Recibo

memorial
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La primera regla del francotirador es: no levantes nunca la cabeza.

– Tú nunca –le decía Mojamé-. Otro sí. Pero tú nunca.

Serafín vio llegar a Eufemiano y soltó el arado. Faltas de dirección las burras se adelantaron ligeramente avanzando el surco. Eufemiano venía acompañado por la pareja de la Guardia Civil. Les saludó tocándose el borde de la boina con las yemas embastecidas.

– Noticias de la capital –jadeó Eufemiano.

Rebuscó en la bolsa de lona para extraer un sobre rasgado. Extendió la carta e hizo de ademán de leerla.

– No hace falta. Dime qué se cuenta y basta –Le detuvo Serafín.

– Te tienes que ir a Madrid, Serafín. Te reclaman allí.

– ¿Qué se me ha perdido a mí en Madrid?.

– Es igual –insistió Eufemiano-. Te reclaman. El coche ya te está esperando en la Plaza.

Serafín miró el campo de tierra parda. Levantó la diestra para abarcarlo.

– ¿Y quién me hace la siembra? –preguntó-. El Invierno ya está encima.

– Se ha hablado con el alcalde. Vendrá gente por turnos, no te preocupes.

– ¿Y Mariuca?.

– Se le ha pasado el aviso a la madre. Enseguida viene.

Se encogió de hombros. Clavó el arado a la tierra y sacudiéndose el polvo avanzó hacia la casa. Los perros comenzaron a ladrar y estrellarse contra las tablas del corral. Serafín los contuvo con un gesto. Adentro Mariuca atizaba las llamas en el fogón. Había echado piñas en el fuego y la cocina olía a dulce y a chorizo reseco.

Cogió la única muda que tenía y el traje de los domingos.

– ¿Te vas?.

– Me voy. Me han venido a buscar.

– ¿Cuándo vuelves?.

– No sé –confesó.

Salió con la maleta de cartón. Eufemiano le dijo que cogiera a Recibo antes de irse.

– ¿Para qué?. ¿Quieres que me lleve también a los perros?.

– Los perros no. Sólo Recibo.

El rifle continuaba donde Serafín lo había guardado al concluir la guerra. Desde entonces había comprado una escopeta que era la que utilizaba para cazar pero el viejo rifle conservaba un aura de leyenda extendida por toda la región. Lo sacó de la caja. Sus dedos acariciaron la culata pulida a fuerza de sujetarla contra el hombro y el gatillo duro que había engordado el callo de su dedo índice.

El coche estaba a la entrada del pueblo. Los paisanos se habían reunido en torno suyo. Era un Citröen negro manchado del barro del camino. El chófer tiró el cigarrillo al suelo y abrió la portezuela trasera. Varios campesinos se quedaron mirando ambiguamente la colilla sin atreverse a agacharse a recogerla.

Contempló de reojo la fosa común al pasar junto a ella. Muchas casas habían quedado vacías y muchas mujeres viudas después de que fuera abierta. Su propio padre se había salvado únicamente porque Serafín había sido laureado en el frente. La mayoría de sus amigos y de los amigos de juventud de Serafín estaban escondidos en el túmulo chato.

– Cuide la chopera, padre –dijo.

El viejo le pellizcó los carrillos. Tenía los ojos acuosos. El orgullo le impedía llorar.

– Cuídate tú, hijo. Cuídate mucho.

Serafín asintió y pasó a sentarse en el cuero cuarteado. Antes de cerrar se dirigió a Eufemiano.

– No hacía falta traer a esos –dijo señalando a la pareja de guardias civiles.

– Lo siento –se disculpó el cartero, sin embargo la excusa se difuminó en la brusca arrancada.

Serafín volvió la cabeza. El pueblo se deslizaba a la sombra de los chopos y el coche corría a encontrarse el puente romano y abandonar los frescos rumores del Río Jiloca. Sacó un paquete de picadura y una hoja de papel de fumar. A su lado Recibo dormía plácidamente.

Llegó a Stalingrado seis días después con la impresión de haber estado sentado más tiempo en esos seis días que en toda su vida anterior. Le dolían los huesos al bajar del Ju 52/3m. El traje de la boda estaba arrugado y cuando notó el primer roce del frío se echó por encima la pelliza de piel de carnero.

Le recibió un pequeño grupo de oficiales. Apretó una fila de manos enguantadas. La última sonreía. “Span. Div. 98” leyó dificultosamente en la placa plateada que tenía cosida a la guerrera.

– Adolfo Ruiz –se presentó-. Sargento divisionario.

