Winny de Puh y los filósofos

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De la impronta que para el imaginario popular (especialmente el anglosajón) tienen las inmortales historias de Winny de Puh , de Milne, nos da buena muestra la gran cantidad de secuelas y ensayos que se han puhlicado en los últimos cincuenta años protagonizados por el inimitable oso.

John Tyerman Williams es uno de los autores contemporáneos que más partido ha sacado del personaje de Milne, con obras como Puh y el Milenio (1997), Puh y los psicólogos (2000), Puh y los magos (2003) y el presente Winny de Puh y los filósofos (1996).

A lo largo de sus páginas veremos cómo la enfermiza ansiedad de Porquete (el cerdito amigo de Winny) no es otra cosa que la expresión del heidegeriano «Ser-para-la-muerte», cómo el episodio sobre la manera de atrapar a un Frusbo resulta un agudo comentario sobre la teoría kantiana del mundo fenoménico, o cómo la fiesta de cumpleaños del depresivo burro Iíyoo es un claro trasunto del «Festival del Asno» del Así habló Zaratustra nietzschiano.

ANTICIPO:
LA COSMOLOGíA GRIEGA

Todos los estudiosos de Puh estarán familiarizados con su aventura del globo que se narra en el capítulo 1 y con el «tarro útil» que Puh regala al burro Iíyoo en el capítulo VI. Todos los estudiosos de la temprana cosmología griega recordarán la atrevida teoría de Anaximandro de que la Tierra tiene forma cilíndrica, y recordarán también que Pitágoras, al igual que hiciera después Aristóteles, sostuvo, en cambio, que la Tierra era redonda. Pero, desgraciadamente, hasta ahora los filósofos han pasado por alto la evidente conexión que existe entre estos hechos tan bien conocidos. Y hemos de reconocer que no hay tarea que sea más gratificante para un erudito -a no ser, por supuesto, la búsqueda desinteresada de la verdad- que desvelar la ignorancia, la negligencia y la estulticia de sus colegas. A estas dos tareas vamos a dedicar nuestro esfuerzo.

Recordemos en primer lugar el episodio del globo. Winny de Puh pregunta a Christopher Robin si tiene un globo para prestarle, y Christopher Robin le pregunta que para qué quiere un globo.

Winny de Puh miró a su alrededor para asegurarse de que nadie le escuchaba, puso la zarpa junto a su hocico y dijo con un ronco susurro: -Miel.

Para empezar, el secretismo de Winny debiera ponemos sobre aviso de que hay en juego algo más que la mera miel material. Todo el que conozca a Puh conoce también su pasión, tan típica de un oso, por esta dulce sustancia. ¿A qué, entonces, tanto secreto?

Las mentes apresuradas se apresurarán a extraer la conclusión aparentemente obvia de que lo único que pretende Winny es quedarse con toda la miel para él solo. En absoluto. Es precisamente esta lectura superficial del asunto la que ha cegado a generaciones enteras acerca de la genuina profundidad de la gran obra de Milne y ha negado el verdadero lugar que le corresponde junto a Platón. Porque, en efecto, Milne es a Puh lo que Platón es a Sócrates.

Con que nos paremos a pensar un poco entenderemos la incongruencia de interpretar en este contexto la palabra «miel» en su sentido ordinario. ¿Por qué habría de tomar Puh tantas y tan elaboradas precauciones para proteger una miel tan difícil de alcanzar? Al fin y al cabo, si de lo que se trata aquí es de la mera materia llamada miel, ni siquiera él, con la ayuda del globo, es capaz de hacerse con ella.

¿Cuál es, pues, el significado profundo de la miel? ¿Qué está buscando Puh en realidad?

No se sorprenda el lector de hallar la respuesta a esta pregunta, al menos en parte, en el Evangelio según San Mateo, donde se nos dice de Juan el Bautista que «su comida eran langostas y miel silvestre»; en el Deán Swift, que asocia la miel a «una de las dos cosas más nobles, que son la dulzura y la luz»; y en el himno que describe la Jerusalén celestial como «bendecida con leche y miel»,

Estas citas, escogidas entre otras muchas, ponen claramente de relieve que hay una tradición secular que hace de la miel un símbolo, bien de búsqueda espiritual, como en San Juan Bautista, o de recompensa del que busca y encuentra, como en los otros ejemplos.

