Utopías. Crónicas de un futuro incierto

UtopiasAlbertoDeFrutos

Utopías es un retrato lúcido de un futuro posible y cercano.
En una sociedad de esclavos, un solo hombre, el Jefe Supremo, ostenta el poder absoluto y decide sobre la vida y la muerte de sus súbditos con total indiferencia.
La manipulación de las mentes, el control de la memoria y el dominio ejercido sobre las almas marcan la política de un Estado corrupto y arbitrario, que solo conoce un recurso para acabar con la oposición: la más cruel de las tiranías.
Los once relatos que forman este libro constituyen una prospectiva de las consecuencias de la superpoblación o de la escalada militar que viven las potencias actuales. Porque, al fin y al cabo, el futuro es siempre hijo del presente y el mañana heredará los aciertos y errores del hoy.
En nuestra mano está el impedir que estas ficciones salten algún día al plano de la realidad…
¿O acaso lo han hecho ya?
Alberto de Frutos Dávalos (Madrid, 1979) es periodista. Trabaja como redactor jefe de la revista Historia de Iberia Vieja, y colabora en diversas publicaciones mensuales del grupo América Ibérica (Turismo Rural, Enigmas y TOP Franquicias). Además, ejerce como crítico literario en distintos portales y publicaciones periódicas. Ha recibido más de cuarenta premios de narrativa y poesía, entre ellos el ‘Fernando Quiñones’ de cuento y el premio de relatos de viajes de ‘El País Aguilar’. Entre sus obras publicadas, destacan ‘Selva de noviembre’, ‘Réquiem’ y ‘El beso de la señora Darling’.

ANTICIPO:

