Wellington. El Duque de hierro

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Arthur Colley Wellesley (1769-1852), más conocido como el duque de Wellington, es uno de los militares más célebres de todos los tiempos, y su trayectoria como hombre de armas ha estado envuelta desde siempre e un cierto aire de leyenda, sobre todo en cuanto a la trascendencia de su actuación en Waterloo. Del mismo modo, la entidad de su gran rival, Napoleón, ha marcado también su biografía, hasta el punto de dejar en la sombra otros aspectos igualmente interesantes de su personalidad, como su pensamiento político, su relación con camaradas o con las mujeres o sus ambiciones personales más allá de las propiamente militares. Si bien dedica atinadas y documentadas páginas a las grandes batallas que dirigió Wellington (campaña en la India, Talavera de la Reina, defensa de Lisboa, Arapiles, Waterloo), esta biografía se singulariza por atender todas las facetas de un hombre poliédrico en cuya imagen los triunfos militares taparon otros aspectos

ANTICIPO:
Una vez cruzado el Kaitna, y desde una posición que le permitía observar el terreno, Wellington pudo advertir que no habría espacio suficiente para su infantería y dedujo que la fuertemente defendida ciudadela de Assaye podía esperar hasta que se hubiese obtenido la victoria en la batalla campal. Inicialmente, colocó dos filas de infantería justo al oeste de Waroor: la primera, al mando del teniente coronel William Orrock, jefe de las patrullas de asalto, estaba compuesta por tres batallones separados en el campo por piezas de artillería colocadas entre ellos, y la segunda contaba también con tres batallones. La caballería, cuatro escuadrones al mando del teniente coronel Patrick Maxwell, se mantendría en la retaguardia, fuera del alcance de Assaye. Wellesley impartió las órdenes a sus oficiales de campaña personalmente, comenzando por Orrock, situado en el flanco derecho de la línea, y galopando después hacia el sur a lomos de su caballo de batalla castaño para hablar con el resto de oficiales. Collin Campbell, del 78º Regimiento, da testimonio de la importancia del poder de liderazgo personal de Wellesley:

El general se hallaba en el lugar de la acción todo el tiempo [.-.] nunca vi un hombre tan sereno y compuesto como él […] Aunque, se lo aseguro, hasta que nuestras tropas recibieron la orden de avanzar, la suerte del día no estaba muy clara.

Se entabló un duelo de artillería en el que las baterías de los marathas se llevaban la mejor parte. Wellesley informó de que «nuestros bueyes y los mayorales que han sido contratados para conducirlos sufrieron descargas directas y no se podía maniobrar con ellos. Sin embargo, algunos resistieron, y éstos continuaron disparando a todo objetivo a su alcance». Un oficial de caballería anónimo lo describió como «una espantosa y devastadora andanada […] nunca la artillería había recibido Canto daño, ni estado mejor defendida».

La infantería avanzó en buena formación, manteniendo a la segunda línea maniobrando justo a la derecha de la primera. El 78° Regimiento Escocés, situado al sur, a orillas del Kaitna, fue el primero en establecer contacto con los marathas. El disciplinado fuego de mosquete de las filas atacantes desestabilizó las posiciones de la infantería de Pohlmann, la mayor parte de la cual no resistió tiempo suficiente hasta que se desencadenase la carga a bayoneta calada. Los batallones de la Compañía, con sus soldados exultantes por la victoria, apuraron demasiado las labores de persecución y dispersión del enemigo y a punto estuvieron de caer en manos de la vigilante caballería maratha. Pero el 78° Regimiento se reagrupó ágilmente y se preparó para un nuevo triunfo.

