Urnas de Jade: Leyendas

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El caos se cierne sobre Drashur tras casi treinta años de paz. Los demianos, aislados de occidente desde la desaparición de su líder, Demosian, el Tocado de Zariez, han vuelto a las armas. Una extraña enfermedad se cobra víctimas en aldeas separadas centenares de millas. Hechizos invocados hace siglos se rompen liberando antiguas bestias.

¿Qué relación tienen todos estos sucesos con Delinard y con los misteriosos hombres que se hospedan en la posada de sus tíos? ¿Cuánto de lo que sabe la gente es verdad? ¿Cuánto es falso? ¿Qué se avecina? ¿Qué son las Urnas de Jade? ¿Qué contienen?

Taith, el Anciano, el más poderoso entre los hechiceros de Drashur, quiere a toda costa evitar el amargo destino que amenaza al continente, pero sólo tiene una respuesta: después de dos siglos de vida, sabe que va a morir.

ANTICIPO:
¿DÓNDE CREES QUE VAS?

Nunca supe lo que vi en aquel muchacho. Había determinación en sus ojos. Tal vez vi en ellos un reflejo de mí mismo, de cómo era… o de cómo debería haber sido.

Del Diario de Sandureyt

Los comienzos, como los finales, no existen como tales. No puede decirse cuando empieza determinada historia ni cuando terminó la anterior. Podríamos decir que ésta lo hizo aquí del mismo modo que lo hizo cuando Taith tomó la inesperada decisión de oponerse a su destino o cuando el loco Demosian exhaló su último aliento… y no sería cierto. No hay finales ni principios.

Digamos entonces que esta historia no comenzó un día de invierno en el mercado de Fyelan. Aquél no era un día frío, sino uno de esos días radiantes en los que parece que el cielo se haya olvidado durante unas horas de las nubes y reluce con un azul puro y sin mácula. El cielo estaba vacío de nubes, sí, pero no pasaba lo mismo allí abajo, entre los edificios de piedra y madera de la antigua ciudad del norte. Una marea humana se deslizaba, atestando hasta la última pulgada de adoquinado, en un último intento de hacerse con las provisiones que servirían para llenar sus despensas hasta finalizar la época de las nieves. Aquella era la última feria del año y nadie quería perdérsela.

La mayor parte del mercado estaba situada en la Plaza del Mercado Nuevo, entre el puerto y la zona acomodada de la ciudad. La plaza estaba rodeada por un conjunto de recios y cuadrados edificios de piedra que albergaban las tiendas de los mercaderes más adinerados. Bajo sus soportales, algunos músicos ambulantes, vestidos con ropas de vivos colores, hacían sonar flautas y timbales en un intento desesperado de alzarse sobre el sonido de los paseantes. Con ellos también competían los gritos de las verduleras, ofreciendo sus mercancías por precios cada vez más bajos.

—¿¡Quién le va a dar unas cebollas tan grandes como éstas por menos, siñora!? —voceaba una de ellas, una mujer gorda, de nariz y rostro enrojecido, mientras agitaba las hortalizas en el aire. Al cabo de unos instantes, un hombre, muy probablemente su marido, la sustituyó y continuó con la misma cantinela que ella había abandonado para atender a un cliente—. ¡Más baratas no las hay! ¡Media pieza de cobre la docena!

En el centro de la plaza, donde la mayor parte de los habitantes de Fyelan hacían sus compras, se encontraban esparcidos los destartalados puestos de los mercaderes ambulantes. A pesar de las estrictas leyes de la ciudad, allí el orden no existía y la gente se veía obligada a apretujarse para pasar. Entre toda la muchedumbre, un chico de unos once años, con el pelo rojizo y alborotado, trataba de seguir a una mujer cuarentona, tambaleándose por los continuos empujones de la gente que se agolpaba en la plaza. A su alrededor, las voces de los fielanenses y extranjeros se unían en una incomprensible mezcla de idiomas y las ropas de cien colores distintos se arremolinaban en una cambiante amalgama.

—¡Delinard, no te separes de mí! —decía la mujer, sin apenas volverse, mientras continuaba avanzando—. Podrías perderte.

