Vértigo Ménière

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El hallazgo de una cabeza humana en un parterre revoluciona la aparente tranquilidad de una ciudad provinciana. A partir de ese momento, la pequeña capital, en el convulso contexto de la Transición, es escenario de crímenes tan absurdos como sofisticados. Bajo la lluvia fecal provocada por una plaga de estorninos, tres hombres, por motivos muy distintos, buscan la clave de los asesinatos.

Un juez tonto, un periodista alcoholizado y un párroco subversivo se sumergen así en una trama dominada por el prejuicio, la hipocresía y la incertidumbre ante el nuevo Estado. Pero tras su engañosa simpleza, la ciudad misma está dictando las reglas de un juego descabellado y mortal.

ANTICIPO:
La plaga era primero una desazón oscura del horizonte; vibraba el horizonte entre dos luces como un bordón destemplado. Luego, según cruzaba las huebras, se dilataba y encogía animada por un latido siniestro, y hasta el batir de las alas por millares parecía un lejano rumor de sangre.

Formaban en nubes negras y orquestadas; se esparcían con su fácil estrategia de abundancia, como si los pájaros se supieran un ejército sin freno. Venían del sur desplegados en media luna, y antes de caer sobre los árboles se exhibían en pelotones espirales. Se dijo que no eran acrobacias suicidas: que los puntuales marcaban el acceso a los distraídos. Y venían más, en efecto, y de pronto se desplomaban en los pinares. A fuerza de repetir su maniobra cada tarde, cuando caía el sol, las oleadas eran más familiares que perversas, y nadie prestaba gran atención a la llegada de los estorninos.

Habían irrumpido sin motivos aparentes: una tarde estaban, sin más, cercando la ciudad con eficaces argucias de falange. Se habló entonces de inopinadas migraciones, de estrafalarias emulsiones magnéticas, de fisuras en el espontáneo equilibrio de la fauna e, incluso, de azotes bíblicos. Cada poco un vidente -o un petimetre- voceaba un ingenio para espantar los pájaros. Hubo por ejemplo un cazador autómata, de lindos colores y trazas de coloso, que petardeaba entre los pinos; había altavoces ocultos en la maleza que reproducían un espantoso gañido de alarma. Todo era, en fin, concienzudamente inútil, pero provocaba una diversión inofensiva: en los pájaros sobre todo, que se cagaban sin misericordia en el tío automático y en las bocinas. La ciudad, sometida al sitio de los estorninos, estaba cubierta por una capa de mierda cáustica que le proporcionaba un uniforme aspecto de letrina.

No todos se habían rendido. Gaspar Pérez, perito plantista, ponía trampas de liga. Algunas tardes, las pocas, se posaba una picaraza en la resina y el hombre le torcía el cuello; luego levantaba el pájaro flácido y daba a su modo gritos de guerra. Mayormente, con esa ceremonia de gargarismos, el abuelo se quedaba tranquilo. Se echaba después el pajarito al bolsillo.

-Si cada cual se pone, o sea, si usted me entiende, si cada uno se cepilla a un bicho, así, mire, como este, en tres días se acaba la pasa. ¿Qué puede haber? ¿Cien mil? Usted tres, yo tres, el alcalde tres, y en tres días a tomar por el culo. ¿Medio millón? Pues diez usted, diez yo, y fiesta.

-Pero eso no es un estornino: es una urraca -decía el otro: el otro es un paseante desocupado.

-Si usted se pone tonto, yo me voy. ¡Es la catatombe, se lo digo yo!

Y el perito se iba siempre, con su fúnebre acopio de grajas o de gorriones. Se perdía en los jardines, donde su mundo era suyo en exclusiva: sencillo y terco, con reglamento de pájaros y de plantas.

Consta en el Juzgado de Instrucción que, en la tarde de autos, Gaspar Pérez (que a la pregunta de dónde reside responde que en el Parque Municipal, en caseta habilitada por la Excelentísima Corporación Municipal; que a la pregunta de cuál es su ocupación responde Ingeniero Perito Plantista) limpiaba, hoja por hoja, el magnolio grandifloro (a lo que responde ser un árbol perenne que crece en el Lago del Centro, así llamado, el árbol, no el lago, en memoria de don Pierre Magnol, que dice ser -sic- eximio director del jardín Botánico de Montpellier, país de Francia). El perito tenía una minuciosa manía de limpieza; iba y venía, y se detenía de pronto y al azar para sacar brillo a los plátanos o los brotes de liquidámbar. Tenía cepillo para cortezas; para hojas y frutos tenía servicio de gamuzas, y un émbolo de flish para las flores. y esa tarde, por la pura casualidad, se entretuvo en el magnolio. Las cagarrutas de los estorninos habían dejado en el árbol una pátina de pestilencia gris; Gaspar Pérez echaba aliento a las hojas y pasaba un trapo.

