Viñetas de celuloide

celuloide

Este ensayo pretende recoger los hitos más señeros de ese romance artístico en virtud del cual las creaciones del noveno arte que no son superhéroes (Akira, From Hell, La liga de los hombres extraordinarios, El cuervo, El príncipe Valiente, Dick Tracy, Balde, Mortadelo y Filemón, El hombre enmascarado, Popeye, Faust, La bóveda de los horrores, Astérix y Obélix, Camino a la Perdición, Los hombres de negro, El monje, etc.) se han adaptado a la gran pantalla.

El desparpajo, la creatividad y la frescura del cómic, acreditados durante más de un siglo, insuflan ese aire nuevo a la industria cinematográfica. Además, el avance de los efectos especiales ha ayudado a que las maravillas del trazo puedan adaptarse y engañar a la pupila del espectador.

La relación no es pacífica, y a menudo el aficionado al tebeo ve excesivas licencias e infidelidades al cómic en la adaptación fílmica y, por otra parte, el espectador aprecia excesivas deudas con el grafismo y el mundo de la viñeta.

ANTICIPO:
El vengador, entre la obsesión y la catársis.

Aunque reconozco que el terreno de la ficción, más abstracto y exento de polémica invita a ello, no albergo la pretensión de establecer aquí y ahora una línea que distinga venganza de justicia, pero sería conveniente apelar a la «frónesis» o sabiduría práctica para acotar el terreno en el que nos movemos. Resulta notablemente más sencillo definir venganza que justicia, aunque ambos conceptos fluyan en el terreno de la reparación de un daño. La justicia necesita una justificación ética basada en el derecho o en la razón, pero el equilibrio se establece a priori y de forma abstracta, momento en el que la balanza no actúe de forma subjetiva. La venganza es la satisfacción que uno mismo se toma del agravio o daño recibidos.

La justicia tiene un ámbito general y es plural, ya que desea restablecer un equilibrio roto y se aplica a todos los sujetos de un área determinada, ya sea ésta una nación, un continente o una región. La justicia trasciende, perdura y atiende a un ideal, con el que se puede estar o no de acuerdo, mientras que la venganza se agosta en sí misma, no hay nada tras ella y es un acto individual.

La diferencia entre el justiciero y el vengador es más sutil de lo que parece ya que existen varios conceptos de justicia, desde el bíblico «ojo por ojo» hasta el concepto más universal y difuminado e impersonal, dado que las víctimas, los criminales y sus respectivas compensaciones y sanciones no afecta estrictamente al héroe. Bien se podría decir que el justiciero es el deshacedor de entuertos y agravios al servicio de un bien común, general e incuestionable, dado que no desciende de la abstracción. Por el contrario, un vengador puede hacer justicia de forma secundaria, pero sirve a ese concepto primario de «devolver el golpe».

Los personajes de cómic que se van a comentar en este capítulo son, sin duda, la cara y la cruz de la moneda. Eric, protagonista de El Cuervo, es un joven que vuelve de ultratumba para vengar a la mujer amada, pero existe toda una historia de redención detrás de esos fotogramas y de esas viñetas. Blade, el cazavampiros por antonomasia de la Marvel, ofrece un perfil más notorio, complejo y torturado en el cómic que en el film, dejaremos la secuela para otro momento, pero ambos nos prometen un tortuoso pero esclarecedor descenso a los infiernos de quien se juramenta para reparar un daño por su cuenta, porque si hay algo que caracteriza a un vengador es el hecho de concitar en su persona las cuatro figuras clásicas de un juicio, el vengador es juez, testigo, fiscal y ejecutor. Por lo general, como ocurre en este caso, es la víctima por partida doble, ya que sufre un daño casi irreparable y además se inmola en aras la consecución de su venganza. Y existe otro motivo más para que el artista proceda así con su obra de ficción, el vengador se entrega a una causa de forma absoluta e incondicional, pero si la justicia exige un proceso muy fino para justipreciar la sanción que debe corresponder a un daño, ¿cómo puede afinar el vengador, abandonado a su solo criterio si esa venganza no responde a un daño absoluto? Curiosamente, toda venganza aspira a ser justa de forma implícita o explícita. Bueno, seamos sinceros, no es tan curioso dado que hasta las mejores causas pierden su legitimidad cuando se manchan de sangre.

