Tutankamon y el pecado

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Nunca había visto una pierna como aquélla. Tan larga, tan torneada, sin vello. Realmente nunca había tenido la posibilidad de contemplar las piernas de ninguna mujer. Tenía diecisiete años y en el seminario, como puede imaginarse uno, no se daban las circunstancias propicias. En esta ocasión fue la casualidad. La enfermera se había colocado detrás de uno de los biombos que separaban las camas de los convalecientes para descansar un momento. La muchacha, de unos veinte años, se había cuidado muy mucho de no estar a la vista, por eso se había ido a situar junto a un herido que llevaba la cabeza completamente vendada como una momia, en la que ni siquiera habían dejado un hueco para los ojos. La muchacha había descuidado uno de los ángulos, precisamente por el que el chico podía verla bien. Desde su cama, en la hilera opuesta, un poco a la derecha, tenía una visión perfecta de la enfermera, ya que había quedado un resquicio entre los biombos, no tan grande como para llamar la atención pero suficiente para ejercitar sin trabas el voyeurismo.

En su descargo, la enfermera, antes de iniciar su maniobra, no había dejado de comprobar que estaba a salvo de miradas indiscretas. Una vez hecho, se sentó al borde de la cama del momificado; el pobre debía estar bastante mal porque ni siquiera hizo el más ligero movimiento. Venía de Garabitas y allí se había quedado, en el hospital de Griñón.

Era de madrugada y todo el personal descansaba, excepto el de guardia. Unas pequeñas bombillas que colgaban del techo, bastante separadas unas de otras, eran las únicas luminarias de la sala, por lo que la discreción podía decirse que estaba asegurada.

La enfermera se descalzó y se masajeó los pies. El chico calculó que el turno de la muchacha había sido bastante largo. Estaría cansada con razón. Atender a aquella caterva de despojos humanos debía agotar al más pintado.

De los pies pasó a los gemelos. Clavaba los dedos en la blandura del músculo y hacía un movimiento de arriba abajo, como si tratase de alejar sus males hacia los pies y así poder expulsarlos. El masaje subió un poco más. Fue en ese momento cuando se subió la falda, que le llegaba más abajo de las rodillas, y dejó a la vista los muslos. El muchacho tragó saliva. Supuso que la piel de la enfermera –no recordaba su nombre– sería tan suave como la de un bebé. Nunca había tocado a un bebé para saber cómo era su piel, pero fue lo que le pasó por la cabeza.

Las manos se enfrascaron en la parte externa de los muslos; el masaje lo daba a conciencia. Después enfilaron la cara interna. El ritmo descendió, la intensidad también. Ahora los movimientos eran más suaves, más comedidos.

El muchacho se ruborizó; trató de no verla y apartó la mirada, pero algo le incitaba a hacerlo de nuevo. Los cristos de los crucifijos que presidían cada catre clavados a la pared parecieron mirarle todos a una a modo de recriminación. Pasada su crisis de moralidad, clavó de nuevo los ojos en ella, en lo que estaba haciendo. Ya no veía sus manos pues estaban escondidas entre sus muslos. Éstas subieron más para ocultarse bajo la falda, que estaba tan subida y rebujada que dejaba vislumbrar la redondez de los glúteos aplastada sobre el catre. Echó un nuevo vistazo a la caza de curiosos; pero fue efímero, ya que sabía que estaba sola.

La visión hizo que el muchacho sintiera un calor bullente bajo las sábanas, allí abajo, que parecía querer remontar por todo su cuerpo. ¿Pero realmente no había subido ya, por eso lo del escalofrío en la espalda? ¿Qué le pasaba, maldita sea, que no podía controlar su físico, la hinchazón de sus calzones? ¿Era ése el pecado de la carne del que le habían sermoneado desde siempre?

La enfermera parecía aceptar con complacencia la acción reparadora de sus manos. Las facciones de su cara se habían relajado, hasta había entornado los ojos en un gesto de concentración que fue demudándolo casi hasta el paroxismo.

En ese momento de éxtasis, la momia movió la cabeza levemente y la enfermera se puso en pie de un respingo bajándose la falda de forma atropellada. La escena se quebró de súbito y el muchacho se quedó con las ganas de ser testigo del final. Los cristos sonrieron satisfechos. La enfermera, aún con el gesto perturbado, comprobó el estado del herido, que había vuelto a recobrar su postura inanimada. Después de verificar que no le ocurría nada extraño, reanudó su ronda.

El chico se hizo el dormido; pero cuando la enfermera pasó junto a su catre, ésta le guiñó un ojo al percatarse de que el abultamiento de las sábanas aún persistía.

Interplanetaria

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