Quimera

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Debía ser un magnífico espectáculo ver toda la gracia de nuestros impulsores refulgiendo sobre el firmamento mientras cabalgábamos hacia la muerte. Un punto de gloria acompañando al desvalido planeta en la majestad del infinito, iluminando sus negras esperanzas. El Ivanhoe era, sin duda, una visión hermosa y terrible. Un arma formidable lanzada fútilmente contra un Enemigo que nos había arrebatado tanto…

No dudábamos que perderíamos el sistema desde el momento en que la improvisada red de defensa local detectó sus vórtices de entrada. Pese a la sorpresa, nadie dudó de su identidad. De los satélites de Baal despegaban las factorías siguiendo a las fábricas orbitales y las minas del propio gigante gaseoso, que descendían en su densa atmósfera en busca de refugio. Pero no todas las instalaciones habían podido ser adaptadas para la evacuación de emergencia, ni los complejos de soporte vital, ni las minas de los propios satélites. La población se concentraba en los refugios creyéndose a salvo sólo porque el Enemigo había respetado siempre a los habitantes, pero sabiendo que medios de vida, hogar y pertenencias quedarían borrados tras el bombardeo. Mientras, los mundos de la Unión, impotentes, volvían a asistir en directo – por obra y gracia de esa maravilla fabulosa que es el Colmet – a una exhibición horrenda y familiar.

Canpeim era un sistema exterior de mediana importancia, del que no podíamos salvar las fábricas, ni las minas, ni las ciudades. La supervivencia de sus habitantes no estaba garantizada por nuestra labor defensiva, sino por la interesada cortesía de un Enemigo extraño e implacable. Los muertos son llorados y, tal vez, recordados. Los vivos deben ser evacuados, alojados y alimentados. Demasiados mundos estaban desbordados y cercanos al colapso por causa los refugiados.

Era difícil no desviar la mirada ante la desazón de los tripulantes. Podía decirse que moríamos por nada. No cabía la menor duda del resultado del choque ante la desproporción de fuerzas… y sin embargo me veían y yo leía su esperanza, vana esperanza, basada en un prestigio inmenso y lejano. Asumen que soy un chico del almirante, he estado a su lado desde los momentos en que incluso él tenía que agachar la cabeza y retirarse ante la arrolladora superioridad de un poder alienígena desconocido e invicto durante siglos. Le he acompañado en las gloriosas derrotas, en la angustia de nuestras primeras e inolvidables victorias, al igual que en los más amargos éxitos. Pero no entienden lo irrelevante de mi participación, mi papel como mero testigo desde la seguridad de la nave insignia, ajeno a las trascendentales decisiones que se tomaban; ni que esa capacidad mágica para obrar el milagro de victorias imposibles es algo que no se transmite y, mucho me temo, ni siquiera se aprende.

Y ni él ni ninguno de sus excepcionales colaboradores estaba allí para persuadirnos de la posibilidad de la victoria. En su lugar teníamos al capitán Takagi, del que poco sabía mas que era un hombre de la vieja escuela. Celoso de la tradición de la Flota: honor, valor, lealtad al Hombre y la Palabra. Había muchos como él. Detestaban al almirante, tan lejos de la gallarda y poderosa imagen de caballero galáctico que tanto gustaban cultivar.

Takagi había perdido el ojo izquierdo en Hzant’Kyo. Aunque se lo habían repuesto de inmediato se había negado – sólo él sabía por qué – a que eliminasen la horrenda cicatriz que nacía en su mejilla y llegaba hasta la frente. No tomó asiento hasta que no lo hubo hecho el último de nosotros.

– Los satélites han logrado identificar las cuatro naves – dijo tras el saludo de rigor –. Tres grifos y una quimera.

Algunos oficiales no pudieron ocultar un quejumbroso lamento de desánimo, maldiciones en voz baja incluidas. Los grifos nos destruirían, bombardearían el sistema y se irían. La posibilidad de reconstruirlo y el tiempo necesario para ello dependía de nuestra oposición. Pero la quimera, pese a que no tenía la cuarta parte de nuestra potencia de fuego, sería mucho más devastadora para el desdichado sistema.

Porque una quimera puede adentrarse y permanecer inmersa durante meses en esa furia incontenible que es la fotosfera de una estrella. Localizar una nave en medio de ese violento maremágnum incandescente, opaco y en continua ebullición supone una tarea colosal aún para las flotas más numerosas. Imprevisible, puede salir una y otra vez a golpear el frágil mundo, las instalaciones supervivientes, los trabajos de reparación, el comercio del sistema. Ambos bandos sabíamos ya lo letal que podía llegar a ser uno de estos parásitos. Yo mismo lo había presenciado en Areia, cuando una de nuestras naves solares sirvió en bandeja al almirante una de sus victorias más sonadas.