¿Qué unidad de medida permite afirmar que se ha mostrado o no correlativa al daño sufrido? ¿Hasta qué punto el agravio justifica la venganza? Por lo general, ninguna obra de ficción se detiene en esos vericuetos tan sutiles, ya que, en el fondo, el daño es tan absoluto que el castigo debe serlo también. Esta es la trampa torticera que permite regatear este inconveniente más filosófico que real, ya que el creador tiene por costumbre buscar la legitimidad de sus actos ganándose la simpatía del público. Eso le exige moverse siempre en los terrenos de un daño absoluto, sólo ese contrapeso puede mantener equilibrada la balanza de la justicia que posee todo público.

Esta reflexión sí tiene que ver, y mucho, con los dos personajes que aquí se van a analizar, y en algunos casos de forma expresa. Así, en el capítulo Ironía de El cuervo, el protagonista —un muerto revivido— acude a la iglesia y afirma: «Existe más de una manera de purificar el alma. Hay absolución, y redención, y salvación, y unos medios para justificar un fin. Y si algunos de estos axiomas tienen polaridades opuestas hay, por lo menos, cierto consuelo en el hecho de que tienen una base común.»

Antes de pasar página y empezar uno de los capítulos más interesantes y complejos del libro, se debe señalar que existen notorias diferencias entre el personaje que habita en la viñeta y el que muestra el fotograma, enriqueciendo con estos matices el eterno dilema de la justicia, sus limitaciones y sus límites.

El cuervo, La sombra de la catarsis

Ante de comenzar, he de advertir que las siguientes líneas sólo atenderán al origen del personaje, sin tener en cuenta las posteriores secuelas cinematográficas o los posteriores álbumes que han aparecido del personaje. En otras palabras, atenderemos al film de Alex Proyas y a la serie de 4 comic book, aunque el formato era ligeramente más alto de lo habitual, en blanco y negro que la editorial Glénat publicó en España en 1995. Los tres primeros constaron de 64 páginas y el último de 32, siendo su precio de 395 y 250 pesetas respectivamente. Aunque pueda engordar la cuenta de resultados y algunas cuentas bancarias, la repetición mata el arte y ninguna de las siguientes historias ha efectuado un aporte significativo.

1. James O´Barr o la catarsis creativa

James O´Barr (1960) es un artista autodidacta que trabajó incansablemente en su estilo gráfico tomando, según sus propias declaraciones, como referentes el renacimiento italiano, especialmente Miguel Ángel, el cine negro de los años 40 y su experiencia de dos años en Medicina. El éxito le llegó con una obra oscura y personal, tanto que durante varios años se refugió ante los aficionados diciendo verdades a medias. En la introducción a la edición castellana se reproducen algunas de ellas: una pareja asesinada en Detroit, la influencia de Eisner o el nunca suficientemente apreciado Vaughn Bodé, la influencia de grupos como Big Black o Pitch Shifter. El autor de la introducción insinuaba que El Cuervo bebía directamente en el dolor del artista.

