Ysabel

YsabelGuyGavrielKay

Mientras el joven Ned explora la catedral de Aix-en-Provence, se encuentra con Kate Wenger, una estudiante de intercambio estadounidense con un profundo conocimiento de la historia de la zona. Cuando sorprenden allí a un extraño con una cicatriz en la cara y un cuchillo, no saben cómo reaccionar. «Creo que deberíais marcharos ya», les dice. «Os habéis topado con una historia muy antigua…»
En ese lugar donde los límites entre los vivos y los que llevan mucho tiempo muertos se desdibujan, Ned y su familia están a punto de entrar en un cuento extraño e inquietante, mientras figuras mitológicas pertenecientes a conflictos pasados irrumpen en el presente reclamando… vidas.
Guy Gavriel Kay es el galardonado autor de nueve novelas, entre ellas la trilogía ‘El tapiz de Fionavar’, y varios super-ventas como Los leones de Al-Rassan y Tigana (también en La Factoría de Ideas).

ANTICIPO:

No lo tocó. No era ni tan valiente ni tan estúpido. En realidad tenía el vello de la nuca erizado.
—Otra rejilla —gritó Kate alegremente desde arriba—. Tal vez tenías razón. Tal vez después de cubrir la calzada romana necesitaban…
—He encontrado algo —dijo él.
Su voz sonó forzada, poco natural. El haz de luz de la linterna temblaba. Intentó mantenerla fija, pero el movimiento había iluminado otra cosa y ahora estaba mirando ahí. Otro nicho. Con lo mismo dentro, pensó al principio, pero después se dio cuenta de que no era así. No era del todo igual.
—¿Encontrado? ¿Qué quieres decir? —gritó Kate.
Su voz, a solo unos pasos de distancia y arriba, le pareció a Ned que procedía de muy, muy lejos, de un mundo que había dejado atrás cuando había bajado ahí. No pudo responder. Era incapaz de hablar. Mientras, miraba. La luz temblaba al pasar de un objeto a otro.
El primero, colocado en un hueco con forma ovalada en la pared y dispuesto cuidadosamente sobre una base de arcilla, era un cráneo humano.
Estaba bastante seguro de que no pertenecía a ninguna tumba que hubiera ahí abajo; estaba demasiado expuesto, era demasiado obvio que lo habían puesto ahí para que se viera. No era un enterramiento. La base era como esas que colocaba su madre sobre la repisa de la chimenea o sobre las estanterías que había a ambos lados del fuego para sostener algún objeto que hubiera encontrado en sus viajes, un artefacto de Sri Lanka o de Ruanda.
Ese cráneo había sido puesto ahí para que lo encontraran, no para que tuviera un descanso eterno.
El segundo objeto lo dejaba más claro todavía. En un hueco muy similar, junto al primero, y sobre un soporte de arcilla idéntico, había una escultura de una cabeza humana.
Estaba lisa y desgastada, como envejecida. La única línea brusca estaba en la parte baja, como si la hubieran decapitado, como si la hubieran recortado por el cuello formando picos. Resultaba aterradora, como si le estuviera hablando o haciendo señales a través de los siglos: un mensaj e que él no quería comprender. En cierto modo lo asustaba incluso más que los huesos. Ya había visto cráneos antes; y se podía hacer chistes con ellos, como con el que tenían en el laboratorio de ciencias: «¡Ay, pobre Yorick! ¡Qué nombre tan horrible!».
Nunca había visto nada parecido a esa talla. Alguien se había tomado las molestias de bajar ahí, excavar un hueco en la pared y fijarla a una base junto a un cráneo real en un pasillo subterráneo que no conducía a ninguna parte. Y significaba… ¿qué?
—¿Qué pasa? —gritó Kate—. Ned, estás asustándome.
No podía responderle. Tenía la boca demasiado seca, no le salían las palabras. Entonces, después de obligarse a mirar más detenidamente hacia la dirección de la luz de la linterna, Ned vio que la cabeza esculpida era completamente lisa en la parte de arriba, como si fuera la cabeza de una persona calva. Y había un corte profundo en la cara de piedra, un arañazo, a lo largo de la mejilla y por detrás de la oreja.