En el borde exterior, tan lejos del núcleo de la guerra, la Flota precisaría de meses para reunir los recursos necesarios para eliminarla. Un esfuerzo y un tiempo con el que entonces no podíamos contar. Las batallas como ésta nunca significan un vuelvo en el desarrollo de la guerra, pero una tras otra acaban minando el ánimo de los hombres y agotan la maquinaria bélica hasta hacerla inservible.

– Es evidente que no podemos permitir que esa quimera llegue a la corona solar – dijo el capitán –. Bajo ningún concepto.

Y todos sabíamos cual sería el precio a pagar. Dicen que ningún plan de batalla sobrevive al primer contacto con el enemigo. El nuestro ni siquiera había llegado a esto.

Scada, el oficial de artillería, se frotó los bíceps, que resaltaban bajo su uniforme, en un gesto muy suyo antes de tomar la palabra.

– ¿Cómo lo ves, Mopso?

– Aún sin calcular las esferas de probabilidad, temo que no interceptaremos esa quimera a menos que el comodoro enemigo actúe de un modo extremadamente exótico – respondió la Inteligencia Artificial.

– Vamos, a menos que sea rematadamente imbécil, quieres decir.

– Sí. Lo siento.

– Caballeros, la situación no es tan desesperada – dijo el capitán. Su voz habría podido escucharse clara y firme aún en las profundidades del espacio –. Esas naves están a cientos de años luz de sus bases. No se arriesgarán a sufrir daños de gravedad que las obliguen a regresar prematuramente. La red local nos proporciona una posición casi en tiempo real a cada instante, cosa que ellos no tienen de nosotros, y además seguimos contando con el Colmet.

Tal vez fuese reconfortante para otros, pero no para mi. Los torpedos rastreadores del Enemigo ya habían localizado y destruido dos de los satélites, la red local no podría darnos soporte durante demasiado tiempo. Incluso era probable que pronto perdiésemos la estación del Colmet, lo que dejaría el sistema aislado de la red de información de los mundos hasta que llegase una nave con nuevos pares sincronizados… con una quimera aún oculta en el sistema.

– Y hace una hora contactamos con la Kili Arslan, de la Flota Apolo. Viene hacia aquí a revientacalderas. Abrirá su vórtice de entrada en siete horas.

– Capitán – dijo la teniente Aziv, de comunicaciones –. Conozco a la Kili Arslan, es una fragata con unas excelentes condiciones para la navegación, pero es vieja y no está bien armada. Mal podría hacer frente a uno solo de los grifos. Con todos los respetos, servirá de bien poco.

– Estoy de acuerdo: frente a los grifos. Sin embargo, podría dar perfecta cuenta de la quimera mientras nosotros nos encargamos de los grifos.

Eso era optimismo ante todo, nosotros nos encargaríamos de los grifos. Sólo le faltó decir que no emplearíamos la mitad de las baterías para darles una oportunidad. Pensé en cómo me acordaría de tales palabras cuando los tres monstruos nos estuviesen haciendo puré mientras la quimera pasaba impune ante nosotros, pero el capitán explicaba su plan:

– Los grifos tienen la obligación de neutralizarnos, pues somos lo único que se interpone entre la quimera y el sol. Mopso, por favor.

Sin duda, el capitán pensaba en la Kili Arslan, pero ésta no podría abrir un vórtice en el camino de la quimera, pues lo más cerca de la estrella que podía hacerlo era más allá de la órbita del segundo gigante gaseoso. El choque del Ivanhoe con los grifos se produciría inevitablemente más cerca. La fragata no podría más que perseguirla y atacarla con sus torpedos desde lejos. Mi duda era si podrían alcanzarla antes de que llegase a la corona, me daba la impresión de que no sería posible.

La IA empleaba el proyector de la sala para visualizar la situación. La pálida furia azul ardiendo en el centro el sistema. Tres patéticos planetoides hasta llegar al imponente Baal: un radiante escudo esmeralda con blasones blancos y celestes rodeado por su nutrida cohorte; Canpeim, el satélite con categoría de mundo que daba nombre al sistema. Más allá, nuevos y jóvenes gigantes gaseosos aún sin explotar. La red de defensa local, un puñado de puntos cercando al vector que señalaba amenazante al interior. Luego, el vector de nuestra propia nave y, entre ambos, destacado por la IA con un gradiente multicolor, un espacio irregular y alargado, su punto más ancho casi en su mitad: el volumen de probabilidad del inminente y desigual choque.

Según Mopso sí era posible la intercepción, aunque yo tenía la seguridad de no haber errado mis cálculos. Para demostrarlo trazó una simulación de la trayectoria de la quimera, pero ésta viraba y describía una amplia curva alejándose de los grifos y poniéndose a tiro de los torpedos de la Kili Arslan.

– Un poco exótico, ¿no, Mopso? – objetó Aziv ante el comportamiento previsto para la quimera –. El Enemigo jamás ha cometido un error.