Apartándose le condujo a un Mercedes descapotable. Ninguno de los oficiales alemanes fue con ellos.

– En realidad esperan a Helder –explicó Ruiz-. Ha sido casualidad que usted viniera antes. Él tuvo que cambiar de avión en Kiev por avería.

Serafín no contestó. Tiró de la capota pero estaba estropeada.

– ¡No me diga que tiene frío!. Un maño como usted… Tendría que ver lo que es el Norte. En el lago Ilmen hemos llegado a estar a cincuenta y seis grados bajo cero. Certificados.

El aeródromo estaba a pocos kilómetros de Katelnikovo. Sin embargo tardaron una hora en acceder a la ciudad. La mal llamada carretera era un arroyo fangoso atestado de camiones de provisiones con dirección a Stalingrado y que intentaban seguir los rastros de tierra apisonada que les había legado el paso de los Panzers. Una compañía rumana les hizo señas desde un camión al adelantarles. Serafín no pudo distinguir si les saludaban o les dedicaban obscenidades.

– Me producen envidia –dijo Ruiz-. Arriba llevamos sin entrar en acción desde la contraofensiva de los rojos. Espero que cuando vuelva hayamos empezado por fín el ataque contra Leningrado. No sabe lo que son las trincheras… –Recordó el historial de Serafín y rectificó- Bueno, lo que son las trincheras con ese tiempo. Un hombre no puede ni cagar a la intemperie.

Los bombardeos habían respetado en parte Katelnikovo. Al menos la mitad de los edificios continuaban en pie. Aparcaron cerca de una casa señorial convertida en cuartel del Estado Mayor. La explanada crujía al pisarla y deshacer los minúsculos cristales de hielo abrazados a la hierba.

– Yo estoy aquí para recibirle –explicó el divisionario-. En cuanto le hayan asignado a algún regimiento me vuelvo al Norte.

Serafín alzó la vista al cielo y la nieve que caía en silencio. Un staffel de He-111 volaba pesadamente hacia el Volga.

– No me han explicado lo que voy a hacer -dijo.

– Supongo que le pondrán a las órdenes de Helder. La cena de esta noche es en su honor – Rozó tímidamente a Recibo-. Debe ser muy famoso para que le hayan traído desde España.

– ¿Quién?. ¿Yo? – repuso Serafín extrañado.

– Usted.

Ruiz no prosiguió. Un joven teniente cogió los abrigos de ambos y el fusil. Otro les invitó a entrar en el salón. La mesa estaba puesta y en las paredes había colocadas inmensas banderas de Alemania y de las SS. Al fondo un cuarteto de cuerda tocaba lánguidamente.

– Mire – le recomendó Ruiz-. Como no sabe alemán sonría y no diga nada. Sobre todo sonría a los que llevan un brazalete negro.

Palpó la desconfianza de los que le eran presentados. A Serafín no le importó. Estaba acostumbrado a aquello. Una vez que le veían acercarse, con la barba cerrada y las uñas negras, sólo les preocupaba sujetar la medalla a la chaqueta prestada y despedirle.

El comedor fue llenándose de uniformes y de una impaciencia escasamente disimulada. Ruiz y él se habían retirado a un rincón donde podían beber vino con tranquilidad y observar en el ventanal los chispazos de la antiaérea iluminando el horizonte. Se volvieron cuando apareció Helder entre aplausos y Serafín recordó la visita que había hecho a El Pardo en el 39 y la entrada de Franco, igualmente triunfal, en aquel enorme salón de baile en el que no bailaba nadie.

Helder era alto y rubio. Tenía la apostura y los movimientos de las estrellas masculinas de la UFA. Con él estaban cinco ayudantes nerviosos. A Serafín le pareció curiosa su manera de saludar. Lo hacía sujetando con las suyas la mano tendida e inclinando la cabeza, como Pío XII en la foto desmigada que Mariuca había clavado en el dormitorio.

– Es el jefe de la escuela de tiradores de Zossen –comentó Ruiz admirativamente-. El mejor tirador de Alemania.

Se sentaron, y a pesar de que la carestía de guerra había reducido considerablemente la calidad de los menús Serafín pensó que era la mejor comida que había tomado en la vida. Preguntó si podía repetir y le sirvieron calladamente una segunda ración de carne y patatas.