Salió de allí tan rápido como pudo.
Estaban sentados en el claustro bajo la luz de la mañana, uno al lado del otro, sobre un banco de madera. Ned no había estado seguro de a cuánta distancia de ella sentarse.
Había un árbol bajo enfrente de ellos, el que aparecía en la portada del folleto. Resplandecía con flores de primavera en el pequeño y tranquilo j ardín. Estaban junto a la puerta que conducía hacia el interior de la catedral. Allí no había brisa. Era un lugar apacible.
Las manos, que sostenían la linterna roja de Kate, aún le temblaban.
Se dio cuenta de que debía de haberse dejado el folleto de Melanie en el baptisterio. Se habían quedado el tiempo justo para colocar la rejilla encima del espacio abierto tirando de ella, arrastrándola contra el suelo de piedra. Ni siquiera había querido hacerlo, pero algo le dijo que era necesario, que había que cubrir lo que yacía abajo.
—Dime —dijo Kate.
Estaba mordiéndose el labio otra vez; estaba claro que era un hábito. Respiró hondo, se miró las manos y, a continuación, mientras miraba el árbol iluminado por el sol, pero no a la chica, le habló sobre el cráneo y la cabeza esculpida. Y la cicatriz.
—¡Oh, Dios! —dijo ella.
Una expresión acertada. Ned se apoyó contra el rugoso muro.
—¿ Qué hacemos ? —preguntó Kate—. ¿ Se lo decimos a… los arqueólogos ?
Ned negó con la cabeza.
—Esto no es un descubrimiento de una antigüedad. Piensa en ello un segundo.
—¿Qué quieres decir? Has dicho que.
—He dicho que parecía antiguo, pero esas cosas no llevan ahí mucho tiempo. No puede ser. Kate, ahí ha debido bajar gente decenas de veces. Y muchas más. Eso es lo que hacen los arqueólogos. Habrán bajado para ver esas… losas de la calzada romana, para buscar la tumba, para examinar el pozo.
—La fuente —dijo ella—. Es eso. No es un pozo.
—Lo que sea. Pero la cuestión es que ese tipo y yo no hemos sido los primeros en bajar ahí. La gente habría visto y grabado y. y hecho algo con esas cosas si hubieran llevado ahí mucho tiempo. Ahora estarían en un museo. Se habría escrito algo sobre ellas. Aparecerían en los paneles informativos de la pared, Kate.
—¿Qué estás diciendo?
—Estoy seguro de que alguien las ha puesto ahí hace poco. —Vaciló—. Y que han hecho esos huecos en la pared para colocarlas.
—Oh, Dios —volvió a decir ella.
Lo miró. Bajo la luz él podía ver que sus ojos eran marrón claro, como su pelo. Tenía pecas en la nariz y en las mejillas.
—¿Quieres decir para que. lo viera nuestro hombre?
«Nuestro hombre.» No sonrió, aunque en otro momento lo habría hecho. Las manos le habían dejado de temblar, como pudo ver complacido.
Asintió.
—La cabeza era suya, seguro. Sin pelo, la cicatriz. Sí, estaba ahí por él.
—Está bien. Ummm… ¿y quién las ha puesto ahí?
En este punto él sonrió un poco.
—No tienes remedio.
—Estoy pensando en alto, chico detective. ¿Llevas encima la placa de juguete?
—Se me ha olvidado.
—Ya, esto también se te ha olvidado. —Sacó el folleto de su mochila.
Él lo cogió.
—Tienes que conocer a Melanie —volvió a decirle.
Miró la guía. La imagen de la portada se había tomado en esa época del año; las flores del árbol eran idénticas. Se lo enseñó.
—Muy bonito —dijo ella—. Es un ciclamor. ¿Quién es Melanie?
Lo que se imaginaba; conocería el árbol.
—La ayudante de mi padre. Tiene tres personas con él, alguien de la editorial que va a venir y yo.
—¿Y tú qué haces?
Él se encogió de hombros.
