Vampiras. Antología de relatos sobre mujeres vampiro

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Bajo la mirada cómplice de la Luna, «las damas de la noche» abandonan sus fríos sepulcros, sus estériles aposentos de la nada y su cuerpo incorrupto, mortalmente bello y subyugante, se yergue en la Vida y se instala de nuevo en la Naturaleza… «La mujer Vampiro» subsiste gracias a la fuerza de los que todavía no han muerto, una fuerza que absorbe a través de su sangre, pues la sangre es vida. Debe chupar el aliento de aquellos que viven o no podrá respirar. Debe beber su sangre o morirá de hambre… Vaga en la noche, alimentándose incesantemente de los vivos, reclutando nuevos miembros con que engrosar las horrendas filas de su estirpe maldita.
En esta antología se recogen los mejores relatos sobre mujeres vampiro que se han escrito a lo largo del tiempo. Desde Carmilla de Sheridan Le Fanu hasta Roja como la sangre de Tanith Lee, pasando por Stephen King, Francis Marion Crawford y la época dorada de Weird Tales.

ANTICIPO:

RICHARD MATHESON

El vestido de seda blanca

(Dress ofWhite Silk)

Aquí no hay ruidos y dentro de mí tampoco.
La abuela me ha encerrado en mi habitación y no me deja salir. Ella dice que es porque ha pasado. Supongo que he sido mala. Sólo era el vestido. El vestido de mamá, quiero decir. Se ha ido para siem­pre. Abuela dice tu mamá está en el cielo. No lo entiendo. ¿Puede ir al cielo si está muerta?
Ahora oigo a la abuela. Está en la habitación de mamá. Está po­niendo el vestido de mamá dentro de la caja. ¿Por qué hace siempre eso? Además la cierra con llave. Me gustaría que no lo hiciera. Es un vestido muy bonito y huele muy bien. Y es cálido. Me encanta to­carlo con mi mejilla. Pero ahora ya nunca podré volver a hacerlo. Supongo que por eso la abuela está enfadada conmigo.
Pero no lo sé seguro. El día fue igual a todos los días. Mary Jane vino a mi casa. Mary Jane vive al otro lado de la calle. Viene cada día a mi casa y jugamos. Hoy vino a mi casa.
Tengo siete muñecas y un camión de bomberos. Hoy la abuela ha dicho jugad con vuestras muñecas. Y eso hicimos. Ha dicho no entres en la habitación de tu mamá. Siempre dice lo mismo. Yo creo que lo único que quiere decir es que no debo enredar en sus cosas. Porque lo dice todo el tiempo. No entres en la habitación de tu mamá. Así mismo.
Pero la habitación de mamá es muy bonita. Cuando llueve voy allí. O cuando la abuela está echando la siesta. No hago ningún rui­do. Lo único que hago es sentarme en la cama y tocar la colcha blan – ca. Como cuando aún no había crecido. La habitación tiene un olor dulce.
Juego a que mamá se está vistiendo y me deja entrar en su habita ción. Huelo su vestido de seda blanca. Es su vestido para salir de no­che. Eso dijo una vez, no recuerdo cuándo.
Si escucho con atención puedo oír cómo se mueve. Juego a verla sentada delante de su tocador. Como si se estuviera poniendo perfu­me o algo parecido, quiero decir. Y veo sus ojos oscuros. Puedo re­cordar.
Si llueve y veo ojos en la ventana resulta muy bonito. La lluvia suena igual que si un gran gigante estuviera andando alrededor de la casa. El gigante dice callad callad porque quiere que todo el mundo se quede en silencio. Me gusta jugar a eso en la habitación de mamá.
Y lo que más me gusta, bueno, lo que casi me gusta más de todo es sentarme delante del tocador de mamá. Es rosa y muy grande y también huele bien. La silla que hay delante tiene cosido un almo­hadón. Hay botellas y más botellas con curvas y bultos raros y den­tro tienen perfumes de muchos colores. Y casi te puedes ver de cuer­po entero en el espejo.
Cuando me siento allí juego a que soy mamá. Digo no hagas rui­do mamá voy a salir y no puedes impedírmelo. No sé por qué lo digo, y es como si lo oyera dentro de mí. Y también digo oh madre deja de llorar no me cogerán porque tengo mi vestido mágico.
