Veneno de cristal

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¿Qué amenaza se cierne sobre las aguas de la laguna de Venecia? La aparición de un hombre muerto frente a uno de los hornos de fundición de una fábrica de cristal de Murano implicará al comisario Brunetti en una asombrosa trama en la que se mezclan la corrupción política y los delitos ecológicos. La víctima ha dejado pistas en un ejemplar de un libro de Dante, y Brunetti deberá adentrarse en el Infierno para descubrir quién es el autor del crimen y qué intereses ocultos se mueven en la isla de Murano.

Navegando por Venecia, caminando por callejones estrechos y en bares sombríos, Donna Leon nos descubre esa Venecia casi legendaria donde cualquier misterio es posible. Veneno de cristal es una obra fascinante, la mejor Donna Leon en su intriga más inteligente.

ANTICIPO:
Cuando salían de la questura, Brunetti vio acercarse una de las lanchas.

Venía al timón Foa, el piloto nuevo que, tras parar en el embarcadero, saludó a Brunetti y a Vianello con una sonrisa y un ademán.

—¿Adónde van? —preguntó, y añadió—: señor —para dejar claro a quién estaba dirigida la pregunta.

—A piazzale Roma —dijo Brunetti.

Había llamado a aquella comisaría para pedir que tuvieran un coche preparado. Como por la ventana no había visto ninguna lancha disponible, había supuesto que tendrían que tomar el vaporetto.

Foa miró el reloj.

—Estoy libre hasta las once, comisario. Tengo tiempo de llevarlos y volver. —Y a Vianello—: Vamos, Lorenzo, hoy hace un tiempo estupendo.

No necesitaban más para animarse a saltar a cubierta. Foa los llevó por el Gran Canal arriba. En Rialto, Brunetti miró a Vianello y dijo:

—Primer día de primavera y los dos volvemos a hacer novillos.

Vianello se rió, por la satisfacción de gozar de un día perfecto, por cómo relucía el agua frente a ellos y por el placer de hacer novillos el primer día de primavera.

Cuando la embarcación se detuvo en una de las paradas de taxis de piazzale Roma, los dos hombres dieron las gracias al piloto y subieron al muelle. Más allá del edificio de la ACTV, la empresa de transportes públicos de Venecia, les esperaba un coche de la policía con el motor en marcha que, en cuanto ellos subieron, se incorporó a la corriente de tráfico que circulaba por el puente en dirección al continente.

Una vez en la central de Mestre, Brunetti averiguó que el caso de los manifestantes detenidos había sido asignado a Giuseppe Zedda, un comisario con el que había trabajado años atrás. Zedda, un siciliano que apenas le llegaba al hombro, le había impresionado en aquel entonces por su absoluta integridad. No se habían hecho amigos, pero se respetaban como colegas. Brunetti sabía que Zedda se encargaría de que las cosas se llevaran correctamente y que ninguno de los detenidos sería inducido a hacer declaraciones de las que después pudiera retractarse.

—¿Podríamos hablar con uno de ellos? —preguntó Brunetti, después de que él y Vianello rehusaran el ofrecimiento de Zedda de tomar un café en su despacho.

—¿Con cuál? —preguntó Zedda, y Brunetti descubrió que del detenido no sabía sino que se llamaba Marco y que era amigo de Vianello.

—Ribetti —apuntó el inspector.

—Vengan conmigo —dijo Zedda—. Los llevaré a una sala de interrogatorios y se lo traeré.

La sala era como todas las salas de interrogatorios que había visto Brunetti: podían haber fregado el suelo aquella misma mañana —podían haberlo fregado diez minutos antes—, pero bajo las suelas de los zapatos crujía la tierra y al lado de la papelera había dos vasitos de plástico con restos de café. Olía a tabaco, a ropa sucia y a derrota. Al entrar, Brunetti sintió el deseo de confesar algo, cualquier cosa, con tal de poder salir de allí cuanto antes.