Alguien se levantó y propuso un brindis por la victoria del nacionalsocialismo. Serafín levantó la copa sin saber por qué. Volvió a levantarla cuando el brindis siguiente fue dirigido al “fiel Enrique”. Finalmente un coronel se sintió obligado a proponer un tercero dedicado a Paulus. Obtuvo mucho menos apoyo y tuvo que seguirlo brindando por Hitler para no quedar en ridículo.

Helder se aproximó a ellos a la conclusión de los postres. Traía consigo a un soldado que era apenas dos años menor que Serafín pero parecía un niño en comparación. Ruiz tradujo.

– Se llama Brebereck. Será tu ayudante.

Serafín no puso ninguna objeción. Ocho muchachos habían compartido los puestos de tiro con él a lo largo de la guerra. El octavo había sobrevivido. Serafín quiso saber si era voluntario, como lo habían sido los siete que murieron junto a él. Ruiz se negó a verter su pregunta al alemán.

– Sería inconveniente –se excusó.

Helder rondaba los cuarenta años aunque conservaba un rostro juvenil. Había bebido bastante durante la cena.

– Me lla-mo Hel-der. Joachim Helder – dijo esforzadamente.

– ¿Joaquín? –preguntó Serafín.

– ¡Genau! –exclamó, palmeando con fuerza la espalda de Serafín y riendo-. ¡Joaquín!.

Luego apretó amistosamente el hombro de Serafín y continuó hablando.

– Su hermano estuvo en España con la Legión Cóndor –tradujo Ruiz-. Ha oído lo que dicen de ti y está muy contento de que formes parte del grupo que ha formado. Dice que los anticomunistas hemos de estar juntos en esta gran prueba.

Serafín pensó que nadie había contado con su opinión.

– ¿Puedes preguntarle qué vamos a hacer?.

– Stalingrado está lleno de tiradores soviéticos de primera categoría –dijo Helder a través de Ruiz. Volvió a palmear el hombro de Serafín y este percibió el respeto aflorando a los ojos del alemán-. Tú y yo vamos a acabar con ellos. Con todos. Y ahora discúlpame, estoy cansado.

Andaba cuidadosamente para evitar las eses que delatarían su embriaguez. Por desgracia para él a medio camino de las habitaciones superiores fue interceptado por el estado mayor del 4º Panzerarmee y sus efusiones.

Brebereck se había quedado, chapurreando español. Serafín no le hizo caso.

– ¿Qué es lo que esperan de mí? -inquirió a Ruiz.

– Helder te lo ha dicho.

– No soy tan bueno. Sólo tuve suerte.

– El coronel Castañeda te ha recomendado. Es todo lo que sé. Por lo visto los alemanes tienen problemas con los pacos comunistas y han pedido ayuda a los españoles. Nuestra gente tiene fama, ya sabrás.

Serafín se había incorporado a las tropas de Castañeda el mismo día en que se produjo la sublevación. Con ellas había perdido y recuperado Teruel, había atravesado el Ebro, había conocido Barcelona.

– Castañeda es ahora el segundo de Muñoz Grandes –aclaró Ruiz.

Luego un soldado les llevó a los tres a su alojamiento.

Se llamaba Khadir Abd el-Jari pero todos le llamaban Mojamé. Tenía cerca de cincuenta años. Contaban que había combatido con los rifeños contra los españoles durante la Guerra de África y que se había pasado a las tropas de Franco unos años antes del comienzo de la Cruzada. Era alto y taciturno, y no hablaba si podía explicarse con las manos.

El “Natacha” ardía a unos doscientos metros. El primero en aproximarse fue un requeté. Miró sucesivamente el cadáver de Mojamé y los restos del biplano, se quitó la boina roja y la dejó colgar floja sobre el vientre en señal de respeto.

-¡Qué tío el paisa! –exclamó.

Poco a poco los hombres se levantaron del suelo o abandonaron los refugios en que aguantaron el ametrallamiento en rasante. Tres habían sido alcanzados. Serafín los oía gimotear pidiendo ayuda.

El pecho del moro había sido agujereado por una ráfaga completa. Murió en el acto. Serafín miró la línea de saliva enrojecida que se escurría de la boca medio desdentada. Se agachó y liberó a Recibo de las manos que lo aferraban.

– ¿Qué haces? –le preguntó Moisés.

– A él ya no le va a hacer falta.

La compañía inició la rutina que se repetía cada vez que sufría alguna baja. Los novatos cogieron las palas y abrieron con esfuerzo una tumba en aquella tierra baldía. El sargento les indicó que cavaran otro par por si moría alguno de los heridos. Rebuscó en la chilaba de Mojamé y extrajo los pocos documentos que le identificaban, un gurruño de papeles amarillentos y doblados. Intentó separarlos y se le rompieron. Los compañeros del difunto decidían cómo repartirse sus cosas. Sin embargo Serafín no soltó a Recibo.

