Oncología

mascarasOro

Un poeta sin éxito está cansado de la vida. No tiene ilusión por nada, ha sufrido muchas pérdidas y sinsabores. El amor le ha sido esquivo, la fortuna adversa.

Decide saltar desde la azotea de un edificio del centro de la ciudad y estrellarse anónimamente contra el suelo sin que nadie sepa de sus penas, sus amarguras, lo mal que le ha ido todo.

Se lanza desde la cornisa, atraviesa el viento con los brazos abiertos. Ya todo le da lo mismo. Será rápido.

Tras chocar contra el asfalto ve a la Muerte aproximarse entre la multitud de curiosos, invisible a sus miradas.

Ella no es como se la imaginaba. No viste capa de negro azabache, ni tiene cuencas oscuras, rostro de calavera o una guadaña con la que segar las vidas de sus clientes.

Por el contrario, es una mujer bellísima, muy dulce, casi un ángel, vestida de blanco resplandeciente que, con una sonrisa de ternura, ayuda a las almas a transitar hacia el otro lado de la mejor manera posible, rozándolas con sus dedos mientras le ofrece una mirada compasiva.

Al verla, al poeta se le llenan los ojos de lágrimas porque se enamora y, con un último resto de vida, la confiesa su amor en un improvisado poema, de tal manera concebido, con tanta intensidad y con tan buen fondo declamado, que la Muerte, al verse comprendida en su soledad y desamparo, arrullada por tanta ternura, también se enamora de él y quedan los dos prendados, unidos en un eterno beso, un eterno abrazo de amantes que no pueden alejarse el uno del otro. Y allí se besan se besan, se besan y allí se aman, se aman, se aman, en un segundo interminable de tiempo detenido.

Y mientras, los enfermos de cáncer terminal del ala de oncología del Hospital Carranza, aquí, atiborrados de morfina, esperando que esos dos dejen de besuquearse y ella venga a por nosotros de una maldita vez.

Interplanetaria

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