Una guerra breve y triunfal

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La República popular de Haven atraviesa tiempos de crisis. Las arcas de la tesorería están vacías, los proles se muestran inquietos y la guerra civil es inminente. La clase dirigente sabe lo que necesita para conservar las riendas del poder: Otra rápida victoria militar que una al pueblo y rellene los cofres. Es una carta que ya ha jugado con éxito en multitud de ocasiones durante el último medio siglo. Todo lo que se interpone en su camino es el Reino de Mantícora y sus andrajosos aliados, enemigos a los que ya ha derrotado en el pasado.

El problema es que esta vez tendrá que enfrentarse a la comandante Honor Harrington y a una Real Armada Manticoriana preparada para ofrecerles una guerra que en absoluto será breve… y mucho menos triunfal.

ANTICIPO:
La NMP Napoleón flotaba a la deriva en la oscuridad, lejos del débil faro que suponía la enana roja principal del sistema. El motor del crucero ligero estaba apagado, sus sensores activos muertos, y su capitán sentado en el puente mientras la nave recorría silenciosa la órbita del planeta congelado más alejado de Hancock. Leía dos signaturas de impulsor en su pantalla, pero la más cercana estaba a unos doce minutos-luz del Napoleón, y no tenía el propósito de atraer su atención.

El comandante Ogilve no había reflexionado mucho acerca de la operación Argus cuando se le informó por primera vez. La idea le había parecido una excelente forma de comenzar una guerra y, al mismo tiempo, conseguir que su nave acabase frita en el proceso, aunque la verdad es que estaba saliendo mucho mejor de lo esperado. Era una operación que requería mucho tiempo, y el hecho de que ninguna de las naves involucradas hubiera sido atrapada no significaba que no pudiese ocurrir más tarde, aunque lo cierto es que faltaba ya muy poco. Tan solo era necesario que el almirante Rollins recibiera los datos que necesitaba y que el Napoleón saliera de Hancock de una pieza.

—Acercándonos al primer repetidor, señor. —Su oficial de comunicaciones sonaba tan infeliz como Ogilve se sentía, y el comandante sufrió lo indecible para aparentar calma mientras echaba un vistazo al monitor y asentía en respuesta. No dejaría que las tropas supieran que su capitán estaba tan asustado como ellos/pensó con amargura.

—Prepárese para iniciar el volcado de datos —dijo.

—Sí, señor.

En el puente seguía reinando el silencio mientras el oficial de comunicaciones activaba sus láseres de comunicación. Cualquier clase de emisión resultaba extremadamente peligrosa dadas las circunstancias, pero la posición del repetidor había sido escogida con mucho cuidado. La gente que había planeado la operación Argus sabía que los perímetros de todos los sistemas estelares manticorianos estaban protegidos por plataformas de sensores cuyo alcance y sensibilidad superaban con mucho a los de la República Popular, pero ninguna red de vigilancia lo podía abarcar todo. Sus patrones de despliegue lo habían tenido en cuenta, y (por lo menos, hasta ahora) habían dado justo en el clavo.

Ogilve bufó ante lo acertado de su expresión, ya que Argus había costado miles de millones. Las casi invisibles plataformas de sensores habían sido colocadas a unos dos meses-luz, así que tuvieron que recorrer todo ese espacio interestelar con su energía al mínimo. Se deslizaron a través de los sensores manticorianos como pedazos de basura espacial, y las pequeñas cantidades de energía necesarias para detenerse y alinearse en sus posiciones finales y cuidadosamente elegidas habían sido tan pequeñas que era imposible detectarlas pasados unos pocos miles de kilómetros.

En realidad, conseguir superar las plataformas había sido la parte fácil. Los legos tendían a olvidar lo enorme (y vacío) que era cualquier sistema estelar. Hasta la mayor nave espacial no suponía más que una mota en proporción; siempre y cuando no irradiara ninguna signatura de energía que la pudiera traicionar, atrayendo la atención no deseada, sería casi invisible, y sus sensores eran los más pequeños que tenía Haven; además, contaban con el mejor equipo para evitar ser detectados. O en este caso (se corrigió Ogilve), el mejor que el dinero podía comprar clandestinamente a la Liga Solariana. El mayor riesgo que corrían tenía su origen en los láseres de haz estrecho y baja intensidad empleados para conectarse a los repetidores de las estaciones céntrales; aunque aun así, el peligro seguía siendo mínimo.

Las plataformas se comunicaban solo a través de transmisiones con ráfagas ultra-rápidas. Incluso si alguien se encontraba en su camino, era necesario un impresionante golpe de mala suerte para que llegase a darse cuenta de que había oído algo, y la programación de las plataformas evitaba que emitieran en caso de que sus sensores detectaran algo en disposición de interceptar sus mensajes.

No, las oportunidades de que los manticorianos descubrieran a los diminutos espías robóticos eran mínimas. Era el cartero que recogía sus datos quien sudaba la gota gorda. Porque por muy pequeña que fuese, cualquier nave era mayor que cualquier sensor, y para recoger y reenviar toda esa información la nave necesitaba irradiar, a pesar de todas las protecciones posibles.

—Haz ajustado y a la espera, señor. Llegada al punto de transmisión en… diecinueve segundos.

