededor para ver si alguien había visto lo mismo que él, pero nadie parecía haber visto nada. Nadie parecía mirarlo siquiera. Un policía pasó corriendo por su lado y Charlie lo agarró de la manga al pasar, pero cuando el hombre se volvió y sus ojos se agrandaron, llenos de confusión y luego de lo que parecía verdadero terror, Charlie lo dejó marchar.
—Perdone —dijo—. Perdone. Ya veo que tiene cosas que hacer… Lo siento.
El policía se estremeció y se abrió paso a empujones entre el gentío de mirones, hacia el cuerpo triturado de William Creek.
Charlie echó a correr, cruzó Columbus y subió por Vallejo hasta que el ruido de su respiración y de los latidos de su corazón, que le atronaba los oídos, ahogó todos los sonidos de la calle. Cuando estaba a una manzana de la tienda, se cernió sobre él una gran sombra, como la de un avión que volara bajo o la de un pájaro enorme, y en ese instante Charlie sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Bajó la cabeza, movió los brazos arriba y abajo, y dobló la esquina de Mason en el momento en que pasaba el funicular lleno de turistas sonrientes que lo miraron sin verlo. Levantó la mirada solo un segundo y creyó ver algo allá arriba, desapareciendo sobre el tejado del edificio Victoriano de seis plantas del otro lado de la calle; luego entró a toda prisa en su tienda.
—Hola, jefe —dijo Lily. Lily tenía dieciséis años, era pálida y un pelín culona: su figura de mujer adulta fluctuaba aún entre la gordura de una niña y la de una embarazada. Ese día llevaba el pelo de color lavanda, peinado en casquete estilo ama de casa años cincuenta, en un tono pastel de papel de celofán de cesta de Pascua.
Charlie se había doblado hacia delante y estaba apoyado contra una caja llena de cachivaches, junto a la puerta. Respiraba en bocanadas hondas y rasposas el olor a moho de la tienda de segunda mano.
—Creo… que… acabo… de matar… a un tío… —jadeó.
—Estupendo—dijo Lily, haciendo caso omiso tanto de su mensaje como de su conducta—. Vamos a necesitar cambio para la caja.
—Con un autobús —dijo Charlie.
—Llamó Ray —contestó ella. Ray Macy era el otro empleado de Charlie, un soltero de treinta y nueve años aquejado de una malsana falta de percepción entre los límites de Internet y la realidad—. Se ha ido a Manila a conocer al amor de su vida. Una tal señorita Tequerrésiempre. Está convencido de que son almas gemelas.
—Había algo en la alcantarilla —dijo Charlie.
Lily examinó una muesca en su laca de uñas negra.
—Así que no he ido a clase para hacer su turno. Llevo haciéndolo desde que tú estás, esto, fuera. Voy a necesitar un justificante.
Charlie se incorporó y se acercó al mostrador.
—Lily, ¿has oído lo que he dicho?
La agarró por los hombros, pero ella se apartó bruscamente.
—¡Ay! Joder. Apártate, Asher, mamarracho sádico, que el tatuaje es nuevo. —Le dio un fuerte puñetazo en el brazo y retrocedió mientras se frotaba el hombro—. Sí, te he oído. Deja de darle a las drogas, s’il vousplait —Últimamente, desde que había descubierto las Fleurs du mal de Baudelaire en un montón de libros usados en la trastienda, Lily salpimentaba su discurso con frases en francés. «El francés», decía, «expresa mejor la profunda noirgrura de mi existencia».
Charlie puso las manos en el mostrador para que no le temblaran y habló lenta y deliberadamente, como si se dirigiera a alguien para quien el inglés fuera una segunda lengua.
—Lily, estoy teniendo un mal mes y te agradezco que tires por la borda tu educación para venir aquí y cabrear a los clientes en mi lugar, pero si no te sientas y muestras un poco de interés, voy a tener que despedirte.
Lily se sentó en el taburete de bar de vinilo y cromo que había detrás de la caja registradora y se apartó de los ojos el largo flequillo color lavanda.
