Visiones 2006

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Desde 1992 la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT) edita una antología anual, “Visiones”, cuyo objetivo es dar a conocer los nuevos valores del fantástico literario. El presente volumen lo componen trece narraciones de muy distinto signo (ciencia ficción, fantástico, fantasía oscura, terror psicológico), seleccionadas de entre un total de 297 relatos recibidos; historias que pretenden aunar las diferentes sensibilidades dentro de la literatura fantástica y de ciencia ficción.

La antología, seleccionada por Mariano Villarreal, contiene los siguientes relatos:

Nacidos en el Estrecho, de Fran Ontanaya

Tiempo, de Albino Hernández Pentón

Diagnóstico preventivo, de Sergio Mars

Entre las sábanas, de Germán Amatto

Invasión, de Ismael Martínez Biurrun

Después del último aliento, de Tomás Donaire

El dios reflejado en el espejo, de Jose Miguel Vilar

Hijos del pantano, de David Prieto

El coche rojo, de Luisa María García

Su carne en mi carne, de Alicia Sánchez

Violines en el cementerio, de José Angel Barrueco

Esperando que mi vida comience, de Carlos Mateos

El hombre del saco, de Carlos Martí Mezquita

ANTICIPO:
Otros tuvieron menos cuidado, no resistieron los lloros suplicantes de sus hijos y ahora están muertos. Saúl ignora todavía muchas cosas, pero tiene claras ciertas normas. Por ejemplo, que jamás debe hablarle al niño. El mes próximo Daniel cumplirá un año, pero ni siquiera le ha enseñado a decir “papá”.

También sabe que no debe mirarle a los ojos fijamente. ¿Y tocarle? Sólo lo imprescindible para la alimentación y el aseo.

Esta mañana ha decidido abandonar el pueblo antes de que caiga una gran nevada. La Escuela Municipal ha sido su hogar durante diez meses y nadie le asegura que en la ciudad vaya a encontrar nada mejor, nada diferente. La última emisión de radio llegó el pasado septiembre. Un hombre que arrastraba las palabras como si masticase arena dijo “Creo que esto es todo” y la señal se convirtió en un zumbido vacío hasta que se extinguió por completo. Sin embargo Saúl piensa que alguien debe quedar vivo allí, igual que él y su hijo son los últimos supervivientes del pueblo.

Mientras prepara el coche de Maribel tiene que detenerse dos veces, la primera para llorar, la segunda para gritar. Lo hace casi todos los días, y tal vez ésa sea la otra explicación de su supervivencia.

Maribel y su hija murieron el mes pasado.

La razón por la que elige su coche es que dispone de tracción a las cuatro ruedas y capacidad para muchas cajas. Además, la silleta de seguridad de la pequeña Eva le sirve a Daniel. En el aparcamiento de la escuela hay dos coches más, uno de ellos el suyo; Saúl utiliza una goma y un bidón para trasvasar su gasolina al todoterreno. Podría cruzar la calle y vaciar otros depósitos, pero Saúl espera tropezarse con vehículos tirados a lo largo de todo el camino. Así que decide ocupar el espacio con comida y botellas de agua.

Por lo demás, prefiere no pensar en lo que puedan encontrar.

Daniel es un niño bueno, no llora casi nunca. Y sano. Tan hermoso que Saúl tiene que hacer esfuerzos para rehuirle la mirada.

Ahora, mientras lo está asegurando en la silleta del coche, Saúl siente los ojos inquisitivos del bebé sobre él; sin duda nota algo extraño, siente a su padre nervioso. Puede que tenga miedo, como él. Y entonces Saúl hace lo único que se permite cuando quiere calmar a su hijo: silba una canción. Una canción tonta que él mismo se ha inventado, sin ninguna letra que pueda hacerle cometer el error de hablar. El pequeño tal vez esté sonriendo, no se atreve a comprobarlo.

Saúl se sienta tras el volante, saca un trozo de papel doblado del bolsillo y lo mira como si no lo tuviera ya bien grabado en su retina. Es tanto un mapa como un deseo lanzado a una estrella fugaz. Pero es lo único que tiene, así que gira la llave.

La invasión comenzó en febrero. El día trece según la teoría de Saúl, aunque por supuesto no había manera de contrastarlo.