Antes de que pudiera alcanzarla, un jovenzuelo vestido con harapos y cubierto de mugre, se abalanzó sobre el florido atuendo de ella. Con un movimiento que pasó inadvertido para todos, sacó una pequeña daga de su manga y cortó las cintas de cuero de su bolsa.

—Perdone, señora —murmuró, a modo de disculpa mientras se escabullía, sin que nadie, ni tan siquiera la víctima, hubiera llegado a darse cuenta del robo.

Habría huido con su botín de no ser porque tropezó con el chico. Los dos cayeron y la bolsa golpeó el suelo con un sonido metálico. Casi de inmediato, el ladrón la recogió, lo apartó de un empujón, se incorporó y volvió a confundirse con la multitud.

Delin, así era llamado habitualmente el muchacho pelirrojo, era bastante despierto y comprendió lo que estaba sucediendo al instante. A duras penas, y medio a gatas, se escurrió entre el bosque de piernas, apartándose de su tía. Casi no podía ver al ladrón, un par de pasos por delante de él, empujando a la gente para poder pasar.

—El dinero es importante para tía. La posada no va bien, lo dijo el tío Hen —pensó, bastante molesto por la forma en que lo había apartado el pilluelo, como si no existiera… de la misma manera que lo había tratado todo el mundo durante su corta vida.

Miró a su alrededor y, entre el gentío, pudo distinguir un grupo de sacerdotes de Ifklar, el Protector, de ropajes grises y altos escudos de torre, y a una patrulla de guardianes. Todos estaban demasiado lejos para poder prestarle auxilio y, sin duda, no oirían sus gritos hasta que fuera demasiado tarde. Aquél era un buen momento para demostrar que él también tenía algo que decir.

Tomó impulso y saltó contra el ladronzuelo para tirarle al suelo. Cuando parecía que iba a alcanzarle, su hombro chocó contra uno de los transeúntes, haciendo que perdiera el equilibrio y se desplomase. Notó un tremendo dolor, pero, de alguna manera, se las apañó para rodar sobre su otro hombro y suavizar el golpe. Todavía sin resuello, se puso en pie y, tambaleándose, continuó con la persecución. El ladrón había vuelto a ganarle ventaja y, en aquellos momentos, desaparecía tras la esquina de una estrecha calleja entre dos puestos de verduras, sin haberse enterado de sus intentos por atraparle.

Dudó durante unos segundos, pues ya no se sentía tan animado a perseguir a un rival que le aventajaba en todo.

—Hice lo que pude —se dijo, volviéndose hacia donde creía que se encontraba su tía. El vestido de flores de ésta no se veía por ninguna parte. Al otro lado, el callejón por donde el ladronzuelo había desaparecido se abría tentadoramente ante él.

Algo que no había sentido jamás —siempre había sido un muchacho tranquilo que no solía meterse en más líos que los habituales de su edad— pareció encenderse dentro de él. La llamada de la aventura lo tomó de improviso, apartando por completo sus temores, como si nunca hubieran existido. Por un momento, imaginó cómo sería volver a la posada con la bolsa. A partir de entonces sería un héroe para sus tíos y primos y le harían mucho más caso.

—Además, ¿qué me puede pasar? —se preguntó, para luego responderse a sí mismo—. No creo que suceda nada y, si las cosas se ponen feas, solamente tendré que correr a casa… siempre podré contárselo a Bern, seguro que se muere de envidia.

Se arrastró entre las piernas de otro hombre y alcanzó aquel callejón que se abría como una puerta hacia lo desconocido, hacia un mundo ancho e inexplorado. En el suelo se acumulaban restos de frutas y verduras de los puestos cercanos y había grandes charcos llenos de barro. Mientras sopesaba la bolsa, el ladrón avanzaba más despacio, ajeno a su presencia.

—Si logro acercarme a él por la espalda podré quitársela —pensó Delin, con el corazón palpitando de un modo que parecía querer salírsele del pecho. Se agachó y cogió un grueso palo del suelo, probablemente los restos de la pata de una mesa—. Si trata de hacer algo para evitarlo tendrá que vérselas con esto.

Frenó sus pasos mientras iba ganándole terreno poco a poco, al tiempo que los gritos y la música se desvanecían tras él.