—Estar por ahí. Reptar por túneles. —Miró a su alrededor—. ¿Hay algo interesante por aquí?
—Aire fresco. Me estaba mareando dentro.
—Yo también ahí abajo. No debería haber ido.
—Probablemente no.
Se quedaron en silencio un momento y entonces Kate dij o, con voz animada e imitando a una guía turística:
—Las columnas muestran relatos bíblicos principalmente. David y Goliat están allí.
Ned vio un par de columnas redondeadas unidas sujetando otra cuadrada y pesada, que a su vez sostenía el pasillo techado. En el cuadrado de arriba había dos figuras entrelazadas y talladas: un hombre de rostro suave sobre la cabeza mucho más grande y el cuerpo retorcido de otro. ¿David y Goliat?
Miró a Kate, que seguía en el banco.
—Madre mía, ¿cómo lo has adivinado?
Ella sonrió.
—No lo he hecho. Estoy de broma. Hay otro panel informativo en la pared más abajo. Lo he leído cuando he entrado. La reina de Saba está en el otro lado. —Señaló hacia el otro lado del jardín donde se encontraba la otra pasarela.
Como estaba señalando, Ned miró en esa dirección; de lo contrario no lo habría hecho. Y como él estaba de pie donde estaba, vio la rosa apoyada sobre las dos columnas redondeadas de otro pilar en el otro extremo.
Y fue entonces… justo entonces… cuando comenzó a sentirse muy extraño.
No era miedo (eso ya lo estaba sintiendo desde hacía rato), ni tampoco emoción; era como algo que estuviera desbloqueándose o descubriéndose, cambiando. era todo, en realidad.
Lentamente recorrió el claustro entre penumbras en esa dirección y pasó por delante de la puerta que daba a la calle y que Kate había utilizado para entrar. Por ahí habría salido con ella un momento antes. Solo un momento, y la historia se habría detenido para los dos.
Siguió por ese lateral y llegó hasta el extremo, enfrente de donde habían estado. Kate seguía sentada en el banco de madera y su mochila verde estaba a su lado, sobre el pavimento de piedra. Ned desvió la mirada hacia el pilar que tenía delante, con la única rosa apoyada entre las dos columnas. Miró la talla.
No era la reina de Saba.
Nunca había estado más seguro de algo en toda su vida. Independientemen­te de lo que dijera el panel que había sobre la pared, no era eso. La gente que escribía los folletos y las guías no siempre lo sabía todo. Podía parecerlo, pero no siempre lo sabían.
Notó que Kate se había levantado y estaba yendo hacia él, pero no podía apartar los ojos de la mujer que había en la columna. Era la única de todas las columnas alargadas y dobles que tenía encima una figura de cuerpo entero. El corazón volvía a palpitarle con fuerza.
Pudo ver que estaba desgastada casi por completo, más erosionada que cualquiera de las otras tallas más pequeñas por las que había pasado. Al principio no sabía a qué se debía, pero entonces, por lo que estaba abriéndose dentro de él, pensó que lo sabía.
La habían hecho así, apenas esbozada en la piedra y con los rasgos menos definidos con la intención de que se desvaneciera, que desapareciera, como algo que estaba perdido desde el principio.
Pudo ver que era delicadamente esbelta y que habría sido alta. Aún podían verse unos detalles elegantes y esmerados en la túnica que llevaba y en la toga que le llegaba a los tobillos. Podía ver un cabello trenzado cayendo por debajo de los hombros, pero la boca y la nariz casi habían desaparecido, estaban desgastados y apenas podían vérsele los ojos. Aun así, Ned tuvo la sensación (¿una ilusión?) de ver una ceja enarcada, de algo irónico en esa esbelta elegancia.
Sacudió la cabeza. Era una escultura erosionada en un oscuro claustro. No debería haberle llamado la atención ni lo más mínimo, era la clase de cosa que pasabas de largo para seguir con tu vida.
De pronto Ned tuvo la sensación de notar el peso del tiempo. Estaba de pie en un jardín en el siglo xxi y era absolutamente consciente de hasta dónde se remontaba, más allá de una escultura medieval, la historia de este lugar. Hombres y mujeres habían vivido y muerto ahí durante miles de años. Y la vida había seguido.