La verdad es más sencilla y dura, y cualquiera puede entender el pudor de su creador. Un conductor borracho atropelló a la mujer que amaba, de ahí que la carretera sea una referencia obsesiva en el cómic, porque no sólo murió allí Shelly, es el escenario de una pérdida íntima del autor. El guionista y dibujante de la saga necesitaba sacar toda la angustia que llevaba dentro, catalizar esa ira hacia algún lugar. Decidido a dar un giro radical a su vida, todavía incapaz de recuperarse, abandonó Detroit, se alistó en los marines y terminó dando con sus huesos en Berlín, ilustrando manuales de combates cuerpo a cuerpo para la Marina. Si el personaje vuelve de la tumba porque no puede olvidar cómo murieron, su verdadero origen radicaba en que O´Barr tampoco podía olvidar. En cualquier caso, la realización de su obra tiene un curioso paralelismo con la destrucción interior, paulatina e ininterrumpida, de todo vengador. En unas declaraciones efectuadas en 1994 a Lisa Susser y reproducidas en el artículo Reliving the Pain, confesaría que la experiencia no resultó como él esperaba, y que cada página lo empujaba un poco más por la pendiente de la autodestrucción, «hay auténtica ira en cada página», diría.

Revelemos ya algunos detalles menos conocidos sobre Eric. En primer lugar, el personaje se inspiró en Peter Murphy, del grupo Bahaus, cuyo arte tuvo ocasión de ver en Alemania. Y otro detalle significativo, su máscara se basa en los tres rostros del teatro británico: pena, ironía y desesperación.

Los cuatro número contienen referencias musicales muy directas (Joy Division y The Cure), hasta el punto de que dedicó la primera entrega a Ian Curtis, el cantante de Joy Division, quien, recordemos, se ahorcó a los veintitrés años la noche anterior a que la banda comenzase su primera gira por los Estados Unidos. Los indicios apuntaron a que sufrió una crisis epiléptica.

Hay títulos que se corresponden con los de canciones de Joy Division, aunque también se cita al poeta y compositor de rock Jim Carroll, se reproducen textos de Robert Smith, miembro de The Cure, y los movimientos desazonadores del personajes se inspiraron en un referente del punk, Iggy Pop, que hizo sus pinitos artísticos en la adaptación cinematográfica que Óscar Aibar efectuó de su propio cómic, Atolladero.

Volvió a Estados Unidos tras haber cumplido su periodo en los marines y con una historia en su carpeta. Había realizado la primera parte del trabajo, la que le había permitido recuperar el equilibrio y plasmar en una oscura fantasía gótica todo el dolor de su corazón. Restaba la parte más difícil: publicarla. Entretanto, el artista fue acumulando rechazos y una retahíla de trabajos extraños. El primer número apareció en febrero de 1989 de manos de Caliber Press, pero los problemas financieros de la editorial impidieron que el proyecto llegase a buen puerto. El autor contactó con Tundra Publishing Ltd., que aceptó el proyecto y a partir de 1991 publicó el material ya no disponible de Caliber, corregido y retocado, así como el final en tres novelas gráficas (Pain & Fear, Irony & Dispair y Death). Death se convirtió en el más vendido en la historia de Tundra. En 1993 otra editorial, Kitchen Sink Press Inc., decidió adquirir los derechos de la obra y publicó una monumental novela gráfica de 244 páginas.

2. Las máscaras del vengador

El cómic comienza con Inercia, ocho páginas en las que hallamos a Eric refugiado tras su máscara saliendo al encuentro de Jones, un delincuente de poca monta que acaba de cometer un robo. Un desconocido al que no puede matar le solicita información. Los elementos que rodean la historia muestran ya el tono lúgubre de la misma: la bicicleta de marcha sola, la máscara del hombre de negro (nada hay más triste un cómico antes de salir al escenario), los diálogos («[El dolor] me canta en el alfabeto del miedo» o «También hay manchas en los ojos de un leopardo»), la evocación a otra noche de luna llena, etc. Eric deja vivir a Jones porque le ha dado una pista y no participó en el acto que lo ha devuelto de ultratumba, aunque su origen es, por ahora, un misterio.

En las cinco páginas de Al rojo vivo se acentúa esa nota poética y sobrenatural, de enorme carga gótica, ya que presenta al personaje vagando por las calles de Detroit y afirma: «El infierno envía un ángel cargado de regalos». No tarda en empezar a llover, y el cómic nos ofrece una explicación metafísica de este hecho. En el largometraje llueve casi de continuo, hasta el punto de ser un elemento perenne del decorado y convertirse en una referencia estética que refleja la tristeza y frialdad de un mundo sinsentido. O’Barr lo expresará poéticamente: «Empieza a llover, un último, desesperado e inútil intento de limpiar los pecados de la ciudad».