Wellesley perdió su primera montura durante esa fase de la batalla, y escogió a Diomedes, su caballo gris de raza árabe, para alcanzar raudo el flanco norte, el lugar donde e! fuego era más intenso. Allí descubrió que Orrock había confundido sus órdenes y en vez de atacar en paralelo al resto del ejército maratha se había lanzado directamente sobre Assaye. El 74° Regimiento de Su Majestad, situado en el flanco izquierdo, adoptó la misma maniobra y ambos marchaban con paso firme hacía un fuego de mosquete y artillería que los más curtidos veteranos describieron como el más duro que habían sufrido jamás. «No deseo emitir ninguna reflexión acerca del oficial de piquetes -escribió Wellesley-. Lamento las consecuencias de su error, pero he de reconocer que no es posible que alguien dirija un cuerpo bajo unas descargas más cerradas como llevó él a sus patrullas de asalto aquel día, en Assaye.» La infantería de Pohlmann realizó, junto a la caballería, un ataque combinado sobre las patrullas y el 74° Regimiento y, a pesar de que estos últimos habían establecido una sólida formación en cuadro tras una empalizada formada por cadáveres de enemigos apilados apresuradamente, la situación era desesperada. Un oficial escribió que:

Los piquetes y el 74° Regimiento sufrieron el asalto de una espléndida y avezada línea de infantería combinada con tropas de caballería. Las patrullas perdieron a todos sus oficiales excepto al teniente coronel Orrock, y contaban sólo con setenta y cinco hombres. De los cuatrocientos hombres del 74° Regimiento, cerca de un centenar de ellos parecían tener posibilidades de sobrevivir. Todos los oficiales, excepto el comandante Swinton y el señor Grant, el intendente, estaban muertos o gravemente heridos.

Éste fue el momento crítico de la batalla. Y Patrick Maxwell, con la caballería tras el flanco amenazado, reaccionó para defenderlo y cargó con tres de sus escuadrones, provocando una «espantosa carnicería». Los Jinetes se precipitaron contra «el inmenso cuerpo que rodeaba a los elefantes que llevaban algunos de los jefes marathas», y alumno de ellos incluso llegó a cruzar el Juah. Wellesley ordenó rápidamente reagrupar su victoriosa y a la vez dispersa caballería y utilizó el resto del 78° junto al escuadrón de caballería de reserva para enfrentarse al contingente de la caballería maratha, que, al haber galopado hacia su propia artillería, carecía de capacidad de maniobra y estaba expuesta al avance de la infantería. Cuando dirigía el ataque, un maratha alcanzó a Diomedes en el pecho; Wellesley tendría que valerse de la tercera montura del día.

Mientras, se había empujado a la línea de Pohlmann de modo que el extremo izquierdo se hallaba en Assaye y el derecho frente al Juah. Maxwell había regresado al campo y Wellesley le ordenó inmediatamente que cargase contra el flanco oriental de la línea enemiga, al tiempo que él tomaba la reformada infantería y la lanzaba contra el centro y el flanco occidental. La metralla hirió a Maxwell justo cuando dirigía el avance de sus hombres; su muerte minó la moral de la tropa. Muchas fuentes señalan que ni buscaron refugio ni variaron el sentido de su maniobra frente a la vanguardia maratha. Pero un oficial de caballería afirma que «tuvimos éxito al conseguir tomar sus cañones, y mantuvimos la posición hasta que nuestra infantería de línea llegó». Quizá se refiera a las baterías de la segunda posición de Pohlmann, en cuyo caso su comentario tiene sentido, pues la infantería atacante, inevitablemente, tendría que pasar por allí. De todos modos, no hay duda acerca del impacto del asalto de la infantería, o el papel que el 78° desempeñó en ello. Sus hombres, después de efectuar una marcha de cuarenta kilómetros al amanecer y haber combatido durante todo aquel tórrido día, marcharon sobre la tercera posición de los marathas con el ímpetu de la primera vez. Los hombres de Pohlmann no esperaban aquel movimiento y se retiraron a través del Juah, dejando «el campo sembrado de muertos y heridos, tanto europeos como nativos, tanto de los nuestros como del enemigo». La caballería, exhausta tras el esfuerzo, no se hallaba en condiciones de iniciar la persecución.

