Yo estoy vivo y vosotros estais muertos. Philip K. Dick 1928-1982

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Para unos, Philip K. Dick no es más que el nombre de un escritor de ciencia ficción, cuyas obras inspiraron las películas Blade Runner y Desafío Total. Para otros, es uno de los escritores esenciales del siglo XX. Y, para unos pocos, el agente de una auténtica Revelación.

Una cuestión obsesiva que ha hecho de su vida caótica una extraña odisea espiritual: ¿Quién sabe lo que es realmente?, ¿Quién de nosotros puede probar, por ejemplo, que Alemania y Japón no ganaron la guerra, que vivimos en la Tierra, que somos hombres, que no estamos muertos?

En California de los años sesenta, esas vertiginosas dudas llevaron a Dick a un encuentro con las drogas. Confió en que le darían acceso, más allá de los simulacros, a una Realidad Última. Se convirtió en un apóstol del LSD, un gurú de la contracultura. /i>El hombre en el castillo, Ubik, La penúltima verdad, unas novelas que se mueven en el estrecho filo entre la revelación y la locura, fueron la Biblia psicodélica para toda una generación.

Entonces el sueño se convirtió en pesadilla. El explorador de la conciencia se perdió dentro del laberinto. En 1974, tras los años de vagabundeo espantoso, tuvo una experiencia mística, y hasta el momento de su muerte se preguntó si era un profeta o el juguete de una psicosis paranoica, y si existía una diferencia entre ambos.

ANTICIPO:
Una noche, en aquellos años, tuvo un sueño que volvió a visitarlo en varias ocasiones. Se veía en una librería buscando un ejemplar de Astounding que faltaba en su colección. En el ejemplar, muy raro y carísimo, figuraba un cuento titulado El Imperio nunca dejó de existir. Si hubiese podido apoderarse de él, si hubiese conseguido leerlo, lo habría sabido todo. El primer sueño fue interrumpido antes de que alcanzara la pila de revistas descoloridas en las que, según creía, se hallaba el precioso ejemplar. Aguardó su retorno con inquieto fervor y, cuando se produjo, aliviado de que la pila siguiera allí, volvió a examinarla febrilmente. A cada sueño la pila disminuía, pero él siempre despertaba antes de llegar al último ejemplar. Pasaba los días repitiéndose el título del cuento, cuya sonoridad terminó confundiéndose con la palpitación de la sangre en sus oídos cuando tenía fiebre. Se imaginaba las letras que lo componían y la ilustración de la portada. Esa ilustración, aunque fuera borrosa o tal vez por eso, lo inquietaba. Con el correr de las semanas su deseo se tiño de angustia. Sabía que si leía El Imperio nunca dejó de existir le serían revelados todos los secretos del mundo, pero presentía que ese conocimiento comportaba un peligro. Lovecraft lo había escrito: si conociéramos todo, el terror nos haría enloquecer. Llegó a representarse su sueño como una trampa diabólica y el ejemplar escondido debajo de la pila como un monstruo agazapado, dispuesto a devorarlo tan pronto como llegara al final del tobogán que conducía a sus fauces. En lugar de precipitarse como al comienzo, procuró frenar el movimiento de sus dedos que, hojeando un ejemplar tras otro, lo acercaban al terror final. Empezó a tener miedo de dormirse y se entrenaba para permanecer despierto. Sin una razón aparente, el sueño cesó. Esperó su retorno con ansiedad, luego otra vez con impaciencia; a las dos semanas lo hubiese dado todo para que volviera. Recordó el cuento de los tres deseos, en el que cada deseo es derrochado para remediar en el último momento la imprudencia del anterior: primero había deseado leer El Imperio nunca dejó de existir; luego, presintiendo el peligro, había deseado que le ahorraran esa lectura; ahora deseaba de nuevo volver a leerlo; si se negaban a satisfacerlo, pensaba, era quizá por misericordia, porque no tenía derecho a un cuarto deseo. Sin embargo, se sintió decepcionado, puesto que el sueño no volvió. Esperó con ansiedad. Después lo olvidó.

Era un chico un poco demasiado gordo, sofocado, que vivía solo con su madre. Se llamaban el uno al otro Philip y Dorothy y se trataban con una curiosa ceremonia. De noche, acostados en sus camas, se hablaban de una habitación a otra, dejando abiertas las puertas del pasillo. Sus temas de conversación preferidos eran los libros, las enfermedades y los remedios que supuestamente debían aliviarlas. Hipocondríaca consumada, Dorothy poseía una farmacia tan extensa como la discoteca de su hijo, abierta igualmente a todas las novedades: cuando, después de la guerra, aparecieron los primeros sedantes, fue una de las pioneras de aquel nuevo eldorado químico. Probó Torazina, Valium, Tofranil y Librium a medida que fueron saliendo a la venta, comparando el sopor que cada uno de ellos producía y elogiando los méritos de estos productos a sus amigos.