En realidad, sí los había cometido, aunque insignificantes, mucho más intrascendentes de lo que habían sido los nuestros. Salvo en Heimdal, tal vez, pero eso también era discutible… y otra historia. Sus ataques habían sido sutiles o estruendosos, según conviniera, sencillos y barrocos, clásicos o innovadores. Casi siempre coronados por el éxito. Pero todo ello no implicaba que la presciencia fuese una de sus cualidades.

Porque no sabían de la Kili Arslan. Por el momento, la fragata ni siquiera había penetrado en el sistema, lo que reforzaba la tesis del capitán: los grifos se centrarían en nosotros. Nos destrozarían, sin duda, pero un destructor gobernado por un capitán hábil y decidido podía rebasarles y sobrevivir lo suficiente para soltar sus torpedos sobre la pequeña nave. De modo que antes aún de que los grifos nos redujesen, la quimera viraría para alejarse del peligro… e ir a cruzarse con la Kili Arslan.

– Me gusta.

– Y a mi – me secundó Scada –. Si la quimera se pone lejos de nuestro alcance desde el primer momento, dejará de haber motivo para que plantemos batalla a los grifos.

– De eso nada – dijo Takagi –. Como ya he dicho, cualquier destrozo grave que podamos causarles no podrá ser reparado a menos de cuatrocientos años luz de aquí. Dos semanas para ir, y otras dos para volver. Si les obligamos a gastar demasiados torpedos, si inutilizamos sus pares de comunicación, o dañamos su fragua, incluso alguno de sus impulsores, tendrán que regresar. Saben que nos es más perjudicial su amenaza constante en los mundos exteriores que lo que puedan hacer aquí y ahora.

No me pasó inadvertida la desolación de algunos oficiales, que ya veían una esperanza de evitar aquel combate imposible. A diferencia del capitán, no soy un oficial de carrera, más de una década de servicio a la Flota y al Hombre, ni el hecho de pertenecer a mi especie me ha proporcionado nunca un especial orgullo. Sin embargo, jamás me he sentido más humano que cuando he visto a los hombres tener que huir, precarios, de los mundos en que nacieron. Yo también estaba cansado de humillarme y ceder.

 

En el espacio una batalla tiene nueve partes de tedio y una de acción. Aún quedaban horas antes de que el Ivanhoe se enzarzara en su último combate. En cierto modo, la lucha ya había comenzado, nuevos satélites eran localizados y destruidos, el Enemigo nos detectaba y viraba al tiempo que los grifos se situaban componiendo un plano que cortaba nuestra trayectoria de intercepción. Y yo, entre tanto, me aburría.

No tenía demasiada hambre, aún así decidí ir al comedor de oficiales. Me encontré con el teniente Lee, de Sistemas. Me saludó con un escueto “Número Uno” sin dejar de masticar ni mirar las noticias. Aún no habíamos perdido la estación del Colmet y manteníamos contacto en tiempo real con los mundos.

Siguiendo la tradición, en las vísperas de un combate podíamos permitirnos cualquier lujo de comida. Decidí que mi última cena sería una sopa castellana que hervía y no tenía la presencia ni el aroma que tanto apreciaba. Para mi desgracia el bot de cocina había decidido por su propia cuenta mezclarla con egrebe sintético para darle su toque, el muy maldito. Le pedí a Lee que me pasara la sal, que tuvo la atención de ponerla a mi alcance preocupándose de dejarla sobre la mesa, en lugar de dármela en mano, para evitar que me trajese mala suerte.

En los mundos, el Senado preparaba una reunión extraordinaria, parecía algo importante, pero no me había enterado del principio de la noticia. Habían llegado voluntarios de Hércules, Nueva Tierra, Kaljedón y Nueva Cubo a Benchial, se preparaba un contraataque para lanzar a los normauqells al espacio. El Almirantazgo desmentía los rumores sobre la aparición de un nuevo modelo de caza de superioridad alienígena. Las escuadras IX y XX habían bombardeado Esparta, cuyo gobierno en el exilio había protestado. Una nave solar había sido destruida cuando intentaba infiltrarse en el sol Lagash, a quién se le ocurre. También hablaban de Canpeim, seis potentes cruceros encabezados por el Kelly Finn y el Le Tourneau venían en nuestra ayuda.

Me habría gustado agradecer el intento a los operadores locales del Colmet – supongo que entusiastas chicos angustiados por la suerte de su mundo y nuestro desesperado sacrificio –, pero ni siquiera nosotros sabíamos donde se encontraba la estación del sistema, aunque habíamos sincronizado un grupo de pares para tener contacto continuo con ellos y sus satélites. El Enemigo no se habría tragado semejante bulo ni aunque se hubiesen abstenido de nombrar los dos cruceros que, por otra parte, debían estar ocupados escoltando al Agamenón y al Intrepid bien lejos de los mundos exteriores. De cualquier modo no podía reprocharles nada, bastante estaban haciendo cuando deberían haber evacuado la estación hacía horas.