—Inicie la transmisión cuando alcancemos la posición indicada.

—Sí, señor. A la espera. —Los segundos se fueron desgranando muy despacio y entonces el oficial de comunicaciones se lamió los labios—. Iniciando la transmisión, señor.

Ogilve se tensó y sus ojos volvieron a la pantalla con prisa exagerada. Contemplaba a los destructores manticorianos con intensidad dolorosa, aunque continuaban su rumbo en su feliz ignorancia, y en ese momento…

—¡Volcado completo, señor!—Las arrugas en la frente del oficial de comunicaciones no desaparecieron hasta que apagó el láser, y Ogilve logró sonreír a pesar de su propio nerviosismo.

—Bien hecho, Jamie —se frotó las manos y sonrió a su oficial táctico—. Bien, señora Austell, ¿podemos ver qué hemos recibido?

—Una idea excelente, señor —la oficial táctico devolvió la sonrisa, y luego comenzó a trabajar con el volcado. El silencio reinó durante varios minutos, puesto que la última recolecta Argus de datos había tenido lugar hacía un mes y medio. Por tanto, había mucha información que analizar; en ese instante se enderezó y lo miró a los ojos.

—Tengo algo interesante aquí, señor.

La excitación reprimida en su voz hizo que Ogilve se levantara de forma inconsciente de la silla. Cruzó el puente con un par de pasos rápidos y se inclinó sobre su hombro mientras ella continuaba teclean do. Su monitor parpadeó durante un momento, luego se aclaró la imagen y una hora y fecha brillaron en una de las esquinas. Ogilve tragó saliva con brusquedad al ver los datos desplegados ante él. Un recuento de enormes naves pesadas… ¡No, más que eso! ¡Dios mío, eran más de treinta! ¡Jesús, era toda la línea de batalla de los manticorianos! Se quedó embobado ante la pantalla, sin respirar, incapaz de creer lo que estaba viendo. La escala de tiempo estaba muy comprimida y la increíble masa de las signaturas de impulsor se deslizaba por el sistema estelar a velocidad suicida. Tenía que ser algún tipo de maniobra. Era lo único posible. Ogilve se lo repitió una y otra vez, como si fuera un encantamiento mental contra la desilusión que tenía que llegar de un momento a otro.

Pero no llegó. Los acorazados y superacorazados siguieron moviéndose, alejándose de Hancock hasta alcanzar el límite hiperestelar.

Y entonces se desvanecieron. Cada una de esas malditas naves se desvaneció, y Ogilve se enderezó con cautela medida, casi dolorosa.

—¿Han regresado, Midge? —medio susurró, y la oficial táctico sacudió la cabeza, con los ojos abiertos como platos—. ¿Las plataformas de este sector los hubieran registrado si hubieran vuelto? —insistió el comandante.

—No de forma automática, señor. Los manticorianos podrían haber regresado por una trayectoria que estuviese fuera de su alcance. Pero, a menos que supieran de la existencia de los sensores y hubieran hecho esto para engañarnos, habrían regresado de esas maniobras con rumbos situados en las proximidades de esa dirección… Y se marcharon hace ya una semana, señor.

Ogilve asintió y pellizcó el puente de su nariz. Era increíble. La idea de que los manticorianos realizaran alguna clase de ejercicio que los alejara de Hancock en momentos de tanta tensión era ridícula, se mirara por donde se mirara. Pero por imposible que pareciera, habían hecho algo más estúpido aún. Se habían largado. ¡La estación Hancock había quedado desierta!

Inhaló profundamente y miró a su astronavegador.

—¿ Cuánto tiempo tardaremos en salir de aquí?

—¿Sin que nuestro rastro hiperespacial sea detectado?

—¡Por supuesto!

—Hum… —Los dedos del astronavegador volaron mientras encontraba la respuesta a la pregunta—. En este vector, nueve-cuatro-punto-ocho horas hasta alejarnos por completo de los sensores manticorianos, señor.

—Maldición —susurró Ogilve. Restregó las palmas de las manos contra sus pantalones, en un esfuerzo por mitigar su impaciencia. Era demasiado importante como para arriesgarse a fastidiarlo todo. Tendría que esperar. Tendría que estar sentado otros cuatro días antes de llegar a casa con aquellas increíbles noticias. Pero una vez llegara a Seaford…

—De acuerdo —dijo secamente—. Quiero una desactivación completa. Nada saldrá de esta nave. Jamie, aborta el resto de los volcados de datos. Midge, quiero que te ocupes de los sensores activos; a partir de ahora vives en el puente. Si algo parece que se acerca a nosotros, quiero saberlo. Estos datos valen el coste de la operación desde el primer día, ¡y vamos a llevarlos a casa aunque tengamos que saltar al hiperespacio bajo las mismas narices de los manticorianos!

—Pero, ¿y la seguridad operativa, señor?—protestó su segundo.

—No voy a llamar la atención —dijo Ogilve con brusquedad— Estos datos son demasiado importantes para arriesgarnos a perderlos, así que al más mínimo indicio de que nos vayan a detectar, saldremos de aquí como sea, y al infierno con el resto de la operación Argus. ¡Esto es justo lo que esperaba el almirante Rollins, y por Dios que nosotros vamos a informarle de ello!

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