—¿Así que quieres que preste toda mi atención a tu confesión de asesinato? ¿Que tome notas, que saque quizá una grabadora vieja de la estantería y lo grabe todo? ¿Me estás diciendo que soy una desconsiderada por ignorar tu evidente trastorno, por negarme a tener que recordarlo más adelante ante la policía y por no querer cargar personalmente con la responsabilidad de mandarte a la cámara de gas?
Charlie se encogió de hombros.
—Jobar, Lily. —Siempre lo sorprendían la velocidad y la precisión de su rareza. Lily era como una niña prodigio de lo siniestro. Pero, bien mirado, su extrema tenebrosidad hizo que Charlie se diera cuenta de que probable­mente no iba a ir a la cámara de gas.
—No ha sido un asesinato de esos. Había algo que me seguía y…
—¡Silencio! —Lily levantó la mano—. Preferiría no demostrar mi lealtad de empleada grabando en mi memoria fotográfica cada detalle de tu horrendo crimen para tener que repetirlo después en la sala del tribunal. Solo diré que te vi, pero que parecías normal para ser un pardillo.
—Tú no tienes memoria fotográfica.
—Sí que la tengo, y es una cruz. Nunca olvido la futilidad de…
—El mes pasado olvidaste sacar la basura lo menos ocho veces.
—No fue un olvido.
Charlie respiró hondo. En realidad, el discutir con Lily le resultaba tan cotidiano que empezaba a calmarse.
—Vale, entonces, sin mirar, ¿de qué color es la camisa que llevas? —Levantó una ceja como si la hubiera pillado en un renuncio.
Lily sonrió y por un segundo Charlie vio que no era más que una niña mona y algo tontorrona bajo la ferocidad de su maquillaje y su actitud.
—Negra.
—Pura potra.
—Tú sabes que solo tengo cosas negras. —Sonrió—. Me alegro de que no me hayas preguntado por el color del pelo, porque me lo cambié esta mañana.
—Eso no es bueno, ¿sabes? Los tintes tienen toxinas.
Lily levantó la peluca color lavanda para dejar al descubierto sus mechones granates, cortados casi al rape, y luego volvió a dejarla caer.
—Yo soy toda natural. —Se levantó y dio unas palmaditas al taburete de bar—. Siéntate, Asher. Confiésate. Abúrreme.
Se recostó contra el mostrador y ladeó la cabeza para parecer atenta, pero con los ojos pintados de negro y el pelo morado parecía más bien una marioneta con un hilo roto. Charlie rodeó el mostrador y se sentó en el taburete.
—Estaba en la cola, detrás de ese tal William Creek, y vi que su paraguas relucía…
Y Charlie le contó toda la historia (lo del paraguas, lo del autobús, lo de la mano que salía del sumidero de la alcantarilla, lo de la carrera a casa con la sombra gigantesca sobrevolando los tejados) y, cuando acabó, Lily preguntó:
—¿Y cómo sabes su nombre?
—¿Eh? —dijo Charlie. De todas las cosas horribles y fantásticas que podía haber preguntado Lily, ¿por qué aquella?
—¿Cómo sabes cómo se llamaba ese tipo? —repitió ella—. Casi no hablaste con él antes de que la palmara. ¿Viste su nombre en el recibo del cajero o qué?
—No, yo… —Charlie no tenía ni idea de cómo sabía la identidad de aquel tipo, pero de repente veía en su cabeza aquel nombre escrito en grandes letras mayúsculas. Se levantó de un salto del taburete—. Tengo que irme, Lily.
Desapareció por la puerta del almacén y subió las escaleras.
—¡Sigo necesitando el justificante! —gritó ella desde abajo, pero Charlie atravesó corriendo la cocina, pasó delante de una enorme señora rusa que mecía a su hija recién nacida en brazos y entró en su dormitorio, donde cogió la libreta que tenía siempre en la mesilla de noche, junto al teléfono.
Allí, de su puño y letra, estaba escrito en mayúsculas el nombre de William Creek, y bajo él, el número 12. Se dejó caer en la cama con la libreta en la mano, como si esta fuera un frasco de explosivo.
Tras él se oyeron los pasos pesados de la señora Korjev, que lo había seguido hasta el dormitorio.
—Señor Asher, ¿pasa algo? Corría usted como oso en llamas.
Y Charlie, porque era un macho beta y porque la evolución, a lo largo de millones de años, había desarrollado una respuesta beta estándar a los sucesos inexplicables, contestó:
—Alguien me está jodiendo vivo.