A la sexta cucharada dejé por imposible la sopa, le mostré mi opinión al cocinero vertiéndola sobre el terminal – tenemos comprobado que sólo así obedece a nuestras quejas sobre su cocina creativa – y maldije a su programador antes de salir en dirección al salón de oficiales. Estaba vacío. Iba a dar otra vuelta sin rumbo fijo, ya que entrar en el salón solo cuando está vacío es de mal agüero, haciendo tiempo cuando silbó mi comunicador personal.

– ¿Le molesto, teniente Minaya?

– No, Mopso. Dime.

Busqué un terminal cerca del salón y di acceso a éste a la IA. Era más cómodo hablar así que por el comunicador.

– He estado conversando con la guardiamarina Alonso, solemos intercambiar libros y esta mañana me ofreció unos poemas de Patinkin, una autor que hasta ahora me era desconocido.

Estaba algo acostumbrado a sus excentricidades, en la nave teníamos una porra para saber en qué fecha reclamaría al Senado sus derechos como ser consciente. No tenía ninguna posibilidad hasta que acabase la guerra, naturalmente, pero muchos teníamos la ilusión de que la nuestra sería la primera de la nueva generación de IAs en hacerlo. Sin embargo, ésta llamada me desconcertó, nunca he sido un lector destacado.

– Para mi también es desconocido.

– Es posible que se trate de un malentendido, pero la señorita Alonso me dijo que usted le conocía personalmente, del Intrepid.

Hasta entonces no había relacionado el nombre, seguramente porque me pareció inimaginable la identificación del tipo al que conocía con el concepto de pensador romántico y culto que tenía de un poeta, dos bichos completamente distintos.

– ¿Patinkin? ¿Nuestro Rigoberto? ¿Poeta? ¿Estás seguro de que se trata de él?

– Yo no, pero la señorita Alonso, absolutamente.

Lo cierto es que ahora recordaba que Rigoberto tenía por costumbre sorprendernos de vez en cuando con versos improvisados, malos y con poca gracia, motivo por el que en ocasiones aguantaba más de una burla.

– Mi deseo era preguntarle, dado que lo conoce personalmente, si no tendría usted algo más de su obra.

– Pues la verdad es que no – respondí, tal y como la propia IA ya habría deducido –. Lo lamento.

– Es una lástima, si usted está interesado puedo darle acceso a los poemas que almaceno de él.

– Te lo agradezco – me excusé –, pero creo que ahora no sería capaz de apreciarlos.

– Comprendo. – Por el tono que empleó cualquiera diría que parecía dolido. El terminal enmudeció en el momento en que apareció Scada. Creo que nunca dejará de llamarme la atención su timidez. Scada llegaba fumando en una pipa que desprendía un olor dulzón y pegajoso que creo no le gustaba ni a él. Aprovechamos para entrar juntos al salón y me invitó a lo más caro que pudo encontrar. Sabía bien.

– Los dos brazos. Los dos brazos cambiaría por tener la inmensa suerte de Heimdal. ¿Tú no, Minaya?

– No es un sacrificio con demasiado mérito – repuse secamente, pues en una o dos semanas los habría recuperado.

Y sí, habíamos sido afortunados en Heimdal, maldito fuera por decirlo él, que no había estado allí. Por aquel entonces las derrotas sucedían a las derrotas, nuestros cazabombarderos eran halcones frente a águilas, nuestros cruceros tácticos aún no podían equipararse con sus krankens invencibles. Allí perdimos escuadrones enteros tratando de localizarles, luego nuestros pilotos cayeron uno tras otro lanzándose a cuerpo limpio, con un ímpetu tan vano como valeroso, contra sus superestructuras. Las defensas del sistema habían sido desarboladas de un único golpe. Nos acababan de localizar y sólo era cuestión de tiempo el perder toda la Fuerza de Operaciones. Hasta que llegaron esos cinco minutos estelares que ya han pasado a la Historia, cuando por fin nos sonrió la suerte que tan esquiva nos había sido a lo largo de dos días de batalla. Cinco minutos de fortuna que el almirante había buscado con intensidad hasta la extenuación. La llave para una gloria eterna.

– Tienes razón – concedió notando mi enfado pasajero –. Voy a hacer una parada táctica – y se fue al lavabo. Sin embargo, no me dejó solo.

– Teniente – escuché casi como un murmullo. Era Mopso desde el terminal de una mesa.

– Dime.

– Discúlpeme si le molesto con mi pregunta, ¿cómo es él?

Siempre he tratado de evitar esta pregunta dando largas, o respondiendo lo que sabía querían escuchar, con el tiempo he llegado a perfeccionar una impecable enumeración de virtudes que deja a casi todos complacidos. ¿Nadie comprende que yo no era más que el maldito piloto de la insignia, no el hermano que nunca tuvo? Pero había algo conmovedor en la intensa sensibilidad de Mopso, su embarazosa timidez y sus deseos de no desagradar a nadie. Merecía una respuesta sincera.