Fue el día que nació Daniel. Era madrugada de domingo y después del suyo ya no hubo más partos naturales sin complicaciones en la clínica del pueblo. Gemma estaba tan embriagada con su pequeño que ni siquiera se dio cuenta de lo que pasaba, pero Saúl sí. Todo salía mal, los médicos cometían errores, las mujeres no cooperaban. Un niño murió en la incubadora sin que nadie reparase en él hasta media tarde. Cuando Gemma empezó a sangrar Saúl quiso llevarla a otro hospital, pero no habíatiempo. Él se quedó con el recién nacido en brazos, paseando arriba y abajo por la habitación, viendo por la ventana a las personas que salían del hospital, en silencio, cabizbajas, cada una por su lado. Incluso las parejas que se marchaban con sus bebés de dos o tres días parecían encogidas de pesadumbre. ¿Qué les pasaba a todos?

Saúl llamó a su mejor amigo, también profesor.

—¡Carlos! Soy Saúl.

—Saúl… ¿qué tal?

—Estamos en la clínica. —Dio un par de segundos a su amigo, pero éste no los empleó—. Ya ha nacido Daniel.

—Eh, enhorabuena, tío… Hmm… ¿y qué tal… todo?

—El niño está bien, lo tengo aquí, pero Gemma está… tiene una pequeña hemorragia. Ahora la están operando.

—Vaya.

—Sí, bueno, los médicos no parecen preocupados… pero yo sí lo estoy. —Por la ventana vio a una mujer con un carrito de niño esperando junto al coche familiar, mientras su marido alejaba su paso cansino por el descampado sin levantar la vista del suelo—. ¿Carlos?

—¿Hmm?

—¿Qué está pasando?

—¿Qué… qué quieres decir?

—¿Te he despertado? Pareces dormido.

Un suspiro de hastío.

—No sé, tío… ¿quieres que vaya?

—Sí, por favor. Ven cuando puedas a la clínica.

—Claro.

El dedo de Saúl temblaba cuando pulsó el botón de colgar.

Ni con la peor resaca de su vida Carlos hablaría así. ¡Si ayer estaba más ansioso que el propio Saúl con el nacimiento! No se presentó en todo el día. Ni él, ni nadie más. El teléfono móvil de Saúl permaneció mudo de felicitaciones y la mesita de la habitación limpia de flores.

A las siete y media ya había oscurecido. Saúl bajó con el bebé en brazos a preguntar por su mujer. Una enfermera con la blusa manchada de grasa le dijo que no había superado la intervención.

¿Cómo ha dicho? Que está muerta. Hemos hecho todo lo posible. Lo siento.

Se tuvo que apoyar en la pared. Las piernas querían mandarle al suelo, y probablemente se habría dejado llevar de no ser por el niño. Desde aquel mismo momento el niño le salvó la vida. Cuando pudo controlarse, Saúl exigió ver el cuerpo de su mujer. Hubo malas caras, pero nadie se lo impidió.

Gemma estaba muerta. Demasiada sangre perdida en la operación, nada más simple y más definitivo. Uno no puede vivir sin sangre.

Saúl quiso hacer llamadas entonces, pero su móvil se había quedado sin cobertura. El teléfono público de la clínica tenía la ranura atascada con una chapa de botella y los celadores no parecían dispuestos a remediarlo. No lo soportaba más. Saúl puso al bebé en la mochila recién comprada, llenó una bolsa de pañales y leche en polvo, y los dos salieron por la puerta principal.

Nadie pidió explicaciones.

La palabra virus apareció en su cabeza mucho después, pero inconscientemente sentía que debía escapar de aquel lugar antes de contaminarse.

Gemma tenía un hermano mayor, Fabián. Era concejal y vivía en un chalet sobre la colina en la única compañía de sus perros.

Los domingos resultaba imposible localizarle, así que no tenía noticia del nacimiento de Daniel y mucho menos de la muerte de su hermana.

Saúl paró frente a su casa y llamó al portero automático.

—Fabián, soy Saúl.

—¿Saúl? Pasa.

Era la casa de un cazador adinerado y caprichoso. Los tres perros salieron al encuentro de Saúl dando saltos, ladrando y lamiendo igual que siempre. Pero Fabián estaba cambiado. Desaliñado, con un pijama sucio como si no hubiera salido de casa en todo el fin de semana. Arqueó las cejas cuando vio al niño en la mochila.

—¿Es…?

—Daniel, ha nacido hoy.

—Mira por dónde.

Fabián pasó su manaza por la cabecita del bebé, mecánicamente.

—Gemma ha muerto. —Saúl usó el mismo tono crudo y desinteresado que empleaba todo el mundo.

—¿Qué? ¿Gemma ha muerto? —Las dificultades de Fabián para asumirlo parecían tener que ver más con la sintaxis que con los hechos.

—Desangrada.