Aunque en la segunda página alude a la casa donde iba a vivir con Shelly, el ángel vengador sale al encuentro de Tin Tin, de quien afirmará: «Tenía un alma tan perversa que sólo podía haber salido de un cuadro del Bosco». Tin Tin se reúne con dos delincuentes de poca monta para adquirir un 38, y el hálito poético deja paso a la crudeza, de Ratso afirma: «Si la ciudad fuera carne, Ratso sería un forúnculo». Tin Tin mata a una anciana cruzaba por la acera de enfrente y luego liquida a Ratso y al otro testigo.

En las ocho páginas de La aurora se desvanece Tin Tin fracasa en su intento de matar a Eric, siempre con su maquillaje de payaso triste y sus frases repletas de un toque bíblico: «¡Disfruta de la gloria que estás a punto de alcanzar!» «¡Y da gracias al señor por haberte llamado a su reino!». Estas planchas ofrecen una mayor carga de violencia y tristeza, como si la venganza no confiriera a Eric ni un solo instante de felicidad. Es más, se produce un significativo intercambio de escenarios mientras el vengador conversa con el antiguo verdugo. Aparecen las tres máscaras del teatro, la exhortación del cuervo: «¡No mires! ¡No mires!», los flash back que invocan la vida junto a Shelly y la lúgubre fusión entre la tumba del cementerio y la carretera. Finalmente le dispara a bocajarro y sentencia: «Que Dios se apiade de ti, ya que yo no puedo».

La primera venganza se salda con dolor. El resucitado contempla las fotos de su amada, sonriente y feliz, en un página par y en la impar vemos su dolor, los paisajes desnudos, la alambrada de su infierno, la amada reducida a una calavera y un texto desazonador: Hay un hombre tocando el violín y las cuerdas son los nervios de su propio brazo». Un aguacero intenta limpiar la ciudad.

Juego de sombras narra el siguiente objetivo: Top Dollar, que mantiene una reunión con sus muchachos con la iconografía del poder ante él: los cuchillos, los paquetes de droga, la pesa, el instrumental para cortar la droga y, por supuesto, el revólver. Sánchez, uno de sus hombres, insiste en la importancia de la muerte de Tin Tin, pero a Top no le interesa demasiado, y ante la insistencia de Sánchez llegará a asegurar: «¿Crees que me importa si se cepillan a uno de tus macarras?». Harto, arroja la colilla y se reafirma como jefe asegurando que es su negocio, su droga y su barrio —«Mi palabra es la ley»— y zanja la discusión empuñando el arma.

En ese momento, uno de los suyos ve una sombra en la cornisa de la ventana y Sánchez, que está de espaldas pero más cerca que el resto, se gira y abre ésta para mirar. Ve cómo lo encañona un sujeto extraño, vestido de negro y con el rostro de un mimo —en este momento la máscara de carne que es su rostro es la de la ironía—, motivo por el que le pregunta: «¿Quién demonios eres tú?», a lo que él replica: «Santa Claus y os habéis portado todos muy mal este año». En el subsiguiente tiroteo, Eric acaba con todos ellos disparando a mansalva y zahiriéndolos constantemente con su tono burlón, pero al final de las páginas 7 y 8 ya luce de nuevo la máscara de la ira. Llegan las frases rotundas —«Tengo aliados en el cielo, Jack, y camaradas en el infierno. Salúdales por mí.» y «Bueno, bueno, Top, ya sólo quedas tú malgastando aire»— o poéticamente desesperadas, como la que le dirige a un asustadísimo Top Dollar: «Vamos alrededor del Sol, la Luna gira en torno a la Tierra, no nos mata la muerte: ¡Nos mata el vértigo!».

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