Al cabo de unos diez minutos, Zedda volvió seguido de un hombre más alto que él y que debía de pesar cinco kilos menos. Con frecuencia, a Brunetti le parecía que a los detenidos, los que pasaban la noche en el calabozo, les estaba grande la ropa, como si el cuerpo se les hubiera encogido, y esta impresión tuvo ahora. El hombre arrastraba los bajos del pantalón, y la pechera de la camisa, que le asomaba de la abotonada chaqueta, le hacía arrugas. Al parecer, no había podido afeitarse y el pelo, oscuro y espeso, se le levantaba de un lado. Unas orejas de soplillo eran el complemento de la desaliñada figura. El detenido miró a Brunetti inexpresivamente, pero, al ver a Vianello, sonrió con alivio y alegría. La sonrisa suavizó sus facciones, y Brunetti pensó que debía de ser más joven de lo que le había parecido a primera vista: no tendría más de treinta y cinco años.

—¿Te ha llamado Assunta? —preguntó el hombre y abrazó a Vianello y le dio palmadas en la espalda.

El inspector pareció sorprendido de tanta efusión, pero devolvió el abrazo y dijo a Ribetti:

—Sí. Cuando ya me iba a trabajar y me ha preguntado si podía hacer algo. —Dio un paso atrás y miró a Brunetti—. Mi superior, el comisario Brunetti, que se ha ofrecido a acompañarme.

Ribetti tendió la mano y estrechó la de Brunetti.

—Muchas gracias por venir, comisario. —Miró a Vianello, a Brunetti y otra vez a Vianello—. Yo no quería… —No terminó la frase—. Bueno, no quería causarte tantas molestias, Lorenzo. —Y a Brunetti—: Ni a usted, comisario.

Vianello fue hacia la mesa mientras decía:

—Ninguna molestia, Marco. Es lo que hacemos habitualmente, hablar con la gente. —Apartó dos de las sillas de un lado de la mesa y la de la cabecera, que ofreció a Ribetti.

Cuando se sentaron, Vianello miró a Brunetti, como poniendo el asunto en sus manos.

—Díganos qué pasó —dijo Brunetti.

—¿Todo? —preguntó Ribetti.

—Todo —respondió Brunetti.

—Llevábamos allí tres días —empezó Ribetti, mirando a los dos hombres, para ver si estaban enterados de la protesta. Cuando ellos afirmaron moviendo la cabeza, él prosiguió—: Ayer éramos unos diez. Con pancartas. Hemos tratado de convencer a los trabajadores de que eso que están haciendo es malo para todos.

Brunetti no era muy optimista en cuanto a la buena disposición de los trabajadores a renunciar a su puesto de trabajo por más que se les dijera que lo que hacían era malo para infinidad de desconocidos, pero asintió de nuevo.

Ribetti juntó las manos sobre la mesa y se miró los dedos.

—¿A qué hora llegaron ustedes a la fábrica? —preguntó Brunetti.

—Era por la tarde, sobre las tres y media —respondió el hombre mirando a Brunetti—. La mayoría de los que estamos en el comité trabajamos y no podemos salir hasta después del almuerzo. Los trabajadores vuelven a entrar a las cuatro, y queremos que nos vean y, si es posible, que nos escuchen y hablen con nosotros. —En la cara de Ribetti se pintó una gran perplejidad, que a Brunetti le recordó a su hijo, cuando dijo—: Si conseguimos que se den cuenta de lo que está haciendo la fábrica, no sólo a ellos sino a todo el mundo, quizá entonces…

Una vez más, Brunetti se reservó la opinión. Fue Vianello quien rompió el silencio al preguntar:

—¿Sirve de algo hablarles?

Ribetti respondió, con una sonrisa:

—Quién sabe. Si vienen solos, a veces, te escuchan. Si son más de uno, pasan de prisa, y a veces te dicen cosas.