Dentro de lo poco que conocí al almirante, le describí esa figura frágil, de rostro pensativo y algo melancólico que iluminaba de repente con una sonrisa reconfortante y repentina, extraña, con que infundía confianza a sus colaboradores. Le hablé de las mentiras con que han intentado engrandecerle: su decisión, la frialdad de su determinación. Yo le he visto sudar – es alérgico al aphoxot – antes de las batallas y temblar durante las mismas. He sido testigo de sus ojos enrojecidos, con las pupilas contraídas por el terror, cuando un fragmento despedido de un panel reventaba la cabeza de un oficial a un metro de él. Y he visto su llanto desconsolado cuando ha sabido de la muerte de sus amigos, al igual que su contenido deseo de matar y aniquilar como venganza. No diría que sea la suya una personalidad magnética, capaz de fascinar a los desconocidos. Ni el líder en torno al cual la victoria parezca una consecuencia inevitable. Y, sin embargo, daría cualquier cosa porque estuviese ahora aquí, con su pesimismo incansable y su infinito repertorio de recursos. Por desgracia está demasiado lejos, ajeno tal vez a la realidad, convertido en un arcángel rodeado de interesados aduladores. Una herramienta al servicio de una diosa caprichosa, hermosa y terrible, a quién tanto debemos: la estratega de las Cuatro Flotas.

Durante unos instantes, Mopso quedó mudo. Llegué a interpretar su silencio con el inminente regreso de Scada. Pero la IA habló como si esto supusiese un esfuerzo para ella.

– Disculpe el malentendido, teniente. Era por Patinkin por quien preguntaba.

Supongo que mi rostro debió quedar más gris que la propia Tierra. Fue un momento de embarazo breve y extraño, porque por fin regresó Scada con su pestilente pipa y lo hizo justo en el momento en que sonaba la llamada a combate.

– No me esperaba esto tan pronto – gruñó –. Maldición, aún no he mandado la carta de despedida a mi familia.

– Mejor, o habría sido tentar al destino.

– No me fastidies ahora con supersticiones –.Y salió de la sala mientras con disimulo tocaba la cazoleta de madera de la pipa.

No tuve tiempo de disculparme con Mopso, ni oportunidad de hablarle sobre el bueno de Patinkin.

Varios proyectiles habían golpeado el primer escudo exterior, unos pocos habían logrado traspasarlo pasando a unos pocos cientos de kilómetros del Ivanhoe. Pequeños y extremadamente rápidos escapaban a toda detección. La impulsión principal había sido interrumpida de inmediato ante el riesgo de que el bombardeo desestabilizase los campos Teslar que nos protegían de la mortal aceleración de la nave. Se habían activado los sistemas de interferencias y prevenido al control de fuego. Takagi, enfundado en el traje de combate, daba órdenes con más serenidad de la que había tenido yo para pedir la cena.

– Ingeniería, quiero un margen de cinco puntos más para los escudos exteriores e intermedios.

– Vaya por Dios – oí lamentarse a la jefa de ingeniería por el comunicador –. Corregidos, señor.

Los generadores de escudo se desconectan automáticamente cuando el nivel de saturación alcanza límites peligrosos, ese es el margen de seguridad. Incrementarlo significa aumentar la posibilidad de que acaben implosionando. Lo cierto es que no teníamos más alternativa que combatir al límite de lo razonable.

– También quiero quince puntos más para los interiores.

Silencio.

– A la orden, señor. Pero quisiera que mi queja constase por escrito.

– Por supuesto. Regístrela en la bitácora. Procedo a darle acceso.

Mientras nos fuese posible, comunicaríamos todos nuestros registros a la base Olimpo, con la que teníamos sincronizado otro de nuestros grupos de pares. La Flota ha aprendido mucho de innovadoras maniobras previas a un silencio definitivo.

Eché un rápido vistazo a la pantalla táctica en cuanto llegué al puente. La quimera no había cambiado su rumbo para alejarse de nuestro ataque y permanecía cercana a los grifos. Ignorábamos si porque no habían caído en la trampa o porque querían emplearla como señuelo. Yo confiaba en esto último, o necesitaba creerlo. El Enemigo también había hecho su valoración de la situación, el combate más favorable para ellos era el que el Ivanhoe jamás aceptaría a menos que se viese obligado a ello. Era un riesgo calculado al que sometían la quimera. Después de todo, estábamos abocados a un ataque suicida.

Tanto ellos como nosotros habíamos descrito una amplia curva que hacía que ahora nuestras trayectorias casi fueran paralelas. A ninguno nos interesaba un ataque con torpedos. Ellos porque aún no habían logrado neutralizar a la red de defensa, que localizaría y nos proporcionaría con sobrada antelación todos los vectores de ataque. Nosotros porque estábamos en franca inferioridad ante los sistemas de defensa de cuatro naves… y porque queríamos reservarlos. Takagi se dirigió a toda la nave.

– Caballeros. Sé lo que muchos están pensando, que esta batalla no tiene ningún sentido, que no será demasiada la relevancia que le conceda la Historia. Las grandes batallas decisivas, con grandes almirantes y decenas de escuadras en liza se dan raras veces.

