Vidas Cruzadas 6. Cervantes / Lope de Vega

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Lope fue un triunfador, adorado por el público que encumbraba sus obras teatrales y con éxito entre las mujeres. La vida de Cervantes fue mucho más dura. Estuvo preso en Argel y luego en España, por problemas con Hacienda. Sólo cerca ya de los 60 años, la historia del hidalgo que enloqueció leyendo libros de caballerías le ganó la inmortalidad.

La enemistad pura (manchada de celos y egocentrismo) les enfrentó toda su vida. «Cervantes siempre quiso triunfar como Lope y éste soñó con haber escrito algún día una obra tan inmortal como la de Cervantes»

(Este libro va junto con la revista La aventura de la historia del mes de septiembre y no se puede conseguir por separado)

ANTICIPO:
Los veo a menudo. Mirándose afrontados; hieráticos; inexpresivos. Me cruzo con ellos cada poco. Cuando subo las escalinatas de la Biblioteca Nacional. Al traspasar el portalón del Ateneo. Paseando por el callejero del barrio de las Letras en mi viejo Madrid. Y contemplo las esculturas, relieves y placas de Cervantes y Lope como olvidos de la memoria, más que como homenajes del recuerdo. Porque me pregunto ¿qué personas habitaron esos nombres?, ¿cómo entrelazaron sus biografías?, ¿dónde se vieron las caras reales y no los rostros idealizados por los hagiógrafos?, ¿qué papeles representaron en el gran teatro del mundo?…

La rivalidad entre Cervantes y Lope recuerda a la que narra Joseph Conrad en su relato Los duelistas. Versa sobre la historia de una contienda permanente entre dos oficiales de Napoleón. Puesto que, mutatis mutandi, los lances entre nuestros escritores han perdurado a través del espacio y del tiempo en el imaginario colectivo. Porque, además de las diferencias literarias, de la edad que les separaba, también fueron barreras las fuertes personalidades, el aprecio publico y los valores éticos que cada cual encarnó.

La diferencia de caracteres queda patente en sus retratos. Literarios en el caso de Miguel, puesto que el cuadro atribuido a Juan de Jáuregui es apócrifo, en los que los padres redentoristas le refieren “de edad de treinta y tres años, manco de la mano izquierda y barbirrubio” (1580), mientras en el prólogo a sus Novelas ejemplares (1613) se autorretrata “cargado de espaldas y no muy ligero de pies”, en una descripción física, realista y extenuada, cuando su “edad no está ya para burlarse con la otra vida”. Iconográficos y abundantes en el de Félix, ora en pinturas de maestros y anónimos, ora en grabados impresos en sus libros. Estampas que le mostraban siempre triunfante, coronado de laureles en calidad de monarca de las letras, o luciendo la cruz bordada en el hábito como signo de nobleza cristiana.

Las casas de Cervantes estuvieron pobladas de mujeres, que, cual harén de dueñas ligeras de cascos, llamaban a la murmuración, cuando no al escándalo que acababa ante la justicia. Casado en 1584 con Catalina de Salazar y Palacios, cuyo hogar estaba en Esquivias, abandonará una y otra vez a su esposa tras su empleo de comisario de abastos por los caminos de Andalucía, intentará estrenar sus comedias en los teatros de Madrid y marchará al rebujo de la corte que la venalidad del duque de Lerma había trasladado a Valladolid. Fue aquí donde, a raíz de un proceso incoado en 1605 por la muerte de don Gaspar de Ezpeleta a las puertas de su vivienda, los testigos llamaron en tono despectivo a sus féminas -mujer, hermanas e hijas naturales- “las Cervantas”, por admitir deshonestas visitas y regalos de caballeros.

Mientras, la vida privada de Lope era más bien pública y notoria, guiada por los amoríos vehementes, enaltecida por los estrenos teatrales. Esta desmesura forjó su leyenda como gran fecundador, de hijos bastardos y de obras literarias. A las turbulentas pasiones juveniles con Elena Osorio e Isabel de Urbina, ya referidas, le sucedió a partir de 1596 el idilio con la actriz Micaela Luján (“Celia” o “Camila Lucinda”), mientras estaba amancebado con la viuda Antonia Trillo. El casamiento en 1598 con Juana Guardo, hija de un rico abastecedor de carnes de la villa, no impidió que se fuese incorporando a la casa de la calle de Francos a algunos de sus retoños extraconyugales. Tampoco su ordenación como sacerdote en Toledo en 1614, respondiendo a una tardía vocación religiosa, le frenó un ápice para enredarse con la hermosa y esposada Marta Nevares (“Amarilis”), de final tan trágico como sincera fue su pasión.

La popularidad también les desigualará. Miguel, que sólo en su madurez atisbó el reconocimiento merced al Quijote, siempre evocó la épica de las batallas libradas en su mocedad, padeciendo hasta el fin de sus días los achaques de la justicia en forma de pleitos intestinos y encarcelamientos arbitrarios. Esta añoranza del pretérito ideal, este reniego del presente litigante, le convirtió en carne de vagamundo y pluriempleado, en inquilino de la necesidad.

