Viaje al mundo subterráneo

Niels

Publicada anónimamente en latín en 1741 y con frecuencia comparada con Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swiff, Viaje al mundo subterráneo es una de las más felices utopías satíricas de la literatura. La novela describe el viaje de Niels Klim, quien, como Alicia, cae por un agujero de la Tierra y descubre que el interior de la TIerra es hueco, posee un sol central y pequeños planetas que lo orbitan. Precipitado sobre uno de los planetas, Nazar, encuentra la civilización utópica de los potuanos que, como espejo deformante, le sirve para elaborar una de las sátiras más feroces sobre la condición humana.

La Enciclopedia británica dice de Holberg que «no sólo es el fundador de la literatura danesa y el más grande de sus autores, sino que, con excepción de Voltaire, es el primer escritor europeo de su generación. Ni Pope ni Swiff, que quizá lo superen en algunas ramas de su producción, se le aproximan en genio ni en versatilidad enciclopédica… Escribió poemas en un lenguaje [el danés], que entonces sólo se empleaba para baladas e himnos; instituyó el teatro nacional y compuso una rica colección de comedias; llenó los estantes con obras de historia, leyes, política, ciencia, filosofía, representando el logro intelectual más grande de la cultura europea. Quizá no exista otro autor que ejerciera tan vasta influencia sobre sus conciudadanos, influencia que aún continúa.»

ANTICIPO:
Ejerciendo durante dos años el nada descansado oficio de mensajero que me obligaba a recorrer todo el principado de Potu para llevar importantes despachos del Estado, acabó cansándome de tanta desagradable humildad por ello decidí solicitar un empleo más digno de mí, y hablé, sin éxito, varias veces al príncipe acerca de ello. A su entender, una cosa de mayor importancia sobrepasaría mis fuerzas… También me alegaban que las leyes del país no permitían que se emplearan gentes en cargos superiores a su capacidad. ¡Tendría que pechar con mi empleíto mientras mis méritos no me abrieran el camino hacia cargos de mayor consideración! Acabaron por desesperarme tantas negativas, y en vano me esforzaba por imaginar algo nuevo que fuera capaz de demostrar la superioridad de mi genio, lavando la mancha caída en mi honor.

Por lo menos estuve estudiando durante un año las leyes y costumbres del país, aplicando toda mi atención al descubrimiento de cualquier defecto que requiriera reforma. Participé mis cavilaciones a un zarzal, con el que mantenía estrecha amistad, y mi amigo no encontró disparatado mi deseo, aunque dudaba mucho de su utilidad al Estado. A su juicio era indispensable que el reformador conociera a fondo a los que intenta reformar, ya queuna misma cosa produce distintos efectos según los distintos genios de los pueblos, como ocurre con las medicinas: que son buenas para unos y peligrosas para otros. Me recordó que me jugaba la cabeza, y que debía mirar por mí, puesto que el Senado decidiría entre mi vida y mi muerte, y que si mis proyectos resultaban condenados, perecería sin remisión. En fin, me suplicó ardientemente que no descuidara nada y que calculara bien todos los extremos. Le di la razón, pero no renuncié a mi designio de buscar algo útil al Estado y ponerlo en ejecución. Entretanto, permanecí en mi empleo de correo, yendo de ciudad en ciudad y de provincia en provincia…

Gracias a mis correrías pude observar cuanto ocurría en el Principado y en los países vecinos; para no olvidar mis apreciaciones tomé nota de ellas, y, cuando reuní un volumen copioso, se lo ofrecí al príncipe. Tanto le gustó, qué elogió mi trabajo en pleno. consejo, encargándome después que recorriera todo el planeta Nazar, descubriendo los países que desconocían los potuanos. Otra era la recompensa que yo esperaba, pero hube de conformarme con aquélla; al fin, yo estaba siempre ávido de novedades y me prometí que a mi regreso el príncipe aumentaría sus bondades… Esta esperanza me permitió tomar con calma el nuevo castigo que me veía obligado a cumplir.