Lily se estaba retocando la laca de uñas con un rotulador negro cuando Stephan, el cartero, entró en la tienda.
—¿Qué pasa, Darque? —dijo mientras sacaba de su bolsa un fajo de cartas. Tenía cuarenta años, era bajito, musculoso y negro. Llevaba gafas de sol envolventes, casi siempre apoyadas en la cabeza, sobre su pelo trenzado en prietas ringleras. En Lily inspiraba sentimientos encontrados. Le caía bien porque la llamaba «Darque», diminutivo de Darquewillow Elventhing, el seudónimo bajo el que recibía el correo en la tienda, pero al mismo tiempo desconfiaba profundamente de él porque era un tipo alegre y parecía gustarle la gente.
—Necesito que me eches una firma —dijo Stephan, ofreciéndole un cuaderno electrónico sobre el que ella garabateó «Charles Baudelaire» con mucha fioritura y sin mirar siquiera.
Stephan dejó el correo sobre el mostrador.
—¿Otra vez estás sola ? ¿Dónde se ha metido todo el mundo ?
—Ray está en las Filipinas y Charlie traumatizado. —Lily suspiró—. El peso del mundo recae sobre mí…
—Pobre Charlie —dijo Stephan—. Dicen que es lo peor que te puede pasar, perder a tu mujer.
—Sí, bueno, también es eso. Pero hoy está traumatizado porque ha visto cómo un autobús atropellaba a un tío en Columbus.
—Sí, ya me he enterado. ¿Crees que se recuperará?
—Joder, no, Stephan, lo pilló un autobús. —Lily apartó por primera vez la mirada de sus uñas.
—Me refería a Charlie. —Stephan le guiñó un ojo, a pesar de la aspereza con que ella había contestado.
—Bueno, es Charlie.
—¿Cómo está el bebé?
—Evidentemente, desprende sustancias nocivas. —Lily agitó el rotula­dor bajo su nariz como si así pudiera enmascarar el olor a bebé revenido.
—Todo va bien, entonces —Stephan sonrió—. Eso es todo por hoy. ¿Tienes algo para mí?
—Ayer recibí unas plataformas de vinilo rojo. De hombre, del número 42.
Stephan coleccionaba ropa de chulo de los años setenta. Lily tenía que estar atenta por si llegaba algo a la tienda.
—¿Cómo de altas?
—Diez centímetros.
—Baja altitud —dijo Stephan como si eso lo explicara todo—. Cuídate, Darque.
Lily se despidió de él agitando el rotulador y luego se puso a revisar el correo. Este consistía en su mayor parte en facturas y en un par de folletos, pero había también un sobre grueso y negro que parecía un libro o un catálogo. Iba dirigido a Charlie Asher, «encargado» de Oportunidades Asher y llevaba matasellos de La Orilla Nocturna de Plutón, que eviden­temente estaba en algún estado cuyo nombre empezaba por «U» (Lily consideraba la geografía no solo aburrida hasta el amodorramiento, sino también, en la era de Internet, irrelevante).
¿Acaso no iba dirigido al encargado de Oportunidades Asher?, razonó Lily. ¿Y no era ella, Lily Darquewillow Elventhing, la encargada del mostrador, la única empleada… no… la gerente de facto de la susodicha tienda de artículos de segunda mano? ¿Y no estaba en su derecho… no, en la obligación de abrir aquel sobre y ahorrar a Charlie la molestia de semejante tarea? ¡Adelante, Elventhing! Tu destino está escrito y, si no hubiese destino, existe sin duda la negación plausible, que en jerga política viene a ser lo mismo.
Sacó de debajo del mostrador una daga incrustada con pedrería (las piedras estaban valoradas en más de setenta y tres centavos), rasgó el sobre, sacó el libro y se enamoró.
La portada era satinada, como la de un libro infantil, con una ilustración a todo color de un esqueleto sonriente que llevaba gente diminuta empalada en las puntas de los dedos, y todas aquellas personas parecían estar pasándoselo en grande, como si disfrutaran de una atracción de feria que, casualmente, suponía la abertura de un enorme boquete en el pecho. Tenía un aire festivo: montones de flores y caramelos en colores primarios, al estilo del arte folklórico mexicano. El gran libro de la muerte rezaba el título, escrito en la parte de arriba de la cubierta con alegres letras de imprenta hechas con fémures humanos.
Lily abrió el libro por la primera página, donde había una nota sujeta con un clip.

Esto debería explicarlo todo. Lo siento.
MF

Lily quitó la nota y abrió el libro por el primer capítulo: Así que ahora eres la Muerte. Esto es lo que vas a necesitar.
Y, en efecto, aquello era todo cuanto necesitaba Lily. Aquel era, muy posiblemente, el libro más molón que había visto nunca. Charlie, desde luego, no estaba en disposición de apreciarlo, sobre todo en su estado de neurosis galopante. Lily guardó el libro en su mochila y a continuación rompió la nota y el sobre en pedacitos y los enterró en el fondo de la papelera.

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Interplanetaria

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