Visita de tinieblas

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Visita de Tinieblas es una historia de terror que, dada la maestría de Latorre en la dosificación del suspense así como su extraordinaria habilidad para generar atmósferas opresivas y angustiosas, nos recuerda los mejores momentos de la historia del género.

Gonzalo, joven seminarista interno en un centro eclesiástico cercano a Salamanca, ve cómo entra en crisis su vocación y decide abandonar, junto con su amigo Jorge, los estudios sacerdotales. Llama a su casa para dar la noticia y descubre que su padre, viudo desde hace trece años, se ha vuelto a casar, aunque nada sabe de su misteriosa madrastra. Gonzalo y Jorge emprenderán en coche el viaje de retorno a sus respectivos hogares. Sorprendidos por una formidable tormenta, se ven obligados a pernoctar en una solitaria posada donde Gonzalo tendrá una visión premonitoria y un inquietante encuentro con un loco. Al llegar a su casa, descubre que una terrible tragedia acaba de ocurrir en el convento de Santa Rosalía, cercano al caserón propiedad de su padre…

Ganador de más de media docena de premios literarios, José María Latorre (Zaragoza, 1945) ha publicado una treintena de obras, entre ensayos sobre temas cinematográficos, libros de cuentos y novelas, además de dieciséis guiones para televisión a partir de clásicos de la literatura fantástica.

ANTICIPO:
Nos levantamos un poco más tarde de lo previsto. Pasaban veinticinco minutos de las siete de la mañana cuando Jorge y yo subimos al automóvil después de haber hecho un fuerte desayuno a base de pan, huevos fritos, jamón y café bien cargado que doña Elvira se empeñó en prepararnos. Una triste capa grisácea cubría el cielo como un residuo de la tormenta de la noche.

–Anselmo me ha contado que Ismael habló con usted –dijo en voz baja la mujer en el momento en que me disponía a subir al vehículo–. Espero que eso no le haya impedido descansar. Sobre todo no haga caso de sus palabras: le da por decir locuras sobre el diablo; le obsesiona; siempre anda a vueltas con el demonio.

–¿Qué te decía esa mujer? –se interesó Jorge mirándome de reojo.

Yo había decidido no contarle lo que había acontecido, y no sólo porque a la luz del día las cosas se suelen ver con ojos diferentes sino porque temía que se burlara, pero me sentí obligado a hacerlo: no podía empezar el día mintiendo. Jorge escuchó atentamente, sin apartar la mirada del camino, y le vi sonreír en alguna ocasión.

–Es increíble que te hayas dejado enredar así por un loco, no es propio de ti –comentó–. Imagina que en vez de un tipo inofensivo hubiera sido alguien que quisiera manosearte en un lugar solitario. El pueblo estaba dormido, nadie se habría enterado.

–Ya lo pensé, pero intuí que no era el caso…, más aún, estaba seguro de que no tenía esa intención.

–De cualquier manera hiciste una tontería, deberías haber aprovechado la noche para descansar.

–La voz de la razón habla por ti. Eres un chico sensato. Prometo que no lo haré más –me burlé.

–Espero que luego no me pidas que nos detengamos a descansar… –repuso frunciendo el ceño.

–Me encuentro bien, no tengo sueño.

Pese a mis buenos propósitos había dicho una mentira: me sentía fatal, los ojos me escocían y pesaban como losas, y estaba dominado por una sensación de aturdimiento, como si llevara una semana sin dormir y hubiese perdido la capacidad de razonar.

–El demonio… –dijo despectivamente Jorge–. Estoy convencido de que ni el padre Puy cree en serio en él. La religión necesita una reforma: el miedo no es la mejor forma de conseguir fieles para la Iglesia. Te aseguro que, si hubiese seguido en el seminario, al acabar los estudios me habría impuesto como uno de mis objetivos cambiar la idea del castigo por la del amor.

–Puede ser…, pero tendrás que excusarme porque ahora no tengo ganas de conversaciones trascendentales.

–El amor no es trascendente, forma parte de la vida cotidiana –repuso con cierta sequedad.