Wellesley pasó la noche con algunos de sus oficiales en una granja cerca de Assaye. La batalla les había costado mil quinientas ochenta y cuatro bajas, entre muertos, heridos y desaparecidos, y entre los marathas, esta cifra quizá ascendiese a los seis mil. El enemigo había perdido todos sus cañones. Quince años mas tarde, un oficial de caballería le dijo a Wellesley que lo recordaba felicitando a un valiente sargento cipayo al final de la jornada, y cómo lo había ascendido «haciendo uso del sólido conocimiento de la lengua local que os hizo famoso». Puede que hiciese el comentario medio en broma, pues parece ser que lo dicho por el general file: «Acha havildar. jemadar». (De acuerdo, sargento: teniente.) Salta a la vista que en último término no puede considerarse ésta una muestra de habilidad lingüística deslumbrante. También puede ser que el incidente sea testimonio de la profunda fatiga física y mental de Wellesley. El tenía aquella batalla por «la más sangrienta, por el número de bajas, que haya visto»; más tarde le diría a Stevenson que «no me gustaría tener que verme de nuevo ante una pérdida como aquella que sufrí el 23 de septiembre, aunque fuese recompensada con la misma victoria». La pesadilla recurrente de aquella noche me que «todos estaban muertos». Años más tarde, cuando le preguntaron por la mejor estrategia que había desarrollado en su estilo de combate, respondió con una sola palabra: «Assaye».

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6 Opiniones

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  • Frau Hesselius
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    Son sólo sugestiones mías, ¿o este libro está escrito como el guión de uno de esos sesudos documentales que hace su autor, profesor de Historia Militar, para la BBC? Me explico: por más que intentaba concentrarme en la escurridiza personalidad del "Libertador de España", me ha sido complicadísimo por los "saltitos" (como cambios de plano) que iba dando Holmes? El libro es interesante (porque el protagonista, pese a su timidez y frialdad, fue una figura de peso), debe de ser una gozada para aquellos que disfruten como enanos con las batallas (como mi amiga Pilar), pero a mí me parece que falla bastante porque el autor sólo introduce detalles anecdóticos, totalmente inconexos, sobre sus relaciones con el género humano. Y aparecen a saltitos o trompicones, según se mire. Además, me esperaba algo más de la campaña en la Península Ibérica. Después de leerlo sólo me ha quedado claro que debió de sufrir mucho con ella porque dejó de afeitarse dos veces al días como tenía por costumbre (¡estos ingleses!). Y ya lo que es de coña es cuando describe su funeral en un día "frío y lluvioso como el clima de Burgos" (porque fue la única plaza que no pudo tomar en Europa). El clima de Burgos es seco. Muy seco.

  • I
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    Hombre, somos muchos los que disfrutamos de lo bélico. Somos así de raros :)

    En todo caso, Wellington me pareció un adelantado a su tiempo. Waterloo es la batalla que ganaron los prusianos y él se apuntó las medallas. ¡Qué marketing!

  • Frau Hesselius
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    Pues mira: precisamente por Waterloo terminé apreciando a Wellington. Digamos que me enamoré de él. Para él no fue ningún triunfo, sino una pesadilla. Los que más necesitan las medallas son los que están a salvo en los despachos o en los palacios, no los dudes. Un beso.

  • I
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    Aquí solo se bautiza quien tiene padrinos, eso está claro, y el de los despacho los tiene con más frecuencia que el de la trinchera.

    Lo que ando buscando yo es una novela que explique BIEN la batalla, que en cosa teórica me apaño, pero aún no he leído una versión novelada como Dios manda.

  • Frau Hesselius
    on

    ¿Traducida al castellano, quieres decir? Tampoco conozco ninguna centrada exclusivamente en ella. Mi Victor Hugo

  • Wolf
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    Oficial de caballería, de Allan Mallinson da una pequeña visión…pero tampoco recuerdo ninguna obra que "novelice" la batalla.

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