“ Aquí y hoy no se recuperará la Tierra, pero cuando ese día llegue, será consecuencia de momentos como éste.

Los grifos avanzaban formando un triángulo cuyo vértice más próximo ya había abierto un tímido y poco preciso fuego sobre el brioso Ivanhoe, cada vez más cercano, cada vez más amenazador, su afilada proa señalándoles; tan distinto en sus refinadas formas a aquellos tres monstruos sin simetría alguna entre sus líneas. Toscas rectas definían una estructura principal vigorizada por esferas y módulos de apoyo que destacaban sobre el conjunto por sus sagaces curvas y colores diversos. Azules tiznados, sucios verdes, matices de grises acoplados sobre el armazón central. Tras ellos contrastaba, sencilla, bellísima, la resplandeciente elipsoide plateada que era la quimera.

– A todas las secciones – ordené a una seña del capitán –. Pónganse los cascos y comprueben los trajes. Cierren y aseguren todos los compartimentos.

Podríamos haber respondido al fuego del último grifo, el número 3 en la presentación táctica, pero nuestros resultados serían aún más discretos que los suyos hasta que nos acercásemos más y pudiésemos hacer gala de nuestro control de tiro superior. Permanecíamos mudos, por tanto, mientras nuestros escudos exteriores emitían suaves resplandores cada vez que desviaban algún proyectil enemigo. Tan mudos como el silencio expectante que se había apoderado del puente, aguardando inquietos el momento de responder, el nerviosismo creciendo conforme aumentaba la regularidad y precisión de sus disparos, algunos de los cuales llegaban hasta los escudos intermedios.

– Capitán – dijo Scada –, me confirman que ya podemos apuntar contra sus escudos y comenzar a calentarles.

– Aguardaremos un poco aún – repuso Takagi –. Contramedidas, lancen una docena señuelos E.

Los señuelos se desplegaron a distancia del destructor y alzaron sus ligeros escudos. Tan ligeros que no despiden destello alguno al ser embestidos por un proyectil, pero lo suficientemente potentes para desviarlo ligeramente. Los impactos finales sobre los escudos exteriores eran registrados por el Enemigo y tenidos en cuenta para corregir de manera errónea el siguiente disparo. Mopso tomaba nota de estos mismos impactos, del refulgir de sus cañones, intentaba deducir los que pudieran ser un engaño, y trataba asimismo de obtener unas datos exactos hasta el último decimal de su vector. Un destructor o un grifo pueden ser estructuras verdaderamente colosales e impresionantes, pero con las distancias que hay en juego en el espacio sus tamaños resultan ser irrisorios, además de unos blancos difíciles en extremo, con movimientos continuos e imprevisibles y sistemas de interferencias y contramedidas tratando de engañar a los controles de fuego. Un duelo en el que la potencia artillera final no es la más decisiva de las ventajas.

Como casi todos, tomé mi dosis de aphoxot. Sentí como el pánico que acechaba era recluido a los oscuros rincones de donde había salido, al tiempo que una lucidez subconsciente se ocupaba de automatizar mi interpretación de pantallas tácticas, informes de rendimiento, ángulos de ataque, vectores, previsiones… Y entonces, al tiempo que fijaban sus trazas sobre nosotros, recibimos la primera andanada en toda regla. Parte de los pequeños proyectiles, lanzados a velocidad relativista, habían sido desviados por la última línea de escudos. Al parecer uno incluso la había rebasado y pasado rozando a cuatro kilómetros del destructor. El capitán seguía sin ordenar devolver el fuego. Un alférez de la sección de contramedidas estalló en violentas convulsiones. Vi la hemorragia nasal y la espuma saliendo por su boca mientras lo inmovilizaban y evacuaban los sanitarios del puente. Se había pasado con la dosis de aphoxot, el muy insensato.

Los grifos 2 y 1 modificaban su posición, la proa del 2 apuntando hacia su compañero, y se acercaban al Ivanhoe. Las cuatro naves, con la poderosa impulsión principal anulada, mantenían velocidades similares. La quimera brillaba desafiante a través del mortal triángulo que el Enemigo nos invitaba a atravesar. El Ivanhoe podría haberle disparado entonces sus torpedos, pero recién lanzados, con un punto de origen definido y en pleno inicio de la aceleración habrían sido presas fáciles de los tres grifos. La única opción era rebasar el triángulo por cualquiera de sus extremos y lanzar los torpedos de tal modo que los navíos enemigos tuvieran que interceptarlos por popa. Entonces sí sobrevivirían los suficientes para acallar para siempre a aquella maldita amenaza.

– Teniente Scada, abra fuego. Cadencia cuatro.