Cuando juego a eso me cepillo el pelo pero sólo utilizo mi cepi­llo, el de mi habitación. Nunca he usado el cepillo de mamá. No creo que la abuela se haya enfadado conmigo por eso, porque yo nunca uso el cepillo de mi mamá. Jamás haría eso.
A veces he abierto la caja. Porque sé dónde pone la llave. Una vez vi a mi abuela cuando ella no sabía que yo la estaba mirando. Pone la llave en el gancho que hay dentro del armario de mamá. Detrás de la puerta, quiero decir.
He podido abrir la caja montones de veces. Lo hago porque me gusta mirar el vestido de mamá. Lo que más me gusta es mirarlo. Es tan bonito y tan suave al tacto, como sedoso. Sería capaz de pasarme un millón de años tocándolo.
Me arrodillo en la alfombra que tiene rosas. Sostengo el vestido en mis brazos y es como si lo respirara. Lo pongo contra mi mejilla. Ojalá pudiera llevármelo a la cama y dormir con él abrazado. Me gusta hacer eso. Pero ahora no puedo. Por lo que dice la abuela. La abuela dice debería quemarlo pero la quería tanto, y luego llora por el vestido.
Nunca hice travesuras con él. Lo vuelvo a guardar y lo dejo igual que si nunca lo hubiera tocado. La abuela nunca se ha enterado. Me he reído mucho porque ella nunca se ha enterado. Pero supongo que ahora lo sabe. Y me castigará. ¿Por qué se ha enfadado tanto? ¿Acaso no era el vestido de mamá?
Lo que realmente me gusta más en la habitación de mamá es mi – rar la foto de mamá. Tiene una cosa de oro alrededor. Marco, eso dice la abuela. Está en la pared, encima de la cómoda.
Mamá es bonita. Tu mamá era bonita dice la abuela. ¿Por qué dice eso? Veo a mamá sonriéndome allí en la foto y es muy bonita. Para siempre.
Su cabello es negro. Como el mío. Sus ojos son bonitos, y tam­bién son negros. Su boca es roja tan roja. Me gusta el vestido, el ves­tido blanco. Le deja los hombros descubiertos. Su piel es blanca, casi tan blanca como el vestido. Y sus manos también son muy blancas. Es tan bonita. La quiero aunque se haya ido para siempre, la quiero tanto.
Supongo que por eso me he portado mal. Con Mary Jane, quiero decir.
Mary Jane vino después de almorzar como hace siempre. La abuela se fue a echar la siesta. Acuérdate de que no has de entrar en la habitación de tu mamá dijo. Sí abuela dije yo, y estaba diciéndole la verdad porque no pensaba entrar allí, pero después Mary Jane y yo estábamos jugando con el camión de bomberos y Mary Jane dijo apuesto a que no tienes madre, apuesto a que te lo has inventado todo, eso es lo que dijo.
Yo me enfadé mucho con ella. Tengo una mamá le dije. Me hizo enfadar porque dijo que me lo había inventado todo. Dijo que men­tía. Me refiero a la cama, y al tocador, y la foto, y hasta al vestido.
Bueno pues yo te voy a enseñar lista dije.
Miré en la habitación de la abuela. Seguía durmiendo. Bajé y le dije a Mary Jane que viniera, porque la abuela no se iba a enterar de nada.
Después de eso ya no se hizo la lista como antes. Se rió con esa risa suya, como hace siempre. Incluso hizo un ruidito de susto cuan­do se dio con la mesa en el vestíbulo de arriba. Le dije que era tan asustadiza como una gata. Bueno mi casa no es tan oscura como ésta dijo ella. Como si aquí estuviera demasiado oscuro.
Entramos en la habitación de mamá. Todo estaba tan oscuro que no se podía ver. Por eso descorrí las cortinas. Sólo un poco para que Mary Jane pudiera ver. Ésta es la habitación de mi mamá supongo que no me la he inventado, dije.
Mary Jane estaba junto a la puerta y entonces tampoco se hizo la lista ni nada. No dijo ni palabra. Estaba mirando la habitación. Cuando la cogí del brazo dio un salto. Bueno sigamos le dije.
Me senté en la cama. Ésta es la cama de mi mamá mira que blan­da es, dije. Mary Jane no dijo nada. Miedica, dije yo. Y ella dijo no lo soy con una voz como si lo fuera.
Siéntate, dije, cómo puedes saber que es blanda si no te sientas en ella. Se sentó junto a mí. Toca, mira, qué blanda es, le dije. Huele a que huele muy bien.