El globo o planeta Nazar sólo tiene doscientas millas, pero la lentitud de las naciones que lo pueblan transforma en inmensa esa distancia, que un potuano recorrería en dos años si hacía su viaje a pie; yo, gracias a laligereza de mis piernas, sólo necesitaba un mes. Menos mal que no tenía el inconveniente del idioma, pues ya advertí que todos hablaban el mismo aunque sus costumbres sí que fueran diferentes. Toda la especie arbórea era dulce, afable, sociable y benévola. Saberlo animó mi corazón para la empresa de recorrer el planeta confiadamente. Y ahora sé que parecerán inventadas por mí las cosas que voy a contar; sé que se juzgará mi relato como hijo de ficciones más o menos poéticas, ya que hablaré de cuerpos extraños de genios…, cuya diversidad no podría ser imaginada por las naciones más distantes unas de otras. Aquéllas a las que voy a referirme están en su mayoría separadas por brazos de mar y semejan un archipiélago; tales brazos de mar son muy poco frecuentados y los marinos que los surcan sólo lo hacen a favor de los viajeros, ya que los naturales del país nunca rebasan los límites de sus provincias, y si es que se ven obligados a navegar regresan lo antes posible a fin de no detenerse largo espacio en otros climas. Esto hace que cada nación signifique un mundo diferente a los demás, tanto en sus tierras como en sus plantas y frutas; y a diversidad de materias, diversidad de habitantes. Esto no ocurre en nuestro mundo, donde el temperamento, las costumbres, las inclinaciones de las naciones, incluso de las más atrasadas sólo difieren superficialmente, como nuestros suelos y nuestros frutos y legumbres, casi iguales´ las unas a las otras. Por eso nuestro globo no puede producir tantas criaturas heterogéneas como se ven en el planeta Nazar, donde cada porción de tierra posee sus cualidades peculiares.

A los extranjeros se les permite pasar de una provincia a otra, pero no que se establezcan fuera de su patria. Los países limítrofes al Principado de Potu se parecen mucho a éste. Sus habitantes tuvieron, antaño, grandes guerras con los potuanos y hoy son sus aliados, o, si fueron vencidos, siguen dulcemente sujetos a su dominio. En cuanto se atraviesa el canal o brazo de mar que corta al planeta por la mitad, ya se encuentran nuevos animales y nuevos mundos. Todo lo que guardan de común con el país de Potu es que también están habitados por árboles razonables que hablan la misma lengua, lo cual resulta sumamente cómodo a los viajeros como yo. Y ahora, después de este preámbulo que consideraba indispensable para evitar embrollos respecto de las cosas maravillosas que voy a contar, sólo me detendré en relatar lo que vi más importante en las principales naciones. Ninguna guardaba semejanza con la otra en cuanto a su aspecto físico, trajes, genio…; todas se parecían a los potuanos en cortesía, sabiduría y seriedad.

Provincia de Quamso.- Se extiende sobre la orilla del canal y sus habitantes están libres de toda enfermedad, gozando todos de una salud perfecta hasta la extrema vejez. y ello se me antojó la mayor felicidad del mundo. Pero apenas había vivido algún tiempo entre ellos comprendí que me engañaba. Si bien es verdad que ninguno entre ellos me pareció jamás triste, tampoco conocí a nadie que me pareciera perfectamente dichoso o con la menor apariencia de alegría. Así como nosotros no gozamos de la serenidad del cielo ni de la bonanza del aire sino después de haber experimentado el agobio de la niebla, aquellos ,árboles no advierten su dicha porque es continua y sin alteración.. Ignoran que están sanos, porque nunca estuvieron enfermos, y pasan su vida en una perpetua indiferencia… Los bienes continuos embotan a quienes los reciben, y son más dulces los placeres si se les mezclan unas gotas de amargura. Puedo, pues, asegurar que jamás encontré una nación menos regocijada, ni que tuviera una conversación más insípida y fría. No tiene, es verdad, malicia; pero no inspira amor ni odio, y de ella no se puede esperar ni favor ni injuria. Ni agrada ni desagrada. Por no haber tenido jamás la imagen de la muerte cerca, no siente la compasión, ya que no vio sufrir a nadie y pasa sus días en la seguridad y la indolencia, ignorante del celo y de la piedad. Las enfermedades nos recuerdan nuestra mortalidad, nos inducen a bien morir y son como una especie de vanguardia que nos advierte que debemos preparamos para el viaje sin vuelta; nos afligen, sí, pero nos enseñan a compartir los sufrimientos del prójimo, empujándonos a la caridad y contribuyendo a hacemos sociables. ¡Cuán injustamente nos quejamos al Creador, cuando nos vemos obligados a sufrir ciertas aflicciones que, en el fondo, nos son saludables y ventajosas! No quiero olvidarme de consignar que siempre que aquellos árboles van a otra provincia, se ven sujetos a las mismas enfermedades que los demás; ello indica que su clima y su alimentación son los que les proporcionan el beneficio de que gozan, ¡si es que se le puede llamar beneficio a eso!

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Interplanetaria

2 Opiniones

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  • Lucano
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    Mas libros de estos por favor. Son joyas que pueden tardar años, si es que vuelven a aparecer en vida nuestra, en verse en español, y las editoriales que lo sacan no están presentes con tanta fuerza en las grandes librerias. Para libros más conocidos ya hay otras plataformas.

  • Brutus
    on

    Ni hablar tio. Más libros de todo. De estos y de los demás.

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