– Es mío –dijo desafiante-. Vosotros no sabríais usarlo. Yo sí. He disparado con él.

Los otros se mostraron recelosos pero era cierto. Serafín había disparado a las estrellas una noche que Mojamé se sentía contento por un motivo secreto, como su vida misma.

– Está bien. Ahora, de lo demás no tocas nada, ¿estamos?.

Serafín asintió. Las manos se sumergieron en los pliegues de la chilaba mugrienta y sacaron uno a uno los pocos tesoros que contenía. El tabaco, un mechero de yesca, un trozo de chusco duro y un monedero de piel confeccionado con el escroto de un brigadista francés.

– Aquí ya no quedan más que piojos –dijo Moisés irguiéndose.

Cogieron el cuerpo por los tobillos y la cabeza. Cayó al fondo de la tumba sin hacer ruido ni levantar polvo.

– Con varios así no hacia falta antiaéreos –comentó el requeté volviendo de reconocer el lugar donde el avión se había estrellado-. Le ha dado en la misma frente al piloto.

– De lo que le ha servido… –masculló uno.

Serafín se quedó. Observaba las paletadas de tierra morena que se tragaban a Mojamé y observaba a Recibo, como si el moro fuera a salir para reclamar lo suyo. Sólo cuando el enterramiento hubo concluido dejó que sus dedos acariciaran el rifle igual que si recorrieran el pecho de una mujer. La correa estaba gastada. Decidió que en cuanto fuera de permiso a Calatayud la haría cambiar por una nueva.

Era la mañana del 18 de Octubre. Los arrabales de Stalingrado se habían convertido en un inmenso osario de maderas quemadas. De la ciudad en sí persistía un montón inabarcable de escombros y paredes mutiladas.

Bajaron del semioruga al Norte. En el campamento se hacinaban una división rumana y elementos del XI Cuerpo de Ejército. Cinco oficiales de las SS estaban haciendo una ronda de inspección y Serafín notó la tensión que les precedía. Tras un muro derruido escuchó varias detonaciones. La cosecha de aquella inspección por sorpresa.

Más allá del campamento comenzaba el sector industrial de Stalingrado. Le habían comunicado que ese sería su campo de batalla y se quedó mirando largamente. La brisa matinal conducía desde allí un presente de olor a humo y carne muerta. Más tarde trajo una sucesión de explosiones de granadas y el tableteo persistente de las ametralladoras. El silencio, y después un disparo aislado, lejano. El sonido que mejor conocía.

Aquí y allá reposaban soldados exhaustos o convalecientes. Los oficiales de las SS levantaban a patadas a los primeros. Abofetearon a la mayoría.

Fue conducido por Brebereck a la tienda donde recibiría su equipo. Le entregaron un manto para la nieve, unas botas descomunales forradas de piel, una cantimplora con cacillo, una panera y una ración de hierro mágico. Siguió maquinalmente al grupo de Helder hasta una tienda mayor. En una mesa extendieron mapas del sector industrial que el jefe de tiradores siguió con el índice.

– Preguntan si quiere cambiar –dijo Brebereck.

– ¿Cambiar?.

El chico señaló el rifle. Helder y sus alumnos utilizaban carabinas con mira telescópica. En comparación Recibo parecía una reliquia.

– No –dijo Serafín-. Me va bien con este.

Helder se acercó.

– ¿Está seguro? –preguntó, por intermedio de Brebereck.

Serafín descolgó el fusil y se lo dio para que lo examinara.

– Este rifle ha matado a más de mil –afirmó-. No necesito otro.

Serafín creía que las armas tenían alma, como las personas, y que el alma de Recibo, pulida a fuerza de muchos usos, había perdido ya las debilidades de la juventud y con ellas la posibilidad de errar. Además pensaba que en algún lugar del mecanismo se había quedado encerrado el espíritu de Mojamé para guiar las balas a su destino.

– Como quiera.

Les prepararon un trineo. Detrás vendría la carga. Helder discutía detalles con un teniente y Serafín volvió a girar la cabeza en dirección al rumor distante de la lucha. Sabía que dejaba atrás la tranquilidad y puede que la vida.

– ¿Puedo enviar unas líneas? –le preguntó a Brebereck.

– Sí, claro –aseguró el soldado. A los pocos minutos volvió con una cuartilla y un lápiz diminuto.