La callejuela se dirigía serpenteando hacia el puerto. Era oscura y muy estrecha, tanto que en algunos lugares se podían tocar las dos paredes al mismo tiempo. Un tufo rancio impregnaba el aire, alejando aún más a Delin de los para él conocidos olores del mercado. Grandes montones de basura y escombros, apoyados contra las paredes de las bajas casas, entorpecían el paso. El confiado ladronzuelo se deslizó entre dos edificios, por un pasadizo de menos de un paso de ancho bajo el que corría un regato de aguas malolientes. Caminaba con cuidado, apoyando sus pies en la estrecha superficie lateral que no estaba inundada.

Delin sabía que si hacía algún ruido dentro del pasaje no tendría la más mínima oportunidad de esconderse, por lo que le imitó, apoyando los pies con cuidado de no resbalar con el tornasolado limo.

El olor era insoportable y el hombro volvía a dolerle. Le dolía mucho más que antes. Sentía que se estaba desmayando.

—¡No, ahora no! Tengo que seguir un poco más… —murmuró, mordiéndose el labio inferior—. ¡Sólo unos pasos más!

A pesar de sus intentos de permanecer consciente, la vista comenzó a nublársele y sintió que se desvanecía. La estaca resbaló entre sus dedos, faltos de fuerzas, y cayó a las fétidas aguas produciendo un sonoro chapoteo.

Con un último esfuerzo levantó la vista. Lo único que vio fue al ladronzuelo, con una daga en la mano, aproximándose a él.

Cuando despertó se encontraba en un lugar oscuro y sus ropas ya se habían secado por completo. Notó que le habían vendado el brazo izquierdo y se lo habían colocado en cabestrillo con una tela tosca y cochambrosa. El dolor había disminuido. Aguardó varios minutos hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra.

Estaba en una habitación bastante amplia, con paredes de piedra y una única puerta de madera, por debajo de la cual entraba la luz de una antorcha. En el suelo había un buen número de personas dormitando, envueltas en sucias mantas. El olor del hacinamiento de sus cuerpos se confundía con otro que el muchacho no supo identificar.

Decidió levantarse para alcanzar la puerta y salir de allí. Apoyándose contra la húmeda pared fue incorporándose. Anduvo con mucho cuidado para no despertar a los que yacían dormidos. Sus pasos apenas sí levantaron leves ecos.

—¡Quieto chaval! —ordenó una desagradable voz a sus espaldas, casi un susurro—No te muevas ni un pelo.

Delin se sobresaltó y pensó en salir huyendo, pero la voz sonaba demasiado próxima y se sintió paralizado por el miedo. Se volvió lentamente.

En la oscuridad, apenas podía distinguir la figura vaga de un hombre acuclillado, apoyado de espaldas contra una de las paredes de la cochambrosa habitación.

—Sabes que no saldrás de aquí… con vida —susurró de nuevo, con un tono que hizo que los pelos se le pusieran de punta.

—¿Quién eres? —preguntó Delin, asustado. Los dientes le castañeteaban; sólo podía pensar en volverse y salir corriendo por la puerta.

—La verdad es que ni me debería molestar en decírtelo —apenas se encogió de hombros mientras añadía—… pero como dudo que Sandureyt te deje vivir mucho, te diré mi nombre: soy Thaebor.

—¡Basta ya de presentaciones! —rugió una voz extremadamente grave desde la puerta, que se abrió de repente.

Delin se volvió otra vez para ver al individuo que se encontraba a sus espaldas. Una figura enorme se recortaba contra la luz parpadeante de las antorchas. Mediría unos siete pies, pero a Delin le pareció mucho más grande, casi un gigante. Vestía unos pantalones de cuero y una camisa amplia, debajo de la cual resaltaba una musculatura muy bien formada. De su cinto sobresalía la guarda de una espada.

—¡Chico, ven conmigo! —rugió de nuevo con voz imponente—. Deja a mis hombres descansar. ¡Y tú, Thaebor, no hables en mi nombre o ya sabes lo que te pasará! —el tono de su voz era casi tan impresionante como su aspecto, tanto que muchos generales habrían envidiado su capacidad para hacerse obedecer.