Y tal vez después de eso no siempre se fueron del todo.
Nunca antes había tenido esa clase de pensamiento.
—Era preciosa —dijo. O, mejor dicho, susurró.
—Bueno, eso pensaba Salomón —dijo Kate suavemente al situarse a su lado.
Ned sacudió la cabeza. Ella no lo entendía.
—¿Has visto la rosa? —preguntó Ned.
—¿Qué rosa?
—Detrás de ella.
Kate dejó caer su mochila y se echó hacia delante, apoyándose en la barandilla que protegía el jardín.
—Aquí no hay. no hay rosales —dijo ella al momento.
—No. Creo que la ha traído él. La ha puesto ahí antes de entrar.
—¿Él? ¿Nuestro amigo? ¿Quieres decir.?
Ned asintió.
—Y sigue aquí.
—¿Qué?
De eso último acababa de darse cuenta, lo había pensado a la vez que formaba las palabras. Había estado pensando, intentando concentrarse. Y lo había sentido.
Ahora estaba asustándose, pero había algo que podía ver en su mente, una presencia de luz o color, un aura. Carraspeó. Podías huir de un momento así, cerrar los ojos, decirte que no era real.
O podías, por el contrario, decir en alto, tan claro como pudieras, alzando la voz:
—Nos has dicho que te ibas, ¿por qué sigues ahí?
Lo cierto era que no podía ver a nadie, pero eso no importaba. Las cosas habían cambiado. Más tarde situaría el comienzo de ese cambio en el momento en que había cruzado el claustro y había contemplado el rostro de una mujer, casi desvanecido y tallado en piedra cientos de años atrás.
Kate dejó escapar un pequeño grito y rápidamente se situó detrás de él en la pasarela.
Hubo un silencio roto por la bocina de un coche procedente de una calle cercana. Si no hubiera estado tan seguro, Ned bien podría haber pensado que la experiencia vivida bajo tierra lo había puesto completamente nervioso, que le había hecho decir y hacer cosas absolutamente raras.
Pero entonces oyeron a alguien responder, lo que eliminaba esa posibilidad.
—He de confesar que estoy sorprendido.
Las palabras vinieron del tejado inclinado, a su derecha, hacia las ventanas superiores de la catedral. No podían verlo. No importaba. La misma voz.
Kate volvió a gimotear, pero no salió corriendo.
—Créeme —dijo Ned intentando parecer calmado—. Yo estoy más sor­prendido.
—Y yo puedo garantizar que os supero a los dos —dijo Kate—. Por favor, no nos mates.
Por encima de todo a Ned le resultaba muy extraño estar de pie junto a alguien que estaba pronunciando palabras como «por favor, no nos mates» y diciéndolas en serio.
Su existencia hasta ese momento no lo había preparado para nada parecido.
La voz que venía del techo era grave.
—He dicho que no lo haría.
—Pero también has dicho que lo habías hecho antes —dijo Kate.
—Lo he dicho. —Y entonces, después de otro silencio—: Os equivocaríais al pensar que soy un buen hombre.
Ned lo recordaría. Es más, lo recordaría casi todo. Dijo:
—¿Sabes que tu cara está allí abajo, al final del pasillo?
—¿Has llegado allí? Eres valiente. —Una pausa—. Sí, claro que está ahí.
¿Claro? Hablaba con una voz baja, clara, precisa. Ned se dio cuenta (su cerebro no había procesado correctamente esto antes) de que había hablado en inglés y el hombre había respondido del mismo modo.
—Imagino que el cráneo que hay al lado no es tuyo. —Un chiste muy malo.
—A alguien le habría gustado que lo fuera.
Ned lo captó, o intentó hacerlo. Y entonces algo le ocurrió, del mismo e inexplicable modo que antes.
—¿Entonces, quién… quién fue la modelo para ella? —preguntó. Estaba mirando a la mujer de la columna. Le resultaba difícil no mirarla.