Esa mañana el sol tampoco se dignó hacernos compañía. Poco después de haber dejado atrás los linderos del pueblo donde habíamos pernoctado, la niebla cubrió los campos y se fue haciendo más espesa, hasta el extremo de que parecía que estuviéramos cruzando un paisaje borrado por una mano mágica. Hacía pensar en un cuadro del que hubieran desaparecido las figuras dejando en su lugar sólo manchas abstractas de pintura. Al pasar por una arboleda, las copas asomaban fantasmagóricamente entre la neblina, como cabezas de un ejército vegetal que acechara a los automovilistas. Cuando se disipó fue para dejarnos en poder de una fina llovizna que ya no nos abandonó en el resto del camino. Pasamos por en medio de cinco o seis pueblos, comimos y repostamos gasolina en uno de ellos, y supe que estábamos cerca de mi casa cuando vi el primer bosque de castaños, con sus gruesos troncos y sus redondas y anchas copas.

Apenas intercambiamos unas frases intrascendentes. Jorge parecía haberse tomado en serio mi petición de no hablar de temas profundos y yo me dejaba arrastrar, soñador, por el recuerdo de lo que había dicho Ismael en la capilla, por las imágenes religiosas de ojos intensamente negros y por el lejano sonido del armonio. Prefería pensar en eso antes que en lo que encontraría al llegar a casa, si bien sentía curiosidad por conocer al fin a la mujer que se había casado con mi padre. Por supuesto, no le había contado a mi amigo nada a propósito de mis aprensiones nocturnas ni sobre el rostro que había creído vislumbrar en la oscuridad del dormitorio. Era mi secreto. No obstante, conforme menguaba la distancia entre el caserón familiar y nosotros experimenté la necesidad de hablar de la desconocida. La lluvia había arreciado y el paisaje se había hecho también más verdoso. Tuve ganas de abrir la ventanilla para poder respirar los familiares olores del bosque, pero me contuve.

–¿Cómo la imaginas? –le pregunté a Jorge.

–¿Cómo imagino a quién?

–A mi madrastra.

–Ah…, no sé qué decir, no he pensado en ella. ¿Qué quieres que te diga? No sé… La imagino joven, guapa, un tanto misteriosa…, y de fuerte personalidad

–¿No crees que pueda ser mayor?

–No…, rotundamente no –reforzó su negativa moviendo la cabeza–, de lo contrario no habría enamorado a tu padre. Don Miguel es un hombre serio y de buen gusto, y hacía años que vivía en soledad, situación que uno no cambia de la noche a la mañana por cualquier motivo. Para que la escena concuerde es preciso que la mujer sea joven y bella.

–Pronto saldremos de dudas –dije.

Si el paisaje me resultaba familiar era porque había algo en sus formas y en sus colores que me hacía recuperar sensaciones de mis días de infancia; no eran lugares que hubiera frecuentado mucho, pero de algún modo formaban parte de mi vida: estaban en la herencia de mi sangre. Supongo que es una sensación común a todos los viajeros que regresan a su tierra tras una larga ausencia. Tenía motivos para sentirme animado, tanto por volver a casa como por haber dejado el seminario, y sin embargo una rara sensación me oprimía el pecho y el estómago, físicamente casi, fruto de la incertidumbre ante lo que me esperaba o consecuencia del cambio que había experimentado el cuadro familiar. En lugar de Santiago y del ama de llaves iba a encontrar a dos criados desconocidos; en lugar de estar a solas con mi padre debería convivir con una mujer joven que compartía con él su vida. Eso significaba pasar por una prueba de readaptación y, conociéndome a mí mismo, estaba seguro de que no iba a resultar una tarea fácil para mí.

Siguiendo mis indicaciones, Jorge abandonó la carretera e hizo avanzar el automóvil por un camino arbolado que se estrechó a medida que aumentaba el espesor de la vegetación, con su vistoso despliegue de colores amarillos, verdes y marrones reavivados por la lluvia. Después de más de media hora divisé a lo lejos el convento de monjas de Santa Rosalía, inesperado signo de humanidad en medio de una naturaleza salvaje. Le pedí a Jorge que se detuviera para salir un momento.

–¿Ahora quieres que paremos? Estamos llegando… ¿Sabes una cosa? En el fondo tengo ganas de dejar el volante y descansar en un lecho cómodo; me gustan los automóviles, pero estoy harto de tanta carretera.