A los lectores que estén más familiarizados con el significado de «la dulzura y la luz» en la obra del poeta Matthew Arnold que en la de Swift les resultará fácil aplicado al Oso Puh, que desprende esas admirables cualidades por donde quiera que vaya.

No tenemos aquí la intención de examinar la espiritualidad de Winny o las protestas sobre su santidad. El asunto de su canonización se encuentra en un estadio demasiado temprano y delicado como para que resulte oportuno abordado. Por el momento, nos contentaremos con señalar que, como bien ha demostrado Benjamin Hoff, Puh ha alcanzado la Iluminación escuchando la voz interior. Recordemos también que Sócrates, cuya similitud con el Oso no nos cansaremos de reconocer, a menudo ha sido considerado un místico.

Aquí, no obstante, nos ocupamos de Puh el filósofo, y por ello podemos afirmar con absoluta certeza que el significado primigenio de «miel» en esta parábola es la verdad filosófica. Bien, hasta ahora nos hemos concentrado en el simbolismo de la miel, pero, sin duda, el globo es igualmente importante. Ya hemos apuntado que simboliza la tierra. Exploremos ahora esta idea para ver si extraemos alguna enseñanza de toda la riqueza que contiene.

La forma del globo hace obvio el simbolismo elemental, y la imagen del globo flotando en el aire es la más cercana a la tierra flotando en el espacio que nos permiten los límites imaginativos de esta parábola. No obstante, tal imagen suscita una serie de preguntas. Incluso podría plantear lo que una mente superficial denominaría dificultades.

Una mente superficial podría objetar que si, en razón de la argumentación, aceptamos esta teoría un tanto extravagante del significado oculto de la imagen, el episodio muestra con toda claridad que Winny falló estrepitosamente en su búsqueda de la verdad. Porque no consiguió la miel, y Christopher Robin tuvo que rescatarle haciendo bajar globo y oso de un perdigonazo.

Otros podrían preguntarse cuál es la conexión entre la forma de la tierra y la verdad filosófica. ¿No estaremos confundiendo la filosofía con la astronomía?

Para responder primero a la segunda pregunta, señalemos que la separación entre ciencia y filosofía es comparativamente reciente. Hasta bien entrada la época moderna, lo que ahora llamamos «ciencia» correspondía a la denominada «filosofía natural». Los más temprano s filósofos griegos eran cosmólogos, es decir, investigadores, curiosos de la naturaleza del universo. ¿Cómo empezó, de qué estaba hecho? ¿Qué eran las estrellas y los planetas? ¿A qué distancia estaban? ¿Qué forma tenía la tierra?

Recordando -algo que no debemos olvidar nunca- que Puh es un filósofo verdaderamente universal, vemos que es del todo natural que se interese por la cosmología. No sería el fenómeno excepcional que es si no encerrara en sí la totalidad de la filosofía occidental.

El lector inteligente ya se habrá dado cuenta de que el Gran Oso nos está recordando que, en algún momento entre el 550 y el 500 A.C., los pitagóricos sostenían que la tierra era redonda y se movía circularmente en torno a un fuego central. Dos siglos después, Aristóteles repetía que la tierra era redonda, aunque la concebía como estacionaria y situada en el centro del universo. Fue la concepción de Aristóteles la que aceptaron la mayor parte de los europeos cultos hasta el siglo XVII, en que fue sustituida por el sistema heliocéntrico de Copérnico y Galileo.

Si nos remitimos a la primera objeción, hemos de admitir que nos topamos con una dificultad más real. En la historia de Puh, el globo y la miel, parece evidente que el oso fracasa en su búsqueda. ¿A qué atenemos, pues?

Llegados a este punto, el lector perspicaz confiará en nuestra habilidad para hallar una interpretación alegó rica, y el lector perspicaz estará en lo cierto. Hay diversas interpretaciones, pero no todas encajan fácilmente unas con otras. Seleccionaremos las más obvias y discutiremos los problemas que plantean. Por último, sugeriremos una solución.

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