Varios puntos verdes se hicieron visibles cuando nuestros láseres comenzaron a lacerar los escudos del grifo, de inmediato les secundaros nuestros haces de partículas, y luego, la primera andanada de los cañones hipercinéticos. Poco después se comprobó la superior precisión de nuestras baterías, aunque no lo suficiente para lograr un impacto directo. Verifiqué con el rabillo del ojo la integridad de los escudos, cuyo refulgir ya era continuo, de momento resistían sin demasiados problemas. Pronto tendrían que preocuparnos, llevaban sufriendo más tiempo que los del grifo y nosotros no teníamos un pellejo tan duro. Nuestra segunda andanada fue afortunada, un espectacular destello de luz y energía enmascaró por instantes los escudos más cercanos al monstruo. El efecto sobre la nave alienígena fue insignificante, un leve daño sobre el mecanismo de guía de una torreta láser, pero a semejante distancia un milímetro de giro significa un error en el disparo de cientos de kilómetros. No fue de extrañar la ovación de algunos de los muchachos cuando una de las inquietantes manchas crecientes que tachonaban nuestros escudos desapareció para perderse en el espacio.

Pero fue una alegría efímera, el segundo grifo entró en liza y nuestros escudos comenzaron a calentarse el doble. Poco después llegó su primera andanada. Guiada por la telemetría del grifo 3, nos advirtió de que recibir un impacto directo solo era cuestión de tiempo.

Las bestias crecían en torno al Ivanhoe, al igual que la intensidad y peligrosidad de sus andanadas, y no le veía ningún futuro a nuestro avance. El grifo 3 cayó involuntariamente a un costado cuando por fin alcanzamos su casco, la réplica fue inmediata y el destructor se estremeció. En ambos casos los daños fueron menores. El Enemigo nos tentaba a que osásemos atravesar su triángulo y nosotros buscábamos el modo de rebasarles. El capitán permanecía mudo, absorto en la pantalla, desafiando al Enemigo, retándole a anticiparse a su próximo movimiento.

– Señor Zangi, sáquenos del radio de acción de esa nave.

El Ivanhoe fingía admitir su derrota. Seguramente contaban con ello, aunque lo que no podían prever era lo que haría a continuación, del mismo modo que nosotros no pudimos prever la explosión que sacudió el puente, que de inmediato cayó en el silencio más absoluto. Me encontré mirando cómo las estrellas despuntaban sobre el negro firmamento a través de la brecha en el casco.

– Informe de daños – reaccioné. Además del impacto sobre el puente habíamos perdido una batería. Faltaba el informe de ingeniería, los monitores advertían de posibles daños en el impulsor principal.

Entonces miré a mi alrededor, la mitad de los paneles de babor estaban destrozados o, simplemente, habían desaparecido. Unos pocos hombres descansaban, quién sabe si recuperables, para siempre en sus posiciones, acribillados por fragmentos que habían salido despedidos a terribles velocidades. La mayoría habían quedado irreconocibles. Y entre ellos, el capitán.

La quimera seguía su curso, inalterable, ignorando aquel holocausto sangriento del que era causa directa. Busqué al piloto. Seguía vivo, pero había perdido un brazo. El traje se esforzaba en cauterizarlo y mantenerle vivo mientras el aphoxot evitaba que cayese en estado de shock.

– Señor Zangi, prepare un cambio de rumbo todo a babor. Señor Zangi, ¿me escucha usted?

– Teniente, ¿vamos a tratar de pasar por la popa del tercer grifo?

– Sí, Mopso – respondí, buscando un contacto con ingeniería para que maniobrasen la nave desde allí –. Quiero apuntar sobre esa maldita cosa y hacerle ver que estamos en disposición de lanzar sobre ella nuestros torpedos.

– ¿Puedo proponer una alternativa?

– Adelante.

– Puedo trazar una trayectoria que corte la proa del tercer grifo a uno o tres klicks.

– ¿Cómo dices?

– A esa distancia no podrán disparar sin comprometer la seguridad del tercer grifo, ninguno de ellos.

Un riesgo de colisión enorme, lo que significaría la destrucción inmediata de ambas naves, por mucho que la IA afinara sus cálculos. Y un castigo terrible, hasta que nos acercásemos lo bastante al tercer grifo. Abrí una ventana al programa guardián, notifiqué la pérdida operativa del comandante al tiempo que asumía el mando.

Y lo primero que hice como comandante del Ivanhoe fue, por primera vez en la Historia, dar acceso a una IA al gobierno de una nave de guerra.

– Cuando quieras, Mopso.

Las estrellas cayeron a un lado vertiginosamente cuando el destructor orzó y aceleró directamente hacia el monstruo. El grifo 3 reaccionó de inmediato virando a babor. El dos aceleró hacia nosotros recrudeciendo el fuego al tiempo que el uno giraba sobre si mismo para apuntarnos igualmente. Un trío de cañones hipercinéticos en el centro del grifo 3 se desintegró en el mismo instante que detectábamos una explosión cerca de su popa.

– Puente, aquí Ingeniería. Los escudos exteriores no aguantarán más de cuatro minutos incluyendo el margen de cinco puntos.

– ¿Puede tenerlos alzados más tiempo?

– No. Ni garantizo su integridad.