—¿Qué cosas?

Ribetti miró a los dos policías y luego se miró las manos.

—Pues que eso no les interesa, que ellos han de trabajar, que tienen una familia —respondió Ribetti, y añadió—: O nos insultan.

—¿Pero sin violencia física? —preguntó Vianello.

Ribetti lo miró y movió la cabeza negativamente.

—No, ninguna. Tenemos la consigna de no reaccionar, no discutir ni provocar. —Seguía mirando a Vianello como tratando de convencerle de la veracidad de sus palabras con la sinceridad de su expresión—. Estamos allí para ayudarles —dijo, y Brunetti comprendió que él lo creía así.

—¿Y esta vez?

Ribetti meneó la cabeza.

—No sé qué pasó. Se nos acercaron varias personas, no sé de dónde venían, si estaban con nosotros ni si eran trabajadores, y se pusieron a gritar, y los trabajadores también. Entonces me dieron un empujón y se me cayó la pancarta, me agaché a recogerla y cuando me levanté era como si todo el mundo se hubiera vuelto loco de repente. Todo eran empujones y forcejeos, oí las sirenas de la policía y me encontré otra vez en el suelo. Dos hombres me levantaron, me subieron a un furgón y nos trajeron aquí. Ya era casi medianoche cuando una mujer de uniforme vino a la celda y me dijo que podía hacer una llamada. —Hablaba de prisa, tan confuso como los hechos que relataba. Miraba a Brunetti y a Vianello alternativamente y, dirigiéndose a este último, dijo—: Llamé a Assunta, le dije dónde estaba y lo que había pasado. Entonces me acordé de ti y le pedí que intentara ponerse en contacto contigo y que te dijera lo que había pasado. —Cambiando de tono, preguntó—: ¿No te llamaría entonces, verdad? —olvidando que Vianello ya se lo había dicho.

—No. Me ha llamado esta mañana —sonrió Vianello.

Brunetti observó el alivio de Ribetti al oírlo.

—Pero no tenían que haberse molestado en venir hasta aquí —dijo Ribetti—. De verdad, Lorenzo, no sé por qué se me ocurrió decirle que te llamara. El pánico, seguramente. Pensé que podrías llamar por teléfono a alguien de aquí, por ejemplo, y que todo se solucionaría. —Levantó una mano en dirección a Vianello y dijo—: De verdad, no pensaba que vinieras —y a Brunetti—: Ni usted, comisario. —Volvió a mirarse las manos—. No sabía qué hacer.

—¿Lo habían arrestado antes, signor Ribetti? —preguntó Brunetti.

Ribetti lo miró sin poder disimular el asombro: no hubiera reaccionado de otro modo si Brunetti le hubiera dado una bofetada.

—Por supuesto que no.

—¿Sabes si alguno de los otros ha sido arrestado alguna vez? —preguntó Vianello.

—No, nunca —dijo Ribetti, alzando la voz con el énfasis de la reiteración—. Ya te he dicho que el lema es no alborotar.

—¿Y una protesta como ésa no es una forma de alborotar? —preguntó Brunetti.

Ribetti reflexionó, como si repasara la pregunta mentalmente, en busca de indicios de sarcasmo. Al no encontrarlos, dijo:

—Lo es, desde luego. Pero sin violencia. Sólo pretendemos hacer comprender a los trabajadores lo peligroso que es lo que hacen. No sólo para nosotros sino también, e incluso más, para ellos.

Brunetti advirtió que Vianello suscribía esta afirmación, y preguntó:

—¿Cuál es el peligro, signor Ribetti?

Ribetti miró al comisario como si le hubiera preguntado cuántos suman dos más dos, pero borró la expresión y dijo:

—Sobre todo, los disolventes y las sustancias químicas que manipulan. Por lo menos, en la fábrica de pinturas. Se salpican, se los echan por encima y están todo el día respirándolos. Para no hablar de la cantidad de residuos de los que tienen que deshacerse. Cualquiera sabe dónde los echan.

