Los Empalados

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Hace un año ya de aquel fatídico día que quisiera dejar en el olvido. En mi inocencia pensé que era muy afortunada; un sueño hecho realidad. ¿Acaso todas esas horas de estudio, dedicación y esfuerzo, no se verían recompensados al fin?

Fue en un día de Noviembre, cuando ya las hojas caían de los árboles y el frío calaba hasta los huesos, que mi equipo y yo llegamos al territorio de Valaquia. Éramos un grupo de cinco personas: Sofía, Marcos, Julián, Estefanía, y yo que respondo al nombre de Laura. Cargábamos cámaras fotográficas y de video, los chicos llevaban los trípodes y las baterías, y nosotras nos encargamos de las carpas y las raciones de agua y comida. En fin, estábamos preparados para filmar el primer documental arquitectónico, de habla hispana, sobre el castillo de Bran, antigua residencia de Vlad Tepes, o como los rumanos aún le llamaban, Drácula.

Realizamos las primeras grabaciones durante el atardecer. La estructura medieval se erguía orgullosa en la montaña de los Cárpatos. Sus muros de piedra gris apenas tocados por el tiempo y sus torres y techos con tejas, hablaban de una época que se negaba a quedarse escondida, y se reflejaba sobre las tranquilas aguas del río Arges.

Al caer la noche sobre nosotros, usamos algunas baterías y montamos el campamento a las afueras del castillo. Reíamos y comíamos y nunca nos habíamos sentido tan cerca del éxito como en ese entonces. Cuando nos preparábamos para dormir, escuchamos un extraño ruido que provenía de la edificación. Era sutil, en un principio, semejante a un susurro que llevaba el viento. Luego se convirtió en una sucesión de gritos y lamentos. Personas que clamaban por piedad y misericordia.

La sangre se nos heló, nos miramos, y sé que por un momento, todos pensamos que debíamos irnos de allí al instante. Pero siendo lo que éramos, la oportunidad de grabar algo que nadie había grabado jamás, era muy tentadora para dejarla ir. Yo tomé una cámara fotográfica y Marcos una de video. Decididos, entramos al castillo con cautela.

Dentro estaba lleno de espectros, guardias de la antigua Moldavia de siglo 15, empalando brutalmente a cientos de personas, sin importar edad o sexo. Era la viva imagen de las masacres que hicieron famoso al príncipe Tepes. Marcos empezó a grabar, yo estaba petrificada hasta que Estefanía me zarandeó el hombro y me señaló la cámara que llevaba al cuello.

Recordando cuál era mi trabajo, tomé la primera foto. Ese fue mi error. El flash de la cámara hizo detener a esas almas atormentadas. Fijándose por primera vez de que no estaban solos, nos miraron. Antes de que pudiéramos hacer o decir algo, Marcos se vio atrapado por una fuerza invisible que le elevó por el aire hasta llevarlo por encima de una de las estacas espectrales y empalarlo.

Gritamos y salimos corriendo. No nos detuvimos en el campamento, simplemente corríamos. Miré hacia atrás, y para mi horror nos perseguían. Escuché el grito de Sofía, al igual que el de Julián. Estefanía y yo seguíamos corriendo. Salté al río al mismo tiempo que oí a mi compañera pedir ayuda. Salí a la superficie buscando aire, y me sorprendí al encontrar a los espectros en la orilla, con rostros enojados. Ellos no podían entrar al agua. Llegué hasta el otro lado, dejando atrás a los que no pude salvar.

Yo jamás regresé a Valaquia.

 

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