– Yo no sé escribir –dijo Serafín rechazando la hoja-. Que alguien me lo escriba.

Brebereck pareció confundido pero se dispuso a obedecer.

– “Lo que dice la gente es mentira, Mariuca” –dictó Serafín-. “Nunca quise a otra”.

Brebereck se le quedó mirando, en espera.

– ¿Nada más?.

– Nada más –concluyó Serafín-. Que se lo envíen a mi mujer.

El chico se quedó parado brevemente y enseguida corrió a entregar la carta.

Uno, al Cielo.

Dos, al Infierno.

Tres, a la Luna.

La cantinela de Moisés resonaba en los ladrillos de la Torre del Salvador con un tono infantil desmentido por el hecho de que cada estrofa seguía a un tiro y con cada tiro una persona dejaba de existir. Los focos de resistencia republicanos apenas merecían el interés que se estaba tomando, sin embargo Moisés estaba ansioso por incrementar su palmarés. Fundamentalmente las víctimas eran mujeres y niños que trataban de llevar provisiones a los últimos resistentes.

– ¡Cabrón!.

El eco cruzó media Teruel levantándose por encima de los tejados, dando pasos de siete leguas, producto del dolor de un hombre que acababa de perder a su descendencia. El cadáver del rapaz permaneció tendido en una esquina de la calle Ramón y Cajal, rodeado de gorriones, mientras Moisés esperaba, sonriéndose, que al grito del padre le sucediera en la mirilla el padre mismo.

A un lado Mojamé y Serafín comían pan negro y sardinas. Serafín había conseguido un cuartillo de coñac “saltaparapetos” que escanciaba con largura en el vaso de lata. Mojamé no bebía.

En las alturas un cuarteto de “Chirris” patrullaba las alturas. Ningún “Mosca” osó alterar su vuelo apacible.

– Yo no gusto aviones – gruñó Mojamé, sin que Serafín supiera si quería decir que no le gustaban los aviones o él a ellos.

– A mí que coño me importa lo que a ti te guste –replicó Moisés.

– Ni gusto matar mulleras –prosiguió Mojamé.

Moisés se volvió apuntándole con el fusil.

– ¿Te vas a callar?. A mí tampoco me gustan los moros y me aguanto. Mi tío murió en Annual, para que lo sepas. Igual tú u otro piojoso como tú lo mataron.

– Haya paz –dijo Serafín risueño.

El coñac le daba fuerzas contra el frío que ululaba en lo alto de la torre. Toda la ciudad era visible desde allí y buena parte de la provincia. Detrás del horizonte el Aragón republicano les aguardaba. Y después Cataluña, Barcelona. Siempre había un objetivo nuevo que alcanzar.

Uno de los vigueses que habían venido con el Ejército de Galicia subió a comunicarles que debían presentarse ante Castañeda. Serafín olisqueó el crepúsculo blancuzco y la simiente enterrada que florecería en Primavera. Sintió ganas de cantar pero la jotica se borró de sus labios en cuanto Moisés le miró con disgusto. Fue a levantarse para acompañarle escaleras abajo, el bullicio de la tropa recién llegada parecía estar llamándole. Mojamé le retuvo alzando la mano.

– Déjalo –pidió-. Tú queda conmigo.

Nadie insistió para que descendieran del puesto. El norteafricano recibía un trato especial, las habladurías comentaban que salvó una vez la vida de Millán Astray. Con lentitud calculada limpió a Recibo y luego se irguió para contemplar Teruel. Serafín acompañó aquellos ojos inquisitivos mientras medían la ciudad escudriñando los posibles escondrijos de los pacos que los republicanos habrían dejado tras de sí. El cometido de Mojamé era eliminarlos a medida que se fueran dando a conocer.

Cuando quedó satisfecho inclinó la cabeza como si diera la razón a alguna voz interior. Se aproximó a Serafín y le tocó con dedos parecidos a sarmientos.

– Tú eres un niño –aseguró-. Yo te hago hombre, yo te enseño.

Persiguió el rastro de una burla en el rostro hierático pero Mojamé seguía serio. La llegada de la oscuridad les había aislado, de repente la guerra se había tomado un respiro.

– Hoy sigues a mí –dijo-. Tú aprendes a cazar pacos, yo te enseño. No mulleras como maricones –escupió a los pasos de Moisés, que ya se habían enfriado en los escalones de madera.

– ¿De veras? –preguntó Serafín.

– En serio, yo no bromeo, hombre.

En la calle los viejos camiones Ford trataban de pasar por las aceras estrechas. El vigués estaba remetido en un portal, aterido.