Silencio encima de ellos. Ned sintió rabia, en aumento y contenida. En su mente ahora podía situar la figura encima de las tejas, exactamente donde se encontraba el hombre: lo veía en su interior, en color plata.
—Creo que deberíais iros ya —dijo el hombre finalmente—. Os habéis topado con una historia muy antigua. No es lugar para niños. Creedme —volvió a decir.
—Te creo —dijo Kate con sentimiento—. ¡No lo dudes!
Ned Marriner sintió su propia furia invadirlo, con fuerza. Le sorprendía cuánta estaba sintiendo esos días.
—Vale, sí —dijo—. «Marchaos, niños», pero ¿qué se supone que tengo que hacer yo con esta… sensación que tengo ahora? ¿Sabiendo que esta no es la maldita reina de Saba, sabiendo exactamente que estás ahí arriba ? Esto es una locura. ¿Qué se supone que tengo que hacer?
Después de otro silencio, la voz volvió a oírse, con más delicadeza.
—No eres la primera persona que percibe estas cosas. Eso debes de saberlo, ¿verdad? En cuanto a qué tienes que hacer… —De nuevo ese tono de diversión—. ¿Es que ahora soy consejero? Qué extraño. ¿Qué hay que hacer en la vida? Terminar de crecer; la mayoría de la gente no lo hace. Encontrar la alegría que hay que encontrar. Intentar evitar a hombres con cuchillos. No somos… esta historia no es importante para vosotros.
La furia de Ned desapareció tan pronto como había aparecido. Eso también era extraño. En el eco de esas palabras, se oyó decir:
—¿ Y podríamos ser nosotros importantes para esa historia ? Ya que parece que yo…
—No —dijo la voz sobre ellos, claramente desdeñosa—. Como tú mismo has dicho: marchaos. Será lo mejor, independientemente de cómo afecte a vuestra vanidad. No soy tan paciente como he podido ser en alguna ocasión.
—Oh, ¿en serio? ¿No como cuando la esculpiste? —preguntó Ned.
—¿Qué? —volvió gritar Kate.
En ese mismo instante hubo una explosión de color en la mente de Ned y después movimiento, por arriba y a su derecha: una figura borrosa precipitán­dose hacia abajo. El hombre del techo dio una voltereta para caer de las tejas inclinadas y aterrizar en el jardín delante de ellos. Su rostro ardía de rabia y era blanco grisáceo. Era casi idéntico a la cabeza esculpida que había baj o tierra, pensó Ned.
—¿Cómo lo has sabido? —gruñó el hombre—. ¿Qué te ha dicho él?
Era de estatura media, tal como Ned supuso. No era tan viejo como podía indicar la cabeza calva; hasta podría decirse que era guapo, pero estaba demasiado delgado, como si hubieran tirado de él, como si lo hubieran estirado, y la falta de pelo lo acentuaba, junto con los marcados pómulos y el corte de la boca. Sus ojos azules grisáceos también eran duros. Ned vio que tenía flexionados sus largos dedos, como si quisiera agarrar a alguien por el cuello. Alguien. Ned sabía quién sería.
Pero, extrañamente, ahora no tenía miedo.
Hacía menos de una hora había entrado en una iglesia vacía para matar el tiempo con su música, aburrido, nervioso y asustado de pensar en su madre. Solo eso último seguía siendo verdad. Una hora antes el mundo había sido un lugar diferente.
—¿ Decirme ? ¡ Nadie me ha dicho nada! —dij o—. No sé cómo sé estas cosas. Te he preguntado, ¿lo recuerdas? Acabas de decir que no soy el primero.
—Ned —dij o Kate. La voz se le rasgó como si hiciera falta engrasarla—. Esta escultura se hizo hace ochocientos años.
—Lo sé —respondió él.
El hombre delante de ellos dijo:
—Un poco más.
Vieron cómo cerró los oj os y los abrió, mirando fríamente a Ned. La chaqueta de cuero era de color gris pizarra y la camisa que llevaba debajo era negra.
—Has vuelto a sorprenderme. Eso no suele ocurrir.
—Lo creo —dijo Ned.

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