De vez en cuando Phil se veía con su padre, que se había vuelto a casar y se había instalado en Pasadena, donde trabajaba como presentador de una radio local. El oficio del padre ejercía un gran prestigio en el adolescente tímido que soñaba con tener influencia sobre los demás. Durante la guerra había sido, como todo el mundo, un patriota, pero la propaganda de Goebbels también lo había deslumbrado. Se jactaba de ser capaz de admirar la ejecución de un plan que no aprobaba, con tal de que fuera impecable. Un tribuno y un dirigente dormitaban en él, pero como no podía arrastrar a nadie, se quedaba solo en su rincón.

A falta de otra cosa, era eso lo que más le gustaba: quedarse agazapado en su rincón y acumular allí sus posesiones. Regularmente, su madre le rogaba que ordenara su habitación, en la que reinaba el característico desorden de los maníacos que, capaces como Sherlock Holmes de fechar un informe por la capa de polvo que lo cubre, prefieren orientarse por su cuenta: un fárrago invisiblemente clasificado de maquetas de aviones, tanques, juegos de ajedrez, discos, revistas de ciencia ficción y fotos de chicas desnudas, mejor escondidas que las demás cosas.

Pues también empezaban a interesarle las chicas. Sin demasiado éxito, debido a su excesiva inseguridad, pero lo suficiente como para que la osmosis con Dorothy se viera afectada. Desamparada, la madre advirtió de pronto que la apatía escolar, la introversión y las crisis de ansiedad de su hijo reclamaban los servicios de un psiquiatra. Tenía catorce años cuando lo llevó al primero de una serie casi ininterrumpida hasta su muerte.

Al cabo de pocas sesiones, apoyadas con la consulta de libros febrilmente anotados por su madre, el joven Dick hablaba con aplomo de neurosis, complejos y fobias, sometiendo a sus amigos a unos tests de personalidad de los que sacaba, sin revelarles el secreto de su saber, conclusiones diversamente halagüeñas y diversamente apreciadas.

A fines de los años treinta, el progreso de estos tests había modificado considerablemente las ideas que un americano medio tenía sobre lo que ocurría en su cabeza y en la de su vecino. En el momento de la declaración de la guerra, los tests revelaron que de los catorce millones de soldados convocados, más de dos millones padecían problemas neuropsiquiátricos. La cifra, que nadie hubiese imaginado antes de ser confirmada por datos considerados como científicos, hizo que cundiera el pánico y que se realizaran gastos enormes, tanto en el sector de la salud mental como en el fomento de la expansión del psicoanálisis, con la esperanza de convertir a aquellos anormales en ciudadanos responsables y equilibrados.

Esta confianza puede parecer inocente, la misma que hizo sonreír al viejo Freud cuando, al desembarcar en Nueva York, se vanaglorió de llevar la peste al Nuevo Mundo. Pero los psiquiatras y psicoanalistas americanos, menos rigurosos que en Europa sobre las diferencias entre sus disciplinas, habían incorporado el freudismo a sus ideas pragmáticas y se consagraban más a la adaptación a las normas sociales que al conocimiento o a la aceptación de uno mismo. Los tests que hacían pasar por la fuerza a sus pacientes, para evaluar sus progresos, tenían un solo objetivo: que funcionaran normalmente. O, al menos, que dieran la impresión de que funcionaban normalmente.

Cuando yo era niño, era miope, y recuerdo que dejé boquiabierto a un oculista recitando de memoria las letras del tablero con el que me medía la vista: argumenté que, como podía leerlo todo, incluidos los caracteres diminutos de abajo, no valía la pena que me aconsejara el uso de gafas (aunque sin éxito). De adolescente, Dick adquirió el mismo tipo de familiaridad con los tests, pero los utilizó con mucho más virtuosismo. Valiéndose de su intuición, de su temprana experiencia y de la rigidez del sistema, aprendió a eludir las trampas que escondían las preguntas y a adivinar las respuestas que esperaban de él. Como conocía, como un alumno que se ha procurado los apuntes del maestro, las casillas que había que marcar en el Wordsworth Personal Data Sheet o en el Minnesota Multiphasic para dar una respuesta satisfactoria o identificar un dibujo en cierta mancha del Rorschach que suscitara perplejidad, fue por voluntad propia normalmente normal, normalmente anormal, anormalmente anormal, anormalmente normal (su triunfo), y, a fuerza de alternar los síntomas, acabó enloqueciendo a su psiquiatra.

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