Avanzó a grandes zancadas a través de un pasillo de piedra, con Delin siguiéndole a duras penas y sin atreverse a intentar escapar. Del abovedado techo caían hilos de agua y apestaba a humedad. Al cabo de unos minutos, y tras cruzar varias bifurcaciones mal iluminadas, llegaron a una zona más habitable.

—Si quisiera verte muerto ya lo estarías —dijo el hombre con su profunda voz—. Estás en mi morada. Todo lo que has visto hasta ahora me pertenece —dijo, sacando una llave herrumbrosa y encaminándose a una gran puerta de roble en el extremo del pasillo. Tras abrirla, dejó a la vista unas gruesas cortinas. Con un súbito tirón las aparto también.

Lo que Delin vio dentro le animó un poco más. La habitación era muy diferente al resto de aquel lugar. Estaba bien iluminada y seca. Vistosos tapices recubrían las paredes y había grandes almohadones por todas partes. A la luz de los grandes pebeteros de metal pudo ver mejor a quien le había apartado de aquel inquietante Thaebor. Era un hombre musculoso, pero parecía muy ágil; rondaría los treinta y pico años. Tenía el pelo de un color castaño rojizo, muy corto, y un fino bigote que ocultaba en parte la enorme cicatriz que recorría el lado derecho de su rostro, desde el mentón al ala de la nariz.

—¡Chico, lo que me han contado sobre ti me ha dejado impresionado! No sé que te impulsó a seguir a uno de los aprendices en el estado en que te encontrabas, pero tuviste suerte cuando decidió traerte hasta aquí —dijo el hombre con una voz que, aunque mucho más amable, seguía siendo sobrecogedora—. ¿Por qué no hablas? ¿Acaso eres mudo, chico?

—No se-se-señor.

—No estés asustado, chico. Si dices la verdad no te sucederá nada. ¿Cuál es tu nombre si puede saberse? Y siéntate, me estás poniendo nervioso.

—De-Delinard, Delinard Santhor, aunque todo el mundo me llama Delin —respondió, tratando de calmarse, mientras tomaba asiento sobre los cojines como le habían mandado.

—Encantado de conocerte, Delinard. Yo soy Sandureyt, líder por derecho del gremio de ladrones de Fyelan o, como nosotros preferimos llamarlo, de los Hombres Libres. ¿Acaso no has oído hablar de mí?

—Lo-lo siento señor, pero no salgo mucho de casa y apenas conozco a nadie —explicó.

—¡Vaya, creí que todo el mundo en la ciudad me conocía! ¡Lástima! —después le preguntó con una fingida seriedad en el rostro—. ¿No eres muy joven para andar persiguiendo a mis hombres? ¿Qué edad tienes?

—Tengo once años, casi once y medio —dijo, orgulloso—. ¿Puedo marcharme ya? —solicitó, incómodo.

—¿¡Tanta prisa tienes!? ¿¡Acaso no encuentras agradable mi compañía!? —rugió de nuevo, amenazador. Delin se estremeció otra vez. Sandureyt no pudo contener la risa y su rostro volvió a tornarse amable—. Eres demasiado impresionable, pero tal vez dentro de un par de años puedas unirte a mi banda. Ahora, cuéntame quién eres.

—No hay mucho que decir —murmuró, tomando algo de confianza. Aún con sus bruscos modales, aquel hombre parecía agradable. Además había dicho algo de su banda que… Delin no quería hacerse ilusiones, pero aquello empezaba a entusiasmarle—. Vivo con mis tíos y mis primos en su posada, la que llaman del Sol Poniente, y trabajo allí limpiando y haciendo encargos.

—¿Y tus padres? —preguntó Sandureyt.

—Murieron en una plaga cuando era pequeño. No los recuerdo apenas —murmuró—. Mis tíos, Hen y Marisia, me han cuidado desde siempre.

Los ojos del ladrón se iluminaron con una luz intensa cuando se acercó a él.

—No hables en voz baja —dijo—. No trates de quitar importancia a cosas que lo son tanto como el destino de los tuyos.

—No lo haré, señor —respondió, tragando saliva.

—No lo tomes como una orden. Sólo es un consejo. Allí de donde vengo se considera un gran honor todo lo que tenga relación con los ancestros —susurró.

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1 Opinión

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  • melmek
    on

    Estimados amigos:

    Os informamos de que esta semana se pone a la venta la novela de Fantasía Épica “Urnas de Jade: Leyendas”, dentro del número 17 de la colección Albemuth Internacional.