EL ORIGEN DEL PODER

Todos le debían obediencia, y todos lo temían. Pero hubo un tiempo en que el Jefe Supremo no fue más que un ciudadano. Si había sido objeto de deificación por parte del pueblo, se debía al valor demostrado en el Tiempo Oscuro, cuando la necesidad más atroz obligó a las gentes a vender partes de su cuerpo a los miembros de la Elite que se podían permitir el lujo de comprarlas.
Las adquirían por capricho, o porque preferían el brazo de uno y las piernas musculosas de otro a las suyas propias. Los seres resultantes eran más hermosos y más fuertes. Parecían máquinas. Entre los pobres, había quienes subastaban su cabeza y, si un examen revelaba que eran superdotados, esta alcanzaba un precio astronómico, que muy pocas fortunas en la ciudad podían costear.
Antes de acceder al mando de la Jerarquía y convertirse en un mecenas de las ciencias y las letras por medio de Castalia, el Jefe fue un muchacho sencillo, inteligente y despierto, hijo de un matrimonio sin recursos que se alimentaba de sobras y se agachaba por una colilla. Pero la vida lo había distinguido con una indestructible fuerza de voluntad, que, a la postre, lo libró del destino que su herencia le tenía reservado. El padre puso en venta sus manos, y la madre subastó sus propios ojos. A cambio, recibieron las extremidades de un accidentado y unos órganos visuales con presbicia, amén de unos siclos que no tardaron en derrochar en alcohol y juegos de lotería. Suplicaron a su hijo que se sometiera a una radiografía de la corteza para engatusar a los marchantes con el valor de su cerebro, pero él se negó y siguió caminando por el mundo tal como había llegado a él: imperfecto pero completo. Como un hombre.
Era una excepción.
Quienes manejaban los hilos del poder acumulaban cada día más méritos, físicos e intelectuales, mientras los humildes escondían sus monstruosidades en los guetos. Siempre les quedaba algo por vender, alguna parte sana o deleitable de sus cuerpos. Los ojeadores de los Cuarteles se paseaban entre ellos, armados con sus cámaras fotográficas y acorazados con su brutal insolencia. Al regresar, exhibían en la Sala de Elecciones las muestras que habían tomado y hacían soñar a los miembros de la Elite con futuros injertos. A continuación, estos fijaban un precio de salida para tentar a sus víctimas, que eran a la vez sus cómplices.
Por lo general, sin embargo, los ojeadores eran superfluos. Los mismos ciudadanos remitían las imágenes a los Cuarteles; los archiveros las distribuían en sus casillas correspondientes, y empezaba la selección natural, una fase que culminaba meses después en la sala de operaciones de un hospital. El colapso en estos centros era casi permanente.
Durante el Tiempo Oscuro, los cirujanos constituyeron una elite paralela. Su corrupción era tal, que cualquiera podía reconocerlos a varias leguas de distancia, ya que encarnaban todos los ideales humanos y tecnológicos. La Elite, que podía ponerse a lo largo de su vida al menos cien veces en manos de los señores del bisturí, procuraba llevarse bien con ellos, y los maletines llenos de dinero y los privilegios sociales servían para conjurar cualquier error en la camilla, ya fuera alevoso o fortuito.
Generaciones enteras fueron despedazas, y las almas se quebraron en mil fragmentos, que se pegaron en otras almas diferentes. Los hombres más afables y bondadosos se convirtieron en asesinos, y los atletas acabaron sus días en sillas de ruedas. Por los guetos deambulaban mujeres que, sin fondos para costearse un intercambio de miembros, se habían quedado con un solo pecho, niños con ojos de diferente color y hombres con la nariz al revés o el ombligo en la espalda.
El Jefe Supremo, en cambio, se negó a perder una sola pieza de su “maquinaria”, pese a las ofertas de la Elite, que hubiera echado el resto para pujar por él y arrastrar por el fango su dignidad. Vivió en el gueto, entre engendros y quimeras, y supo lo que era el odio por ser diferente. Una noche, su madre trató de cortarle el brazo con una sierra mecánica mientras su padre lo sujetaba en la cama, y las palizas eran constantes. Sin embargo, no hubo afrenta ni amenaza que lo doblegara, y nunca se desvió de su camino.
Quienes lo desairaron al principio, lo consideraron más tarde un dios.
Su único don era la normalidad. Jugaba bien al fútbol, y se pasaba las noches leyendo los grandes volúmenes de Política que había en su biblioteca, con la esperanza de que esos conocimientos le aprovecharan algún día para gobernar a las masas. Pero, ¿podía un ciudadano corriente llegar a la cúspide del poder? Naturalmente que no. Y, sin embargo, desde el mismo momento en que eligió ser él mismo, el Jefe Supremo había dejado de ser un ciudadano corriente. No había nada más excepcional que el orgullo.
Decidió que había llegado el momento de actuar. Esperó una batida de ojeadores y se subió a una plataforma, desde donde electrizó a las masas con un discurso histórico que hoy todos los ciudadanos están obligados a recitar tres veces al día. “Soy fiel a mí mismo -empezaba- porque camino hacia delante, porque he aprendido a decir que no y a desear que sí con toda mi voluntad, porque amo y sufro, y también porque puedo ser feliz odiando. Soy perfecto porque soy imperfecto”. Con un ejército de desarrapados, el único ser completo se dirigió al Cuartel General de la Elite y tomó el mando sin despeinarse. Podía hacerlo, y no necesitó emplear la fuerza. Le bastaba con su fluidez de palabra y su gesto alegre para cautivar a quienes no eran semejantes a él, e iba recorriendo las galerías y encantando incluso a las serpientes.
No creía en su discurso -era político, y la convicción y los ideales no constituían el menor problema para él-, pero comprendía que su voz sonaba bien y que sus maneras eran muy convincentes. Tampoco se regodeaba especulando con que muy pronto le daría la vuelta a la tortilla para someter a su voluntad a sus súbditos. Sencillamente, no había una idea de futuro: se limitaba a cumplir la misión para la que se había preparado durante tantos años y por la que había renunciado a la semejanza con los hombres. Lo hacía sin ningún cargo de conciencia.
Cuando le convino, negoció con los personajes más influyentes de la Elite, y otras veces castró sus espíritus y los devastó para siempre. Para él, aquellos personajes no eran más que retales en un cuerpo confundido y extraño, que podía gozar de los dones de la inteligencia y la belleza, sí, pero no amarse a sí mismo.
Hay quien alcanza el poder por la ciega admiración de sus coetáneos, y no hay biografía ni enciclopedia, por sesudas que sean, capaces de explicar ese fenómeno. El Jefe Supremo se coronó con ese título por razones distintas y claras. Lo querían porque era único, porque tenía fe en sí mismo y no se avergonzaba de nada.
Tras amarrar el poder, mandó ejecutar a sus padres y a todos aquellos que lo habían conocido de cerca. De los compañeros con quienes jugaba al fútbol, no quedó nadie, y la primera chica que lo había besado murió en la cama de un hospital mientras esperaba unos nuevos labios.
Le había costado mucho llegar tan alto, para que una necia y vana sombra del pasado pudiera tumbarlo.

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