Cerré los ojos pero era raro, no era como siempre. Porque Mary Jane estaba allí. Le dije que no tocara más la colcha. Dijiste que lo hiciera, me dijo ella. Bueno pues no la toques más, dije yo.
Mira, ése es el tocado, dije, y la hice levantar de la cama. La cogí por el brazo y la llevé hasta allí. Suéltame, dijo ella. Todo estaba muy silencioso y era como siempre. Empecé a sentirme mal. Porque Mary Jane estaba allí. Porque estaba en la habitación de mi mamá y a mi mamá no le habría gustado que Mary Jane estuviese allí.
Pero tenía que enseñarle las cosas. Le enseñé el espejo. Las dos nos miramos en él. Mary Jane estaba muy blanca. Mary Jane es una miedica, dije. No lo soy, no lo soy, dijo ella y de todas formas nadie vive en una casa tan oscura y silenciosa por dentro. Y además huele, dijo.
Me enfadé mucho con ella. No, no huele, le dije. Sí que huele, dijo ella, tú dijiste que olía. Eso también hizo que me enfadara, y cada vez estaba más enfadada. Huele igual que el azúcar, dijo. En la habitación de tu mamá huele igual que si hubiera gente enferma.
No digas que la habitación de mi mamá es como la de la gente enferma, le dije.
Bueno, no me has enseñado ningún vestido y estás mintiendo, dijo ella. No hay ningún vestido, dijo. Me sentí muy rara y acalora­da por dentro, así que le tiré del pelo. Ya te enseñaré, dije, y nunca vuelvas a decir que soy una mentirosa.
Me voy a casa y se lo contaré todo a mi mamá, dijo. No lo harás, dije yo, vas a ver el vestido de mi mamá y será mejor que no me lla­mes mentirosa.
La obligué a que se estuviera muy quieta y cogí la llave del gan­cho. Me arrodillé. Abrí la caja con la llave.
Puaj, eso huele a basura, dijo Mary Jane.
Le clavé las uñas y ella se apartó y se enfadó mucho. No me pe­llizques, dijo, y estaba toda colorada. Se lo contaré todo a mi madre, dijo, y de todas formas eso no es un vestido blanco, es feo y está muy sucio.
No está sucio, le dije. Lo dije tan alto que me extraña que no me oyera la abuela. Saqué el vestido de la caja. Lo sostuve para enseñarle lo blanco que era. El vestido se desplegó con un susurro como el que hace la lluvia y rozó la alfombra.
Está blanco, dije, todo blanco limpio y sedoso.
No, dijo ella, muy enfadada y estaba toda colorada, y tiene un agujero. Me enfadé todavía más. Si mi mamá estuviera aquí ya te en – señaría lo que es bueno, le dije. Tú no tienes mamá, dijo ella, y tenía toda la cara fea. La odio.
Sí tengo mamá. Lo dije muy muy alto. Señalé con el dedo la foto de mi mamá. Bueno, quién puede ver nada en esta ridícula habita­ción oscura, dijo ella. La empujé con fuerza y Mary Jane se dio con la cómoda. Mira, dije entonces y quería decir que mirase la foto. Ésa es mi mamá y es la señora más hermosa del mundo entero.
Es fea y tiene las manos raras, dijo Mary Jane. No dije yo. ¡Es la señora más hermosa del mundo entero!
No, no, dijo ella, tiene dientes de conejo.
Después ya no me acuerdo. Creo que fue como si el vestido se moviera en mis brazos. Mary Jane gritó. No recuerdo qué gritó. Todo se puso muy oscuro y creo que las cortinas estaban corridas. Al menos yo no podía ver nada. No podía oír nada, sólo dientes de co­nejo, manos raras dientes de conejo manos raras, incluso cuando no había nadie diciendo eso.
Había algo más porque creo que oí que alguien decía ¡no la dejes hablar así! No podía sostener el vestido. Y lo tenía puesto pero no re­cuerdo cómo. Porque era como una persona mayor, fuerte. Pero creo que también seguía siendo una niña pequeña. Por fuera, quiero decir.
Y creo que entonces fui terriblemente mala.
Supongo que la abuela me sacó de la habitación. No lo sé. Estaba gritando. Dios nos ayude, ha ocurrido, ha ocurrido, gritaba. Una y otra vez. No sé por qué. Tiró de mí todo el rato hasta llegar aquí, a mi habitación, y me encerró. Ahora no quiere dejarme salir. Bueno, no estoy asustada. ¿Qué me importa si me encierra un millón de mi­llones de años? Ni tan siquiera hace falta que me dé la cena. No ten­go hambre.
Estoy llena.

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