    “El caos se cierne sobre Drashur tras casi treinta años de paz. Los demianos, aislados de occidente desde la desaparición de su líder, Demosian, el Tocado de Zariez, han vuelto a las armas. Una extraña enfermedad se cobra víctimas en aldeas separadas centenares de millas. Hechizos invocados hace siglos se rompen liberando antiguas bestias.

    ¿Qué relación tienen todos estos sucesos con Delinard y con los misteriosos hombres que se hospedan en la posada de sus tíos? ¿Cuánto de lo que sabe la gente es verdad? ¿Cuánto es falso? ¿Qué se avecina? ¿Qué son las Urnas de Jade? ¿Qué contienen?

    Taith, el Anciano, el más poderoso entre los hechiceros de Drashur, quiere a toda costa evitar el amargo destino que amenaza al continente, pero sólo tiene una respuesta: después de dos siglos de vida, sabe que va a morir”.

    “Urnas de Jade: Leyendas”, sería fácil de describir sencillamente como una novela de Fantasía Épica, de las de llamadas de espada y brujería. Y sería fácil porque es cierto: hay fantasía, hay épica, hay brujos, y hay espadas, muchas. pero si nos quedamos en lo obvio, dejaremos de lado que además, hay otras cosas que muchas veces faltan en las novelas de este género: hay personajes, hay realmente vida detrás de cada personaje. Cada palabra y gesto parece depurado, estudiado al detalle. Y lo está, no es para menos.

    Siete años le llevó a David Prieto completar esta ambiciosa trilogía de aventuras en estado puro, de la que «Leyendas» es la primera parte, y también su primera novela publicada. Siete años en los que tuvo tiempo de depurar y trabajar en cada detalle de este universo -Drashur- con la eficacia y precisión de un cirujano.

    Así pues nos sumergimos en esta novela repleta de magia, que seduce a quién se sumerge en sus páginas. Porque, durante la lectura de esta novela, la vida nos concederá una tregua, incluso una amnistía provisional. No nos preocupará la televisión, ni el impuesto sobre la renta, ni la polución, ni las crisis energéticas. No, no nos preocupará el cambio climático, ni la desaparición de los casquetes polares.

    Nos adentraremos en un mundo que nunca existió, pero que ciertamente debería haber existido, en palabras de Lin Carter. Un universo fascinante, romántico, aventurero, donde todos los hombres son atractivos y heroicos, y todas las mujeres increíblemente hermosas. Un mundo de extraños monstruos, de siniestros magos y donde los dioses existen realmente.

    La novela se puede comprar en librerías y grandes superficies. Para más información se puede escribir a grupo_ajec@msn.com, y en la página web http://www.grupoajec.com

    También se puede leer un anticipo en la página:

    http://www.bemonline.com/bol/index.php?option=com_content&task=view&id=15&Itemid=34

    Ficha Técnica:

    Título: Urnas de Jade: Leyendas

    Autor: David Prieto Ruiz

    Ilustración y diseño de Cubierta: CalderonStudio.com

    Prólogo: Francisco Javier Illán Vivas

    Precio: 17,95 euros

    Páginas: 400

    ISBN: 978-84-96013-37-7

    David Prieto Ruiz nació en Salamanca en 1977, ciudad en la que aún reside, aunque pasó buena parte de su infancia y adolescencia en Zamora. Además de escritor, es Licenciado en Medicina y especialista en Análisis Clínicos.

    En su vertiente literaria, ha publicado relatos en varias antologías: Hijos del Pantano (Visiones 2006), Extractos (Tierra de Leyendas V), Oscuridad Manifiesta (Te lo cuento) y Dejarlo para Luego (Pequeños Grandes Cuentos). Fue finalista en el IV Concurso Melocotón Mecánico con Highwayman y obtuvo una Mención Honrosa en el II Concurso Coyllur con El Señor de la Guerra.

    Urnas de Jade: Leyendas es su primera novela de fantasía y parte de un ambicioso proyecto que lleva gestándose a lo largo de más de siete años. Además del proyecto de Urnas de Jade, tiene escritas varias novelas más de fantasía y ciencia ficción.

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