Brunetti, que hacía tiempo que tenía que oír esos argumentos de boca de Vianello, rehuyó la mirada del inspector al preguntar:

—¿Y cree usted, signor Ribetti, que sus protestas harán cambiar las cosas?

Ribetti alzó las manos.

—Eso Dios lo sabe. Pero, por lo menos, es algo, es una pequeña protesta. Y quizá otras personas vean que es posible protestar. Si no —agregó con voz lúgubre y cargada de convicción—, ellos nos matarán a todos.

Por haber mantenido muchas veces una conversación parecida con Vianello, el comisario no necesitó preguntar a Ribetti quiénes eran «ellos». Brunetti era consciente de la medida en que él mismo se había convencido, durante los últimos años, de la validez de estas ideas, y no únicamente merced a la militancia ecológica de Vianello, sino porque cada vez hacían más mella en él los artículos sobre el calentamiento del planeta y la ecomafia y sus vertidos incontrolados de residuos tóxicos por todo el hemisferio sur; incluso había llegado a creer que existía una relación entre el asesinato de un reportero de televisión de la RAI, ocurrido en Somalia hacía varios años, y el vertido de residuos tóxicos en aquel pobre y martirizado país. Pero lo sorprendía que hubiera personas que aún creyeran que protestando contra estas cosas, en su modesta escala, podrían conseguir algo. Y también reconoció que no le gustaba nada que eso lo sorprendiera.

—Vamos a lo práctico —dijo Brunetti con cierta brusquedad—. Si nunca ha tenido problemas con la policía, quizá podamos hacer algo. —Miró a Vianello—. Quédese aquí, yo voy a hablar con Zedda y a ver el informe. Si no hay heridos ni se han presentado cargos, no veo razón por la que el signor Rosetti deba permanecer bajo custodia.

Ribetti le dirigió una mirada en la que se mezclaban el alivio y la aprensión.

—Muchas gracias, comisario. —Y, rápidamente, añadió—: Aunque no pueda usted hacer nada, aunque no dé resultado lo que haga, muchas gracias.

Brunetti se levantó, fue a la puerta y se alegró de que no estuviera cerrada con llave. En el pasillo, preguntó por Zedda, al que encontró en su despacho, que medía una cuarta parte del suyo y tenía una ventana que daba a un aparcamiento.

Sin dar a Brunetti tiempo de hablar, Zedda dijo:

—Lléveselo a casa, Brunetti. No tiene sentido retenerlo. No hay heridos, no hay denuncia y, desde luego, no queremos problemas con ellos. Son un incordio, pero son inofensivos. Así que diga a su amigo que puede irse a casa.

Un Brunetti más joven quizá hubiera creído necesario puntualizar que Ribetti era amigo de Vianello, no suyo, pero, después de tantos años de trabajar con el inspector, Brunetti ya no era capaz de hacer tal distinción, por lo que dio las gracias a Zedda y preguntó si había que firmar algún formulario. Zedda denegó con un ademán, dijo que se alegraba de haberle vuelto a ver y dio la vuelta a la mesa para estrecharle la mano.

Brunetti volvió a la sala de interrogatorios, dijo a Ribetti que podía irse a casa y que, si quería, ellos lo acompañarían. Brunetti abrió la marcha en busca del coche que los esperaba.

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1 Opinión

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  • pepe
    on

    este último libro de la serie de Bruneti no está nada mal, pues sinceramente no esperaba mucho dados los últimos de la serie. da una buena vuelta al problema de los vertidos qu´micos, y su relación con la política, pero tiene un par de historias personales más que buenas. el final un tanto melancólico, por no decir casi masoquista, pero esta autora siempre ha sido de esta índole: da igual reconocer la verda, pues el poder fáctico siempre gana … Quizä sea verdad, pero para eso ya leo los periódicos todos los días …

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