– Por fín –dijo aliviado-. El coronel quiere que vayan inmediatamente a verle.

Los fue siguiendo igual que un perro callejero. Serafín se giraba de tanto en tanto para comprobar que Mojamé no se delatara con una sonrisa a destiempo. Sin embargo lo único que hacía era besar suavemente la culata de Recibo y, cuando notó la atención de Serafín, volvió a inclinar la cabeza, mirándole y mostrando los dientes picados, como si a partir de ese momento ambos pertenecieran a una hermandad secreta y venerable.

Le enseñaron la fábrica de tractores pasándole la cuenta de los soldados que habían muerto para conquistar esas ruinas. Serafín calló. El sector industrial era un amasijo de escombros e hierros retorcidos. Las caras endurecidas de la infantería mostraban algo que estaba lejos del cansancio o del miedo. Habían abandonado toda esperanza. Habían aprendido a estar muertos antes de estar muertos. A no tener nada ni esperar nada. Eran los fantasmas de los orgullosos veteranos que dos años atrás habían derrotado a los ejércitos de Bélgica y Francia.

Se metieron en una trinchera conquistada unos pocos días antes. Un cadáver ruso montaba guardia junto a las municiones. Le habían despojado de las ropas pero nadie se había molestado en retirarlo.

Las treguas eran reducidas e impredecibles. Los alemanes prologaban cada ataque con un intenso bombardero de artillería, pero no quedaba nada que destruir. Los soviéticos estaban emboscados en los millones de agujeros que Stalingrado, generosa a pesar de estar devastada, ofrecía a sus hijos.

Abandonaron el puesto de mando y se dispersaron con las patrullas para reconocer el terreno. Cada porción de ciudad conquistada al enemigo solía contener pequeñas bolsas de soldados soviéticos, abandonados a propósito para dificultar el avance alemán o sorprendidos por un ataque exitoso. Más a menudo quedaban francotiradores aislados.

Serafín presenció durante el día numerosas operaciones de limpieza. Los soldados caminaban encogidos. El disparo seco les condenaba a permanecer así, doblados en dos, ya para siempre. Corrió por encima de los escombros embarrados y los charcos poco profundos que permanecían helados si estaban a la sombra. Un veterano era el primero en acceder al portal agujereado. La compañía se deslizaba a lo largo de los muros siguiéndole. Cuando había varios dentro comenzaba la búsqueda del refugio. Una salva cerrada y el cazador asomaba el rostro seco lleno de canales aceitosos, allá donde la suciedad había colmado las arrugas, las sienes vestidas de sangre.

También vio al tanque modificado que hacía la tarea más sencilla. En lugar de cañón le habían colocado un lanzallamas. La lengua de fuego penetraba sin prisa en los escondrijos, rugiente. El petróleo inflamado dotaba de vida a los yertos pedazos de hormigón, prendía los redondos de acero al descubierto, convertidos en breves antorchas. Luego el hombre surgía. Recordándole al muñeco relleno de paja que quemaban en su pueblo durante las fiestas. Esperó que alguien tuviera la decencia de rematarle pero no ocurrió. El único alivio que obtuvo antes de volverse una brasa irreconocible fueron las miradas vacías de los alemanes.

Ahí era inútil. Pronto se dio cuenta de que el lugar que le correspondía era la tierra de nadie donde ni los carros ni la infantería se aventuraban salvo para realizar cortas exploraciones. Preguntó a Helder y obtuvo la autorización para perderse allí y tantear la habilidad de los comunistas.

Pasó por una zona donde los impactos de los obuses estaban rodeados de botas rotas y guerreras ensangrentadas. Un panzer presidía la explanada. Del mismo sobrevivían las orugas y parte de la torre. Los tanquistas colgaban carbonizados a unos centímetros del refrescante suelo.

Su olfato comenzó a funcionar. Sin tener cuidado de si Brebereck conseguía mantenerse con él o no voló a esconderse en un muro de ladrillos deshecho a bombazos. Escarbó en ellos a la manera de los topos hasta introducir el cuerpo por completo en el inestable montón.

Se hizo la noche. No había percibido el menor movimiento, sin embargo sabía que había un tirador acechando. Nunca había sido capaz de explicar el cómo. Hasta Mojamé le envidiaba ese instinto. Sacó una cajetilla de Ideales y encendió uno. Fabricó un débil armazón con ramitas y colocó el cigarrillo a medio metro escaso de donde estaba. Aconsejó a Brebereck que se estuviera quieto. Periódicamente golpeaba el pitillo con el dedo para desprender la ceniza.