– Por favor, sosténgalos todo lo que pueda. Confío en su criterio.

– ¡Minaya! – bramó Scada – ¡Lo estamos consiguiendo! ¡La quimera está acelerando!

En efecto, la quimera, por fin, consideraba que nuestro ataque revestía peligro, o que ya había logrado el objetivo de atraernos hasta la muerte, y aceleraba para ponerse fuera de nuestro alcance.

– ¿Puedes engancharla con los torpedos?

– Claro que sí. Fijado el objetivo, aunque no sé cuanto tiempo podré mantenerlo. A tu señal, y por el espacio, ¡que sea pronto!

Y al menos la mitad serían interceptados apenas lanzados. Por otra parte, aguardando demasiado tal vez no tuviésemos ya oportunidad de dispararlos. El destructor tembló y la jefa de ingeniería llamó para gruñir que desconectaba los escudos exteriores. Tampoco le quedaba demasiado tiempo a las demás líneas.

– Mantened el objetivo.

El tercer grifo quería retirarse disparando con furia. Estaba perdiendo algún gas de una de sus esferas, pues se veía la línea difusa de los láseres atravesándolo. Cerca, cada vez más cerca.

– El grifo uno va a interponerse entre nosotros y la quimera, teniente.

– Aguardo la orden.

– Mantened el objetivo.

Salvo en la tranquilidad del puerto, jamás había visto a simple vista una nave de guerra tan de cerca, ni siquiera de las nuestras. A través de la abertura en el casco vi desfilar el terrible grifo en una pasada fugaz, pero de recuerdo eterno. Nada le hacía parecerse a un navío de guerra, salvo una aterradora presencia de belleza distinta y misteriosa, la terrorífica certidumbre de que contaba con una resistencia formidable, así como con una fiabilidad terrible y despiadada. Todas las naves, incluida la nuestra, habían dejado de disparar. Pero se trataba de una tregua fugaz.

– Todos los torpedos. ¡Fuego! – grité, temiendo si esos instantes de embelesamiento ante la estructura alienígena no serían decisivos.

Los torpedos cayeron al espacio programados para comenzar su brutal aceleración de inmediato. No importaba que dañasen el casco de nuestra nave con sus poderosos impulsores. Persiguieron su presa con caóticos saltos en las tres dimensiones, dificultando su caza, impunes durante los primeros instantes por el temor de los grifos a dañar a su hermano. Aún no habíamos lanzado la cuarta parte cuando se reabrió el fuego indiscriminado.

– Mopso, sácanos de aquí en cuanto hayamos completado el lanzamiento.

Pero Mopso no respondería nunca, porque le mataron con la siguiente andanada, que nos dejó sin impulsión ni posibilidad de maniobra. Quise dar la orden de evacuar la nave, pero el siguiente golpe nos dejó sin escudos ni comunicaciones internas mientras decenas de fuegos se propagaban por las cubiertas que aún tenían oxígeno. Luego las estrellas ascendieron hacia mi, y junto a ellas la popa, el glorioso fuego de sus impulsores extinguido ya para siempre.

 

No sé cuantas horas estuve girando en el yermo vacío hasta que el traje decidió reducir mi temperatura casi hasta el cero absoluto. Una partida de rescate recuperó nuestros cuerpos tras la batalla. Yo fui afortunado, nada de reimplantación de miembros, órganos mutilados, ni largos tratamientos de recuperación cerebral por una muerte demasiado duradera. Desperté en el propio sistema.

Allí me enteré de que la Kili Arslan no había podido escapar a la venganza de uno de los grifos, que había salido en su persecución sin tiempo ya para evitar que la fragata cumpliese con esa última misión de acabar con la quimera. Los otros dos grifos, entretanto, bombardearon tranquilamente Canpeim y Baal.

No me es difícil imaginar la desolación de los habitantes, angustiados en la profundidad de sus refugios, la esperanza que iluminase sus cielos desaparecida de forma inevitable. Muchos ya lo habían perdido todo cuando llegó la Flota Horus. Los grifos vieron formarse los negros prismas abisales que eran los vórtices de entrada y se retiraron dejando tras de sí al menos parte de la desolación que habían venido a provocar.

Recibí la Espada de Plata y una insignia improvisada por el gobierno del desdichado Canpeim, que jamás en su corta historia se había visto en la necesidad de condecorar a nadie, además de un ascenso. Tuve, por fin, una nave a mi cargo. Y sin embargo este mando demoró el que pudiera contactar con Patinkin. Murió en la Esfera, violentamente y lejos de un navío. Horrible.

Nunca he sido capaz de apreciar sus obras pese a las repetidas veces que he intentado leer alguna. Hoy es admirado y llorado por su temprana muerte. Ojalá estuviera aquí para ver ese éxito tan tardío. Sin embargo, por quién yo aún lloro en ocasiones es por esa encantadora mente joven e inquieta que le descubrió y le amó cuando todavía vivía.

Óscar Cuevas

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