—¿Desangrada? —Arrugaba el ceño, confundido—. Qué desgracia… ¿Gemma…? Qué desgracia.

—¿Qué te ocurre, Fabián? ¿Estás enfermo?

—¿Enfermo? Pues, no lo creo… no, eh… ¿quieres pasar?

Fabián dejó la puerta entornada y regresó dentro del chalet. En vez de seguirle, Saúl fue hasta el límite de la finca para mirar por encima del pueblo. Lo que vio le dejó helado.

Casi todas las calles estaban bloqueadas por coches cruzados o simplemente abandonados, pero en realidad no se apreciaba ningún alboroto. Los transeúntes iban y venían por mitad de la calzada, algunos se quedaban sentados en bancos y ya no se movían, otros se veían tumbados sobre el césped del parque. Los semáforos parpadeaban. Al final de la avenida se levantaba una columna de humo pero ningún camión de bomberos corría hacia allí. Sonaban alarmas automáticas y a nadie le importaba.

Saúl entró en la casa y bajó al sótano, donde Fabián guardaba las escopetas de caza. Cogió una de dos cañones con su funda de loneta verde y varios cinturones de munición. Al salir de nuevo vio a su cuñado repantigado en el sofá del salón, mirando los títulos de crédito de una película. No se molestó en despedirse. La noche del trece al catorce fue una de insomnio y silencios extraños. Saúl se concentró en el niño y rechazó todo intento de racionalización de lo que estaba sucediendo. La escopeta era para defenderse, pero no quería pensar de qué. Daniel lloraba cada tres horas, comía y dormía. Saúl se quedaba abrazado a él, sobre la cama de matrimonio, sin quitarse las botas.

A primera hora del lunes hizo una visita al centro comercial, con Daniel pegado a su pecho. Descubrió que no había nadie más haciendo compras. Los pasillos por los que habitualmente había que moverse en zigzag estaban despejados, y fue llenando su carrito sin cruzarse más que dos o tres empleados somnolientos. Habían acudido a su puesto por inercia, pero ninguno de ellos trabajaba; sólo paseaban o movían la cabeza al ritmo del hilo musical.

La cajera tardó casi diez minutos en pasarlo todo por el lector óptico, con extrema torpeza, y luego puso cara de náusea cuando Saúl le reclamó el cambio de su billete. Había un guardia de seguridad sentado junto a las puertas automáticas, pero Saúl tuvo la certeza de que podría sacar lo que quisiera por delante de sus narices y él no movería una pestaña. No se dio cuenta de las implicaciones de un supermercado

vacío hasta un par de días después. Se atrincheró en casa con el arma y los alimentos, aunque era absurdo pensar en ningún ataque.

Ni siquiera le llamaron de la escuela preocupándose por su ausencia. Unos canales de televisión pasaban programas enlatados, otros ya no emitían en absoluto. Lo mismo con la radio.

Pero a Saúl le bastaba con su ventana. Desde allí podía controlar buena parte de la avenida principal y una esquina del parque.

Curiosamente fueron los perros quienes le hicieron comprender la magnitud del desastre. Incluso a los pequeños yorkshire más mimados se les veía buscando comida como desesperados entre las basuras. Sus amos no les alimentaban. Sus amos, entendió al fin Saúl, ya ni se ocupaban de alimentarse a sí mismos.

Y a juzgar por la rapidez de las primeras muertes, tampoco bebían.

Un hedor a putrefacción atravesaba la puerta de los vecinos como un fantasma cuando Saúl se decidió a abandonar su casa.

Fue después de ver arder por completo otro edificio de la avenida, comenzando por una diminuta llama en el segundo piso que nadie intervino para sofocar. Todo se colapsaba por una infinita cadena de descuidos y abandonos.

La escuela parecía una opción lógica. Disponía de grandes congeladores, generador de electricidad, enfermería y antenas de telecomunicación. Además, Saúl conocía de memoria cada rincón, cada cerradura, cada escondite. No se le ocurrió que podía haber alguien más allí hasta que vio los dos coches aparcados frente al edificio. Por aquel entonces sólo conocía a Maribel de verla en la puerta todas las tardes, puntual para recoger a su hijo. Recordaba haber notado su embarazo, quizás incluso intercambiaron frases de enhorabuena en alguna ocasión, pero no esperaba encontrarla con un bebé poco mayor que Daniel en brazos. Tenía los ojos devastados de tanto llorar, y eso, perversamente o no, fue lo que más reavivó la esperanza de Saúl. ¡Sentimientos!

Extracto del relato Invasión.

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