El impacto no le produjo ninguna sorpresa. Lo hubiera hecho su ausencia. Un soplo repentino desintegró el cigarrillo y le echó encima tabaco y polvo de arcilla. Emitió un falso grito de angustia y al momento disparó allá donde la llama había brillado un segundo.

– Vámonos –dijo a Brebreck.

– Pero…

– Ha muerto –aseguró.

Estaba asombrado por la facilidad con que había recuperado sus mañas. Parecía que la paz le hubiera rozado sin afectar en lo profundo a aquella engrasada máquina de matar que fue.

– Pero era bueno –añadió con respeto, el minuto de respeto que siempre dedicaba a las víctimas.

Cientos de cohetes silbaban apuntando al río. A la luz de las bengalas los Nebelwerfer bombardeaban el puerto y las embarcaciones que aprovisionaban al LXII Ejército soviético. El cielo encapotado, mezclado con columnas ascendentes de grave humo, le hizo acordarse del telón de una obra de teatro que presenció de niño, remendado de brillantes colores. Las bengalas colgaban luces ácidas de las nubes y luego se precipitaban al agua dibujando una estela blanquecina. El espectáculo era impresionante.

Se sintió pequeño y débil. Se preguntó lo que podría hacer en medio de aquellas fuerzas. No obstante le habían requerido a él.

– ¿Soy grande? –preguntó en una ocasión a Castañeda.

– Eres grande –le respondió el coronel.

Transcurrió una semana. Serafín llevaba la cuenta de las bajas que había producido, pero no por él, lo hacía para incrementar la gloria de Recibo. En las pasadas fiestas patronales el fusil había sido expuesto en el Ayuntamiento y las gentes bajaban de toda la comarca para contemplarlo. Parecía el enteco embajador de la Muerte. En el bar Serafín bebía tintos con unos compañeros de partida y aceptaba el homenaje mudo de los paisanos preguntándose si serviría de algo.

Su padre pasó por delante de las ventanas, envejecido, con la expresión asustadiza de los perseguidos y comprendió que no. Esa tarde llevó flores a la tumba de la madre mientras la orquesta tocaba pasodobles en la plaza.

Nevaba cuando trajeron a Helder. Hacía dos días que nevaba. Los parkas de la comitiva tenían el color de la nieve sucia y sin embargo las caras se habían vuelto oscuras. Helder era sostenido por cuatro de los alumnos aventajados que trajo de Zossen. Le faltaba parte del cuello.

Tuvo trabajo para sacarle a Brebereck una explicación. Helder había permanecido escondido noventa horas debajo de una plancha de hojalata. Al final había creído acertar al tirador soviético y levantó la cabeza para comprobarlo.

– Nunca… –murmuró Serafín-. Nunca…

El grupo estaba conmocionado. Aunque ya habían muerto otros de sus miembros Helder era el jefe. El cerebro, el padre. Serafín apenas le conocía. Una o dos veces bromearon pero era demasiado penoso entenderse. No obstante se adelantó hacia la mesa en que le habían colocado y colocó sobre el pecho inmóvil una diminuta cruz de San Andrés. Comparó su reacción con la que tuviera ante Mojamé y supo que había cambiado.

Intentó hacerles comprender que debían enterrarle con la carabina. Se la dieron a un aprendiz bisoño y rumiaron su desconcierto. La tropa les observaba sin entender. Meses de rattenkrieg habían logrado secarles las entrañas. Sólo aguardaban la oportunidad de volver a matar.

– ¿Dónde fue? –preguntó.

Brebereck tardó en percatarse de lo que pretendía hacer. Sintió el desprecio rozarle cuando el muchacho comunicó sus intenciones a los demás. Poco le importaba. Obtuvo la dirección aproximada y se dirigió a ella.

Todos los edificios habían sido borrados. Las trincheras zigzagueaban confundidas al quedar la tierra removida por continuas explosiones. Eso era la guerra, la nada.

Arrastrándose llegó hasta una posición que consideró adecuada. Atrás venía Brebereck jadeando. Se introdujo en una depresión fruto de algún proyectil errado y atrajo desechos con los que camuflarse. Al quedar satisfecho sacó la imagen de la Virgen del Pilar y la besó. Luego la hincó en el suelo áspero.

Entrecerró los ojos.

– Tú vienes de noche –dijo dirigiéndose a Brebereck- para traerme la comida y sacar mi mierda. ¿Estamos?.

El alemán asintió.