Y en eso estaba cuando vio la cabeza en el parterre. Diría después que el hombre se asomaba recién plantado, como un cogollo de ojos lánguidos; hasta era verde la cabeza. y si no era estrictamente cómica, no parecía del todo siniestra: tenía su gracia ese brote de señor serio, casi al ras de la hierba. Gaspar Pérez pensó primero que la cabeza tenía guasa: que era fruto, pongamos, de una despedida de soltero, y que el soltero, el infeliz, era el hombre de la cabeza. Se arrodilló el plantista y miró mejor, y descubrió las hormigas; corrían estúpidas de un ojo a otro, acaso ebrias de sangre o arrobadas por esa mirada anodina y miope. Vio también que los mofletes lucían escaras terribles. Tuvo el capricho de cepillar la cara muerta y la cabeza se estremeció; solo entonces comprendió Gaspar Pérez que no había hombre bajo la cabeza, que la cabeza era el despojo de un señor que no estaba, lo mismo de un cadáver despistado y transeúnte.

El plantista había servido en zapadores; se dio orden de mantener fría la cabeza -la suya- y comenzó a rastrear el suelo. No sabía Gaspar Pérez si buscaba calaveras o el cuerpo ausente, pero hizo despacio su batida. A la sombra del magnolio la yedra se enredaba y se espesaba: el perito tardó un buen rato. Luego levantó la vista al cielo, al poco cielo que colaban los pinos; lejos y arriba el aire se tensaba. No era propiamente un ruido. Era antes su ausencia, una desazón sin música, un grave presagio de pájaros. Y por fin se hizo audible el griterío. Los estorninos volvían de su merendero, sucios y puntuales como´ una plaga lunar, como una diarrea mística. Gaspar Pérez cubrió la pequeña porción de hombre muerto y se fue con prisa: siembre se iba.

-¿Y no ha visto el cuerpo? O sea, ¿cuerpo no hay? -Igual le parece a usted que he visto el cuerpo sin su cabeza y no me acuerdo. Igual le parece que yo me sé dónde huevos está el cuerpo de la cabeza.

Recreo miraba despacio al perito plantista. El abuelo, por simpatía de lo que medra, tenía tumores como yemas en el cuello; tenía también un vago aroma vegetal, acre, así como sulfuroso, como de meadas en la turba.

-Yo le digo lo que hay. Lo que no hay no le digo. Yo mayormente caigo por aquí a las nueve, y me hago el parterre. ¿Ve usted el parterre? Parterre es del país de Francia: par-terre, como quien dice por-tierra. Y hoy, zas, jódete, veo la cabeza. A lo primero me pienso que el hombre va de guasa, que lo mismo es una despedida de soltero y el soltero es el hombre de la cabeza. Y luego miro despacio, y tiene la cabeza hormigas, y tiene cucos en los ojos, y la lengua así. Y doy parte, y punto, y no me toque los cojones.

Gaspar Pérez, al pie de los magnolios, era escrupulosamente feo; acaso de una fealdad voluntariosa, de guardarropía. Recreo pensó que no hacía falta ser de buena fe tan feo. El plantista ponía esmero en los pliegues de su cara, en el hedor de ingles y de Rhum Quinquina, y tanta fealdad parecía por fin un artificio. Vestía un guardapolvo más que holgado, a su manera laureado con docenas de estampas metálicas, de vírgenes del Pilar y banderas regionales. Del cinturón, muy ceñido, le colgaban el flish y una lorza; hacía pensar -la lorza- que Gaspar Pérez era o flaco o gordo por pedazos.

El perito estaba de veras cabreado y se fue renqueando. Recreo siguió su espalda, levemente cargada a la izquierda, y aspiró su rastro de orina vieja y de empalagosos tónicos para el afeitado. El plantista se acercó al grupo en los magnolios, donde esperaba el juez con su séquito de prohombres; la mayor parte, con excepción de los arrojados, se protegía con paraguas de la inmisericorde lluvia de mierda; de aquí para allá corría un número de paisano con paraguas de protocolo.

No había en la ciudad noticia de cabezas en la yedra. La memoria inmediata acaso incluía el crimen del curtidor y el planchazo de Maruqueta. El botero, que tenía fama de viejo bujarrón y maula, amaneció un día con varias puñaladas; la mejor, la última, que tenía puntería, traía puesto el cuchillo cuando levantó el cadáver Fermín Calamita, titular del Número Uno de Instrucción. Años después, pero pocos, un huésped ingrato (o lúcido en opinión de muchos) hundió el cráneo de la viuda Maruqueta con la plancha de vapor. En ambas ocasiones tuvo suerte don Fermín: hubo confesión en cada caso y las diligencias fueron rápidas y discretas. Fermín Calamita, según el dictamen de los avisados, era un juez torpe; era tonto. Tuvo plaza, parece, en una capital con turismo: de audaces turistas nórdicas que mostraban sin pudor las tetas -sin ánimo de ofender-, rosadas, dúctiles seguramente. Fermín Calamita formó una brigada de playas que desmantelaba los gineceos y acosaba, en términos estrictamente beneméritos, a las divertidas nibelungas en pelotas. Cuando su cruzada mamaria terminó en la prensa escrita (la foránea, la conspirada), Fermín Calamita, a su vez, fue llamado a desalojar. En la ciudad, en esta, el juez era feliz en su anónima mediocridad; la ciudad, además, no tenía salarios. La ciudad es pequeña, y hasta los criminales tienen su pauta de pequeñez, de leves delitos sin sangre, de hurto, a lo sumo, con fuerza en las cosas. Solo de vez en vez el canon se torcía, y entonces se daba nombre a la extravagancia (aquello del curtidor, lo de Maruqueta) para puntualizar que la vida normal era sosegada y anodina.

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