–No va a ser más que un minuto. ¡Hacía tanto tiempo que no respiraba este aire!

Mi amigo bajó detrás de mí y se puso a mi lado apoyándose en el coche sin dar muestras de que le molestara la lluvia. El atractivo del lugar era distinto al de los jardines del seminario, que invitaban a la meditación y al recogimiento; a diferencia de éstos, los parajes que rodeaban mi casa parecían creados para la expansión del cuerpo, la libertad y el disfrute de la naturaleza: lo dionisíaco frente al misticismo. Yo los recordaba como una sinfonía de sonidos naturales, libres, pero sorprendentemente pesaba sobre ellos un espeso silencio: no se oía el canto de ningún pájaro y el aire no transmitía rumores, ni siquiera el de las hojas de los árboles azotadas por el viento y la lluvia. Sin embargo llovía y soplaba un fuerte viento. El efecto era fascinante y recordaba al cine mudo. El convento tenía la inmovilidad de un cuadro; se había convertido en una suerte de mancha gris, como si se tratara de una ilustración al fondo del paisaje.

–Esto ha cambiado mucho en dos años. El convento parece deshabitado. En otro tiempo, desde aquí podían percibirse las voces de las monjas –comenté.

–Estarán durmiendo –divagó Jorge consultando, impaciente, su reloj.

Pero, a mi modo de ver, aquel silencio y aquella inactividad tenían algo de anormal. Un escalofrío me recorrió la espalda.

–Volvamos al coche –dije.

El cielo se había hecho más oscuro, como si todo él fuera una sola nube. Jorge conducía con precaución, temeroso de que un animal del bosque se cruzara en nuestro camino. Enseguida surgió un claro en el que nacía un jardín y detrás de él apareció el caserón, más sombrío que nunca, como una abadía construida para el retiro. Mi amigo detuvo el vehículo ante la escalinata de la puerta de entrada. Me extrañó que no salieran a recibirnos aunque hiciéramos sonar el claxon. No podía creer que mi padre pudiese estar en la cama a esa hora de la tarde y no se enterara de nuestra llegada, ni que todavía no hubiera encontrado criados.

–No se puede decir que sea un recibimiento caluroso –bromeó Jorge.

Me bastó una fugaz ojeada para comprobar que el exterior había sufrido una transformación: los peldaños de la escalinata, hasta entonces limpios a diario, se habían convertido en un depósito de hojas secas que parecían transmitir su putridez a la fachada, donde se advertían unas resquebrajaduras que antes no existían, y las macetas que la coronaban, seis a cada lado, como guardianes de piedra, no contenían sino flores marchitas que despren¬dían el dulzón olor de la putrefacción vegetal. Siempre había sido una casa melancólica, mas mi primera impresión fue que lo lúgubre y lo sórdido habían usurpado el puesto a lo triste y lo melancólico. Detrás de nosotros, árboles y arbustos soportaban el viento y la lluvia sin un solo movimiento de hojas.

Encontramos a mi padre dormido en un sofá de la biblioteca. A sus pies yacía un libro abierto. Al menos media docena de volúmenes se hallaban fuera de su sitio en las estanterías, dispersos por las alfombras, lo cual me resultó anómalo porque mi padre siempre había tratado los libros con gran cuidado: no podía soportar que estuvieran desordenados. Abrió los ojos y tardó unos segundos en reconocerme. Pero fue al verlo moverse cuando advertí que no sólo había cambiado el exterior: mi padre parecía otro; había envejecido notablemente, su piel carecía de brillo y, lo más singular para mí, tenía los ojos hundidos en las cuencas y su mirada era inexpresiva. Advertí que, pese al frío que hacía en la habitación, la chimenea estaba apagada.

–Gonzalo… –dijo; parecía emocionado.

Se incorporó para estrecharme con fuerza entre sus brazos, sin dejar de mirar a mi amigo.

–Jorge…, no sabes cómo te agradezco que hayas traído a mi hijo… Tenía problemas para pasar a recogerle. Le dije que tomara el tren y luego alquilara un taxi.