– Pues hala. No te quiero más por aquí.

Adelante el silencio casual de un alto el fuego. Arriba el frío. Sintió aquel vértigo de las azoteas de Barcelona. Oía las balas que le fallaron por unos centímetros. Entonces se había prometido abandonar. Volvió a prometérselo. Dejaría a Recibo en una urna y encargaría unas misas por el alma de Mojamé. Tal vez con eso les apaciguara, o se apaciguara a sí mismo.

Brebreck aparecía puntual con la ración de sopa de verduras y el pan negro. Serafín había intercambiado unos disparos sin lograr el éxito. Recibo insistía. Quería esa sangre. Y él también. Quería algo a lo que era incapaz de dar nombre y que le había perseguido toda la guerra sin hallarle.

Desdobló la carta que Ruiz había metido inadvertidamente en su bolsillo antes de marcharse. Las letras esquinadas pertenecían al pulso temblón de Castañeda.

“Querido Rubiales:

Una vez más nos toca luchar contra la serpiente comunista, esta vez en su propia cuna. No albergo la menor duda de que sabrás volver a ser el martillo del comunismo que fuiste. Ahora no luchas sólo por tu Caudillo, luchas para vengar la agresión roja que sufrió nuestra Patria en el pasado. Es hora de devolverla con creces.

Me gustaría que estuvieras con nosotros en el Norte. Pero ahora eres más necesario en Stalingrado. Si todo va bien, por la gracia de Dios, nos encontraremos cuando entremos en Leningrado. Ardo en deseos de volver a ver el único brazo que ha podido hacer sombra al de nuestro llorado y heroico Khadir… “.

Recorrió las palabras inseguro de su significado aunque seguro de que explicaban por qué estaba allí. Era lo mismo. Siempre había sospechado que a su leyenda aún le quedaba un episodio que incorporar, un instante de gloria imperecedero. O una fosa anónima en la que terminar.

– ¿Eres tú? –murmuró mirando al frente.

El otro era excelente. Era tan bueno que a Serafín se le agarrotaron las piernas de aferrarse al suelo. Era tan bueno que le dolía el cuello de esperar. Las horas se fugaron resecándole la boca. Si algún soldado distraído intentó quebrar la soledad de aquella frontera gris fue rápidamente abatido.

Cuando disparaba para matar a un miliciano tenía que moverse y dejar una señal que indicase a Brebereck el nuevo sitio. Al alemán le precedía un rumor crujiente de cascotes desplazados y el olor mineral de la sopa. Serafín sentía la escarcha depositándose en su espalda. Un trago de sopa le deshelaba los intestinos.

– Quieto un momento –pidió al chico cuando retrocedía para volver a irse.

Tardó demasiado en hacerle caso. La pierna estalló empapándole de calor.

– ¡Mierda!.

Brebereck gemía mientras se orinaba encima. Le alcanzó el reguero pero no hizo ademán de mover un músculo. Estaba tenso desde los talones hasta la coronilla, como si él fuera la bala.

Podía vislumbrar al ayudante del tirador. El tiro era muy difícil y no dispondría de una segunda oportunidad. El casco se elevó ligeramente e intentó adivinar los ojos situados debajo. Falso, se dijo, falso, falso. Pero disparó igualmente y el casco se remontó hacia el horizonte con un silbido.

Notó una corriente que fluía de Recibo y le atravesaba como la electricidad. Brebereck había dejado de quejarse y probablemente también de existir. Le cogió por debajo de los hombros y al Mauser que llevaba. Sacó la boca del rifle por un hueco entre trozos astillados de piedra y valiéndose de todas sus fuerzas levantó la cabeza inerte.

Ni siquiera sintió la suave lluvia de sangre. Apretó el gatillo cuatro veces, las dos primeras deshicieron la frágil barricada del tirador ruso y las otros dos le arrancaron la cara. Descubrir al ayudante fue comparativamente sencillo. Luego se renovó la calma.

Inspiró profundamente. Por fín. Miró a Recibo, caliente, y desmontó el escaso aparato del escondite.

“¿Más de mil?” le preguntaría el hijo que Mariuca esperaba una tarde en que salieran a cazar.

“Más de mil” confirmaría Serafín con orgullo. Y lentamente haría la cuenta de todos los hombres contra los que se había probado

Rezó un padrenuestro por el tirador muerto y se marchó a gatas, como había venido. Algo muy grande le oprimía el pecho.

Era un intruso en la ciudad que ardía, pero estaba vivo. Y dispuesto.

Interplanetaria

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