En cambio, Félix era en la escena y en la calle, la estrella del espectáculo, la sal de la tierra en el Madrid barroco. El dramaturgo, de existencia longeva y gloria prolongada, fue el escritor de su época que más dinero ganó, aunque lo derrochó por manirroto. Pero también el que gozó de mayor éxito mundano. Al punto que el nombre del Fénix se empleaba para ensalzar a bondad de las cosas, como certifica un Francisco de Quevedo, nada proclive al halago regalado, en unas Rimas de 1634: “Lope, cuyo nombre ha sido universalmente proverbio de todo lo bueno, prerrogativa que no ha concedido la fama a otro hombre”. De manera que en el lenguaje coloquial, aludir a Lope era sinónimo de lo mejor, paradigma de la moda: el comerciante de paños vendía como el brocado más exquisito una tela “a lo Lope”; el pintor publicitaba su óleo más hermoso porque era digno “de Lope”; las damas, en fin, portaban joyas y flores “a la Lope”.

Así mismo, cupieron divergencias ideológicas, adoptaron opuestas posturas políticas. La dialéctica entre las armas y las letras, heredada de la sociedad atrabiliaria del feudalismo, se había remozado en el tránsito del Renacimiento al Barroco. La corte de escritores no vivía de sus composiciones: Cervantes era la regla, Lope la excepción. El nombre de letrados nominaba ya a los juristas, los universitarios que habían cursado la carrera de leyes, desde donde daban el salto a la burocracia de la Iglesia o de la Monarquía.

Pues bien, Miguel luchó de verdad, en Lepanto y en otras empresas mediterráneas, siendo pagando con la invalidez y el cautiverio, lo que no fue óbice para que admirase siempre a don Juan de Austria y al proyecto imperial de Felipe II. Y esa defensa de su ideario, armas en manos como un cruzado más de la Monarquía Católica, la compatibilizó con su apuesta por la libertad; no en su acepción actual, sino creyendo en el libre albedrío del ser humano. Todo lo contrario que Lope, quien sólo hizo amagos marciales en la escuadra de las Azores y en la Invencible, y, aunque retratado como caballero de la orden de San Juan, ni por asomo se le ocurrió ir a Malta para ganar ancianidad en las “caravanas” contra el Gran Turco. Tan sólo se limitó a halagar al poder oficial, ensalzando a los reyes en Fuenteovejuna, demonizando al corsario Fracis Drake en La Dragontea, o asistiendo a los autos de fe en la Plaza Mayor como familiar del Santo Oficio.

Pero toda rivalidad malsana se cura en la hoguera de las vanidades que aventa el fuego fatuo de las postrimerías. Cuando las Cortes de la Muerte, tan afines a los carromatos de los cómicos de la legua, se llevaron a inhumar a los escritores vecinos y enemigos. A Miguel le vinieron a buscar en 1616 a su lecho en la calle del León, amortajado a cara descubierta y en hábito franciscano, los cofrades de la Orden Tercera que le pagaron un entierro para pobres en el convento de las Trinitarias. A Lope en 1635, en unas pompas fúnebres multitudinarias, costeadas por el duque de Sessa, en las que, tras pararse el cortejo ante la reja de su hija sor Marcela, fue enterrado en el cementerio de San Sebastián y le siguieron diciendo misas en las parroquias durante nueve días.

Para entonces, los dos se habían arrepentido de su pecados ante la cercanía de la Dama Negra: “el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan…, cúmplase la voluntad de los cielos”, escribió Miguel puesto ya un pie en el estribo; “si bien ganaste en lo que más perdiste/pues cuando mueres tú, nace tu fama”, remató su último soneto Félix. Ambos se igualaron al morir escribiendo: el novelista prologando el Persiles que verá la luz a título póstumo y el poeta componiendo una silva moral titulada Al Siglo de Oro. El período más ilustre de la cultura española que ellos protagonizaron para hacerla universal.

Empero esta mudanza de imagen, este juego de espejos deformantes, hay algo que no ha cambiado. Los leo y los leeré siempre.

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Interplanetaria

2 Opiniones

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  • Adso Fiore
    on

    Mezla perfecta entre erudicción y literatura exquisita. El autor primero nos introduce de manera tan eficaz en el Madrid de la época que casi nos hace creer que estamos allí para luego presentarnos un retrato humano y alejado de los clichés tanto de Lope como de Cervantes. Seres humanos con sus defectos y virtudes, pero sin olvidar que ambos son figuras universales literarias. Un placer de lectura y una oportunidad de aprender sobre estos maravillosos autores, cuya "obra" más interesante son sus propias vidas.

    Del lado de los "peros" pondría tres cosas. En realidad creo que se puede decir de toda la colección. Lo primero es lo escueto del texto, aunque suficiente, te deja con ganas de más, lo segundo es lo evidente de los recortes del texto que algún becario periodista realiza a los textos de los libritos. Dejemos el tema de los periodistas….y lo tercero es la falta de una bibliografía para los que desearan profundizar en el tema. Dudo mucho que los autores entreguen sus textos sin esta y la verdad es que tampoco ocuparía demasiado.

    El DVD me parece muy bueno y da oportunidad de escuchar a lo más granado de nuestros historiadores (R. García Cárcel, Alvar Ezquerra…), lo que me parece un lujo. lo único que no me gusta mucho es el locutor, que tiene una voz que duerme al más pintao.

  • Wotan
    on

    Perfecto para aproximarse, sin entrar en pedanterías, a la tormentosa relación entre ambos genios y al Madrid del Siglo de Oro. Y gran idea lo del DVD de acompañamiento.

    La pena es no poder conseguirlo suelto: no conseguí ese número de la revista y me lo prestó un amigo. ¿Alguien sabe si se va a editar el de Quevedo y Góngora?

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