–No te preocupes; no tienes que excusarte, ya estoy aquí –me esforcé por disimular la conmoción que me había producido verle en aquel estado–. Jorge se va a quedar un día o dos con nosotros… si no te molesta, claro.

–¡Qué tontería! ¿Cómo va a molestarme? Al contrario, estoy encantado de que nos haga compañía.

¿Había sido una ilusión mía o mi padre había subrayado más de la cuenta las palabras nos haga compañía?

–Tenemos muchas cosas de las que hablar –dije sonriendo.

–Muchas… –repitió mi padre como un eco antes de estrechar la mano de Jorge.

–Bueno, ¿dónde está? –adopté un tono más serio–. Durante el viaje no he hecho más que pensar en ella y me consume la curiosidad.

–Lucilla…, oh, sí, Lucilla –así me enteré del nombre de mi madrastra; al pronunciarlo, mi padre enrojeció igual que si le hubiera pillado en una falta–. Tendrás que disculparla, está durmiendo…

–¡Sabíais que llegaba hoy a casa! –protesté–. Siempre está en la cama…, esperaba veros juntos.

–Es…, ya la conocerás…, es una mujer delicada, necesita descansar –al decir esto miró de reojo a mi amigo como si sintiera pudor por hablar de su esposa delante de él.

–¿Y qué ha pasado con Santiago y Amelia? El padre Puy me dijo que ya no están en casa.

–Tuvieron que marcharse. Luego te contaré, ahora no es el momento –dijo precipitadamente.

–¿Hay nuevos criados?

–Un hombre y una mujer, más jóvenes. Este caserón necesitaba aire nuevo, vitalidad, rostros juveniles… Están preparando la cena.

Todo seguía resultándome extraño. Mi padre era muy estricto en lo referente al reparto del trabajo en la casa, y antes no habría permitido que Amelia y Santiago se dedicaran a la vez a la misma actividad. De ahí que mi reacción fuese atribuir su cambio a la influencia de mi madrastra, quien probablemente debía de haberse fijado el objetivo de alterar las costumbres establecidas en el caserón para instaurar las propias.

–Me temo que estoy siendo un anfitrión descortés…, Jorge debe de estar cansado después de un viaje tan largo –mi padre cambió con brusquedad de tema volviéndose hacia mí–. Y tú también… Subid a vuestras habitaciones. Tu amigo ocupará el dormitorio de invitados. Cenaremos a las nueve. Jorge, repito mi agradecimiento. Supongo que los equipajes deben de estar en el coche y que lo habréis dejado frente a la escalinata… Cuando vea a Aldo le pediré que lo encierre en la cochera y meta vuestros equipajes en casa; está lloviendo mucho, no es una noche como para que un automóvil se quede a la intemperie.

A pesar de que se esforzaba por mostrarse amable y hospitalario, no parecía sincero. Su tono y su atropellada forma de hablar me hicieron sospechar que le habría gustado decir algo diferente. Volvió a sentarse en el sofá y recogió el libro del suelo. Aunque, en contraste con su aspecto envejecido, se movió con agilidad, tuve tiempo para comprobar que se trataba de una antigua edición de El sepulcro, de Ugo Foscolo: una lectura infrecuente en mi padre, entre cuyas preferencias no figuraba la poesía; otros de los libros que había fuera de las estanterías no resultaban menos insólitos en él: una Biblia, El paraíso perdido, de John Milton, y La Divina Comedia, de Dante Alighieri.

Le pedí a Jorge que me siguiera, porque nuestras habitaciones estaban en el segundo piso, y atravesamos el vestíbulo, sobre el cual ya empezaban a hacerse notar los efectos de la noche. Era la misma casa de siempre –no podía ser de otra forma–, pero la veía distinta: los rincones parecían haberse multiplicado, hacía frío, había más zonas de sombra y, lo más desconcertante, olía mal: más bien apestaba a una mezcla de basura y descomposición orgánica. A la anciana Amelia le agradaba adornarla con flores renovadas a diario y los búcaros ahora estaban vacíos. Al final de la escalera encontré un solo búcaro lleno de flores marchitas sobre las cuales revoloteaba un enjambre de moscas que ponían un molesto zumbido en el aire. Las bombillas eran de menor voltaje y apenas llegaban a iluminar más allá de un metro.

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